28 de enero de 2015

Lo posible y lo preferible

Nuestra época, por otra parte tan pendiente de los recursos que conoce, y de la hipótesis de su agotamiento, jamás ha previsto recurrir a aquellos, propiamente inagotables, a los que la libertad podría dar acceso: empezando por la libertad de pensar contra las representaciones dominantes. Se nos objetará la vulgaridad de que nadie escapa a las condiciones presentes, que nosotros no somos diferentes, etc. Y, desde luego, ¿quién podría jactarse de estar haciendo otra cosa que adaptarse a las nuevas condiciones, «apañándose» ante realidades materiales tan aplastantes, aun cuando no lleve la inconsciencia hasta el extremo de sentirse satisfecho excepto en algún que otro detalle? En cambio, nadie está obligado a adaptarse intelectualmente, es decir, a aceptar que ha de «pensar» con las categorías y en los términos que impone la vida administrada.
René Riesel y Jaime Semprún, 2008.

A veces el inconformista se engaña respecto a lo que es posible, mientras que el conformista se engaña respecto a lo que es preferible. Aquel afirma que algo es posible queriendo decir que es deseable, mientras que este afirma que algo es imposible queriendo decir que es indeseable. Es cierto que la tiranía y la desigualdad deben evitarse, ¡pero no por eso hemos de decirle a los demás que desaparecerán pasado mañana, como hace el «progresista» interesado en nuestro voto! Es verdad que la tiranía y la desigualdad continuarán, ¡pero no por eso hemos de defenderlas, como hace el «conservador» interesado en mantener sus privilegios! El realismo histórico del conformista no está reñido con el realismo moral del inconformista.

Por esa razón conviene diferenciar entre lo que es posible y lo que es deseable, entre lo que es y lo que debe ser. La sabiduría entre nuestros congéneres nunca será generalizada, o eso parece, y sin embargo intentamos generalizarla todo lo posible. Por eso decimos que es un ideal, no porque sea fácil o viable, sino precisamente porque es el mejor camino sin destino a la vista que podemos seguir. Del hecho de que no sea practicable a gran escala no deducimos que haya que practicar su contrario a pequeña escala, esto es, la ignorancia, la quema de libros, la sumisión voluntaria, etc. Lo mismo pasa con la anarquía. Del hecho de que siempre o casi siempre vayan a predominar las formas de gobierno autoritarias y centralizadas no se deduce que debamos justificar intelectualmente su existencia, votarlas o seguirlas en la batalla. Toda resta, por pequeña y efímera que sea, es una suma en la buena dirección.

En el desafortunado caso de que las leyes de la historia nos impidiesen volver a ser libres e iguales, o serlo por primera vez si es que nunca lo fuimos genuinamente, habría que aceptarlo, ¡pero no por eso vamos a ponérselo fácil! Lo bueno, si termina bien, dos veces bueno (deontologismo + consecuencialismo), pero si no, por lo menos habremos recorrido la mitad del camino. La libertad, que es inseparable de la igualdad, no solo es un fin, sino también un medio. El bombero que no logró salir a tiempo de la Torre Sur aquel fatídico 11 de septiembre, ¿acaso no había hecho ya la mitad del trabajo?, ¿no había ayudado ya a alguien?, ¿no hizo lo que debía? El mal, la muerte, la entropía o como queramos llamarlo le ganó finalmente la partida, pero la jugó hasta el último minuto. El bien no se mide solamente por el resultado o la utilidad, sino también por la intención y el esfuerzo. Aun si lo correcto fuese del todo imposible -curar el cáncer terminal de nuestro hijo-, ¿dejaría acaso de ser lo correcto?

Por cierto, quien crea que el igualitarismo, libre por definición, no es una verdad moral para nuestra especie, o que las jerarquías familiares, políticas y laborales no son el peor tipo de organización disponible, le invito a que trabaje unos años en una «casa de putas» o en un restaurante, que para el caso es lo mismo, y luego compare con un trabajo menos coercitivo y desigual, a ver con cuál de ellos se queda, o que imagine cómo mejoraría su calidad de vida si no tuviera que obedecer sí o sí las órdenes del superior y/o propietario, o que piense cómo sería nacer en una familia donde los hijos son criados como súbditos y en otra donde los hijos son criados en igualdad hasta donde esta es posible, y que luego elija. Siguiendo la lógica de Russell, la estrategia cooperativa satisface un mayor número de deseos que la estrategia autoritaria, ya que cooperando ganamos todos y compitiendo por los puestos de poder solo unos pocos. Es más, creo que si se nos diera a elegir entre estas tres opciones -dominar y ser dominado; dominar y no ser dominado; ni dominar ni ser dominado-, creo que la mayoría elegiría la última sin pensárselo mucho.
Algunos de los estudiantes de licenciatura de una de mis clases me han sugerido que la creencia en poder dar razones, observar cómo funcionan realmente en la práctica diversos modos de vida y con qué consecuencias, discutir las objeciones, etc., no es más que «otra forma de fundamentalismo». La experiencia de esos estudiantes con el verdadero fundamentalismo debe de ser más bien limitada. Alguien que ha visto actuar a fundamentalistas de verdad sabe cuál es la diferencia entre insistir en la observación y la discusión y el modo represivo y manipulador de conducir una discusión característico del fundamentalismo.
Hilary Putnam, 2004.

27 de enero de 2015

El keynesianismo como mesianismo

o por qué el dios Mañana justifica los medios
Por lo menos durante otros 100 años debemos simular ante nosotros mismos y ante cada uno que lo bello es sucio y lo sucio es bello, porque lo sucio es útil y lo bello no lo es. La avaricia, la usura y la precaución deben ser nuestros dioses por un poco más de tiempo todavía. Porque sólo ellos pueden guiarnos fuera del túnel de la necesidad económica a la claridad del día.
John Maynard Keynes (vía).

No se puede hacer una enmienda a la totalidad del sistema; tú y yo nos podemos poner de acuerdo en que el capitalismo nos conduce al desastre ecológico, pero ahora lo importante es dar de comer a la gente.

25 de enero de 2015

La improbabilidad del bien

La degradación irreversible de la vida terrestre debida al desarrollo industrial ha sido denunciada y descrita desde hace más de cincuenta años. Quienes explicaban el proceso, sus efectos acumulativos y los previsibles puntos de no retorno, pensaban que una toma de conciencia le pondría término mediante algún tipo de cambio. (...) Contrariamente al postulado implícito de toda la «crítica de los efectos nocivos» (...) según la cual el deterioro de las condiciones de vida sería un «factor de rebelión», fuerza es constatar que el conocimiento cada vez más preciso de este deterioro se integraba sin fricciones en la sumisión (...).
René Riesel y Jaime Semprún, 2008.


Si en entradas anteriores (1, 234, etc.) he planteado la tesis de que las diferencias culturales y la complejidad social estarían obstaculizando la siempre buscada pero nunca alcanzada revolución –en el sentido más amplio y ambicioso de la palabra, es decir, en un sentido más benjaminiano que marxista-, ahora deseo ir un poco más lejos al sostener que aun cuando la mayoría de la población adquiriese los conocimientos necesarios para replantearse las grandes imposturas de nuestra cultura –Estado, capital, dinero, trabajo asalariado, ciudad, propiedad privada, industria, tecnología, escuela, progreso, religión, domesticación, etc.-, lo más probable es que del dicho al hecho siguiese habiendo un trecho. Esa es una de las críticas que desde Aristóteles se le viene haciendo al «intelectualismo moral» de Sócrates. A la improbabilidad de que la mayoría lleguemos a conocer teóricamente lo que es bueno y lo que no –al menos hasta cierto punto razonable y suponiendo que dicho conocimiento pueda ser objetivo-, hay que sumarle la improbabilidad de que lleguemos a ponerlo en práctica conscientemente.

Mi macropesimismo –esto es, mi desconfianza en las cosas tan grandes que escapan a nuestro control, como una nación o una revolución moral- no niega que pueda haber momentos más buenos que los que vivimos –y también más malos-, con personas y sociedades mejores que las nuestras, pero sí pone en tela de juicio el que se pueda conseguir –y por lo tanto tampoco conservar una vez conseguido- intencionalmente. Al contrario que la mayoría de creyentes, filósofos, humanistas, ilustrados, profesores, científicos, sociólogos, intelectuales, políticos, activistas, educadores sociales y revolucionarios (quienes a lo largo de generaciones han basado su filosofía de la historia en el par colectivismo-antropocentrismo, cuya fe inquebrantable en la mejora de la humanidad como un todo ha hecho de ese binomio ideológico la religión más popular y perniciosa de todas), no creo que la sabiduría humana, que es una cualidad individual, escasa y difícilmente comunicable a los demás, pueda transformar a un país o al mundo en su conjunto –“cambiar la historia misma”, como dice Alberto Garzón de Izquierda Unida-, siendo más bien la inercia de los tiempos y la imitación cultural –o «el azar y la necesidad» de Monod- las encargadas de hacerlo. Y no solo es que no pueda, sino que cuanto más insistamos en ello, peor nos irá.
Tanto el gobernado como el gobernante son volubles y oscilan de un hábito a otro o de una noción a otra, sin perspicacia ni autoconocimiento; pues el pueblo ansía reformar el gobierno y el gobierno aspira a reformar el pueblo, cuando ni uno ni otro son capaces de reformarse a sí mismos. (…) Debemos convencernos de que puesto que seguramente no tenemos ni las luces ni la fuerza de voluntad suficiente para obrar siempre para el bien eventual de todos aquellos a quienes afecta nuestra conducta, es preferible que nos equivoquemos libremente en amor, en política y en religión, a que sigamos las prescripciones de las autoridades externas, que, en el mejor de los casos, sólo podrían ahorrarnos algunos golpes, para llevarnos a nosotros y al mundo, en su grave ceguera organizada, a las más espantosas catástrofes.
Jorge Santayana, Dominaciones y potestades (1951).

