18 de septiembre de 2014

Si algo funciona, no lo cambies

Actualmente el nivel de CO2 en la atmósfera es el más alto de los últimos dos millones de años. También es significativo que la tasa de crecimiento sea tan rápida. La tasa (...) de la década anterior ha sido de 2 partículas por millón al año, (...) al menos 100 veces más alta que en cualquier momento de los últimos 800.000 años.
Pieter Tans, 2013 (vía).

17 de septiembre de 2014

¿Prudencia o negación?

o por qué el anarquismo puede llegar a ser un reduccionismo


Después de leer algunos de los escritos del geógrafo anarquista Philippe Pelletier, autor que goza de cierta resonancia dentro del anarquismo ibérico, me he decidido a intentar refutar brevemente y con la ayuda de terceros algunas de sus afirmaciones sobre el calentamiento global. El artículo en cuestión (2007) que voy a analizar consta de tres partes, aunque solo me detendré en la primera ("La necesidad de una prudencia científica y metodológica") por considerar que las otras dos son básicamente correctas o cuando menos interesantes ("El catastrofismo, técnica de dominación" y "Viva la anarquía de los meteoros"). 

1. Pelletier, basándose en opiniones no expertas como las del "sabio" Marcel Leroux, afirma que el calentamiento actual no es algo nuevo en la historia del clima y que "no está ligado a la abundancia de CO2 en la atmósfera", sino más bien al vapor de agua, de manera que no cree, o no tiene claro, que el calentamiento sea antropogénico. Aquí (12 y 3 respectivamente) se pueden encontrar algunas críticas a ese argumento.

2. Según Pelletier, en los años setenta "los científicos y los ecologistas de la época nos pronosticaban un enfriamiento del clima". Aquí el desmentido de un clásico malentendido. 

3. Las proyecciones de los modelos climáticos no son suficientemente fiables, afirma. La prueba la tendríamos en la, en ocasiones, poca precisión de las predicciones meteorológicas. Aquí (1 y 2) la crítica correspondiente.

4. También sostiene que "en el caso del calentamiento global, los científicos no son unánimes, contrariamente a lo que se pretende". No lo son, pero casi: aproximadamente el 97% de los expertos está de acuerdo en los mismos puntos básicos. Creo que es sano no confiar ciegamente en los expertos, sobre todo en economía, pero cuando se trata de afirmaciones técnicas concretas y no de análisis holistas (para esto último, es cierto, suele ser recomendable consultar a filósofos no muy académicos o a críticos sociales habituados a la transdisciplinariedad, como suele ser el caso de muchos anarquistas, entre ellos Dmitry Orlov y Derrick Jensen), los historiadores del clima más experimentados -los de campo y no tanto los de sillón- tienden a ser la fuente más fiable que podemos consultar en este caso.
La argumentación del calentamiento global antropogénico no está basada en una votación a mano alzada, sino en la observación directa. Multitud de líneas de evidencia independientes apuntan a la misma respuesta. Hay consenso sobre la evidencia de que el hombre está aumentando los niveles de dióxido de carbono en la atmósfera. Esto está confirmado midiendo el tipo de carbono en el aire. Lo que encontramos es más carbono proveniente de los combustibles fósiles.
John Cook, 2010.
Como dije hace poco en el blog de Loam, "del mismo modo que a los cientificistas (aquí podemos incluir a gran parte del ecologismo) se les puede echar en falta una mayor dosis de conocimiento ético y social, a los eticistas (valga la expresión) les suele pasar lo mismo pero a la inversa, hasta el punto de negar o subestimar los problemas medioambientales en base, en ocasiones, a que los estudios científicos que demuestran dichos problemas están financiados y divulgados (lo que sin duda es cierto) por aquella forma de organización social, el Estado, sobre la que el anarquista tiende a centrar su crítica. Desde luego que, lo que algunos pensamos que es buena ciencia y buenos pronósticos, bien puede resultar ser ideología (esa confusión es muy habitual), pero con lo contrario también conviene tener precaución. El racionalismo sin cierta dosis de empirismo puede devenir fácilmente en voluntarismo, lo que redundaría en el peor de los casos en un diagnóstico incompleto o sesgado de la realidad".

16 de septiembre de 2014

El mito del conocimiento

o por qué la verdad no nos hará libres
¿Podrá una “explosión” de conocimiento reducir la penuria entre nosotros y hacernos justos, virtuosos y libres? La historia sugiere que Occidente ha aceptado esta optimista apuesta, aunque no sin dudas y aprensiones. Creemos que el libre cultivo y circulación de ideas, opiniones y bienes en toda la sociedad (educación, estudios, investigación científica, comercio, las artes y los medios de comunicación) promoverán a la larga nuestro bienestar; creemos también que podemos contener las convulsiones sociales y políticas a las que estas mismas empresas culturales nos han lanzado. (…) A finales del siglo XX nos enfrentamos a hechos maravillosos, que son también aflicciones, producidas no por el atraso y la ignorancia sino por el avance del conocimiento y sus aplicaciones. (…) La investigación científica, la libertad de palabra, la autonomía del arte y la libertad académica unen sus fuerzas (…) para llevarnos más allá de nuestra capacidad, en tanto que agentes humanos, para controlar nuestro destino. Nuestros mayores bienes nos confunden.
 

Roger Shattuck en Conocimiento prohibido, 1998.

El aumento del conocimiento y de la diversidad intelectual -lo uno lleva a lo otro- en los últimos milenios y especialmente en las últimas décadas es una de las fuerzas que más han contribuido al individualismo y por ende a la separación de los seres humanos en islas conceptuales más o menos incomunicadas entre sí (este blog es una de las muchas pruebas palpables de ello). Desde luego que, a pequeña escala -espacial y temporal-, el azar y el conocimiento bien utilizado pueden hacernos personas más libres, más sabias y más cooperativas, la propia experiencia lo demuestra (un ejemplo de reciente aparición es el llamado Consejo de Génesis Provital, al que le deseo desde aquí mucha suerte), pero me temo que a la «humanidad» no le caerá esa breva. La verdad es una compañera de viaje muy exigente. A menudo ni sus más fieles seguidores, minoría secular, pueden seguir el ritmo que esta les marca, toda vez que las externalidades negativas de los hechos sociales tienden a superar en número a las externalidades positivas (desafortunadamente para nosotros, la entropía, más conocida como «estupidez» en nuestro día a día, no se limita al mundo natural). Divididos en un caos infinito de causas nobles y no tan nobles, de medios y fines, el conjunto de los seres humanos nunca remará en la misma dirección, nunca estará en armonía consigo misma, del mismo modo que nadie piensa que la elefantidad o la chimpancidad puedan estarlo.
Hoy, la mayoría de las personas creen formar parte de una especie capaz de ser dueña de su destino. Es una cuestión de fe, no de ciencia. Nunca hablamos del día en el que las ballenas o los gorilas se convertirán en amos y señores de sus destinos. ¿Por qué, entonces, los seres humanos? (...) Las especies no pueden controlar sus destinos. Las especies no existen. Y los seres humanos no son una excepción. Pero siempre se les olvida cuando hablan del «progreso de la humanidad». Han puesto su fe en una abstracción que nadie se tomaría en serio de no ser porque es herencia de antiguas esperanzas cristianas. Si el descubrimiento de Darwin se hubiera realizado en una cultura taoísta, sintoísta, hindú o animista, se habría convertido, con casi toda probabilidad, en una hebra más del tejido mitológico de cada una de ellas. En todos esos credos, los seres humanos y el resto de animales están emparentados.
John Gray en Perros de paja, 2002.
Se puede objetar, con Jeremy Rifkin, que nuestro caso es especial, no solo porque tengamos ciertas habilidades y costumbres que otros animales no tienen, o que no han desarrollado tanto, lo cual es cierto, o porque nuestro instinto nos diga que antes salvaríamos a nuestro hijo que a nuestro perro sin saber muy bien por qué, sino sencillamente porque somos especiales más allá de las diferencias concretas, pero ¿dónde hemos de mirar para convencernos de esa supuesta excepcionalidad? ¿En la aparición y en el potencial empático de las redes sociales, como augura Rifkin? Ni siquiera la ganancia de una mayor capacidad empática en el transcurso de los últimos siglos parece estar trayéndonos la "conciencia planetaria" deseada, versión renovada del mito salvacionista. De hecho, nuestro caso es aún más complejo que el de otros animales porque si bien ninguna especie puede estar en conexión consigo misma (fundamentalmente porque las especies no tienen conciencia de sí, solo los individuos la tienen), el imparable progreso cultural ha propiciado que la nuestra lo tenga más difícil si cabe, puesto que a las diferencias biológicas y geográficas hay que sumarle las diferencias socioculturales (por edad, por renta, por clase social, por estudios, etc.). De modo que si estoy en lo cierto, a mayor conocimiento y a mayor crecimiento demográfico, mayor desigualdad y menor control. O he malinterpretado la historia, lo cual no sería la primera vez, o estamos probablemente ante la verdad más incómoda de todas, más aún que la de Al Gore :P

15 de septiembre de 2014

¿Preparado/a para otra crisis?

