20 de octubre de 2014

El mito de la tecnología

o por qué la humanidad no es dueña de sus creaciones

El hombre controlador del universo (1933) de Diego Rivera

Hace unas semanas me salió, un poco de chiripa, un comentario potencialmente interesante sobre el determinismo tecnológico, y ello a raíz de un texto de Capi Vidal no menos interesante recomendado por Loam, gran comentarista y mejor persona :P

(He aquí el comentario con algunos retoques y añadidos).

La interpretación que hago de la historia en general y de la historia tecnológica en particular es distinta a la que hace Capi. Para él, siguiendo al anarquista Murray Bookchin, "son las relaciones sociales" como las que promueve el capitalismo "las que determinan la tecnología, y no a la inversa, por lo que no existe determinismo de ningún tipo a pesar de lo que consideran los críticos radicales del progreso tecnológico y sí es posible dirigirlo a fines humanos racionales". Como dije en otro ocasión, esa creencia me parece una herencia del antropocentrismo filosófico y de la idea de excepcionalidad humana que nos acompaña, cuando menos, desde hace algunos cuantos miles de años (con el paso del teocentrismo al humanismo durante el Renacimiento y la Ilustración fuimos un paso más allá  si cabe en nuestra vanidad, pero lo cierto es que el cristianismo y la mitología griega ya eran una forma de antropocentrismo invertido: en lugar de endiosar al humano directamente, humanizábamos a los dioses; antes representábamos el papel de hijos y ahora el de padres, pero de tal palo tal astilla y de tal astilla tal palo). Sea como fuere, considero que la «carga de la prueba» está en quienes afirman que la humanidad puede "dirigir" y controlar racionalmente el progreso tecnológico (lo que sí está documentado, ciertamente, es que pequeños grupos humanos han podido, al menos por un tiempo, dirigirlo o frenarlo en algún grado, como es el caso de los anabaptistas). Al parecer, la evolución tecnológica sería tan ciega e indomable a la larga y a gran escala como la evolución cultural y la evolución biológica. Querer adueñarse del libre y caótico flujo de los memes es como querer adueñarse de la variabilidad genética, acto prometeico solo al alcance de un deus ex machina. ¡Ni siquiera la todopoderosa entropía ha podido contener la endiablada inventiva del Universo!

Si en su día, sin capitalismo y sin Estado de por medio, no logramos evitar las malas consecuencias del fuego o de la agricultura, ¿en base a qué razón íbamos ahora a evitar, con sociedades más pobladas y complejas, las malas consecuencias de Internet o de los combustibles fósiles? Mi escepticismo es muy elevado en este tema. Como en el caso del huevo y la gallina, creo que ante la duda es preferible pensar que la cultura influye en la tecnología y viceversa. El determinismo, para ser coherente, debe funcionar en ambas direcciones. Las disputas en ocasiones vienen cuando unos hacen hincapié en un lado y otros en el otro. Es posible, por ejemplo, que las sociedades metalúrgicas naciesen de una desigualdad previa en las relaciones sociales, pero sin duda la aparición del metal contribuyó a separar al hombre de la mujer y al jefe del subordinado. Con el fuego ocurre algo similar. ¿Nos separó, por así decir, del estado de naturaleza anterior o es que ya teníamos en mente separarnos y entonces el fuego solo fue un medio? En cualquiera de los dos casos, o los dos a la vez, lo que parece evidente es que el dominio del fuego hace un millón de años trajo consigo cambios culturales y nutricionales importantes de los que ninguna sociedad ha podido desprenderse todavía, exceptuando algunos ejemplos parciales de individuos concretos (crudiveganos, etc.). La cocción de los alimentos nos hizo más omnívoros y, en parte, peores personas, de la misma manera que la domesticación, tal vez inocente e involuntaria en un principio, desembocó en un crecimiento más o menos lineal de la opresión de los animales tanto humanos como no humanos a lo largo de los últimos diez mil años (Nibert, 2013).
En el transcurso del IV milenio, la progresiva generalización del arado en las labores del campo –útil que precisaba cierta fuerza física para ser llevado- permite la introducción de los hombres en los campos de cultivo, en los que hasta aquel momento debían estar poco presentes, salvo en las fases de deforestación y preparación de los suelos. Aun si persiste el trabajo con azadas, a partir de entonces, las mujeres compartirán un sector económico que les era propio. Con el paso del tiempo, el artesanado y la tecnología especializada no dejará de crecer, lo que reducirá los espacios femeninos simbólicos y económicos o, como mínimo, los limitará. La metalurgia, la invención (en Oriente) del torno, el paso, aunque tardío de la siega con hoz a la siega con guadaña constituyen progresos que pudieron, cada uno en su época, asentar la supremacía masculina. La primera metalurgia del cobre fue un medio de producción de útiles manejados por los hombres (hachas y puñales); el nuevo metal se puso al servicio de la esfera de lo masculino. En cuanto a los adornos, generalmente hechos con metales preciosos, sirvieron para prestigiar a las elites de ambos sexos. El primer metal fue objeto de segregación: por un lado sirvió para magnificar las actividades viriles y por otro se usó para señalar diferencias de estatus entre los privilegiados y el resto. Esta nueva tecnología fue un motor de compartimentación social. 
Jean Guilaine y Jean Zammit en El camino de la guerra, 2002.

Conclusión

Ciertamente hay margen para hacer un uso limitado, racional y consensuado de la técnica a pequeña escala, yo abogo por ello sin titubear, pero ya no me hago ilusiones respecto a que ese margen pueda ampliarse hasta convertirse en una norma universal. Ni mil de las mejores revoluciones bastarían. La historia, si no me equivoco, es clara al respecto. Los humanos pertenecemos al universo, no al revés como nos quiere hacer creer nuestra mente. El hombre no es la medida de todas las cosas.