Antes que Homo sapiens somos Homo socialis: la socialización es más determinante que el saber abstracto, mal que nos pese a algunos. El ser humano generalmente preferirá estar acompañado en la injusticia que solo en la justicia ("si me dieran la sabiduría con la condición de mantenerla encerrada, sin comunicársela a nadie, la rechazaría", confesaba Séneca), pues la naturaleza recompensa más la supervivencia que la verdad. En ella cuatro ojos vagos ven más que dos sanos. Es la «ley del mínimo esfuerzo», como nos decían en la escuela. Las sociedades complejas, como sistemas irreflexivos que son, no tienden a alcanzar y conservar el mayor bien posible, ya que eso supondría mucho esfuerzo y poca recompensa para ellas. A Gaia le pasa tres cuartos de lo mismo. Si tiene algún propósito inconsciente, no es crear un mundo mejor para los que la habitamos, sino perpetuarse en el tiempo a nuestra costa, como hacemos los organismos con los sistemas inferiores (órganos, células, átomos, etc.). Para los sistemas que están por encima de nosotros (ciudad, sistema empresarial, ecosistema, sistema Tierra, etc.) no somos más que «perros de paja», meros subordinados. Podemos resistirnos. Es más, debemos hacerlo -en la próxima entrada insistiré en ello-, pero no conviene seguir engañándose: a largo plazo la banca siempre gana.

23 de enero de 2015

La tarea del filósofo moral

El interés que guía al filósofo moralista es, más que rastrear el paso de la humanidad de un tipo de civilización a otro, distinguir en cada tipo de civilización lo bueno y lo malo que comporta.
Jorge Santayana, 1951.

Una de las tareas del filósofo moral tal como yo lo concibo -sobra decir que todas las personas son filósofas, aunque unas le dediquen más tiempo que otras- consistiría en elaborar un sistema ético coherente y equilibrado a partir del análisis del mayor número de deseos y necesidades humanas expresadas a lo largo del tiempo -ayudándose de la historia-, del espacio -ayudándose de la antropología- y del estrato social -ayudándose de la sociología-, teniendo en cuenta qué deseos son y han sido más valorados universalmente que otros. Para ello, debería mostrar con la mayor claridad posible qué deseos son compatibles con qué otros deseos y cuáles no ("los deseos correctos serán aquellos que sean capaces de ser composibles con tantos deseos diferentes como sea posible", decía Russell), a la espera de que su trabajo le resulte útil a los demás tanto como a sí mismo, si bien el propio Santayana nos prevenía de que “no se debe esperar que lo que, según el propio entender, es bueno y hermoso prevalezca y perdure en el mundo”. Por esa razón, porque la naturaleza es cambio y no nos pertenece, en ningún caso el filósofo o la filósofa debería imponer a los demás ni física ni intelectualmente qué deben desear y qué no -incluida esta prescripción-, pues una sociedad con libertad de pensamiento, allí donde ha podido tener lugar en algún grado, ha demostrado ser mejor que una sociedad sin ella. El moralista juzga, el filósofo explica y el sabio transige, y en todos nosotros hay un poco de los tres.

Veamos algunos ejemplos. Si una persona desea que los coches sean eléctricos y al mismo tiempo sostenibles, debería saber que ambos deseos no se pueden satisfacer a la vez. En consecuencia, tendría que elegir: o automoción, o sostenibilidad, o en el mejor de los casos un poquito de ambos en un difícil equilibrio. Lo mismo si desea vivir en una ciudad y al mismo tiempo en una democracia, si desea ser una persona realmente autónoma y a la vez quiere percibir una renta básica o darse de alta como autónomo en el registro mercantil, si desea ser lo más libre posible y también que un ejército profesional le «proteja», si desea que su hermana prescinda de los ansiolíticos y al mismo tiempo que tenga «éxito» en el trabajo, si desea un país competitivo de especialistas eficientes y a la vez desea la no alienación de sus vecinos, si desea una sociedad rica e industrializada y al mismo tiempo igualitaria -como ya advirtiera Illich en los años setenta-, si desea que haya igualdad de oportunidades para los niños y a la vez desea, basándose en argumentos meritocráticos, que sus padres tengan un «poder adquisitivo» diferente, si desea más tecnología y al mismo tiempo más contacto con la naturaleza, o si desea disponer de dinero como medio para conseguir bienes y servicios y al mismo tiempo desea tener relaciones más profundas con los demás.

Por supuesto que, en teoría, siempre es posible elegir opciones intermedias, como por ejemplo una ciudad pequeñita y una democracia no tan directa, o «monedas sociales» y unas relaciones comunitarias algo mercantilizadas, o cierto grado de división del trabajo y una alienación y desigualdad moderadas. Lo que no se puede, en cualquier caso, es esperar lo máximo de ambas cosas. Si uno quiere desplazarse lo más rápido y cómodo posible, no puede esperar un industrialismo verde y amable. Y digo «en teoría» porque dicha elección consciente y colectiva sería lo ideal, sin embargo en la práctica, como sociedad y como individuos que tienen que tomar decisiones a diario en un mar de inercias sociales y mentales, solemos estar en misa y repicando, es decir, pidiendo la Luna y a ser posible también Encélado.

20 de enero de 2015

Contra el colectivismo

Leviatán, 1651

La mayor crítica que se le puede hacer al pensamiento humanista más voluntarista y antideterminista, incluido en ocasiones el más radical o «integral», es precisamente su olvido o inclusive su rechazo a considerar a la humanidad en su conjunto como un aglomerado irracional que vive fuera de la reflexión teórica y del pensamiento a largo plazo, es decir, como un cúmulo amorfo convertido eventualmente en plaga con propósitos muchas veces opuestos a nuestros propósitos individuales y microcolectivos. Como dice el Agente K en la película Men in Black, “el individuo es listo”, o puede llegar a serlo, pero “la masa es un animal miedoso, idiota y peligroso”. Esta cita puede emplearse con fines hobbesianos, paternalistas y colectivistas, como tienden a hacer el cientificismo en general y la tecnocracia en particular, pero no es esa mi intención. A nivel macroestructural, las poblaciones son casi tan ciegas como los genes, pero de ahí no se deduce necesariamente que, a nivel microestructural, los individuos concretos con los que tratamos a diario también lo sean. Tampoco del hecho de que la sabiduría nunca será generalizada se puede concluir, como hizo Isaac Asimov por boca de uno de sus personajes más queridos y tecnócratas, que “la suma del saber humano está por encima de cualquier hombre; de cualquier número de hombres. Con la destrucción de nuestra estructura social, la ciencia se romperá en millones de trozos. Los individuos no conocerán más que facetas sumamente diminutas de lo que hay que saber. Serán inútiles e ineficaces por sí mismos”. ¡A menos que los políticos y los psicohistoriadores lo impidan, claro!

Inspirado tal vez por ese mismo ideal platónico enemigo hasta cierto punto de la «sociedad abierta», como diría un Karl Popper igualmente cuestionable en materia política, Alexis Tsipras, el homólogo de Pablo Iglesias y Alberto Garzón en Grecia, afirmaba en 2014 que su partido “SYRIZA tiene no sólo el programa, sino también los dirigentes, la experiencia de lucha y la contribución de destacados científicos y tecnócratas progresistas, como para poder asumir mañana los destinos del país con responsabilidad, seriedad y eficacia”. En el imaginario político de no pocas personas, la eficacia, un supuesto bien colectivo y “los destinos del país” están por encima de la libertad y la moral individuales. Si bien Platón era aún más enemigo de la democracia que los políticos actuales –entendida ácratamente como el reparto horizontal e igualitario del poder y del conocimiento para impedir la dominación de unos sobre otros-, los demócratas de toda la vida, empezando por el sobrevalorado Pericles de Atenas, no se le han quedado muy atrás al filósofo de la Academia, pues decía otro filósofo, esta vez inglés, que “toda la filosofía occidental es una serie de notas a pie de página de la filosofía platónica”, y no le faltaba razón, desafortunadamente. 
Has de saber, extranjero recién llegado a este planeta -dijo-, que hemos alcanzado el más alto conocimiento de las fuentes de todos los sufrimientos, preocupaciones y desgracias que padecen los seres unidos en la sociedad. Dicha fuente estriba en el individuo, en su personalidad particular. La sociedad, la colectividad, es eterna y regida por unas leyes constantes e inamovibles, iguales a las que rigen el poderío de soles y estrellas. El individuo se caracteriza por inestabilidad, por falta de decisión, por lo accidental de sus acciones y, sobre todo, por su transitoriedad. Nosotros hemos suprimido totalmente el individualismo a favor de la sociedad. En nuestro planeta sólo existe la colectividad: no hay en él individuos.
Stanislaw Lem, 1957. 