David Holmgren en Escenarios futuros, 2008.

Supón por un momento que la proyección de Antonio Turiel (minuto 14 en adelante) acerca de la probabilidad de que estalle una nueva burbuja financiera aproximadamente dentro de un año es correcta (o de dos, o de cinco; es difícil saberlo a ciencia cierta). Pronóstico ni pesimista ni optimista, simplemente realista, no ya porque haya fuertes indicios a su favor, sino porque siempre ha sido de sentido común no poner todos los huevos en la misma cesta, independientemente del resultado final. Puestos a suponer, supón también que esa nueva recesión será peor que la de 2008, y que la siguiente, si la hay, será aún peor que las dos anteriores, de manera que, quizá para dentro de diez o veinte años, el decrecimiento caótico y más o menos escalonado, sumado a una mayor inestabilidad geopolítica, sea ya evidente e imparable en tu país (huelga decir que no todos los países reaccionarán de la misma manera, así que, para ser más precavidos, supón que el tuyo será uno de los más afectados).

Suponiendo todo eso, la pregunta entonces es: ¿qué puedes empezar a hacer hoy, a nivel personal, familiar y/o comunitario, para mitigar a largo plazo sus peores efectos? ¿Qué nueva habilidad práctica, conocimiento teórico, propiedad, empleo, profesión, ahorro, ingreso, compra o venta piensas que te podría venir bien en una situación de consumo decreciente y, por lo tanto, de creciente escasez e inestabilidad laboral?

14 de septiembre de 2014

Por qué soy pesimista (III)


Un buen viajero no tiene planes fijos
ni está empeñado en llegar a parte alguna.
Un buen artista permite 
que su intuición le guíe a donde quiera.
Un buen científico se libra de conceptos
y mantiene su mente abierta a lo que es.
Así, el Maestro es accesible a todos
y no rechaza a nadie.
Emplea todas las situaciones 
y no desperdicia nada.
A esto se le llama encarnar la luz.
¿Qué es un buen hombre sino maestro de un hombre malo?
¿Qué es un mal hombre sino la tarea de un hombre bueno?
Si no comprendes esto, te perderás
por inteligente que seas.
Éste es el gran secreto.

Lao Tsé, Tao Te Ching (Alianza Editorial).


Viendo esta interesante entrevista de Christian Laurut sobre decrecimiento, con la que estoy de acuerdo en casi todo (*), en un determinado momento (a partir del minuto 26 en adelante) me ha venido a la mente la siguiente reflexión, en la misma línea que la anterior: ¿y si cierto pesimismo y cierto determinismo (biológico, social, etc.) fueran, paradójicamente, posturas filosóficas más compatibles con los ideales de libertad, tolerancia y fraternidad que las posturas optimistas e indeterministas al uso, estas últimas más habituales entre los críticos sociales? Me parece una pregunta pertinente porque cuando escucho a Laurut, un autor a mi juicio relativamente liberal y determinista, me siento menos invadido por sus ideas, más libre y menos juzgado moralmente que cuando escucho a otros autores más «comprometidos» con la causa, no necesariamente con la causa del decrecimiento sino con cualquier otra causa social importante. 

Cuando concluyo que cada uno de nosotros está siguiendo su propio camino lo mejor que sabe o lo mejor que puede dadas sus particulares circunstancias espacio-temporales, puedo seguir creyendo en una verdad moral universal, pero al mismo tiempo puedo liberarme de la carga, un tanto mesiánica, antropocéntrica y a la postre frustrante, de necesitar «cambiar el mundo», de creer que mi manera de ver y ser en el planeta algún día podría ser compartida por todos, o cuando menos por mis seres más cercanos. Y una vez llegado a ese estado de conciencia, mi concepción de lo bueno se amplía, puesto que ahora no solamente me sigue pareciendo correcto hacer y defender tal o cual acción, sino también aceptar que la universalización plena y duradera de dicha acción está más allá de mi alcance físico y sociológico. Veo, por tanto, que el arte de vivir no solo es el arte de cambiar a mejor, sino además el arte de aceptar lo peor (que no es lo mismo que justificarlo), de entender a los demás, de ponerse en su lugar aunque al principio me pueda parecer imposible o incluso «inmoral», porque lo primero por sí solo (cambiar a mejor, hacer lo correcto, etc.) puede llevarme a un cierto totalitarismo intelectual, por llamarlo de alguna manera, antesala histórica de todo totalitarismo militar conocido.

Desecha la santidad y la sabiduría, 
y la gente será cien veces más feliz.
Desecha la moralidad y la justicia,
y la gente hará lo correcto.
Desecha la industria y el provecho,
y no habrá ladrones.
Si estas tres cosas son insuficientes,
permanece en el centro del círculo
y deja a las cosas que sigan su curso.
(...) ¿Quieres mejorar el mundo?
No creo que pueda hacerse.
El mundo es sagrado.
No puede mejorarse.
Si lo manoseas, lo arruinas.
Si lo tratas como un objeto, lo pierdes.

Lao Tsé. 


No obstante, esto que digo es un tanto contradictorio, porque del totalitarismo intelectual no escapan ni los más escépticos y relativistas, pues pienso que todo ser humano, especialmente aquel que hace un mayor uso del lenguaje abstracto, tiende a proponer y prescribir a los demás, sutilmente o no, su propia manera de entender el Todo. De modo que si valoramos la libertad de conciencia de los demás (es decir, la acracia del conocimiento moral y no solo la acracia de lo político o económico), pero no le ponemos determinados cortafuegos a nuestro intelecto, corremos el riesgo de trabajar en su contra, de creernos el Todo en persona, cuando en realidad no somos sino una pequeña parte de él, de eso que algunos llaman Gaia, el Tao o la Gran Madre.
(*) La mayor crítica que se me ocurre -por su falta de realismo, en mi opinión- es acerca de su defensa de un capitalismo a pequeña escala y de un Estado reducido "al servicio del individuo", como ya defendieran en su día Herbert Spencer o G. K. Chesterton, dando por cierto el hecho de que tanto el capitalismo como el Estado podrían de algún modo autocontenerse en unas dimensiones adecuadas, lo que vendría a contradecir lo que sabemos por experiencia sobre las jerarquías y las instituciones sociales que se separan de la gente (ayuntamientos, bancos, comisarías, hospitales, escuelas, etc.). ¿Quién vigilaría al vigilante? 

12 de septiembre de 2014

Un verano atípico (ampliado y actualizado)

Después de saber que esta noche está siendo una de las más raras y calurosas que se conocen en Alicante (29 ºC a las 00:00, mientras lo habitual en estas últimas semanas -ya de por sí inusual- ha sido 26-27 ºC a esa misma hora), he decidido actualizar y ampliar aquella entrada de hace un par de semanas, con enlaces, imágenes y comentarios nuevos. No descarto seguir actualizándola y mejorándola en el futuro.