16 de octubre de 2014

El mito de la concienciación

El poeta tumbado (1915) de Marc Chagall

Como casi siempre, las ideas que transformo en palabras y que después publico en este blog se me ocurren a altas horas de la noche, poco antes de irme a la cama, justo cuando mi mente está más saturada pero también, por esa misma razón, más necesitada de compartir con vosotros mis solitarias horas de lecturas en forma de publicaciones que no por ser desinteresadas dejan de ser al mismo tiempo un tanto narcisistas (el acto de escribir tiene algo de presuntuoso, de endiosamiento transitorio, de malestar; todo escritor/a es un pequeño fanático, un sutil y comedido tirano de las ideas, y el que lo niega lo es aún más). Siempre he envidiado, aunque no hasta el punto de quitarme el sueño, el hábito y la disciplina de quienes se levantan temprano para ponerse a escribir. Por lo pronto, porque consumen menos electricidad. En mi caso, desafortunada y quizá temporalmente, no suelo tener nada interesante que escribir hasta bien entrada la tarde, como si durante el sueño nocturno hiciese borrón y cuenta nueva y me tomase las mañanas libres. Libres de todo razonamiento complicado o «intelectual» para centrarme en tareas más, por así decir, mundanas, y precisamente por eso más necesarias. Creo que el Hugo de por la mañana siempre es un Hugo más optimista y despreocupado, más cándido e iletrado, más corporal y menos mental. Seguro que no soy el único que ha experimentado esta especie de bipolaridad. 

Emil Cioran, predicador de la no predicación, conocido también por pasar largas noches en vela, escribió de buena tinta en el 33 y en el 49 respectivamente que "el sueño hace olvidar el drama de la vida, sus complicaciones, sus obsesiones; cada despertar es un nuevo comienzo y una nueva esperanza. La vida conserva así una agradable discontinuidad, que da la impresión de una regeneración permanente". ¿Cuántos podrían al poco de despertarse plantearse siquiera lo siguiente: "La injusticia gobierna el universo. (...) Cada ser se nutre de la agonía de otro ser; los instantes se precipitan como vampiros sobre la anemia del tiempo; el mundo es un receptáculo de sollozos... En este matadero, cruzarse de brazos o sacar la espada son gestos igualmente vanos"? Pocos, seguramente. Quizá ni el propio Cioran, quien puede que lo escribiera, o cuando menos lo pensara, durante la noche. Al parecer, la falta de luz natural, la artificialidad que reina en la ciudad, la ausencia de las distracciones matutinas, el silencio, el cansancio acumulado de todo el día y una vela para las «noches en vela» crean las condiciones idóneas para que tenga lugar una especie de lucidez de gran valor, aunque no sin riesgos. Estoy pensando por ejemplo en Nietzsche, o en Spengler, o en Mainländer. Atormentados que crearon igualmente una filosofía no menos atormentada. Aunque ya se sabe lo que ocurre con los nuevos mártires, ahora posmodernos: las noches de tormenta bien pueden matar al «iluminado», pero también pueden alumbrar a los demás. Como escribía un joven Cioran en algún lugar de Transilvania, "los paseos solitarios -extraordinariamente fecundos y peligrosos a la vez para la vida interior- deben realizarse sin que nada turbe el aislamiento del ser humano en este mundo, es decir, por la noche, a la hora en que ninguna de las distracciones habituales puede ya interesarnos, cuando nuestra visión del mundo emana de la región más profunda del espíritu". 

En fin, lo que viene a continuación -que es lo que realmente da título al post de hoy y que poco tiene que ver con lo anterior salvo que sucedió de madrugada- es lo que se me ocurrió pensar la otra noche: cambiar el modo de pensamiento está bien, cambiar el modo de comportamiento también, pero si no se trata asimismo de cambiar el modo de asentamiento, la tan deseada y proclamada concienciación sin reestructuración espacial solo puede devenir en una suerte de esquizofrenia moral, de buena conciencia, de espera eterna entre manglares de cemento y vallas publicitarias en solares baldíos. Si lo primero y lo segundo es difícil, lo tercero no lo es menos. ¿El mayor obstáculo? En mi limitada experiencia, la familia, los amigos. El amor, paradójicamente. Tal vez no dependamos de ellos para las dos primeras fases, pero sí para la tercera. Quizá no intelectualmente, pero sí física, económica y emocionalmente. ¿Ecoaldeas, pueblos ocupados, terrenos en el campo, huertos urbanos, cooperativas integrales, micromundos mejores...? Cosa de solteros aventureros o de familias nucleares de nueva creación (o de procreación, como las llaman los antropólogos, es decir, las que se forman cuando nos casamos y nos distanciamos de la familia de origen o de orientación). Las familias extensas y de origen, en cambio, tienden a aferrarse a una inercia difícil de cambiar, de ahí que las alternativas y los experimentos sociales, aun basándose en sólidas razones y anhelos, no sean tan frecuentes como nos gustaría. ¡Ahora bien, no todo es oscuridad en las oquedades del «infierno»! El camino tiene piedras y vamos descalzos, mas hay camino y hay señales, que no es poco.
La degradación irreversible de la vida terrestre debida al desarrollo industrial ha sido denunciada y descrita desde hace más de cincuenta años. Quienes explicaban el proceso, sus efectos acumulativos y los previsibles puntos de no retorno, pensaban que una toma de conciencia le pondría término mediante algún tipo de cambio. Para unos, tenían que ser reformas conducidas activamente por los Estados y sus expertos; para otros se trataba principalmente de una transformación de nuestro modo de vida, cuya naturaleza exacta seguía siendo en general bastante vaga; por último, los había incluso que pensaban, más radicalmente, que era toda la organización social existente la que tenía que ser derribada por una transformación revolucionaria. Fuesen cuales fueren sus desacuerdos en cuanto a los medios que había que emplear, todos compartían la convicción de que un conocimiento de la envergadura del desastre y de sus consecuencias ineluctables conduciría al menos a cierto cuestionamiento del conformismo social, o incluso a la formación de una conciencia crítica radical. En resumidas cuentas, que no sería en vano. Contrariamente al postulado implícito de toda la «crítica de los efectos nocivos» (...) según la cual el deterioro de las condiciones de vida sería un «factor de rebelión», fuerza es constatar que el conocimiento cada vez más preciso de este deterioro se integraba sin fricciones en la sumisión (...).
René Riesel y Jaime Semprún, 2008.

13 de octubre de 2014

¡Catastrofistas del mundo, uníos!

Hace unas semanas me suscribí a la editorial Pepitas de calabaza (60 euros anuales a cambio de un libro pequeño a elegir cada dos meses y descuentos para los grandes), y hace tan solo unos días me llegó el primer pedido. Desde ya, uno de mis ensayos favoritos. Es de René Riesel y Jaime Semprún, hijo de Jorge Semprún, y se titula Catastrofismo, administración del desastre y sumisión sostenible (2011), aunque publicado originalmente en francés en 2008.