La ingenuidad propia de todas las sociedades, ese nacer ayer que las caracteriza, en parte se debe –al menos en el caso de Occidente- al bombardeo «informativo» de los medios de comunicación de masas, empezando por la radio, pasando por la televisión y terminando por Internet, gracias al cual es más sencillo convencer a las personas de que sus voluntades anónimas serán tenidas en cuenta por Ellos, los tele-elegidos, los carismáticos trileros de Weber, los nuevos alquimistas capaces de transmutar y subordinar a distancia millones de voluntades finitas y distintas a una única y omnisciente voluntad popular, capaces de darle el poder al representado sin dárselo, de liberar sin liberar, y todo ello de la manera más eficaz. ¡Basta con predicarlo desde el aula, el telediario y la prensa digital! “Me basta escuchar a alguien hablar sinceramente de ideal, de porvenir, de filosofía, escucharle decir «nosotros» con una inflexión de seguridad, invocar a los «otros» y sentirse su intérprete, para que le considere mi enemigo”, decía Cioran, astuto como ninguno.

Lo decisivo en la vida no es la verdad sino la imitación, para desgracia de los muchos y beneficio de los pocos. Más conocimiento y más civismo es lo que hace falta, repiten tanto jacobinos como girondinos, y el mundo será mejor… para ellos. ¿Educación para la ciudadanía? Educación para la sumisión, más bien, aunque hay que reconocer que esa asignatura era menos doctrinaria que la que les hubiera gustado implantar a sus críticos conservadores (¿que la globalización tiene inconvenientes, que los homosexuales no son personas de segunda? Oh, no, eso sería adoctrinar a los niños. ¡Como si dar por sentada la globalización y tantas otras cosas no fuera un adoctrinamiento aún mayor!). “Convencer al proletariado” y obligarlo a actuar correctamente, decía literalmente Paul Lafargue desde su escritorio de ideólogo a tiempo parcial, pese a que, también es necesario decirlo, hiciera críticas sociales muy necesarias desde ese mismo escritorio, proudhoniano primero y marxista después. No se confunda, pues, como quiere el ilusionista que hay en nosotros, la libre concienciación del ciudadano, del campesino y del proletario con la tele-concienciación autoritaria y tecnocrática de la «ciudadanía», del «campesinado» y del «proletariado». Lo primero es un deseo noble y optimista, lo segundo es una quimera colectivista –entiéndase aquí el colectivismo en sentido negativo, pues es indudable que el individuo ni puede ni debe existir sin alguna clase de colectivo-. Precisamente nuestra fe antropomorfizadora en una colectividad potencialmente sabia y autoconsciente es lo que les da carta blanca a los dominadores, uniformadores y recaudadores de falsas conciencias. ¡La generación más preparada de la historia, dicen los prestidigitadores necesitados del voto joven! Lo que no dicen, los muy cautos o los muy cándidos, es para qué y para provecho de quién son todas esas dobles titulaciones, que salvo algunas excepciones solo han proporcionado humanos recambiables e hiperespecializados para mayor gloria del organismo social. Como dirían los San Mateos de la religión económica, “que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha”, así tu trabajo quedará en secreto, “y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará”.
La lucha de la izquierda no crece de los deseos, necesidades y sueños de lxs individuxs vivientes que son explotadxs, oprimidxs, dominadxs y desposeídxs por esta sociedad. No es la actividad de gente esforzándose por reapropiarse de sus propias vidas y buscando las herramientas necesarias para hacerlo. En lugar de eso es un programa formulado en las mentes de dirigentes izquierdistas o en reuniones de organización que existe encima y antes de las luchas individuales de las personas y para que éstas últimas tengan que subordinarse.

Al parecer, una suerte de selección cultural habría ido perfilando con el tiempo aquellos discursos políticos –supuestamente revolucionarios pero en el fondo apaciguadores, como el «opio del pueblo» de Marx aunque en este caso extendido a todas las religiones políticas, incluido el marxismo más acrítico- que mejor hacen creer a la mayoría de las personas que pronto sujetarán con sus manos el timón de sus vidas, en cuanto suban al poder los mártires del bien común, consiguiendo incluso que se llamen a sí mismas demócratas por el mero hecho de poder votar entre varios dictadores –los que dictan las normas- y comentar la jugada con garantizada «libertad de expresión», satisfechas de formar parte de algo más grande que ellas, de algo cuyas consecuencias –como siempre quisieron desde el principio en su fuero interno- escapa afortunadamente a su control. ¡La delegación es liberación! ¡Viva el «sesgo de responsabilidad externa»! Si nos vamos a pique será por su incompetencia, por su avaricia, por sus mentiras y medias verdades, por las llamadas «manzanas podridas» de sus viejos partidos corrompidos por el bipartidismo, argumentos todos ellos expiatorios, porque en realidad lo que está podrido es el cesto en sí, que con tanto afán nosotros remendamos una y otra vez como Sísifos desmemoriados. De aquellos mimbres, estos lodos. Confiar todavía hoy, 2015 anno Dómini, en una persona que manifiesta claramente querer dirigirnos solo es posible en un mundo de creyentes, de pastores y rebaños, de papás autoritarios y Papas «revolucionarios», ante lo cual solo cabe enfadarse o resignarse. Megalomanía disfrazada de altruismo, eso es lo que hay detrás de tanto colectivismo.
En toda sociedad explotadora, la familia refuerza el poder real de la clase dominante, proporcionando un esquema paradigmático fácilmente controlable para todas las instituciones sociales. Así es como encontramos repetida la forma de la familia en las estructuras sociales de la fábrica, el sindicato, la escuela (primaria y secundaria), la universidad, las grandes empresas, la iglesia, los partidos políticos y el aparato de estado, las fuerzas armadas, los hospitales generales y psiquiátricos, etc.
David Cooper, 1971. 

15 de enero de 2015

¿Hacia una nueva Edad Media?

Lecciones de la historia
Todos los intentos realizados por los distintos emperadores para mejorar la economía del Imperio: reformas monetarias, acuñación de monedas nuevas, así como medidas para regular los precios de los productos y los salarios de los trabajadores no fueron eficaces, lo cual repercutió gravemente en el conjunto de la sociedad romana, de manera especial en las clases medias: artesanos, pequeños propietarios y comerciantes, que serán víctimas de un rápido proceso de proletarización. Asimismo, el declive de la sociedad esclavista tradicional no trajo consigo el triunfo del trabajo libre, sino, por el contrario, su hundimiento. (...) En los últimos años del Imperio se produjo, como consecuencia de todo ello, una serie de revueltas campesinas tanto contra los grandes propietarios como contra el propio Estado romano, como sucedió en la Galia, en España o en el Norte de África donde tuvo lugar la rebelión de los circumcelliones ligada a corrientes espirituales de signo rigorista en las que las masas populares vieron un soporte mental para combatir al sistema político-social de la época, aliado con la Iglesia jerarquizada, por lo que hay que poner de relieve que los factores de orden religioso jugaron un papel de primer orden en la crisis del mundo antiguo.
Manuel Ladero y Paulina López,
Introducción a la historia del Occidente Medieval, UNED.

13 de enero de 2015

Por qué soy pesimista (V)

Algunos estudios indican que las personas pesimistas y desconfiadas son más sensibles a las amenazas potenciales y a la detección de posibles engaños.
Alfredo Oliva, 2014. 
Según diversas investigaciones, nuestro cerebro está construido con una tendencia a la negatividad. Los estímulos negativos producen más actividad neuronal que los estímulos positivos. Los sucesos negativos se guardan en la memoria a largo plazo de forma inmediata, mientras que los acontecimientos positivos requieren que pensemos en ellos de una manera activa durante un tiempo que va de los 5 a los 20 segundos para que queden archivados en la memoria a largo plazo. Además los acontecimientos negativos se recuperan de la memoria con más facilidad. (...) Tendemos a pensar que quien dice cosas negativas es más inteligente que quien dice cosas positivas (...). Por todas esas cosas el neuropsicólogo Rich Hanson ha afirmado que “nuestro cerebro es como el velcro para las experiencias negativas y como el teflón para las experiencias positivas”. Y no se puede culpar de todo eso a nuestra educación ni a la sociedad. Según investigaciones realizadas en niños de 3 meses de edad, estos procesan la negatividad de la misma manera que nosotros. ¿Por qué ocurre la predisposición a lo negativo? (...) Mi opinión es que es, como casi todo, una cuestión evolutiva. Durante toda la historia del ser humano, las cosas negativas o peligrosas han sido mucho más importantes que las positivas. Si yo fuera un hombre de las cavernas probando una baya silvestre y esa baya fuera sabrosa, la importancia de esa información sería relativa. Pero ¿y si descubriera que esa baya es venenosa y me puede hacer enfermar? El incentivo de recordar ese suceso sí sería muy grande. También sería más importante recordar en qué cueva hay un león que en que cueva no hay un león.
IvanC, 2013.