10 de septiembre de 2014

Por qué soy pesimista (II)

Vengo de leer un texto muy interesante de Javier Pérez en el blog de Antonio Turiel y he pensado que puede ser una buena continuación a los posts anteriores Por qué soy pesimista (I) y «Última llamada», un manifiesto reformista. He aquí un fragmento de dicho texto:
Después de repetir, una vez más, que el ahorro de un recurso no disminuye su consumo total, tengo que preguntarme de dónde ha sacado esta gente que las sociedades pueden menguar voluntariamente. Tuve la fortuna de leer un magnífico artículo sobre las sociedades que vivían de otro modo y con menos, pero ni en ese estudio se menciona a ninguna que caminase hacia atrás en su consumo, y menos voluntariamente, por consenso. He leído mucho sobre el colapso de otras sociedades en el pasado, pero no veo precedentes de reducción voluntaria del consumo de ningún recurso. Lo que veo, como mucho, es que un tipo de cada pueblo se iba a una cartuja o se subía a una columna y allí vivía con menos, pero todo lo demás que yo conozco ha pasado siempre por imposición, necesidad imperiosa y distintas variaciones y permutaciones del “trágala”. Cuando una sociedad colapsa, lo hace porque carece de un recurso, y lo hace precisamente porque ni lo ahorró, ni lo pudo ahorrar, ni consiguió evitar su agotamiento.  Y esto es así, insisto, porque lo que unos ahorraban quedaba disponible para otros. Es algo tan conocido como la Tragedia de los Comunes. (…) Seamos sinceros: pensamos en cambiar el mundo, pero ya no le sacamos el tema ni a nuestros amigos. Y a la familia, menos aún. Decimos que son cerriles, cornucopianos, que viven en la ilusión de no sé qué, pero nosotros seguimos convencidos de que el ahorro de algo reduce su consumo y de que la gente se puede convencer, por las buenas, de vivir con menos mientras sus vecinos lo pasan a lo grande. ¿No somos tan cerriles como ellos? ¿No padecemos también nuestra propia cornucopia, de conciencias en lugar de recursos? Ellos creen que el petróleo es infinito y nosotros creemos que la buena voluntad es inagotable. Ellos piensan que la técnica todo lo puede y que ya se inventará algo, y nosotros creemos que la reeducación de la gente todo lo puede, y que ya surgirá una nueva conciencia. ¿De dónde sacamos ese convencimiento?  ¿De dónde demonios sacamos que se va a agotar antes la avaricia que el petróleo? (…) Decreceremos, sin duda, pero cuando no haya más remedio. Consumiremos menos, pero cuando haya menos y sea más difícil de conseguir. Cultivaremos la tierra con el burro o con la azada, pero no antes de que se haya averiado el último tractor o se haya agotado la última gota de combustible. Y si esa última gota es sangre de virgen sildava, ¡que se preparen en Sildavia! Sabemos que no sirve de nada ahorrar. Sabemos que nuestra pretensión de concienciar a la sociedad es como la suya de esperar a que la ciencia encuentre la panacea. Lo sabemos, pero no lo entendemos o lo olvidamos de inmediato para seguir escribiendo manifiestos, digresiones apocalípticas, homeopatías energéticas, ética vestida de ciencia, sermones revestidos de informes, y sacramentos solidarios ungidos de avisos técnicos. En nuestros escritos aparece todo, menos lo que importa: que es indiferente consumir más o menos a nivel local, porque eso no afecta al consumo global. (…) Cada vez que una, cien o mil personas se conciencian del problema ambiental o de la finitud de los recursos naturales, mejora el karma de la Tierra, nacen dos unicornios, y los druidas entonan cánticos de alabanza, pero no disminuye el consumo de energía, ni el de tierras raras, ni la emisión de CO2. No mejora nada a nivel global, ni se ahorra nada, ni se ensucia menos.

4 de septiembre de 2014

El estoicismo como reduccionismo

o en qué no estoy de acuerdo con los estoicos

Diógenes (1860) de J. L. Gérôme

Antes de nada, debo empezar reconociendo que me considero una persona bastante estoica en la práctica, al menos en el sentido más coloquial del término. Además, estoy parcialmente de acuerdo con muchos de sus planteamientos teóricos (por ejemplo con la idea, hecha mía, de que el dolor debe ser visto como aprendizaje y no solamente como algo malo). Es más, creo que un poco de estoicismo, o algo más que un poco, no le vendría nada mal a una sociedad como la nuestra tan pendiente de lo material y tan poco de lo moral. De hecho, como dice Eduardo Gil Bera en Pensamiento estoico (tiene blog, por cierto), "resulta que el cristianismo, el islam, el judaísmo (...), el socialismo, el comunismo, el anarquismo, el vegetarianismo, el naturismo o el parlamentarismo son estoicos de raíz", -ismos, salvo el último, con los que precisamente me siento entre ligeramente identificado (es el caso de los tres primeros) y bastante identificado (es el caso de los cinco siguientes). A propósito del cuadro: Diógenes de Sinope era cínico, no estoico, pero para la finalidad de este post las diferencias entre una corriente y otra son menos importantes que las similitudes. Filósofo al que apodaban «el perro», como es sabido, aunque, a diferencia de los perros, algunos creemos que tal vez se tomara demasiado en serio la vida en su vertiente más racional, en especial la vida moral, apetito humano donde los haya.

Ahora bien, entre el estoicismo y el epicureísmo, entre el ascetismo y el hedonismo, entre el idealismo y el materialismo, entre la trascendencia y la inmanencia, entre el racionalismo y el irracionalismo (el raciovitalismo del, por otra parte, polémico Ortega y Gasset sería un ejemplo intermedio), entre la razón y la pasión, entre el decir y el callar (a veces me pongo taoísta, ¡no lo puedo evitar!), entre la crítica y la autocrítica, entre el clasicismo y el romanticismo, entre el anarquismo más racional y el primitivismo más intuitivo, entre el absolutismo y el relativismo morales, entre lo objetivo y lo subjetivo, entre lo moral y lo amoral, entre el alma y el cuerpo, entre lo apolíneo y lo dionisíaco, entre el pensamiento de Zenón y el de Epicuro, entre el de Sócrates y el de Nietzsche, entre el de Félix Rodrigo y el de Michel Onfray, entre Critilo y Andrenio, ¡incluso entre Blas y Epi!, entre el animal humano y el no humano, entre la inteligencia y la inocencia, entre el conocimiento y la ignorancia, entre lo político y lo apolítico, entre el adulto y el niño, entre el deber y el derecho o entre el heroicismo y el victimismo hay lugares intermedios, no necesariamente en el centro, donde poder refugiarse de los posibles excesos de uno u otro extremo. Concretamente me viene a la memoria un post reciente de María del Prado Esteban -autora de textos muy interesantes, igual que Félix- donde se critica, con razón, el "victimismo neo-racista" y lo que podríamos llamar la cultura de la queja, pero donde se olvida al mismo tiempo, sin compasión (valga el juego de palabras un tanto cruel), el racismo y el clasismo que todavía hoy sufren las clases bajas en general y las personas negras en particular, no solo en Estados Unidos sino en gran parte del globo. Se olvida, en definitiva, el origen emocional e individual de la queja ajena en beneficio de una crítica libertaria fría y distanciada. Necesaria esta última, sin duda, pero por sí sola incompleta.
Otras líneas de fuerza atraviesan la historia de la filosofía. Otros pares dan cuenta de sus objetivos principales y de lo que trata la disciplina. Idealismo, materialismo, sin duda; ideal ascético, ideal hedonista, también; trascendencia, inmanencia, por supuesto; pero, igualmente, el odio de sí y la escritura del yo. Por un lado, los filósofos cuyo relato no da lugar a la confidencia autobiográfica, al detalle tomado de una experiencia personal, al hecho extraído de una aventura personal; por el otro, los que se basan en su vida, enriquecen sus consideraciones y reconocen también extraer de ahí sus lecciones. El heraldo que evita su propia persona para hacer creer que obra como médium inspirado por un pensamiento que viene de otra parte, de más arriba, de más lejos, o caído del cielo; o el egotista que cuenta su vida, que se incluye en la narración y enseña que todo pensamiento proviene de él y, en particular, de su cuerpo.
Michel Onfray, 2006. 