¿Os acordáis de aquel post en el que analizaba el «escepticismo» de algunos anarquistas clásicos -aunque extrapolable a otras corrientes mayoritariamente humanistas, progresistas, industrialistas y anticlericales- con respecto al cambio climático y demás catástrofes en acto y en potencia, quienes no por casualidad tildan de "curas" a los que no comulgan con su concepto de libertad? Pues bien, nada más comenzar el libro me topé con un par de fragmentos que bien podrían servirnos no solo como continuación a dicho post, sino probablemente también como superación, pues en ellos se critica el uso ecototalitario y propagandístico de la catástrofe sin subestimar en ningún momento la realidad de la misma. En otras palabras, la síntesis que andaba buscando. La cita en cuestión es más larga de lo habitual, pero espero que compense por el interés y la reflexión, interior y exterior, que pueda generar:
Los técnicos de la administración de las cosas se atropellan para anunciar con aire triunfal la mala nueva, ésa que al final vuelve ociosa cualquier disputa sobre el gobierno de los hombres. El catastrofismo de Estado es, de modo declarado, una incansable propaganda a favor de la supervivencia planificada; es decir, de una versión más autoritariamente administrada de lo que existe. En el fondo, después de tantas evaluaciones de datos y estimaciones de plazos, sus expertos tienen una sola cosa que decir: que la inmensidad de lo que está en juego (de los «desafíos») y la urgencia de las medidas que habrá que adoptar anulan la idea de que pudiese aligerarse siquiera el peso de las coerciones sociales, que tan naturales se han vuelto. (...) Si bien el curso exacto del calentamiento sigue siendo muy incierto tanto en su velocidad como en sus efectos -aunque sin embargo estamos todos lo bastante cultivados para que nos hablen de permafrost, de albedo y hasta de clatratos y de la «cinta transportadora oceánica»-, el escenario del cambio climático permite promover todo un abanico de «soluciones» que apelan a la vez al Estado, a la industria y a la disciplina individual del consumidor consciente y responsabilizado: medidas fiscales, ecología industrial (nuclear incluida), geoingeniería planetaria, racionamiento impuesto pero también voluntario y hasta esas modernas indulgencias que se ganan los que viajan en avión pagando una «compensación por emisiones». (...) A fin de prevenir cualquier malentendido, tenemos no obstante que precisar que la crítica de las representaciones catastrofistas no implica en absoluto que veamos en ellas, como a veces se hace, meras invenciones sin el menor fundamento, difundidas por los Estados para asegurar la sumisión a sus directrices, o, más aviesamente, por grupos de expertos interesados en asegurar su carrera dramatizando más de la cuenta su «campo de investigación». Semejante denuncia del catastrofismo no siempre es cosa de gente que defiende de ese modo tal o cual sector de la producción industrial particularmente cuestionado, o incluso la industria en su conjunto. Así, se ha dado el caso de curiosos «revolucionarios» que sostenían que la crisis ecológica de la cual nos llega ahora la información en avalancha no era en suma más que un espectáculo, un señuelo mediante el cual la dominación trataba de justificar su estado de excepción, su consolidación autoritaria, etc. Podemos ver perfectamente cuál es el motor de tan expeditivo escepticismo: el deseo de salvar una crítica social «pura», que de la realidad solo quiere tener en cuenta lo que le permita prorrogar el viejo esquema de una revolución anticapitalista condenada a recuperar, por supuesto que «superándolo», el sistema industrial existente. En cuanto a la «demostracion», el silogismo es el siguiente: dado que la información mediática es obviamente una forma de propaganda en favor de la organización social existente y que dicha información concede ahora un amplio espacio a diversos aspectos aterradores de la «crisis ecológica», entonces esta crisis no es sino una ficción inventada para difundir las nuevas consignas de la sumisión. Otros negacionistas, como se recordará, aplicaron la misma lógica al exterminio de los judíos europeos: dado que la ideología democrática del capitalismo obviamente no era sino un falso disfraz de la dominación de clase y que dicha ideología hizo después de la guerra amplio uso en su propaganda de los horrores nazis, entonces los campos de exterminio y las cámaras de gas solo podían ser invenciones y montajes. 

10 de octubre de 2014

¿Quién ganará las próximas elecciones?

Duelo a garrotazos (1820) de Goya

El último artículo de Félix Rodrigo Mora me ha recordado el siempre popular -aunque en el fondo totalitario y por ende antipopular- tema de las elecciones. Para este autor, con quien coincido tanto en el diagnóstico como en el tratamiento aunque tal vez no en el pronóstico, "es muy probable que Podemos gane las elecciones generales de finales de 2015". ¿Cómo de probable es eso? Es difícil saberlo con seguridad. Las últimas encuestas de intención de voto son entre optimistas y muy optimistas, y que las gane es matemáticamente posible, pero hoy por hoy -a ver qué opino dentro de unos meses- sigo pensando que el PP ganará no solo las generales de 2015 sino puede que también las de 2019, lo que arrojaría un resultado de tres victorias consecutivas hasta 2023 -quemándose por el camino, eso sí-, momento en el cual sería más factible una victoria de Podemos o de un PSOE «regenerado» con un discurso más escorado a la izquierda (estoy pensando por ejemplo en Tapias, Talegón, etc.), partidos que si quieren competir con la derecha tendrán que evolucionar probablemente en la misma o similar dirección que el partido SYRIZA en Grecia.