9 de enero de 2015

¿Hasta qué punto es sexista la obra de Félix?

Una aproximación al problema de la violencia machista


Como ya he insinuado en entradas anteriores (12, 34 y 5), mis discrepancias con la obra de Félix Rodrigo Mora se han ido tornando cada vez más nítidas -ganándome así algunos ataques que creía olvidados (ad hominem); ¡no hay nada como volver a casa!-, aunque sería un descuido por mi parte no reconocer también mis coincidencias -enumerarlas me llevaría un buen rato; de momento sirva como prueba el borrador de mi libro-. Ahora bien, aparte de lo ya comentado en esas otras entradas, aparte también de mi crítica a lo que considero por su parte una actitud en alguna medida acientífica o incluso anticientífica cuando rechaza estoicamente y sin matices el darwinismo e implícitamente la teoría de la evolución por selección natural -de ahí que Cauac Editorial Nativa, que tiene libros interesantes sobre educación, distribuya algunas de las obras de Félix junto a otros títulos como Desmontar el SIDA La crisis latente del darwinismo-, aparte así mismo de cierto pensamiento de grupo«efecto arrastre», «sesgo de responsabilidad externa», moralismo e incluso irracionalismo criticables que se estarían formando alrededor de su obra y al calor de la actual crisis civilizacional -como ya hiciera el lado más cuestionable del cristianismo primitivocomo ya expresé un tanto groseramente en aquel comentario-, y al margen también de mi escepticismo ante cierta dosis de etnocentrismo y maniqueísmo a la hora de comparar el cristianismo con el islam altomedievales -muestra de ello quizá sea su crítica a los califatos y al "anticlericalismo burgués" en mayor medida que a la Iglesia y al clericalismo-, creo que todavía quedan no pocas afirmaciones respecto al problema de la violencia machista -pasadas o presentes, suyas o de otras personas cercanas a él y a su movimiento de «revolución integral»- que por regla general no han sido suficientemente analizadas. Tanto los que tienden a confiar en el juicio de Félix -incluido el propio Félix- como los que tienden a desconfiar de él, puede que encuentren en esta crítica una manera de mejorar sus posturas. Entre la semi-idolatría y la caza de brujas está el justo medio. Empecemos, pues.

A finales de 2011, una mujer llamada Pilar, posiblemente una de las personas que administran la página web de Félix, afirmaba que "antes de la Ley de Igualdad del 2004 había menos muertes que a raíz de ser publicada y en ascenso hasta la fecha, esto es un hecho no una idea (lo que se quiso eliminar lo fomentó)", lo cual no era cierto entonces y lo es todavía menos ahora. Y aun si lo fuera, el argumento bien podría ser falaz (post hoc ergo propter hoc). En teoría, incluso las mejores políticas sociales pueden actuar con un retardo de décadas, como demuestra generalmente la dinámica de sistemas. Sí es cierto, no obstante, que en 2008 se alcanza la cifra más alta de los últimos años, pero puestos a buscar causas principales, una buena candidata sería la crisis económica, que en menos de un año produjo un aumento extraordinario en la tasa de desempleo superior al 5%, entre otras consecuencias menos evidentes

El propio Félix, en un texto de 2012 titulado "Feminismo policíaco, feminismo fascista", añade que "desde su entrada en vigor el porcentaje de mujeres asesinadas se ha incrementado en, aproximadamente, un 50%", lo cual es fácil de comprobar, a menos que pongamos en duda las estadísticas oficiales, en cuyo caso habría que aportar cifras alternativas de un rigor similar o cuando menos aportar alguna prueba de la supuesta conspiración. Mientras tanto, los datos del Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad y del Instituto Nacional de Estadística muestran una media de 62 asesinatos anuales durante el periodo 2005-2014, diez menos que en 2004 (recuérdese que la ley no entró en vigor hasta el año siguiente). Otras fuentes, si bien dan cifras más altas y quizá más reales por basarse en un recuento directo de los casos aparecidos en prensa, muestran una tendencia similar. 


En el mismo texto de 2012, siguiendo probablemente un razonamiento parecido al del juez inhabilitado Francisco Serrano, afirma que "la gran mayoría" de los detenidos por violencia de género son "inocentes", a partir de lo cual parece concluir, invirtiendo los términos, que la inmensa mayoría de los condenados lo han sido "a partir de denuncias inverificadas, no probadas, muy a menudo presentadas por la misma policía", cuando lo más razonable sería demostrar esto último para después, si procede, afirmar lo primero. Por lo pronto, lo de "muy a menudo presentadas por la misma policía" es un poco exagerado, o una verdad a medias: en el periodo 2007-2012, al menos el 76% de las denuncias fueron interpuestas por las propias víctimas, por sus familiares y por los servicios de asistencia (VI Informe Anual del Observatorio Estatal de Violencia sobre la Mujer 2012).


También Pilar, en el post que acabamos de comentar, adjuntaba un "documental"  supuestamente danés sobre denuncias falsas en España tan sorprendentemente manipulado que no sabría por dónde empezar. Pero no me hagáis caso, juzgadlo vosotros mismos. Como decía aquel eslogan, «busque, compare, y si encuentra algo mejor, cómprelo». Además, afirmaba bajo el conocido «efecto del falso consenso» que "hoy en día todos conocemos a alguien al que se le ha acusado en falso con la ayuda de la administración" (la cursiva es mía), lo cual evidentemente no es verdad, al menos no en el sentido de conocerlo del barrio, ni siquiera de oídas. Es cierto que conocemos algunos testimonios personales a través de Internet, pero son demasiado parciales y están poco documentados, y eso obviamente no es lo mismo que conocer de verdad casos de denuncias falsas. Soy el primero en prestarse a destapar lo que haya que destapar, pero a falta de conocer cada caso personalmente y con unas mínimas garantías de objetividad, lo razonable es creer antes a los jueces y juezas -a quienes se les presupone un mayor grado de imparcialidad- que a los propios implicados y sus defensores mediáticos -a quienes se les presupone por principio un mayor grado de parcialidad-. Por esa razón, en todas las sociedades humanas siempre ha existido el rol del árbitro para dirimir los conflictos personales y facilitar la convivencia.

En este enlace podéis ver un juicio real. Tanto la persona que subió y tituló el vídeo como quienes lo comentan más abajo han hecho una lectura del mismo tan contraria a lo evidente, evidente al menos para mí y para los allí presentes excepto para el acusado, que, en lugar de demostrar un caso de denuncia falsa, irónicamente el vídeo nos brinda la oportunidad de ver un caso real de violencia de género, lo cual no habría sido posible si el dueño del canal no hubiera pecado de exceso de confianza. La grabación que aporta el propio acusado sobre los hechos que se juzgan, lejos de mostrarle como una persona "civilizada", son una buena prueba documental de su comportamiento. Si su defensa consistía en tirarse piedras contra su propio tejado, creo que no lo podría haber hecho mejor. La soberbia es traicionera. Dentro de lo trágico, lo bueno es que un maltratador, al menos en su máximo apogeo como tal, no suele saber que lo es, de modo que por mucho que se vea a sí mismo como una persona cabal, pacífica y empática, por mucho que se engañe a sí mismo, su comportamiento no miente. Tiene un punto ciego, un cartel pegado a la espalda que pone «violento hasta nuevo aviso», solo que él aún no lo sabe, y puede que nunca llegue a saberlo -los programas formativos ayudan, pero tampoco hacen milagros-. Por eso los agresores se autodelatan aunque no lo quieran, e independientemente de que el juicio acabe en condena. Es más fácil mentir a los demás cuando se trata de enunciados simples («¿fuiste tú?», «¿dónde estabas?»), que cuando se trata de ocultar la propia personalidad. Eso es lo bueno dentro de lo malo.