En ese sentido, la mayor crítica que se le puede hacer al estoicismo -obviamente desde un punto de vista, el mío, pretendidamente objetivo aunque, justamente por eso, subjetivo y limitado hasta cierto punto inevitable-, es la seriedad con la que se toma la vida humana, no solo la suya sino por extensión la de los demás. La vida es algo serio, qué duda cabe, ¡pero tampoco para ponerse tan serios! La exigencia y la autoexigencia excesivas, la solemnidad y la sobriedad, la dureza del lenguaje, la relativa combatividad, la infravaloración de lo corporal y de lo animal que hay en nosotros, el excepcionalismo humano, el moralismo o eticismo, el ya mencionado racionalismo, el voluntarismo o creencia en que la voluntad es lo más importante, la ausencia aparente de toda duda en su discurso (para Aristón, el sabio no tiene dudas), la despersonalización de la crítica como ya se ha dicho, "la indiferencia por la dicha y la desdicha en beneficio de las metas trascendentes y magnánimas", como dice Félix, así como la poca empatía por el error y el sufrimiento ajenos son generalmente algunas de las características, negativas a mi juicio, del estoicismo a nivel teórico o escrito (a nivel práctico cada estoico/a es un mundo difícilmente etiquetable y por esa razón no creo que sea conveniente personalizar demasiado la crítica). Huelga decir que todas mis críticas o diferencias son más de grado que de clase. En el fondo, es más lo que nos une que lo que nos separa. Esta entrada, más que una confrontación, pretende ser una revisión, ampliación o superación amistosa de las corrientes filosóficas idealistas precedentes, y donde el verbo «pretender» significa justamente eso, pretenderlo, no necesariamente conseguirlo. Igual que el desorden es más probable que el orden, el error es más probable que el acierto.
Una parte mayoritaria del radicalismo de los últimos 40 años, como idea y como experiencia, es mero epicureísmo lanzado a edificar espacios de supervivencia, desde una ideología de la mediocridad existencial, la cobardía intelectual, la desgana vital y el conformismo político, todo ello adobado, cómo no, con una masa enorme de verborrea y gesticulación encubridoras. Atreverse a desafiar lo existente, no para lograr vivir mejor en sus intersticios sino para destruirlo planeadamente, demanda una grandeza de ánimo que el neo-epicureísmo hoy en boga, aterrado ante la posibilidad de padecer y penar, no puede tener. Una resultante de todo ello, de las más penosas, es la masa de seres ínfimos, de sujetos sin grandeza ni calidad, que se agitan por los ambientes izquierdistas, reivindicativos y alternativos.
Félix Rodrigo Mora, 2008.
¿Dónde quedan en la cosmovisión estoica los que todavía no son o no somos -la inmensa mayoría- tan rectos, tan fuertes, tan seguros de sí mismos, tan coherentes, tan luchadores, tan justos, tan esforzados, tan grandes, tan despiertos? A los hermanos, padres y madres, primos, hijos, amigos de la infancia, vecinos y desconocidos que caminan a nuestro lado pero a otro ritmo, o incluso por caminos diferentes, ¿qué les diremos mientras tanto, cómo nos comportaremos con ellos? ¿Les querremos por lo que son o, más bien, por lo que nos gustaría que fuesen? ¿Debemos guiarles, debemos dejarles a un lado o debemos, sobre todo, acompañarles? ¿Son cosas secundarias la inocencia de la niña, la sabiduría del perro, la irresponsabilidad del amigo, la curiosidad del científico, la compasión, el vicio, la incoherencia, la cobardía, el miedo, la pereza y el aburrimiento, o son parte esencial del ser humano desde que el mono es mono? Y si no son cosas secundarias, ¿por qué casi nunca escribimos sobre ellas, sin alabanzas innecesarias pero integrándolas en nuestra percepción?
Los estoicos posteriores a Crisipo introdujeron la mejora decisiva del discurso estoico al establecer, de entrada y sin excepciones, la virtud y, luego, su demostración. De modo que nada podía demostrarse, a no ser que fuera virtuoso. Fuera de la virtud, sólo estaba el desvarío y la perdición. Y ése es el fundamento de todo monoteísmo. (...) La ética era, pues, lo principal. Las virtudes del sabio, que era el más ético, consistían en no tener pasiones, ni necesidades, obedecer al logos y tener conciencia del deber. Es decir, tenía las cualidades que, en el estoicismo actual, tambien se atribuyen un sabio, un juez o un mandatario. (...) Los estoicos de la época imperial no tienen ningún interés en la física ni en la lógica dialéctica; van derechos al problema moral. No quieren ser dueños de las cosas, pretenden ser dueños de sí. Son, pues, pretenciosos. (...) Para Manilio, como para los estoicos de su tiempo, la razón triunfa sobre todas las cosas. (...) De modo que el auténtico y original siglo de la razón no fue el XVIII, sino el siglo de Augusto, el del clasicismo romano.
Eduardo Gil Bera, 2002.
Cuando uno lee a Sócrates a través de Platón, a Zenón y a sus discípulos, a Séneca, a Epicteto a través de Flavio Arriano o a Marco Aurelio, se tiene la impresión de que, al contrario que los novelistas, no les interesaban tanto las personas concretas, con sus defectos y virtudes, como lo que estas podían llegar a ser, es decir, no tanto lo que veían en sus semejantes como lo que no veían, no tanto el mundo sensible o de los sentidos como el mundo inteligible o de las ideas, por usar la célebre expresión de Platón. Sin duda el no limitarse a lo que es y aspirar a lo que debe ser es una actitud no solo necesaria sino hasta cierto punto inevitable, pero también tiene sus inconvenientes si ella nos lleva a reducir la vida entera o principalmente a la búsqueda del bien y de la verdad. Un bien perseguido con demasiado ahínco es fácil que se convierta en un mal relativo, fuente de discordias y lucha de egos disimulados, entre otras cosas porque bienes compatibles entre sí hay muchos y no todo el mundo hace hincapié en los mismos. De hecho, como dice John Gray (por cierto, las citas son todas de Perros de paja, libro que bien merece estar en aquella lista), en el fondo "ser una buena persona es una cuestión de suerte", no solo de voluntad.
Freud enseñó que la amabilidad o la crueldad de cualquier ser humano o su posesión o carencia de la justicia, dependen de los accidentes de la infancia. Todos sabemos que esto es así, pero va en contra de buena parte de lo que afirmamos creer. No podemos renunciar a la pretensión de que la bondad sea algo al alcance de cualquiera. Si lo hiciéramos, tendríamos que admitir que, como la belleza o la inteligencia, la bondad en un regalo de la fortuna. Tendríamos que aceptar que, incluso en aquellas partes de nuestra vida con las que más lo asociamos, el libre albedrío es mera ilusión.
John Gray, 2002.
Opino que el uso vehemente de la razón, del que yo mismo soy partícipe en no pocas ocasiones, no es un buen medio ni tampoco un buen fin en sí mismo, siendo el uso apacible una opción mejor. Soy de los macropesimistas que piensan que por mucho que luchemos por un mundo más consciente y racional, nuestros éxitos siempre serán limitados -es un malentendido bienintencionado pensar que la razón y la sabiduría pueden predominar en la especie humana y guiar al mundo- y que por lo tanto de poco sirve tomarse demasiado en serio la lucha -que no es lo mismo que renunciar a toda acción-, sobre todo si esa seriedad es fuente abundante de roces entre nuestros semejantes aquí y ahora, en nombre de un ideal estoico que apenas se materializará mañana en unos cuantos y en unas cuantas.
Hoy, la mayoría de las personas creen formar parte de una especie capaz de ser dueña de su destino. Es una cuestión de fe, no de ciencia. Nunca hablamos del día en el que las ballenas o los gorilas se convertirán en amos y señores de sus destinos. ¿Por qué, entonces, los seres humanos? (...) Las especies no pueden controlar sus destinos. Las especies no existen. Y los seres humanos no son una excepción. Pero siempre se les olvida cuando hablan del «progreso de la humanidad». Han puesto su fe en una abstracción que nadie se tomaría en serio de no ser porque es herencia de antiguas esperanzas cristianas. Si el descubrimiento de Darwin se hubiera realizado en una cultura taoísta, sintoísta, hindú o animista, se habría convertido, con casi toda probabilidad, en una hebra más del tejido mitológico de cada una de ellas. En todos esos credos, los seres humanos y el resto de animales están emparentados.
John Gray, 2002.
Cierto derrotismo social, si se basa en una lectura veraz de la historia (¡más me vale!), puede ser la fuente de serenidad y de suavidad que muchas y muchos andamos buscando. Es posible que mi crítica le resulte demasiado taoísta u orientalista a algunas personas, o incluso contrarrevolucionaria, pero cada vez estoy más convencido de que el pensamiento racionalista occidental es poco crítico consigo mismo. Uno de los mayores bienes de la civilización es la objetivación del mundo que le rodea a través de las ideas, habilidad que ya teníamos al principio de los tiempos pero que no fue hasta la aparición de la escritura que aquella empezó a volverse más y más útil, hasta el punto de ampliar nuestra conciencia y percepción del mundo hasta cotas increíbles con la ayuda de la tecnología. Ahora bien, la objetivación o racionalización del mundo también trajo consigo graves inconvenientes, entre ellos la alienación respecto a la naturaleza y respecto a nosotros mismos. Paradójicamente, para divulgar y denunciar con rigor ese exceso de objetivación de la cultura occidental nos vemos obligados a usar grandes dosis de aquello mismo que denunciamos (libros, ordenadores, conceptos, etcétera), obligados a correr el riesgo de que el «yo» se vuelva demasiado independiente del ambiente que lo ha creado.
Cuanto menos control material existe sobre los fenómenos de la naturaleza, más relación personal, más conexión emocional se sostiene con el universo en el que se vive. Pero sólo puede sentirse poder sobre lo que se controla, lo que significa que para sentir poder es necesario objetivar aquello sobre lo que se ejerce, abandonar la relación «personal» que se sostenía con ello, pasar de considerarlo una relación entre sujetos a valorarlo como una relación entre un sujeto –el que ejerce el poder- y un objeto -aquel o aquello sobre el que lo ejerce-; es decir, sufrir una perdida en la intensidad emocional de relación con el mundo. 
Almudena Hernando Gonzalo (Sánchez Romero, 2005).
Creo que, en cierto modo y exageraciones aparte, tiene razón John Gray cuando dice que "sólo las personas atormentadas quieren la verdad. El hombre es como los demás animales: quiere comida y éxito y mujeres, no verdad. Sólo cuando la mente, torturada por alguna tensión interior, ha perdido toda esperanza de felicidad, odia su jaula de vida y busca más allá". Para Félix, sin embargo, "la necesidad de verdad (...) es la principal de las necesidades humanas". Para Schopenhauer era el sexo. Entre lo uno y lo otro, hoy por hoy he decidido quedarme con un poco de ambos. Porque parece ser cierto que los seres humanos habitamos entre dos mundos igual de reales, el que vemos cuando abrimos los ojos y el que vemos cuando los cerramos. A veces es necesario cerrar los ojos para ver más allá de lo aparente (leer es una manera de hacerlo), pero otras veces es necesario abrirlos para ver más acá de lo ideal. Lo difícil es saber cuándo hacer lo uno y cuándo lo otro. En mi caso me pregunto, por ejemplo, qué haré la próxima vez que alguien niegue o minimice tajantemente la realidad del cambio climático en una conversación informal. Está claro lo que hubiera hecho antes (¡espero que ya no, o no tanto!): sobre todo intentar convencerle, anteponiendo la verdad del clima a la verdad de la amistad, el raciocinio frente a la persona que tengo enfrente. Endiosado por los memes de la Verdad y de la Objetividad olvidaría que estos han de servir a las relaciones entre las personas y no al revés -como dice el propio Félix, "la crítica debe plasmar la verdad sin atentar contra la hermandad"-, y que si esa persona no quiere conocer una determinada verdad (suponiendo que lo sea) en un momento dado, ¿quién soy yo para darle tanto valor, acaso la Verdad en persona? Generalmente, comunicar la verdad es importante, pero no es lo único importante en la vida, la verdad sea dicha :P
La fe moderna en la verdad es un vestigio de un antiguo credo. Sócrates fundó el pensamiento europeo sobre la creencia de que la verdad nos hace libres. Nunca dudó de que el saber y la vida buena pudiesen ir juntos. Él contagió esa fe a Platón y, luego, consiguientemente, al cristianismo. El resultado es el humanismo moderno. (...) No necesitamos dudar de la realidad de la verdad para rechazar esa fe socrática. Una cosa es el conocimiento humano y otra el bienestar humano. No existe ningún tipo de armonía predeterminada entre ambos. La vida examinada puede no valer la pena. Posiblemente, la fe de Sócrates en la vida examinada era un vestigio de alguna religión arcaica: él «oía y obedecía habitualmente una voz interior que sabía más que él mismo [...] la llamaba, simplemente, "la voz de Dios"». Sócrates era guiado por un daimon, un oráculo interior, cuyos consejos seguía y no ponía nunca en duda, aun cuando le llevaron a su propia muerte.
John Gray, 2002.