No obstante, si durante el supuesto segundo mandato del PP, o incluso antes, tuviera lugar otra recesión (o algún otro fenómeno disruptivo más imprevisible como un aumento significativo de infectados por el virus del Ébola) y dicho partido no pudiera negarla como sí tuvo la oportunidad de hacerlo el PSOE previamente a las elecciones de 2008, los plazos podrían verse acortados y la izquierda podría llegar al Palacio de La Moncloa antes de lo esperado, dando al traste con los tradicionales ciclos partitocráticos: desde que existe la «democracia» en España, todos los partidos han gobernado un mínimo de dos veces consecutivas. El declive energético, la contracción de los Estados y la creciente incertidumbre podrían alterar los antiguos patrones políticos hacia mandatos más inestables, así como hacer desaparecer, al menos temporalmente y como ya estamos viendo, el bipartidismo: bajan PP y PSOE y suben Podemos, IU y UPyD, renovando de esa manera un sistema parlamentario que admitirá cualquier cambio «radical» con tal de perpetuarse. A largo plazo tampoco sería descartable que el PP u otro partido de derechas -de la misma manera que una parte de la política ya se estaría escorando hacia nuevas formas de comunismo autoritario en nombre de la gente- se acercara a posiciones neofascistas o lepenistas en nombre de la patria, retomando cien años después un panorama institucional similar al de los años 30. De cualquier modo, y a pesar de mi afición a la especulación, la futurología ni es ni puede ser una ciencia exacta, toda vez que la historia, aun cuando es cierto que se repite, lo hace con variaciones, intervalos y puntos de inflexión difícilmente predecibles.
PD. En cuanto a que "el proyecto y programa de revolución integral, probablemente, logre éxitos y avances notables en los próximos años" (la cursiva es mía), lamento no ser tan optimista. En cualquier caso, para reducir al máximo la posibilidad de que mi pesimismo se convierta en una profecía autocumplida, añado que sería bonito verlo y que, independientemente de lo que ocurra en los siguientes años, el camino a seguir sin duda es ese o parecido a ese. Cada uno y cada una en lo que mejor sabe hacer.

7 de octubre de 2014

El esclavo no quiere serlo solo

Der pantherausbruch (2001) de Walton Ford

Lo ocurrido recientemente en Tordesillas o en Madrid y diariamente en las granjas y mataderos industriales no se debe únicamente a la maldad y a la ignorancia humanas, o a la necesidad de comer carne (suponiendo que sea necesario comerla, y si lo es, hasta qué punto y a qué precio), o a la falta de fuerza de voluntad, o a las estructuras sociales, o al miedo, sino también al deseo de dominación y al odio que prende en nosotros hacia todo lo que es libre o podría serlo. Nuestro desamor es tan generoso, tan entrópico, que no solo le deseamos la esclavitud a otros animales («para que la especie no desaparezca», «por el bien común», etcétera), sino también a nosotros mismos. El esclavo no quiere serlo solo. Se autoodia. Por eso la caza de animales libres para sobrevivir siempre me ha parecido un modo de vida menos innoble que cualquier explotación ganadera.
La civilización, su obra, su locura, le parece un castigo que pretende infligir a aquellos que han permanecido fuera de ella. «Vengan a compartir mis calamidades; solidarícense con mi infierno», es el sentido de su solicitud, es el fondo de su indiscreción y de su celo. Excedido por sus taras y, más aún, por sus «luces», sólo descansa cuando logra imponérselas a los que están felizmente exentos. 
Emil Cioran en La caída en el tiempo, 1964.

3 de octubre de 2014

Pico energético y calentamiento global desbocado

o por qué es probable que lo primero no evite lo segundo
En todos nuestros escenarios, a pesar de que las emisiones de CO2 caen como consecuencia del declive de los combustibles fósiles, las concentraciones se mantienen en niveles peligrosamente alarmantes. Por añadidura, nuestros resultados se pueden considerar optimistas, ya que se ha asumido que la absorción de los sumideros naturales se mantiene constante, aunque es más probable que decrezca debido al calentamiento del planeta.
Íñigo Capellán-Pérez y otros, 2014.

Aunque detuviéramos hoy mismo todas nuestras emisiones, lo cual es imposible, “la realidad es que el dióxido de carbono ya emitido”, en palabras de Rob Hopkins, “continuará elevando la temperatura durante los años venideros (…) hasta por lo menos 0,6 ºC, y esto significa que ya estamos comprometidos a un incremento de 1,4 ºC independientemente de lo que elijamos hacer ahora. El calentamiento que estamos experimentando en estos momentos es el resultado de gases de efecto invernadero emitidos en los años 70”. Es más, tal y como explica Ferran Vilar, si redujéramos voluntaria o involuntariamente la mayor parte de nuestras emisiones en el plazo que sea, provocaríamos paradójicamente una subida añadida de por lo menos 1 ºC debido al “efecto enfriador de los aerosoles del carbón” que hemos estado emitiendo a la atmósfera junto a los gases de efecto invernadero. En definitiva, Mark New y compañía creen que “incluso con una gran voluntad política, las posibilidades de cambiar el sistema energético mundial con la suficiente rapidez para evitar los 2 ºC son escasas”, siendo “mucho más probable” un aumento de al menos 3 o 4 ºC entre este siglo y el siguiente.

No es necesario ser un fatalista filosófico para prever que vamos a seguir emitiendo grandes cantidades de CO2 -unos más que otros- durante al menos varios decenios más, incluso a pesar del cenit venidero del petróleo (entendido "como todos los líquidos del petróleo", como dice Antonio Turiel), del uranio, del gas y del carbón, posiblemente en ese orden. Según Greenpeace, si los catorce proyectos industriales que recogen en su informe de 2013 fueran llevados a cabo, “crecerían en un 20% las emisiones globales de CO2” para el año ~2020 y “nos encaminarían hacia un calentamiento de 5 o 6 ºC”. Su conclusión es que “una suma de CO2 de esa magnitud en los próximos años empujaría al clima más allá del punto de no retorno”. De manera similar, aunque tal vez no tan pesimista con respecto a los efectos que pueda tener sobre el calentamiento global, Jorgen Randers considera que “el uso del carbón se expandirá dramáticamente durante los próximos veinte años”. No obstante, prevé que alcanzaremos el cenit de emisiones totales en ~2030, de modo que para ~2050 estas habrán vuelto a los niveles actuales y continuarán descendiendo. Es decir, con todo y con eso, todavía nos quedaría por delante un mínimo de medio siglo de abundantes emisiones, si bien dentro de poco decrecientes.