Si bien es cierto que la ausencia de prueba no es prueba de ausencia (argumento ad ignorantiam), lo que podemos afirmar con seguridad es que los casos de violencia de género que se abren por posibles denuncias falsas representan aproximadamente el 0,01%. Si la mayoría de las denuncias fueran meridianamente falsas, fruto de invenciones maquiavélicas, ¿no cabría esperar que hubiera una auténtica contraofensiva judicial por parte de los denunciados, en lugar de los escasos 120 procesos iniciados en los últimos cinco años, de los cuales más de un 70% no se han podido probar? Supongo que Félix, al creer desde un principio que el porcentaje de "hombres maltratadores" es inferior al "0,0001%" del total de la población masculina en España -¡menos de 20 hombres según sus «cálculos»!-, lo cual se encuentra más en el reino de los aprioris morales que en el de las pruebas objetivas -lo más probable es que "el maltrato ejercido sobre las mujeres por sus compañeros íntimos" no esté "por debajo del 5% en ningún país" (Bosch y Ferrer, 2012), cifra que coincide grosso modo con la arrojada en España por el Instituto de la Mujer-, concluye que la mayoría de los denunciados no pueden ser culpables, y que por lo tanto la inmensa mayoría de esas mujeres o mienten o exageran o se han dejado llevar por los cantos de sirena de las "nazi-feministas". Sin embargo, al sugerir que estarían cometiendo un delito al denunciar falsamente a sus parejas o exparejas, termina por criminalizar de manera directa o indirecta no solo a esas mujeres sino en general a todas aquellas personas que estén de acuerdo tácitamente con la Ley Orgánica de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género, cuando irónicamente lo único que pretendía con su crítica era visibilizar el nuevo "feminicidio" al que se estarían viendo sometidas las mujeres por parte del feminismo de Estado y descriminalizar al mismo tiempo a un supuesto género masculino perseguido por esas mismas instituciones. Es lo que se conoce como desvestir a un santo para vestir a otro. Según el médico forense Miguel Lorente -de quien Félix dice que sus libros son "repulsivos" y en los que "casi cada página es una montaña de suciedades, chismes, ignorancia autosatisfecha y bellaquerías", toda una muestra de hasta qué punto practica el amor al prójimo y la defensa de la «libertad de conciencia» que tanto defiende-, todo esto "es tan absurdo que quienes dicen que «no se respeta la presunción de inocencia de los hombres», directamente condenan sin pruebas ni juicio a todas esas mujeres como autoras de un «delito de denuncias falsas»”. Estoy de acuerdo.

Es irónico, además, que por un lado minimice el número de denuncias verdaderas por violencia de género y por el otro afirme que "cada año se ponen en «España» unas dos denuncias diarias" contra "los cuerpos policiales por «malos tratos», torturas, cifra que quizá no sea ni el 10% de los casos realmente acaecidos, pues la gente tiene pánico a denunciar a la policía por «malos tratos» ya que se pueden encontrar con más, mucho más, de lo mismo". ¿No es razonable suponer que ese mismo "pánico" a las torturas policiales, o incluso uno mucho mayor, además de la tradicional vergüenza por el qué dirán y el miedo a la revictimización y a que no las crean, esté presente igualmente en un gran número de mujeres maltratadas, de manera que las denuncias interpuestas no solo no serían falsas sino que representarían solamente una pequeña parte del total? Un dato insoportable: "tres de las mujeres asesinadas en 2010 habían sido denunciadas por sus homicidas" como represalia (Amnistía Internacional, 2012). ¡Encima de asesinadas, denunciadas!

En otra ocasión, Félix afirma que detesta "de todo corazón la orgía alcohólica fomentada desde el Estado que padece nuestra sociedad que, dicho sea de paso, mata cada año quizá cien veces más mujeres que la «violencia de género»", lo cual puede ser cierto -yo mismo soy abstemio, aunque por motivos puramente de gusto, y también veo con incomodidad que el alcohol sea el dueño de las fiestas-, sin embargo no repara lo suficiente en que, como dicen Esperanza Bosch y Victoria Ferrer, "el consumo abusivo de alcohol y drogas estaría presente en el 50% de los casos de violencia de género a escala mundial, oscilando entre un 8 y un 97% según el estudio", lo que parece sugerir que a mayor "orgía alcohólica" mayor tenderá a ser el número de víctimas, como al parecer estaría ocurriendo especialmente en algunos países nórdicos. Tampoco repara en lo desafortunada que es su comparación, que no es inocente. Si al lector o lectora le dices que la violencia machista mata cien veces menos que el alcohol en un texto donde se minimiza constantemente el machismo, es evidente que detrás de ello hay una intención negacionista. Que esta sea consciente o inconsciente es lo de menos. Como determinista, pienso que los hechos son más relevantes que las voluntades.


También sostiene un tanto esotéricamente, "según informes parciales que circulan en la semi-clandestinidad", que el número de detenidos por violencia de género sería de unos 50.000 al año -supongo que por detenidos se refiere a encarcelados; si se refiere únicamente a denunciados, entonces no solo tendría razón, sino que se habría quedado corto-, lo que contrasta notablemente con los cerca de 6.000 reclusos que cumplen condena todos los años según la Secretaría General de Instituciones Penitenciarias (VI Informe), a lo que todavía habría que restarle el número de presos que cumplen más de un año de presidio, que serán unos cuantos. Otro dato: solo un 6% de las medidas penales suponen privación de libertad (Consejo General del Poder Judicial, 2012). Por lo tanto, si no mienten las autoridades -y no se me ocurre en este caso ninguna razón de peso para que los partidos políticos arriesgaran de esa manera su reelección-, el número anual de nuevos internos es unas diez veces menor de lo afirmado -la diferencia entre una y otra cifra no es de un 10% o de un 50%, que ya sería motivo de alarma, sino de un difícilmente creíble 1000%-, de manera que decir que "estamos asistiendo a una cacería al hombre en toda regla, sólo comparable a la que el franquismo hizo en la lucha contra el maquis", es una afirmación gratuita tanto en lo cuantitativo como en lo cualitativo. Afirmaciones extraordinarias requieren razonamientos extraordinarios.


Más adelante, asegura en ausencia de referencias bibliográficas que "está probado por estudios sociológicos de gran rigor" que "las aterradoras campañas de culpabilización de los hombres que lanzan los medios de comunicación" incitan "de facto a cometer nuevos asesinatos pero, dado que lo que se busca es culpabilizar a los varones y en absoluto proteger a las mujeres, se siguen haciendo". Puesto que la carga de la prueba está en el que afirma (onus probandi), esa afirmación no tiene especial credibilidad mientras no se aporten los datos requeridos, por mucho que se añada al final de la frase la expresión "de gran rigor" (magister dixit). Por lo tanto, de momento lo de "aterradoras" no pasa de ser una opinión subjetiva del autor.

En otra parte del texto, Félix afirma con su ya habitual brocha gorda que "el feminismo se lucra con el asesinato de mujeres, de la misma manera que la industria farmacéutica engorda con la mala salud de la población". Según él, el feminismo "está, al menos objetivamente, interesado en que siga la matanza, por eso no hace ni hará nada para frenarla, al contrario, su estrategia es echar leña al fuego, pues vive y medra a costa suya". Llegados a este punto, podemos discutir si las medidas son las correctas -quien me conoce sabe que no soy precisamente ningún adorador de las cárceles, de las leyes ni del Estado- y si los resultados son los esperados, pero afirmar que el feminismo no solo “no hace nada ni hará nada para frenarla” sino que además “su estrategia es echar leña al fuego”, es demostrablemente falso. Si no fuera por dos siglos de feminismo, el machismo seguiría campando a sus anchas, y si hay alguien que está echando más leña al fuego en este asunto, opino que son quienes se refieren a las feministas con frases tan violentas, maniqueas y poco conciliadoras como "¡fascistas!, ¡fascistas!, ¡fascistas!". En estos últimos años creo haber aprendido que quienes usan esa clase de epítetos con frecuencia y como arma arrojadiza están más cerca de serlo ellas mismas que quienes los utilizan con moderación y como último recurso. El lenguaje de máximos y sin matices tal vez valga para momentos puntuales de excitación, pero es poco apropiado en un texto pensado para durar años. Tanta parece ser la preocupación de Félix en este punto que llega a pronosticar para ~2016 la creación de un grupo "parapolicial y paramilitar" de feministas armadas por el Poder con la intención de reprimir a “los varones y las «mujeres macho»” anticapitalistas.

Según él, el Manifiesto SCUM (1967) de la feminista radical estadounidense Valerie Solanas "es el libro inspirador de la Ley de Violencia de Género", pero pienso que esa asociación apresurada nace más del miedo que de un análisis sosegado. En el mejor de los casos, el feminismo que se respira tanto en el Gobierno como en el trabajo, en las casas y en las calles es la versión más ortodoxa y moderada del feminismo, uno mucho más cercano al de Wollstonecraft que al de Solanas, y ello casi siempre es así con todas las ideologías, debido tanto al efecto consenso como a la inercia de la propia historia que, salvo abruptas explosiones ideológicas, tiende a diluir las posturas más radicales como si de una «regresión a la media» se tratara, a veces para bien y otras para mal. Otra cosa, desde luego, es que en determinados círculos políticos heterodoxos y minoritarios se defienda un feminismo violento y androfóbico, pero no hay que confundir la parte con el todo. Hoy en día sigue siendo muy infrecuente que personas o grupos como el Partido Feminista de España defiendan o actúen como si defendiesen que "a las hembras con sentido del civismo (...) solo les queda derribar al gobierno, eliminar el sistema monetario, instaurar la automatización completa y destruir al sexo masculino", como decía Solanas. Además, ¿no es un poco desproporcionado estar tan preocupados por unos cuantos colectivos misándricos cuando existen entre nosotros colectivos misóginos desde hace siglos, los cuales, si no me equivoco, no se llegan ni a mencionar en ninguno de los textos de Félix? Un dato: alrededor de un 1% de los europeos y europeas piensa que la violencia contra la mujer es aceptable en cualquier circunstancia. Otro: en España solamente un "90,6% considera que es totalmente inaceptable".