Bibliografía consultada, aparte de los enlaces:
  • Gil Bera, Eduardo. 2002. Pensamiento estoico, Edhasa, Barcelona, págs. 21-30.
  • Gray, John. 2002. Perros de paja: reflexiones sobre los humanos y otros animales, Paidós, Barcelona, 2008, págs. 15, 35-38 y 107-108.
  • Onfray, Michel. 2006. La fuerza de existir: manifiesto hedonista, Editorial Anagrama, Barcelona, 2008, pág. 65.
  • Sánchez Romero, Margarita (ed.) y otras. 2005. Arqueología y Género, Editorial Universidad de Granada, pág. 95.

31 de agosto de 2014

El pesimismo puede reducir la aflicción


El pesimismo bien utilizado reduce el sufrimiento y la frustración, nos hace personas más realistas y no promueve necesariamente la inacción o la indiferencia (¡o eso prefiero creer!). Con el auge de los medios de tele-comunicación, el número de noticias, imágenes y vídeos que nos hacen sufrir a diario y a distancia han aumentado considerablemente, y sin embargo nuestro cerebro es el mismo de siempre. Antes sufríamos cuando alguien a nuestro lado sufría y, salvo casos contados, podíamos ayudarle o bien a salir de su problema o bien a acompañarle en sus últimos días si la muerte era inevitable. Esto fue así durante el 99% de nuestra historia. Hoy en día, sin embargo, a ese sufrimiento ancestral -hasta cierto punto compensado por el alivio de haber podido ayudar- hay que sumarle el sufrimiento que experimentamos todos los días a través de los medios de comunicación de masas sin apenas compensación alguna, pues por mucho que hagamos, donemos, critiquemos o nos quejemos delante de la pantalla las bombas seguirán cayendo y a cada cerdo le seguirá llegando su San Martín. Por lo tanto, es legítimo preguntarse si nuestra mente está preparada para ese nuevo cambio, para esa nueva impotencia, y si lo está, cabe saber qué podemos hacer para que lo afronte con la mayor serenidad posible sin renunciar al mismo tiempo a nuestra compasión y vocación de ayudar. 


Si a una persona, por ejemplo, lo que más le preocupa en el mundo es el hambre crónica, tragedia humana que por su novedad evolutiva muchos todavía no sabemos cómo encajar, yo le recomendaría que hiciese algo concreto para ayudar a personas concretas, no limitándose a firmar manifiestos por Internet que se cobran un alto precio en alienación; que se centrase más en lo que puede hacer por ellas y no tanto en criticar la incapacidad del mundo y de la política a la hora de solucionar el problema del hambre, pues el mundo y la política son entidades tan grandes que siempre escaparán a nuestro control directo como individuos y por lo tanto tenderán a agravar nuestra frustración al ver que, siglo tras siglo, no cumplen sus promesas. Se dice que el hambre es un problema de distribución, no de producción, puesto que hay comida de sobra en el mundo, dando a entender que lo más difícil ya se ha conseguido, pero justamente la distribución es el verdadero problema, siempre lo ha sido, sobre todo en un mundo tan amplio y, por ende, dividido como el nuestro. La historia y el pesimismo bien dirigido, o macropesimismo -pesimismo en lo grande-, nos ayudan a entender que el mal total no solo no desaparece sino que aumenta con el tiempo (de hecho, se prevé que en algún momento de este siglo el hambre afecte a un número mucho mayor de personas), pero el mal concreto, para el que ha evolucionado especialmente nuestro cerebro, está en nuestra mano y por lo tanto no tiene por qué aumentar. 