En mi opinión, el único acontecimiento mínimamente probable que podría dar al traste con una gran subida de las temperaturas sería un colapso financiero fulminante a escala mundial antes de terminar esta década. Sin embargo, aunque no es descartable la teoría de los picos simultáneos e inmediatos de Gail Tverberg, hoy por hoy lo veo más improbable que probable. De cualquier modo, aun suponiendo que el colapso internacional estuviera a la vuelta de la esquina, ninguna evidencia nos garantiza que no hayamos superado ya el punto de no retorno. Según Kevin Anderson, la probabilidad de superar los 2 ºC (posible antesala de un "calentamiento de 3-4 ºC", en opinión de James Hansen y compañía) seguiría siendo muy alta incluso si redujésemos deliberada o forzadamente las emisiones a un ritmo del “10-20% anual” a partir de ya. El aumento de nuestras emisiones dejaría de ser un problema, ciertamente, pero no el CO2 extra que hemos estado acumulando en el océano durante décadas y cuyo efecto se sentirá durante milenios, así como las emisiones naturales de dióxido de carbono y metano provenientes, por ejemplo, de la fusión del permafrost que seguramente ya hayamos desencadenado sin posibilidad de reversión. Las dudas respecto a esto último ya no están en si ocurrirá o no, sino en cómo de rápido va a ocurrir, en base a lo cual tendremos un calentamiento más gradual o más abrupto

Conclusión

En un escenario de caída súbita de la producción energética y sin apenas retroalimentaciones positivas, cabría alguna posibilidad de que no se alcanzasen en ningún momento las 500 ppmv y por lo tanto el cambio climático podría volverse, tal vez, menos amenazante para las generaciones jóvenes y futuras de lo que se ha supuesto tradicionalmente (esta posibilidad se correspondería grosso modo con el escenario proyectado por Tverberg, quien prevé un pico de la energía y de las emisiones tan pronto como en ~2015, de modo que para ~2030 estas serían inferiores a la mitad de lo que son ahora), pero ese escenario optimista en cuanto al clima, ya de por sí negativo, no me parece ni el más realista ni el más precavido.

Nota: este texto es un fragmento adaptado y actualizado de aquel otro

30 de septiembre de 2014

El peor de los mundos posibles

y sin embargo, el más interesante

El paso de la laguna Estigia (1520) de Joachim Patinir

Incluso si esta época y esta sociedad fueran las peores de toda la historia habida y por haber, yo no querría vivir en otra. ¡La luz es más bella en los momentos más oscuros! A veces fantaseo con la idea de viajar al futuro y visitar el año 2100 o el año 3000. La de cosas que podría contar a mi regreso. Otras veces me gustaría conocer de primera mano esas épocas y lugares que nos enseñan los historiadores y que solo conocemos de manera muy indirecta. ¡Sería la envidia de todas las facultades de historia! Sin embargo, como ya adelanté en otro post, me muero de curiosidad por conocer este momento por encima de cualquier otro, pues vivimos tiempos más que interesantes, y puede que nunca mejor dicho. ¿Y si estuviéramos viviendo el cénit de la civilización más grande y perturbadora que jamás haya existido? ¿Y si después de esto, el ser humano se dirigiera lentamente hacia la extinción, no volviéndose a repetir ningún otro momento parecido en ningún otro lugar del universo? Es la curiosidad que anida en la tragedia y la tragedia de la curiosidad lo que me mueve a escribir estas palabras. Nadie quiere que exista el infierno, pero si tiene que existir, a todos nos gustaría echar un vistazo. Pues bien, ahora estamos viviendo algo así como el equivalente terrenal al infierno bíblico. El propio Lucifer pagaría por ver lo que hemos logrado en su ausencia.
Para reemplazar el infierno tradicional, el hombre ha hallado sustitutos privilegiados gracias a sus dotes técnicas: guerras, mundiales o locales, campos de concentración y prisiones, pasando por la bomba atómica, las armas químicas, el paro masivo, el hambre crónica, la contaminación generalizada, las dictaduras totalitarias, la locura colectiva de masas fanáticas o inteligentemente embrutecidas e idiotizadas, y tantos otros infiernos artificiales creados por nuestras sociedades.
Georges Minois en Historia de los infiernos, 1991.

Dice Alvin Toffler en El shock del futuro que "la proporción de almacenamiento, por el hombre, de conocimientos útiles sobre sí mismo y sobre el universo, fue en aumento desde hace 10.000 años", pero lejos de acercarnos a la tranquilidad celestial, dicho incremento del conocimiento nos condujo a un ajetreo infernal. No obstante, debe de haber algo paradójico o esquizofrénico en todo ello cuando por un lado abominamos de nuestros logros y por el otro nos sentimos fascinados por ellos. Yo quiero vivir como en Walden, añadiendo la menor cantidad posible de entropía a mi alrededor, pero al mismo tiempo me encantaría visitar las bibliotecas de Mega-City One, ávido de nuevos conocimientos. Creo que tiene razón Stephen Hawking en Historia del tiempo cuando dice que "el progreso de la raza humana en la comprensión del universo ha creado un pequeño rincón de orden en un universo cada vez más desordenado" e igualmente, cabe añadir, en una civilización cada vez más desordenada y problemática. Es como si en medio del fatal camino hacia una creciente complejidad autodestructiva tuviéramos la oportunidad, al menos individual, de desentrañar mayores cotas de verdad, como si el aumento del mal fuera acompañado de una mayor posibilidad de revelación y autoconocimiento. Se dice que la ignorancia y la simplicidad dan la felicidad, pero ¿y si la felicidad no fuera lo único que andamos buscando? 

29 de septiembre de 2014

¿Qué documental recomendarías?

En los últimos años he visto no pocos documentales importantes e interesantes (Earthlings, The corporation, La hora 11Seis grados que podrían cambiar el mundo, Home, Océanos, Punto ciego, De la servidumbre moderna, ZeitgeistLa educación prohibida, El imperio de los sinsexo, Stop! Rodando el cambio...), y aunque todos ellos merecen la pena e incluso se podría decir que son casi imprescindibles, si tuviera que elegir solamente uno, en este momento tal vez elegiría What a way to go: life at the end of empire (2007). ¿Y tú?

27 de septiembre de 2014

El mito del fin del mundo

El mito es peligroso solamente cuando no tenemos conciencia de su presencia, cuando no advertimos que está destinado, tanto como a hacernos comprender de algún modo la realidad, a consolarnos de ella.
José Ferrater Mora en Cuatro visiones de la historia universal, 1982. 