En otra parte del artículo, el autor sugiere que las “féminas policías” son “más agresivas a menudo (…) que sus colegas varones”. Tampoco en esta ocasión parece basarse en estudios que hayan analizado el comportamiento agresivo de una muestra significativa de hombres y mujeres, sino en experiencias personales y testimonios de terceros que, si bien siempre vienen bien para diversificar las fuentes, hay que reconocer que por sí solos no suponen una verdad lo suficientemente sólida como para sentar cátedra. Incluso en el caso de que fuera cierto y se pudiera demostrar mínimamente y ante los demás más allá del «a mí me pasó» o del «me lo han contado» -pues ya sabemos lo poco fiables y extrapolables que suelen ser la mayoría de nuestras experiencias personales en comparación con los estudios controlados y los razonamientos lógicos-, todavía sería criticable el hecho de que, siendo igualmente cierto que algunos hombres policías son a menudo más agresivos que sus compañeras, Félix haya preferido centrarse en el caso contrario, creando así una imagen distorsionada de la realidad.

En otro texto ya citado, deduce que la discriminación laboral hacia las mujeres embarazadas hasta el punto de llegar al despido se debería en primer lugar no a la búsqueda psicópática del máximo beneficio como objetivo empresarial o al machismo de sus jefes e incluso jefas implícito en el propio sistema económico capitalista, sino a una supuesta y creciente heterofobia "interesadísima en la lesbianización de las mujeres". Ahora bien, aun en el improbable caso de que esa fuera una de las causas, es difícil imaginarse que se encontrara entre las más importantes. Como ya dije en otro momento, si bien me puede parecer criticable la ideologización de la homosexualidad o incluso su guetificación, estoy lejos de creer como Félix que haya una "satanización del varón heterosexual y del sexo heterosexual", o que "el victimismo gay es, en buena medida, una exageración y una invención". Ni tanto ni tan calvo. Actualmente sigue habiendo muchísima más homofobia que heterofobia, al menos en mi entorno. La diferencia entre una y otra probablemente sea de varios órdenes de magnitud. El día a día en las aulas de los institutos pero sobre todo en los patios es una buena muestra de ello, al igual que ocurre en las cárceles propiamente dichas. Al parecer, los espacios de convivencia cerrados, altamente artificiales, opresivos y una pobre educación emocional estarían maximizando y manifestando estos prejuicios normalmente latentes. En mi opinión, preocuparse tanto por un supuesto aumento de la heterofobia podría ser un síntoma de una homofobia no reconocida.

En un artículo de 2012 colgado en la página de Félix, Rafael Palacios, más conocido en el mundo de las teorías conspirativas como Rafapal, afirma que “la mayor parte de los asesinatos” ocurren “en parejas inmigrantes”, lo cual, aparte de falso en términos absolutos -lo que sí es cierto, en términos relativos, es que una mujer inmigrante tiene más probabilidades de ser maltratada y/o asesinada por su pareja que una mujer nacida en España-, es una afirmación que nace de algún estereotipo xenófobo previo y no, al parecer, de un sano interés por los datos y las personas que hay detrás de esos datos. De hecho, cerca del 80% de las mujeres que llaman al 016 en busca de ayuda y consejo son españolas (VI Informe). En la misma dirección, un comentarista de este mismo post llamado Piedra, justo después de decirme que vivo "en un mundo muy alejado de la realidad", afirma sin despeinarse que "hay que tener en cuenta muchos factores" a la hora de interpretar las estadísticas, "como la coincidencia en el tiempo con el boom inmigratorio". ¿Es cierto eso? No, a poco que se mire el número de mujeres asesinadas. A principios de los años noventa, con apenas un 1% de población extranjera en España, la cifra era de unas "80 mujeres de promedio anual". Hoy, con una población extranjera diez veces mayor, la trágica cifra no solo no ha aumentado sino que ha descendido al menos un 20%, con ligeras variaciones interanuales e incluso con especial tendencia a la baja desde 2011. Es más, si tenemos en cuenta que ahora la población total es un 14% mayor que hace veinte años, tanto en números absolutos como en números relativos la reducción de las muertes por violencia machista resulta más que evidente.

Población extranjera en España

¿Y qué opina Félix? No tengo constancia de que se haya pronunciado en este sentido en particular, pero es obvio, al menos en mi opinión, que algo de racismo o xenofobia debe de haber en su obra cuando en "Confesionales y anticlericales dicen lo mismo sobre la inmigración" llama racistas a quienes se preocupan por las minorías, en este caso inmigrantes -"todos son racistas de facto, yo no"-, achacándoles sin el necesario fundamento teórico -una acusación extraordinaria requiere como mínimo una fundamentación ordinaria- de "alentar" la inmigración, de "convertir a los inmigrantes en víctimas" y de considerar "al inmigrante como un sujeto con sólo derechos, sin deberes ni obligaciones, alguien que por su pretendida situación de pobreza extrema (...) puede hacer lo que le venga en gana, y al que nunca se les pueden exigir responsabilidades en el trato con sus iguales". ¿Quién hace eso? Además, es irónico que llame paternalistas a quienes solo tratan de ser hospitalarios en favor de la igualdad de oportunidades cuando probablemente no hay nada más paternalista que decirle a un migrante qué es lo que le conviene, que según Félix es sumarse a su revolución, pero desde casa, eso sí: "¿Es ético que una persona abandone su país y los suyos para ir a integrarse en la sociedad de consumo?, ¿no saben quiénes lo hacen que con ello dañan a la sociedad donde nacieron? (...) Los inmigrantes vienen de sociedades en que se hace necesario un inmenso esfuerzo en pro de la justicia social, en pro de la revolución integral. En vez de eso ellos escapan, eluden sus responsabilidades, se van a consumir. ¿Eso es políticamente justo?, ¿es éticamente admisible? (...) La tarea de los inmigrantes es hacer la revolución en su propio país, no emigrar a los países ricos. (...) Si son sujetos con conciencia quienes están aquí han de considerarse autocríticamente y volver a su país de origen para sumarse a la acción revolucionaria allí". En primer lugar y en palabras de su antiguo compañero Javier Rodríguez Hidalgo, eso último me "recuerda a lo que contaba Jorge Semprún en su Autobiografía de Federico Sánchez acerca de ese miembro del comité central del partido estalinista español que solía espetarle con un «¡Camarada Semprún, te voy a hacer tu autocrítica!». Otro tanto podría decirse de esa libertad de conciencia que para Félix no basta con ejercer, sino que es preciso «instaurar»...". En segundo lugar, que un inmigrante sea hiperconsumista o la persona más asceta del mundo es independiente de su condición de migrante. Las personas seguirán eludiendo "sus responsabilidades", si es que lo hacen, estén donde estén y vengan de donde vengan, pero parece que a los extranjeros se les exige más y se les presupone una mayor irresponsabilidad por el simple hecho de haber nacido en otra parte. En tercer y último lugar, según esa lógica tan poco cosmopolita, internacionalista e igualitaria, ellos deben estar con "los suyos" en "su país" y nosotros con los nuestros en el nuestro, pero ¿cuál es nuestro país?, ¿quiénes son exactamente los nuestros?, y sobre todo, ¿pueden ellos y los suyos venir a vivir al lado de los nuestros y hacer la revolución todos juntos, y viceversa llegado el caso, o es que le debemos más a la tierra donde nacimos que a la tierra donde caminamos, y más al pueblo que nos vio nacer que al pueblo que nos vio llegar? Supongo que cierto grado de sentimiento identitario es inevitable, y que determinado micronacionalismo cultural puede ser comprensible e incluso ventajoso en algunos aspectos, pero anteponer inflexiblemente los derechos identitarios y colectivos de los pueblos a la libertad de circulación de las familias me parece que es ir demasiado lejos. Como decía Kant, "nadie tiene originariamente más derecho que otro a estar en un lugar de la tierra". Yo puedo desear, en general, la conservación de las sociedades tradicionales, que se estarían destruyendo debido a los movimientos migratorios en masa propiciados, a su vez, por el par capitalismo-industrialismo, amén de otras causas más recientes como el cambio climático, pero cuando me fijo en los casos concretos de pueblos y personas de carne y hueso, ese deseo mío difícilmente puede convertirse en una prescripción rígida y universal, ni tampoco en una especie de museificación eurocentrista de las sociedades que nos recuerdan a nuestro pasado.

Volviendo al artículo de Rafapal, este afirma sarcásticamente y con cierto reduccionismo histriónico que toda "la culpa es del machismo. Ni de las drogas, ni del ambiente del hampa de la prostitución ni, por supuesto, de un tipo de amor sadomasoquista", incurriendo de esa manera en lo que se conoce como los mitos de la marginalidad y del masoquismo. Como escribe Miguel Lorente, "las mismas normas sociales minimizan el daño producido y justifican la actuación violenta del marido. Se intenta explicar atribuyéndola a trastornos del marido o, incluso, de la mujer. Por mucho que el hombre tenga problemas de estrés, de alcohol, de personalidad, curiosamente la violencia sólo la ejerce sobre la mujer, no contra un conocido o amigo, y, por supuesto, nunca contra su jefe". Ergo, la causa principal es el machismo.