Lo mismo cabe decir si lo que más nos preocupa es el cambio climático, las guerras, el pico del petróleo, la pérdida de biodiversidad, la exclusión social, la esclavitud animal, la dominación de unos sobre otros o todo a la vez. Pongámonos metas difíciles que nos hagan superarnos a nosotros mismos y nos encaminen en la dirección que deseamos, pero no tan difíciles que resulten irrealizables y nos hundan en la apatía, o peor aún, en la depresión. En mi caso, desde hace un par de años me he propuesto la meta de ir a la raíz común de todos esos problemas, de ahí que dedique la mayor parte de mi tiempo a analizar sus causas últimas (la civilización, por ejemplo) y a poner mis escritos a vuestra disposición, por si os sirven de ayuda a la vez que me sirven a mí para seguir evolucionando, porque considero que una buena práctica a largo plazo solo es posible partiendo de una buena teoría, pero entiendo que haya personas que se centren en aspectos más urgentes y prácticos de la realidad, como participar en un movimiento social contra los desahucios, colaborar con una ONG, plantar huertos en su comunidad o ser voluntario en una ecoaldea. Supongo que ambos tipos de aproximación al cambio, complementarios hasta cierto punto, son igual de valiosos y que el hacer hincapié en uno u otro dependerá en última instancia de nuestras distintas circunstancias e inquietudes personales. Las ONG y demás organizaciones no son la solución a largo plazo, ya que por definición son parches que el Sistema se pone a sí mismo y no modelos de convivencia a seguir, al dividir a las personas y a sus comunidades de origen en proyectos y causas diferentes, pero a nivel individual sin duda sirven como mecanismos de compensación para muchas personas especialmente empáticas que no podrían ponerse a escribir un libro mientras otras aún no pueden ni jugar.

Mi propia estrategia de compensación es como el viejo lema aquel de piensa globalmente, actúa localmente (a nivel interior, a nivel familiar y a ser posible también a nivel comunitario), de dentro hacia afuera, pero comprendo que haya personas fuertemente implicadas ayudando fuera de sus localidades e incluso de sus países de origen, ayudando a que otras personas puedan por lo menos comer o soportar mejor la enfermedad. Lo único que les recomiendo a todas ellas, elijan lo que elijan, es que pongan sus esperanzas donde no se las pueda llevar el viento. Esperar está bien cuando las expectativas se basan en un análisis realista de los acontecimientos, porque de lo contrario, quien mal espera, tarde o temprano desespera. Lo digo por experiencia :P

28 de agosto de 2014

Un verano atípico

El ángel del hogar (1937) de Max Ernst

Por lo menos en España, este verano de 2014 ha empezado inusualmente más tarde (empezando casi "de golpe" en Alicante, como si intentase recuperar el tiempo perdido) y puede que también acabe más tarde, ha sido más lluvioso e inestable (¿la causa principal? El deshielo del Ártico y el consiguiente desplazamiento de la corriente en chorro), sobre todo en la mitad norte de la península (véase el caso de Cataluña), menos ventoso en Galicia y más en Málaga, y sin duda seguirá siendo uno de los más calurosos de los últimos siglos, aunque no el más caluroso a escala nacional. A escala global, en cambio, por lo menos los meses de junio y agosto de este año han sido los más cálidos desde que se tienen registros (1880), y posiblemente desde hace miles de años. Quien se esté preguntando qué clima nos depara el futuro (con una probabilidad de acierto, a mi juicio, superior al 75%), en esta otra entrada más detallada puede saciar parte de su curiosidad. 

Al menos en el municipio de Alicante, no es habitual que durante las madrugadas de la última semana de agosto y de las dos primeras semanas de septiembre se sigan alcanzando los 25-26 ºC en el centro urbano, como de hecho está ocurriendo, a horas tan nocturnas como las 04:00, y unas mínimas al amanecer de 24 ºC a lo sumo (la temperatura mínima media de los últimos treinta años, según el Observatorio de Ciudad Jardín situado en la periferia de la ciudad y por esa razón alrededor de 1 ºC más baja, ha sido de 21,2 ºC en agosto y de 18,5 ºC en septiembre), lo cual, sumado al escaso viento y a una humedad superior al 80% durante la noche, hace que la sensación térmica sea de unos 27-28 ºC. Eso en el exterior. En el interior de muchos hogares mal construidos (casi todos) y sin ventilador o aire acondicionado se siguen alcanzando los 30 ºC en plena madrugada, lo que se traduce en unos 32 ºC de sensación térmica y esta, a su vez, en noches de insomnio. Tampoco es habitual que el mar alcance la temperatura más alta del verano a mediados de septiembre.


Las temperaturas inusualmente altas durante la noche, de seguir confirmándose en los próximos años, en realidad eran de esperar. Además, no por casualidad el verano anterior ya me pareció más largo que los precedentes, con un septiembre y un octubre tan suaves que la camiseta seguía sobrando la mayor parte del día hasta bien entrado el otoño. Si mis recuerdos de infancia y adolescencia no me engañan -así como los de mi hermano y los de mi abuela-, a mediados de agosto de finales de los noventa ya empezaba a refrescar por la tarde en la playa, sobre todo si te mojabas y no te secabas a conciencia, cosa que últimamente no ocurre. Ahora, por lo general, se puede estar incluso de madrugada sin pasar frío. Sin embargo, mientras que el verano parece haberse alargado, el calendario escolar se ha adelantado, lo que está llevando a situaciones muy incómodas en las aulas, ya de por sí «incómodas». En esta entrada podéis conocer el caso personal de un profesor de instituto. 

Al parecer, los días de temperaturas medias y altas se estarían incrementando tanto por un lado (adelantándose la primavera) como por el otro (retrasándose el verano, aparte del retraso habitual que ejercen las llamadas islas de calor), de modo que las diferencias estacionales se estarían reduciendo, lo que podría producir a corto plazo un crecimiento del turismo, sector económico del que dependen cada vez más los jóvenes alicantinos. Otro indicador del cambio climático a nivel local sería la reducción de los días de lluvia, al menos en la provincia de Alicante (en Texas ya es un hecho). Parece que cada vez llueve menos por aquí (de hecho se dice que estamos viviendo la sequía más intensa desde que se tienen registros), lo cual coincide con los últimos escenarios proyectados por los climatólogos. Esta última primavera y el otoño del año anterior (las estaciones más «lluviosas» en Alicante) han sido especialmente secos, lo que sumado a veranos más calurosos, hace prever grandes pérdidas en las cosechas, más casos de peces muertos, así como nuevas e incluso peores olas de calor como la vivida en Europa en 2003. Esto último no necesariamente a corto plazo. Además, la alteración relativamente inesperada de la corriente en chorro puede provocar todo lo contrario, que los veranos sean menos secos y calurosos en la mitad norte de Europa, aunque no sabemos durante cuánto tiempo. Algunos autores pronostican que veranos tan calurosos como el de 2003 podrían convertirse en la norma dentro de dos o tres décadas, especialmente en los países del sur de Europa. Sea como sea, lo que está claro es que el dicho «el tiempo está loco» ha pasado de ser un simple dicho aislado a ser una realidad constante.


Si eres de Alicante y estás planeando irte a vivir al campo o quieres comprarte un terreno apto para el cultivo (para ser más autosuficiente, para vivir un sueño, para prepararte ante una nueva burbuja financiera, etc.), pero no quieres cambiar mucho de hábitat, yo te recomendaría que pusieras el punto de mira más al norte, tal vez en Gandesa (Tarragona), con un clima y un suelo típico de cultivos leñosos como el almendro y el olivo (concretamente «pardo calizo», degradado y pobre en humus las más de las veces) muy parecidos al alicantino pero donde el precio por metro cuadrado está más bajo (menos de 1 euro/m2), las lluvias son más frecuentes y las temperaturas no son tan altas. Al menos de momento :P

Vía AEMet

27 de agosto de 2014

¿Soy anarcoprimitivista?