Se dice que quienes creen, pronostican o fantasean con un colapso abrupto de la civilización industrial, con un invierno nuclear y/o con la extinción de la humanidad son personas muy pesimistas, pero ¿y si fueran, todavía, demasiado optimistas? Lo verdaderamente pesimista tal vez no sea creer que lo peor de nuestra civilización acabará en unos años o en unas décadas, sino que no acabará nunca, o cuando menos no en este siglo ni en el siguiente. Es difícil saber qué mito futurista es más cierto, si el del fin de un mundo injusto o el de un mundo injusto sin fin (cíclico tal vez, con progresos y retrocesos), pero si tengo que elegir, elijo el segundo por ser más pesimista y, de algún modo, más precavido, aunque no necesariamente más probable. Las consecuencias de un colapso repentino (medido en décadas) y definitivo serían más apocalípticas pero también más rápidas y «salvadoras», mientras que las de un colapso gradual (medido en siglos) y no definitivo similar al del Imperio romano, aunque seguramente más grave y duradero, serían menos aterradoras pero más agónicas y recurrentes a largo plazo. Uno de los dos es inevitable, me temo, pero estimar a ojo de buen cubero cuál de los dos es más probable es harto complicado, entre otras cosas porque no hay precedentes lo suficientemente parecidos. Sin duda ha habido otros colapsos en el pasado, pero esta vez es diferente debido a que los picos mundiales de la energía, de la población, del agua, del suelo, de las emisiones de gases de efecto invernadero y de la extinción masiva de especies, así como el grado de globalización, son factores nuevos en la historia de la humanidad.

25 de septiembre de 2014

Schmitt, Maquiavelo, Juego de tronos y Pablo Iglesias

o cuáles son los referentes teóricos del líder de Podemos
No es posible acabar con la violencia y el poder en sí mismos, tan solo cabe apropiarse de ellos y, neutralizando al resto de fuerzas y poderes, ponerlos al servicio de un determinado principio de legitimidad. Por así decirlo, no existe una legítima legitimidad sin poder, aunque sí puede existir durante siglos un poder poderoso sin legitimidad, he ahí el verdadero drama de la política. Los déspotas, los tiranos, los opresores, pueden conducirse a través del mero poder, porque pueden imponer el terror, gobernar a través del miedo, y proyectar principios de legitimidad adecuados a su causa (religiosos, tribales, identitarios, etc.) que apuntalen el ejercicio de su poder despótico. Sin embargo, no es posible para los justos, para los honrados, ser verdaderamente legítimos si no conquistan el poder.
Pablo Iglesias en Ganar o morir: lecciones políticas en Juego de tronos, 2014.

Como macropesimista, coincido en que "no es posible acabar con la violencia y el poder en sí mismos", pero voy más lejos en mi pesimismo al creer que tampoco es posible "ponerlos al servicio" del bien toda vez que lo malo conduce a lo malo, y al considerar que quienes lo intenten apelando al argumento del mal menor, como el filósofo marxista Santiago Alba Rico, no harán sino perpetuarlos y añadir más dolor y confusión al mundo, es decir, más entropía social. La solución, si es que es posible en algún grado, no pasa por hacer más, por engrasar mejor el trinquete del progreso, sino, como en La isla de Aldous Huxley, por hacer menos, por poner palos en la ciega rueda de la historia. Como diría el poeta Nicanor Parra o un taoísta, "urge no hacer nada", o más bien, urge deshacer, retroceder, repensar, dudar. Naturalmente, siempre habrá «optimistas», reformistas, politólogos, salvadores, predicadores -¡aún peores que yo!-, bienhechores de la humanidad, representantes de la voz popular y revolucionarios acompañados ad infinitum de complicados, apresurados e innovadores programas políticos, de modo que quienes decidamos oponernos a sus cantos de sirena estaremos siempre a la zaga, haciendo sin hacer, sin votar, sin delegar, sin pedir, sin coartar, sin odiar, sin ambicionar. Conformistas nos llamarán, quizá, pero ¿es posible ser más radical?
El concepto de interrupción resume la pointe política benjaminiana. Su contenido poco tiene que ver con lo que la izquierda ha entendido por revolución: «Marx dice que las revoluciones son la locomotiva de la historia universal, pero quizá las cosas sean de otro modo, quizá sean las revoluciones el freno de mano de la humanidad que viaja en ese tren». La revolución no tiene, pues, tanto que ver con acelerar la marcha cuando con detenerla. 
Reyes Mate en Filosofía de la historia, 1993.

Sobre su relación intelectual con Schmitt, Maquiavelo y la serie Juego de tronos (confieso haberla visto y disfrutado, je...), pincha aquíaquí y aquí respectivamente. Mi opinión respecto a esos autores va en la misma línea que la ya expresada hace unos meses en el post "José Ortega y Gasset, filósofo de la dominación", si bien una defensa más general y elaborada de mi postura actual puede encontrarse parcialmente en el libro Cambiar el mundo sin tomar el poder de John Holloway.

22 de septiembre de 2014

El «progreso» ha muerto

Resumen de Ave, Progressus

La entropía se hace sentir cuando la violencia triunfa sobre la paz, el odio sobre el amor, la locura sobre la razón, la enfermedad sobre la salud, la miseria sobre la abundancia, la muerte sobre la vida, la ignorancia sobre el conocimiento, la necedad sobre la sabiduría y la mentira sobre la verdad. (…) La historia de la humanidad nos demuestra que los actos llamados «malos», la violencia, el crimen, el robo, la corrupción y la mentira, se han incrementado.
Ariosto Aguilar, 2007.

El ser humano tiende al autoengaño con más facilidad que a la verdad, del mismo modo que el universo tiende al caos con más probabilidad que al orden. Errar es más probable que acertar, siempre lo ha sido y siempre lo será. Como dice una cita anónima atribuida equivocadamente a Miguel de Cervantes, “la falsedad tiene alas y vuela, y la verdad la sigue arrastrándose, de modo que cuando las gentes se dan cuenta del engaño ya es demasiado tarde”. A pesar de que la civilización funciona al revés de como nos lo han contado, la vida continúa sin demasiados escrúpulos, pues esta no se basa tanto en la verdad como en la imitación. La imitación es el remedio biológico y cultural por excelencia en la lucha contra la entropía, quizá por eso se nos da mejor imitar que preguntar. El conocimiento es una parte importante de la existencia, pero al parecer no tanto como nos gustaría creer. Si la vida y la verdad fueran hermanas, en lugar de simples vecinas, cabría esperar un mayor número de sabias y sabios en el mundo, y entonces Homo sapiens haría honor a su nombre. Desafortunadamente, aunque la mona se vista de seda, mona se queda. Como animales sociales que somos, tendemos a reproducir acríticamente las ideas, los hábitos y las instituciones que nos resultan más accesibles, las más populares de entre las que flotan en el líquido amniótico de nuestra sociedad, ignorando todo aquello que se encuentra más allá de nuestros marcos conceptuales etnocéntricos, más allá del adoctrinamiento paternalista de las instituciones educativas y los medios de comunicación de masas. Por esa razón, que la humanidad ha estado dirigiéndose hacia lo peor y que seguirá haciéndolo al menos en las siguientes décadas es una verdad primero ignorada, después incómoda y en última instancia silenciada. Eppur si muove, como diría Galileo. “Y sin embargo se mueve”. El progreso de la humanidad es una ilusión, una religión secular, un acto de mala fe, un bálsamo para la locura de nuestra civilización, un mito que nos contamos a nosotros mismos desde hace cientos de años con la esperanza de borrar las huellas de un presente perseguido por su pasado.