A finales de 2014, un comentarista llamado Alex, seguidor de Félix y amigo suyo según me contó, haciendo unas cuentas rápidas con la cabeza afirmaba que "en 10-15 años", de denunciarse todos los casos de violencia machista, "faltarían hombres en España para conseguir las cifras de procesados que la izquierda, el feminismo y el Estado consideran como correctas", el mismo comentarista que repetía ad nauseam que "hay sentencias de alejamiento" únicamente "por tirarse pedos". Dado que a) de media se interponen unas 132.000 denuncias anuales en España, b) que en Europa solamente un 14% de las mujeres comunica a las autoridades "el incidente más grave de violencia por parte de la pareja" (FRA, 2014), c) que la mayoría de las veces se ejerce una "violencia leve" que pasa desapercibida a los demás y d) que "según la Macroencuesta realizada por el Gobierno español en 2011, se estima que en todo el territorio del Estado más de dos millones de mujeres han sufrido maltrato de género a manos de su pareja o expareja alguna vez en la vida", es decir, que "la violencia no denunciada pero detectada a través de estudios estadísticos representa el 73% del total de los abusos" (Amnistía Internacional, 2012), en el supuesto de que las denuncias se multiplicasen por ejemplo por cinco hasta cubrir todos los casos, obtendríamos una cifra de 660.000 denuncias al año, un total de seis millones y medio en diez años. Ahora bien, una cosa es el número de denuncias y otra el número de denunciados únicos. En la teoría y en la práctica, un mismo hombre puede tener más de una denuncia, de su pareja actual y/o de sus parejas anteriores, así como de terceros, de manera que no es prudente deducir con ligereza una cosa de la otra -gracias, Manu, por orientarme en este asunto-. Desafortunadamente, hoy por hoy "no se dispone de información sobre los casos en que, para una misma víctima, se interpone más de una denuncia independientemente del origen de la misma" (VI Informe). Aunque podemos especular un poco. Suponiendo que a cada presunto agresor se le interpusiesen en promedio 1,5 denuncias y no solamente una como supone Alex -una conjetura razonable, a juzgar por las reincidencias-, el número de denunciados únicos se reduciría hasta los 88.000, en lugar de los 132.000 que se suponía al principio, es decir, un 33% menos. 


Si no me equivoco, Alex consideraba que si fuéramos añadiendo seis millones y medio de supuestos maltratadores únicos por cada década (660.000 denuncias x 10 años), en dos o tres décadas nos encontraríamos con que toda la población masculina mayor de edad, unos 18 millones, habría sido denunciada alguna vez en su vida, pero obviamente ese cálculo no tiene en cuenta a) lo que acabo de comentar, b) que es poco probable que algún día las denuncias se dupliquen por cinco; más bien al contrario, al parecer cada vez se denuncia menos, se retiran más denuncias, aumenta el número de sobreseimientos provisionales, se recorta más "en el presupuesto del Estado destinado a (...) luchar contra la violencia machista" y las parejas se separan menos, c) que las poblaciones se renuevan periódicamente, tanto a través del ciclo de nacimientos y defunciones (todos los años nacen y mueren en España unos 200.000 hombres respectivamente, aunque lo primero cada vez menos que lo segundo) como de la emigración-inmigración, de modo que una parte de esos dieciocho millones de varones ya no sería la misma, y por tanto el número de denuncias habría que compararlo no con los 18 millones de hoy sino con los 18 millones de hoy más las personas que se habrían ido incorporando a la sociedad durante ese tiempo. 
 

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¿Es 
sexista la obra de Félix? 

Para responder a esta pregunta primero conviene aclarar dos cosas: 1) que por su «obra» me refiero también, si bien de manera algo difusa y gradual, a todos aquellos textos, eventos, colectivos, blogs, comentarios y páginas de redes sociales que se deriven de ella y que apenas se hayan desmarcado pública y nítidamente de ninguno de sus planteamientos, especialmente de los más polémicos; 2) que ninguna obra es cien por cien sexista o cero por cien sexista, y que, aun cuando consideráramos que contiene algunas actitudes que podrían llamarse sexistas, ¡que tire la primera piedra el que esté libre de todo sexismo! (Sin ir más lejos, por pereza muchas veces empleo el masculino genérico, incurriendo así en cierto grado de sexismo lingüístico). En caliente o en privado es fácil acusarnos mutuamente de machistas, pero en frío y por escrito conviene ser más cuidadosos a la hora de etiquetarnos, entre otras razones porque a) detrás de las palabras siempre hay personas con sentimientos y b) no hay dos machismos iguales. 

Dos indicios que me hacen inclinarme más por el sí que por el no, aparte de los ya recabados, es que cuando Félix critica a alguna personalidad política parece que hace más hincapié en su género cuando es mujer que cuando es hombre. Al menos en este texto de 2009 y en el de 2012 lo hace. El otro indicio surge de la constatación, hasta donde yo sé, de que a lo largo de su extensa obra apenas pueden encontrarse referencias a las graves consecuencias que produce la violencia machista más allá de algunas condenas generales y ocasionales, como por ejemplo cuando se refiere de pasada "al terrible problema de la violencia contra las mujeres" o cuando habla del patriarcado no como una "consecuencia de la perfidia de los hombres" sino más bien como un régimen impersonal "creado históricamente por los Estados" y por tanto neutral en cuanto al género. Pero denunciar una cosa nunca ha sido garantía suficiente de que uno no pueda formar parte de ella al mismo tiempo, aunque sea parcial e inconscientemente. Hasta las personas racistas suelen estar en contra del racismo, sobre todo cuando les afecta a ellas. Una posible objeción a este argumento, que como todo buen argumento debe ser falsable en la medida de lo posible, es que el hecho de que una persona no hable de un determinado tema no quiere decir necesariamente que esté en contra o que no le importe. Sin embargo, aunque es cierto que los seres humanos no podemos hablar de todo en todo momento, no lo es menos que si una persona no dice o no hace gran cosa acerca de la esclavitud animal, por ejemplo, lo más razonable es suponer que su nivel de preocupación al respecto, al menos en ese momento de su vida, es cuando menos bajo.  

Si uno no solo ve géneros sino sobre todo personas, lo esperable entonces sería que nos preocupáramos en mayor medida, sin caer en victimismos y paternalismos de ningún tipo -victimismo también es que un hombre diga que "la satanización del varón heterosexual y del sexo heterosexual es uno de los rasgos más destacados (...) de nuestro tiempo"-, por aquel colectivo de personas que se encuentra, actualmente e independientemente de las causas, en una situación social más desfavorable -como cuando alguien pierde la casa, cae enfermo o no tiene comida-, y no tanto por una supuesta persecución de los hombres y del sexo heterosexual en el mejor de los casos minoritaria. También sería de esperar que se recordaran no solo los perjuicios de un feminismo mal enfocado o estatista, sino también y quizá en mayor medida los perjuicios del machismo y el patriarcado de toda la vida, que se cobra un número infinitamente mayor de vidas y tragedias familiares en España y fuera de ella -en el resto de Europa no están precisamente mejor- y que, no lo subestimemos, no se trata de ningún "viejo patriarcado" como si ya estuviera superado. Un dato: "Los menores enjuiciados por Violencia de Género han aumentado un 23,7% entre 2007 y 2011" (Consejo General del Poder Judicial, 2012)

¿Dónde queda la empatía, la compasión, el deseo de compartir el sufrimiento ajeno y sacar la injusticia a la luz? Apenas lo he visto en su estoica revolución «integral» -palabra en ocasiones totémica más fácil de decir que de practicar-, tan centrada en los deberes que descuida los derechos, principal razón de mi distanciamiento. ¿Que las mujeres "se emancipan a sí mismas" y entre iguales, si así lo quieren ellas, y no nosotros? De acuerdo, nada que objetar y mucho que alabar, pero siempre y cuando se rechace el paternalismo, el dirigismo e incluso el mesianismo implícitos en la afirmación "lo que necesitamos es un movimiento de liberación de la mujer (...) que, sobre todo, se adscriba a la estrategia de revolución integral y estimule a las mujeres a ocupar los puestos de más peso, significación y responsabilidad en ella". En ese mismo año escribe de nuevo: "Tenemos que estudiar la cuestión de la mujer hoy, para establecer las condiciones de su liberación integral, al mismo tiempo elemento motor y meta de la revolución que preconizamos. Las mujeres han de hacerse cargo de las más determinantes funciones, en lo reflexivo, volitivo, decisorio y convivencial".