Como casi todos los filósofos, desconfío de los “ismos”; dicen a la vez poco y demasiado. Pero no veo por qué no se puede usar un vocablo terminado en “ismo” siempre que no se crea estar con ello al cabo de la calle.
José Ferrater Mora, 1962.
No me gustaban los clérigos comunistas, entonces me hice trotskista. Lo que pasa que luego, cuando estuve entre los trotskistas, tampoco me gustaba la unanimidad clerical de los trotskistas, y terminé siendo anarquista [...]. Ya en España encontré muchos anarquistas y empecé a dejar de ser anarquista. La unanimidad me jode muchísimo.


La alegría de vivir (1905) de Henri Matisse

Antes de continuar con "Los 10 mandamientos del anarcoprimitivismo", título más provocador que otra cosa, me gustaría hacer tres anotaciones al margen:
  1. Que el uso de la palabra «mandamiento» es más un uso retórico que literal. Los distintos mandatos éticos, si bien pretenden ser universales, incluido este, deben ser en última instancia co-creados, aceptados e interiorizados por la propia persona, siendo ilegítimo cualquier tipo de coacción intelectual. 
  2. Que, a pesar de compartir muchos de sus argumentos, no me declaro necesariamente anarcoprimitivista, del mismo modo que no me declaro anarquista, ecologista o feminista, ni filósofo, escritor o crítico social, aunque si alguien necesitara preguntármelo para aclarar sus dudas, de buen gusto le respondería si soy esto o lo otro y en qué medida lo soy. No obstante, el verbo «ser» puede llevar a equívocos al transmitir la idea de inmutabilidad y atemporalidad, cuando lo cierto es que somos algo (ej. virtuosos, egoístas, sabios, ignorantes, etc.) solo en cierta medida y no en todo momento. En lugar de decir «soy una buena persona», tal vez sea preferible decir «abogo por la bondad», «hago cosas buenas» o «trato de ser una buena persona». Por otro lado, el abuso de los nombres para definirnos a nosotros mismos tiende a obstaculizar nuestra libertad de conciencia. Los nombres son útiles cuando sirven temporalmente para clarificar nuestro pensamiento y formarnos una identidad propia, así como para verbalizar y clasificar aproximadamente el pensamiento de los demás, pero son peligrosos cuando sirven para separar, enfrentar y encerrar a las personas detrás de muros conceptuales -como ocurre con las banderas, su plasmación material-, corriendo el riesgo de caer en el complejo de superioridad moral -hay ideas superiores a otras, incluso puede que personas, pero ¿quién osará incluirse en esa lista?-, así como el riesgo de ver ideas con piernas antes que personas con ideas, origen de todas las cazas de brujas de la historia. Las ideas deben estar al servicio de las personas, no las personas al servicio de las ideas (valga la contradicción, pues esto también es una idea, je...). Además, es difícil estar a la altura de un nombre, pues siempre habrá quienes no nos consideren anarquistas (o ludditas, ateos, demócratas, intelectuales, etc.) «de verdad».  
  3. Que no hablo en nombre del anarcoprimitivismo de Wikipedia ni de ningún anarcoprimitivista de renombre. De hecho hasta ahora no he citado a ninguno. El objetivo de mis últimos escritos es contribuir desinteresadamente (si es eso posible) a la mejora de la teoría anarcoprimitivista, que considero una parte importante para entender y transformar la realidad, pero siempre a título estrictamente personal, guardando las distancias con los colectivos afines y sin dejar de lado mi interés por otras materias de estudio o de no estudio, pues aunque es cierto que una vida sin examen no es una vida plena, parafraseando a Sócrates, la razón, la virtud y el estudio no lo son todo en la vida. Hoy por hoy pienso que la vida buena no debe ser ni demasiado estoica ni demasiado hedonista, ni demasiado idealista ni demasiado materialista, ni demasiado racional ni demasiado pasional. Muchas veces en el término medio está la salvación :P 

25 de agosto de 2014

Los 10 mandamientos del anarcoprimitivismo (V)

o por qué el Estado de Israel no es el único problema


No trabajarás para otros

Pone Dios el ejemplo de un siervo esclavo que no tiene poder sobre nada y otro a quien Nosotros hemos provisto de un buen sustento y que reparte de ello secreta y abiertamente. ¿Son iguales?... Y pone Dios el ejemplo de dos hombres, uno de ellos es mudo de nacimiento y no tiene poder sobre nada y es una carga para su amo... ¿Serán iguales él y quien ordena la justicia y está sobre un camino recto? 
Sura 16:75-76, Corán. 

A finales del neolítico, la división social del trabajo no reflexionada colectivamente promovió la estratificación económica y una mayor jerarquía social que la experimentada hasta entonces por las sociedades de jefatura, lo que a su vez impulsó la urbanización, la concentración de capital y la aparición del Estado nacional-religioso como aparato burocrático encargado de organizar la sociedad en clases sociales desiguales y, por esa razón, enfrentadas entre sí. Dicho de otro modo, el Estado, el capitalismo y la propiedad privada nacen grosso modo en la Edad del Bronce, cuando un grupo de personas armadas impide a un grupo más amplio de ellas el acceso autónomo a la tierra –fuente primaria de abastecimiento y libertad- en una determinada región, ya sea por causas ideológicas, demográficas, ecológicas o todas a la vez. Es decir, esas y otras instituciones sociales nacen cuando las personas ya no trabajan solamente con otras personas sino sobre todo para otras personas a cambio de un salario (primero en especie y después en dinero), de ahí en adelante único o principal medio para obtener los bienes y servicios que el Estado y el Capital monopolizan y redistribuyen, en especial para los habitantes cada vez más especializados de las ciudades, que al principio representaban menos del 10% de la población y cinco milenios después representan más del 80% en muchos países, pasando gradualmente de la independencia a la dependencia económica, de la autarquía relativa a la «economía», de la guerra esporádica a la guerra más o menos constante.
Aunque en algunas ocasiones se ha sugerido que el nacimiento de los primeros estados no guarda forzosamente relación con la propiedad de los medios de producción, sobre los que se ejercería más bien un control de tipo abstracto (...), lo cierto es que la base económica de los estados teocráticos sumerios resulta bastante clara y estaba apoyada en buena medida sobre una posesión efectiva de los recursos. Así, mientras que algunas tierras continuaron siendo propiedad de tipo familiar en el seno de las comunidades rurales (aldeas) que ahora eran tributarias de la ciudad, o más bien de sus «grandes organizaciones», palacio y templo, otras pasaron directamente al templo y luego al palacio, que tendían, por otra parte, a aumentar sus posesiones mediante la adquisición y colonización de más tierras.
Carlos G. Wagner, 1993.
Precisamente Eugene Genovese definió el capitalismo -cuya existencia, recordemos, no es posible sin un Estado que lo proteja, al igual que este no es posible sin un comercio que lo alimente- como "el modo de producción caracterizado por la existencia de trabajo asalariado y de una separación de fuerza de trabajo y medios de producción", es decir, la separación de la tierra por un lado (medio de producción indispensable), que generalmente no es nuestra, y lo que hacemos sobre esa tierra por el otro (ej. cerámica, cultivos), cuyo resultado final (ej. vasijas, cosechas) generalmente tampoco es nuestro sino de los sacerdotes, de la realeza y de los comerciantes. Estos últimos ya en tiempos de los sumerios "disfrutaban de mucha más independencia y libertad que los artesanos", al decir de Jeremy Rifkin, basándose en la obra de Wittfogel. De hecho, "aunque se esperaba que estuvieran a las órdenes de la familia real, se les permitía comerciar por su cuenta. Los comerciantes de Sumeria se convirtieron en los primeros empresarios privados de la historia dedicados al comercio a gran escala. Muchos de ellos amasaron grandes fortunas".