Ahora bien, no todos hemos contribuido al mantenimiento de esa invención con la misma fruición: los hombres más que las mujeres, los conquistadores más que los conquistados, los hacendados más que los desheredados. Cuanto mayor es el poder que posee una persona, mayor es también su interés en conservarlo, de manera que esta incurrirá consciente e inconscientemente en cuantas manipulaciones de la historia sean necesarias, de ahí el dicho de que la historia de los vencedores es siempre la historia oficial de las sociedades. Solo los vencidos que se saben vencidos osan oponerle alguna resistencia. Lo verdaderamente crucial para el vencedor es el ejercicio de la violencia, ora activa, ora estructural, así como el acto de reescribir el pasado a su favor mediante el control del lenguaje –razón de Estado permanente que propició la expansión de la escritura, la lucha contra el analfabetismo y la universalización de la enseñanza obligatoria-, haciéndole creer a los demás que todo va a mejor porque, de no hacerlo, perdería toda legitimidad y por ende gran parte de su capacidad para seguir dominando a las «masas». De lo que se concluye que el macrooptimismo es el arma preferida de los dictadores, de los que dictan las normas. ¡Adelante, consuma, no sea pesimista! La religión del progreso es la religión del optimismo. Progresismo, consumismo y optimismo, he ahí la verdadera Trinidad. Occidente –el actual caballo ganador, aunque no por mucho tiempo- no será capaz de reconocer a tiempo esa inquietante verdad, porque ello supondría renunciar a los privilegios y a los hábitos adquiridos durante generaciones. ¿Qué «inadaptado» o «inadaptada» haría eso? Demasiados occidentales y occidentalizados –bienintencionados y, al mismo tiempo, aprendices de dominadores- preferirán ver cómo se autodestruye su mundo lentamente antes que dar su brazo a torcer, antes que morder la mano que les da de comer. “Estamos tan intoxicados con la civilización, nuestra droga”, decía Emil Cioran, “que nuestro apego a ella presenta todos los síntomas de una adicción, mezcla de éxtasis y de odio. Tal como van las cosas, no hay duda de que acabará con nosotros”.

Como el mito de la caja de Pandora en el pasado, decenas de indicios empíricos y racionales confirman o cuando menos sugieren hoy que cuanto mayor es el grado de complejidad social, medido en términos de estratificación económica, mayor es también el número de males que deben enfrentar las sociedades y los individuos que las componen. Esa es la tesis que, valiéndome de diversos autores y autoras, pongo a vuestra disposición. Es cierto que nunca ha existido ninguna edad de oro a la que podamos aspirar, pero eso no significa que todas las épocas hayan sido tan problemáticas como la nuestra. Al contrario. Los siglos, como los años, no pasan en balde: los problemas son cada vez más graves y numerosos, las soluciones cada vez más débiles y escasas. Podría pensarse que los inconvenientes de la civilización se ven compensados por sus convenientes. Después de todo, ahora vivimos más años que antes, viajamos más lejos y tenemos más máquinas que nunca. Sin embargo, a poco que analicemos esas supuestas ventajas veremos que no existen en la cultura occidental ventajas suficientes que puedan compensar todos los nuevos males que se han creado. Solo el desconocimiento inocente y una empatía insuficiente pueden hacer que uno justifique el progreso “mientras el cúmulo de ruinas crece ante él hasta el cielo”, como decía Walter Benjamin.
La civilización, al agregarle a los inconvenientes fatales de la naturaleza los inconvenientes gratuitos, nos obliga a sufrir doblemente, diversifica nuestros tormentos y refuerza nuestras desgracias. (…) Que también la naturaleza esté corrompida es algo que no negamos; pero esta corrupción sin fecha es un mal inmemorial e inevitable al que nos hemos acostumbrado, mientras que el de la civilización viene de nuestras obras o de nuestros caprichos, y tanto más agobiante cuanto que nos parece fortuito, marcado por la opción o la fantasía, por una fatalidad premeditada o arbitraria. 
Emil Cioran en La caída en el tiempo, 1964.
Pincha aquí o aquí si deseas seguir leyendo el resumen (lo que sigue es la lista provisional de esos indicios).

18 de septiembre de 2014

Si algo funciona, no lo cambies

Actualmente el nivel de CO2 en la atmósfera es el más alto de los últimos dos millones de años. También es significativo que la tasa de crecimiento sea tan rápida. La tasa (...) de la década anterior ha sido de 2 partes por millón al año, (...) al menos 100 veces más alta que en cualquier momento de los últimos 800.000 años.
Pieter Tans, 2013 (vía).

17 de septiembre de 2014

¿Prudencia o negación?

o por qué el anarquismo puede llegar a ser un reduccionismo


Después de leer algunos de los escritos del geógrafo anarquista Philippe Pelletier, autor que goza de cierta resonancia dentro del anarquismo ibérico, me he decidido a intentar refutar brevemente y con la ayuda de terceros algunas de sus afirmaciones sobre el calentamiento global. El artículo en cuestión (2007) que voy a analizar consta de tres partes, aunque solo me detendré en la primera ("La necesidad de una prudencia científica y metodológica") por considerar que las otras dos son básicamente correctas o cuando menos interesantes ("El catastrofismo, técnica de dominación" y "Viva la anarquía de los meteoros"). 

1. Pelletier, basándose en opiniones no expertas como las del "sabio" Marcel Leroux, afirma que el calentamiento actual no es algo nuevo en la historia del clima y que "no está ligado a la abundancia de CO2 en la atmósfera", sino más bien al vapor de agua, de manera que no cree, o no tiene claro, que el calentamiento sea antropogénico. Aquí (12 y 3 respectivamente) se pueden encontrar algunas críticas a ese argumento.