En noviembre de 2014, María del Prado Esteban afirma que el grueso de la historia académica "ignora la realidad de que la mujer ha sido víctima, co-responsable del patriarcado y verdugo de sí misma al mismo tiempo (igual que el varón), y al obviar esa evidencia se la convierte en objeto de la historia, negándola su función de sujeto". En la misma línea, Alex afirmaba en aquel comentario que "estamos mal, pero no tanto como dice el feminismo; y en todo caso estamos mal todos, hombres y mujeres" -ambas cursivas son mías-, pero eso es como decir que al hacer constar la desigualdad y las relaciones de poder existentes entre el esclavo tradicional, el trabajador asalariado, el contribuyente, el votante, el preso, el siervo, el no blanco, el pobre, el loco, el apaleado, el inconformista, el homosexual, el niño maltratado en casa, el niño marginado en la escuela, el alumno, la mujer, el extranjero, los pueblos conquistados, los animales no humanos y sus respectivos dominadores, estamos subestimándolos, privándolos de toda responsabilidad, pero nada más lejos de nuestra intención. Una cosa es describir la desigualdad y otra prescribirla. Una cosa es que la estratificación social y la estratificación de género existan y hayan existido, si bien no siempre y en todas partes, y otra cosa es cómo combatirlas. Cuando un empleado trabaja sin remuneración veinte horas extra a la semana para no perder el trabajo, ¿es exactamente “igual” de verdugo que el dueño de la empresa? Cuando las mujeres llevan velo ya sea voluntaria o involuntariamente, ¿son tan verdugos como los hombres que las fuerzan a ello? Evidenciar la desigualdad no significa necesariamente delegar la lucha en el Estado y en la libre empresa (non sequitur). Precisamente sacando la opresión a la luz buscamos que el oprimido que hay en nosotros tome conciencia por sí mismo y no vuelva a dejar su libertad en manos de terceros. Huelga decir que yo tampoco creo que la igualdad de género pase necesariamente por la incorporación de la mujer al «mercado laboral», el «sufragio femenino» y el ingreso en las Fuerzas Armadas. Más bien es el hombre el que debería igualarse a la mujer saliéndose de todas esas instituciones patriarcales y favoreciendo el matriarcado, aunque, mientras tanto, es comprensible e incluso loable que se esté dando el fenómeno inverso. Si un entrenador puede entrenar a mujeres, ¿por qué una entrenadora no iba a poder entrenar a hombres?


Conclusión provisional:

Creo haber probado con suficiente detalle que la difusión y la singularidad de los textos de Félix Rodrigo y amigos dentro del mundo libertario, al menos por lo que se refiere a la cuestión de género, son inversamente proporcionales a su rigor. Como demuestra el «efecto de Von Restorff», a veces lo que destaca por encima de la media, para bien o para mal, es más recordado y comentado que aquello que se mantiene dentro de márgenes más prudentes. Algunos de los argumentos que se han esgrimido y que probablemente se seguirán esgrimiendo pertenecen menos al reino de los hechos y de "la verdad", como tanto tienden a insistir quienes los sostienen, que al de la mera opinión no experta. Si bien soy de la opinión de que no debe haber «expertos» entre iguales -y todos somos potencialmente iguales en lo esencial-, sí debemos en cambio, como muestra de "integridad intelectual", tratar de defender nuestras ideas con tanta convicción como especialización tengamos en esa materia, decidiendo "las cuestiones difíciles de acuerdo con las evidencias, o bien" dejándolas "sin decidir allí donde la evidencia no es concluyente", como decía Bertrand Russell. Y eso, a mi juicio, ha estado lejos de ocurrir en esta ocasión. No por casualidad Félix afirma en 2010, si bien no sobre este tema en particular, que no debemos "convertirnos en especialistas en la crítica de la sociedad tecnológica, lo que es un contrasentido, pues toda acción negadora de lo existente ha de ser no-especializada, integral". Si, como creo haber evidenciado siquiera parcialmente -de los sesgos de confirmación, de desconfirmación, de información, del experimentador, del punto ciego e incluso del efecto Keinshorm no me libro ni yo, obviamente-, Félix ha sido entre bastante descuidado y muy descuidado en este tema, cabe preguntarse qué otros «descuidos» podrían estar esperándonos a poco que analizásemos críticamente el resto de su obra. Espero equivocarme y que este sea uno de esos raros casos en los que se puede afirmar con orgullo que del hecho de que existan unas pocas manzanas podridas no se deduce que el resto de la cesta también lo esté. Buen fin de semana.

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1 de enero de 2015

Los pueblos no aprenden,

las personas... a veces

Sísifo (1548) de Tiziano

Ya lo advertía el historiador Robert Mandrou en los años setenta, y tal vez se quedara corto: “Aún pueden detectarse en nuestros días conductas que expresan las relaciones que implicaba la jerarquía social del Antiguo Régimen y que constituyen los anacronismos más evidentes de una sociedad que se pretende democrática”. Nuestras estructuras centralistas son básicamente las mismas, las jerarquías, las promesas y los llamamientos a la «unidad» también, lo que las hace atractivas y aparentemente diferentes en cada época es, en primer lugar, el continuo borrón y cuenta nueva al que se ven sometidos los pueblos con el paso del tiempo –«amnesia colectiva» lo llaman algunos-, una especie de límite a la acumulación y aplicación colectiva del conocimiento. Ese tope, difícil de cuantificar pero de alguna manera real, parece ser el principal causante de que los reiterados descubrimientos morales de Lao Tsé, Epicuro, Thoreau, Tolstói, Kropotkin, Gandhi, Russell o Huxley, así como no pocas y recurrentes revueltas populares, apenas hayan servido para darle trabajo a unos cuantos historiadores de las ideas y crear determinadas comunidades intencionales, así como algunas conquistas sociales importantes aunque parciales, temporales y matizables. Ninguna generación nace sabiendo, y difícilmente muere habiéndolo conseguido. Algo similar ya apuntaba Hegel, aunque su historicismo y otros prejuicios le llevasen a sumarse a la ya larga lista de los metafísicos de la dominación: “Lo que la experiencia y la historia enseñan (…) es que los pueblos y los gobiernos no han aprendido jamás nada de la historia ni han obrado de acuerdo a doctrinas que se hubiesen extraído de ella”.

Al parecer, los individuos y los grupos pequeños son capaces de desentrañar los engaños, los desórdenes y los condicionamientos de su cultura conforme crecen y envejecen, pero las poblaciones difícilmente lo son, pues la probabilidad de descubrir y retener individualmente un conocimiento siempre será mucho mayor que la probabilidad de que lo haga toda una población a lo largo de generaciones. El ordenamiento más o menos juicioso de la información requiere de una continua y extraordinaria atención por nuestra parte si queremos que se divulgue y perdure en el tiempo. De la misma manera que construir es más difícil que destruir, conocer es más difícil que desconocer, siempre lo ha sido y siempre lo será. Altos ideales requieren altos costes, y el universo, desgraciadamente, tiende a economizar. Nada es gratis bajo su reinado. Alienta las utopías al mismo tiempo que las torna imposibles. Como decía Isaac Asimov respecto al mundo material, “para restaurar el orden hace falta un esfuerzo especial, y su esfuerzo cae sobre nuestras espaldas. Los objetos se descolocan, las cosas se desordenan, los vestidos se ensucian… Y para tener las cosas a punto es preciso estar constantemente arreglando y limpiando el polvo y ordenando”.

Huelga decir que ordenar objetos es y será siempre tarea mil veces más sencilla o más humana que ordenar ideas, toda vez que, según la teoría del «descuento hiperbólico» y la propia experiencia, la naturaleza humana y la cultura occidental parecen promover más fácilmente aquellos comportamientos que nos reportan un beneficio energético a corto plazo y a pequeña escala, como cultivar la tierra o trabajar por cuenta ajena para comer, que aquellos otros que nos proporcionan un beneficio incluso mayor pero a largo plazo y a gran escala, como cultivar la mente para percibir las evoluciones exponenciales de los sistemas y prevenir así la complejificación y el posterior colapso de las sociedades. Ello es debido, entre otras razones, a que apenas disponemos de “circuitos de alarma” en nuestro sistema perceptivo heredado del Pleistoceno “que nos avisen de los peligros que enfrentamos actualmente como especie”. Es posible que el Homo faber que llevamos dentro nunca se haya llevado muy bien con su hermano el Homo sapiens, y de ahí la disonancia. Tal vez un mayor crecimiento del cerebelo en relación al neocórtex –el primero más especializado en la función senso-motora y el segundo en la función, digamos, intelectual- haya tenido parte de la culpa. En cualquier caso, una cosa parece estar clara: como especie y como cultura tendemos a darle menos valor al futuro que al presente, y menos a las reflexiones teóricas que a las acciones prácticas. Feliz año «nuevo».
La psicología nos dice que los riesgos inciertos y lejanos son los riesgos que con menor probabilidad nos tomamos en serio. Al menos cuatro mecanismos psicológicos entran en juego. En primer lugar, nos movemos más por la información vívida que por la información abstracta (incluso cuando la información abstracta debería, en principio, predominar). En segundo lugar, le descontamos al futuro parte de su valor al preferir tener un dólar hoy en lugar de dos dólares dentro de un año. En tercer lugar, el efecto anclaje (...) tiende a hacer que nos preocupemos de nuestros problemas más inmediatos, incluso si problemas más serios están al caer. En cuarto lugar, tendemos a creer en un mundo justo, uno en el que la naturaleza se corrige a sí misma.
Gary Marcus, 2013.

Bibliografía externa (libros impresos):
Asimov, Isaac. 1973. Cien preguntas básicas sobre la ciencia, Alianza Editorial, Madrid, 1977, págs. 148-150. 
Mandrou, Robert. 1973. Francia en los siglos XVII y XVIII, Editorial Labor, Barcelona, págs. 227-228.