El anticapitalismo presente en el movimiento altermundista y en la mayor parte de la izquierda política e intelectual de nuestros días, basado en parte en la obra de no pocos historiadores progresistas, habla de un «capitalismo salvaje» o neoliberalismo cuyo origen se remontaría a los dos últimos siglos de este milenio que acabamos de dejar, de modo que las causas últimas de nuestros males no habría que buscarlas en la Edad Antigua, bastaría con que nos detuviéramos en la Edad Moderna. Sin embargo, decía Goethe que "el que no sepa dar cuenta de al menos tres mil años está condenado a la miopía del día a día", y decía bien. Sin duda el capitalismo se fue haciendo más complejo y fue adquiriendo nuevas formas con el paso del tiempo, especialmente a partir de la Revolución Industrial y del consiguiente consumo masivo de energía mediante la comercialización de los combustibles fósiles, lo cual impulsó más que nunca el éxodo rural, pero todo parece indicar que sus raíces institucionales se remontan hasta la revolución urbana y, en menor medida, hasta la revolución neolítica. No por casualidad el marxismo, en gran medida heredero intelectual de las primeras religiones estatales, considera estos últimos milenios no como una involución social sino como un progreso "en la creciente emancipación del hombre con respecto a la naturaleza y en su creciente control sobre ésta", en palabras del historiador marxista Eric Hobsbawm. La idea de progreso no estaba presente desde el principio, pero sí la idea de dominación o domesticación de la naturaleza, incluido el dominio sobre los humanos y otros animales (esto da para otro «mandamiento»). Más tarde, con la aparición de las religiones monoteístas, la fe en el progreso o en un futuro mejor -en este o en el otro mundo- y la ideología de la dominación tendieron a reforzarse mutuamente hasta nuestros días. De hecho, "para Marx el progreso es algo objetivamente definible, y que al mismo tiempo apunta hacia lo deseable. La fuerza de la creencia marxista en el triunfo del libre desarrollo de todos los hombres depende no del vigor de la esperanza de Marx respecto de éste, sino en la supuesta justeza del análisis según el cual el desarrollo histórico conduce a la humanidad, en efecto, a esa meta". Si la historia va en dirección a lo deseable, si todo marcha más o menos según lo previsto, ¿por qué habríamos de ser tan críticos con ella?

El hombre controlador del universo (1933) de Diego Rivera

Volviendo a lo anterior, dicha separación, alienación o esclavitud salarial siempre impuesta a través de la violencia propietarista y capitalista, activa primero y estructural después, es el primer paso hacia la desigualdad económica, que a su vez es convertida en desigualdad política. Y cuando eso ocurre, como viene sucediendo desde las antiguas guerras mesopotámicas hasta las recientes guerras de Oriente Próximo, la guerra de nuestros amos se convierte también en nuestra guerra, pues casi nadie muerde la mano que le da de comer. Si nuestros «soberanos» deciden invadir Palestina en busca de más tierras, nosotros les seguimos. Si desalojan ciudades enteras, nosotros las repoblamos (hecho que los israelíes celebran con orgullo y los palestinos con pena el 14 y el 15 de mayo respectivamente). Si dicen que el mundo ya no es seguro para nosotros, corremos inseguros a sus pies, con el consiguiente peligro de pasar de víctimas a verdugos. Si crean un nuevo credo nacionalista, lo abrazamos, cómplices en cualquier caso de la violencia contra los palestinos y palestinas. 

¿Qué se puede hacer? Para los judíos, una alternativa realista al Estado israelí sería el kibutz no sionista con vocación de autonomía e integración, tanto en tierras palestinas como no palestinas, puesto que el kibutz actual es muy heterónomo. Según Mario Bunge, los kibutz finalmente “degeneraron en empresas comerciales, sus miembros comercializaban lo producido por trabajadores árabes contratados y dejaron de vivir juntos. Hacia 1990, los kibutz habían abandonado los ideales igualitarios y las normas democráticas de los pioneros para convertirse en compañías capitalistas corrientes”. Sin embargo, como dice Rosenberg, no hay duda de que tiempo atrás fueron uno de los modelos más exitosos “de planificación intencional (…) bajo los principios de igualdad y ayuda mutua”. El retorno a la vida que se hacía en los kibutz dependerá de muchos factores tanto internos como externos, pero creo no equivocarme si digo que ese es el camino a seguir, sin prisa pero sin pausa, no solo como alternativa al Estado de Israel sino como alternativa a todos los Estados, por innumerables que sean los obstáculos y por reducidos que puedan llegar a ser los frutos.
El kibutz aventaja ampliamente a la ciudad en los siguientes aspectos: una inferior preocupación económica personal, superior calidad en la educación de niños y adolescentes, superior disponibilidad de tiempo libre, y superior actividad cultural; estas percepciones las comparten con el mismo juicio hombres y mujeres. (…) En cuanto a las desventajas del kibutz frente a la ciudad, hombres y mujeres coinciden por igual en señalar los campos de la libertad individual, en un menor grado, y el de la privacidad, en un mayor grado, como aquellos donde el kibutz queda en posición más desfavorecida.
 Leonardo Rosenberg, 1990. 


Referencias bibliográficas (libros):
  • Bunge, Mario. 2009. Filosofía política: solidaridad, cooperación y Democracia Integral, Editorial Gedisa, Barcelona, pág. 502.
  • Genovese, Eugene. 1969. Esclavitud y capitalismo, Editorial Ariel, Barcelona, 1971, pág. 35.
  • González Bórnez, Raúl. 2008. Corán (edición comentada), Centro de traducciones del Sagrado Corán. 
  • Rifkin, Jeremy. 2010. La civilización empática: la carrera hacia una conciencia global en un mundo en crisis, Paidós, Barcelona, pág. 193.
  • Rosenberg, Leonardo. 1990. El kibutz: historia, realidad y cambio, Riopiedras Ediciones, Barcelona, págs. 383-401.

22 de agosto de 2014

Autocrítica


¿Es posible la existencia de un blog macropesimista, vale decir, centrado en aquellos aspectos negativos de la sociedad que podemos analizar pero apenas cambiar, y al mismo tiempo microoptimista, es decir, que dé cabida asimismo a aquellos aspectos de nuestras vidas individuales que por el contrario sí podemos y debemos potenciar, desde el simple acto de hablar entre notrosos con alegría y generosidad hasta practicar y proponer modos de vida alternativos? Sin duda es posible, o tiene que serlo, aunque no sea lo más habitual. Véanse si no algunos de los blogs de mi barra lateral, o este mismo, sin ir más lejos. ¿Todo ese pesimismo racional es inevitable, lo normal si tenemos en cuenta el pésimo estado del mundo, parafraseando a Saramago, o es también el resultado personal de haber perdido o, cuando menos, de no haber sabido reflejar en nuestros escritos la alegría de vivir y la inocencia de cuando éramos pequeños? ¿Cuántos autores o lectores de blogs como este estarán padeciendo o habrán padecido recientemente algún cuadro moderado de depresión y/o ansiedad, habitual ya en dos de cada diez personas, en parte como consecuencia de nuestro pesimismo mal dirigido?

El pesimismo mal dirigido (o micropesimismo, esto es, la pérdida de esperanza e ilusión en nosotros mismos, en lo pequeño y cotidiano) puede ser tan pernicioso como el optimismo mal dirigido (o macrooptimismo, es decir, seguir esperándolo casi todo de aquellas personas e instituciones que por sus roles sociales y tamaño solo pueden agravar la situación). ¿Hasta qué punto un escritor o una escritora son responsables del estado de quietud e inquietud que puedan estar causando en sus lectores? Tal vez sea posible ser una persona activa y optimista en la «vida real» y pesimista en la vida virtual, pero ¿no estarán los blogs como este, generalmente administrados por hombres solteros de mediana edad, sobrerrepresentando el lado pasivo y analítico de la vida en detrimento de su lado proactivo y sintético, y por lo tanto conduciendo a algunos de nuestros congéneres a un grado cada vez más alto de alienación e infelicidad? Ojalá me equivoque («cree el ladrón que todos son de su condición»), pero por si acaso, valga este post, al menos en la intención, para sacar a la luz los posibles sesgos de un servidor, los cuales podrían estar ocultándonos otros enfoques complementarios, así como para ir construyendo poco a poco un blog más realista en todos los sentidos, con los mismos intereses que hasta ahora pero sin olvidar que todo esto no son más que palabras y que lo que de verdad importa somos tú, yo, nuestros allegados y los que áun están por llegar. Las ideas no son un fin en sí mismas.

El precio que pagamos por asumir los poderes de la tecnología es la alienación, un peaje que puede salirnos particularmente caro en el caso de nuestras tecnologías intelectuales. 
Nicholas Carr, 2010 (vía).