2. Según Pelletier, en los años setenta "los científicos y los ecologistas de la época nos pronosticaban un enfriamiento del clima". Aquí el desmentido de un clásico malentendido. 

3. Las proyecciones de los modelos climáticos no son suficientemente fiables, afirma. La prueba la tendríamos en la, en ocasiones, poca precisión de las predicciones meteorológicas. Aquí (1 y 2) la crítica correspondiente.

4. También sostiene que "en el caso del calentamiento global, los científicos no son unánimes, contrariamente a lo que se pretende". No lo son, pero casi: aproximadamente el 97% de los expertos está de acuerdo en los mismos puntos básicos. Creo que es sano no confiar ciegamente en los expertos, sobre todo en economía, pero cuando se trata de afirmaciones técnicas concretas y no de análisis holistas (para esto último, es cierto, suele ser recomendable consultar a filósofos no muy académicos o a críticos sociales habituados a la transdisciplinariedad, como suele ser el caso de muchos anarquistas, entre ellos Dmitry Orlov o Jaime Semprún), los historiadores del clima más experimentados -los de campo y no tanto los de sillón- tienden a ser la fuente más fiable que podemos consultar en este caso.
La argumentación del calentamiento global antropogénico no está basada en una votación a mano alzada, sino en la observación directa. Multitud de líneas de evidencia independientes apuntan a la misma respuesta. Hay consenso sobre la evidencia de que el hombre está aumentando los niveles de dióxido de carbono en la atmósfera. Esto está confirmado midiendo el tipo de carbono en el aire. Lo que encontramos es más carbono proveniente de los combustibles fósiles.
John Cook, 2010.
Como dije hace poco en el blog de Loam, "del mismo modo que a los cientificistas (aquí podemos incluir a gran parte del ecologismo) se les puede echar en falta una mayor dosis de conocimiento ético y social, a los eticistas (valga la expresión) les suele pasar lo mismo pero a la inversa, hasta el punto de negar o subestimar los problemas medioambientales en base, en ocasiones, a que los estudios científicos que demuestran dichos problemas están financiados y divulgados (lo que sin duda es cierto) por aquella forma de organización social, el Estado, sobre la que el anarquista tiende a centrar su crítica. Desde luego que, lo que algunos pensamos que es buena ciencia y buenos pronósticos, bien puede resultar ser ideología (esa confusión es muy habitual), pero con lo contrario también conviene tener precaución. El racionalismo sin cierta dosis de empirismo puede devenir fácilmente en voluntarismo, lo que redundaría en el peor de los casos en un diagnóstico incompleto o sesgado de la realidad".

16 de septiembre de 2014

El mito del conocimiento

o por qué la verdad no nos hará libres
¿Podrá una “explosión” de conocimiento reducir la penuria entre nosotros y hacernos justos, virtuosos y libres? La historia sugiere que Occidente ha aceptado esta optimista apuesta, aunque no sin dudas y aprensiones. Creemos que el libre cultivo y circulación de ideas, opiniones y bienes en toda la sociedad (educación, estudios, investigación científica, comercio, las artes y los medios de comunicación) promoverán a la larga nuestro bienestar; creemos también que podemos contener las convulsiones sociales y políticas a las que estas mismas empresas culturales nos han lanzado. (…) A finales del siglo XX nos enfrentamos a hechos maravillosos, que son también aflicciones, producidas no por el atraso y la ignorancia sino por el avance del conocimiento y sus aplicaciones. (…) La investigación científica, la libertad de palabra, la autonomía del arte y la libertad académica unen sus fuerzas (…) para llevarnos más allá de nuestra capacidad, en tanto que agentes humanos, para controlar nuestro destino. Nuestros mayores bienes nos confunden.
 

Roger Shattuck en Conocimiento prohibido, 1998.

El aumento del conocimiento y de la diversidad intelectual -lo uno lleva a lo otro- en los últimos milenios y especialmente en las últimas décadas es una de las fuerzas que más han contribuido al individualismo y por ende a la separación de los seres humanos en islas conceptuales más o menos incomunicadas entre sí (este blog es una de las muchas pruebas palpables de ello). Desde luego que, a pequeña escala -espacial y temporal-, el azar y el conocimiento bien utilizado pueden hacernos personas más libres, más sabias y más cooperativas, la propia experiencia lo demuestra (un ejemplo de reciente aparición es el llamado Consejo de Génesis Provital, al que le deseo desde aquí mucha suerte), pero me temo que a la «humanidad» no le caerá esa breva. La verdad es una compañera de viaje muy exigente. A menudo ni sus más fieles seguidores, minoría secular, pueden seguir el ritmo que esta les marca, toda vez que las externalidades negativas de los hechos sociales tienden a superar en número a las externalidades positivas (desafortunadamente para nosotros, la entropía, más conocida como «estupidez» en nuestro día a día, no se limita al mundo natural). Divididos en un caos infinito de causas nobles y no tan nobles, de medios y fines, el conjunto de los seres humanos nunca remará en la misma dirección, nunca estará en armonía consigo mismo, del mismo modo que nadie piensa que la elefantidad o la chimpancidad puedan estarlo. Tendemos a creer que la sociedad es similar a un ser humano, un ser capaz de discernir entre lo correcto y lo incorrecto y actuar en consecuencia. Sin embargo, esa creencia es una antropomorfización o personificación de una estructura, la sociedad, ajena a las características que nosotros le atribuimos.
Hoy, la mayoría de las personas creen formar parte de una especie capaz de ser dueña de su destino. Es una cuestión de fe, no de ciencia. Nunca hablamos del día en el que las ballenas o los gorilas se convertirán en amos y señores de sus destinos. ¿Por qué, entonces, los seres humanos? (...) Las especies no pueden controlar sus destinos. Las especies no existen. Y los seres humanos no son una excepción. Pero siempre se les olvida cuando hablan del «progreso de la humanidad». Han puesto su fe en una abstracción que nadie se tomaría en serio de no ser porque es herencia de antiguas esperanzas cristianas. Si el descubrimiento de Darwin se hubiera realizado en una cultura taoísta, sintoísta, hindú o animista, se habría convertido, con casi toda probabilidad, en una hebra más del tejido mitológico de cada una de ellas. En todos esos credos, los seres humanos y el resto de animales están emparentados.
John Gray en Perros de paja, 2002.
Se puede objetar, con Jeremy Rifkin, que nuestro caso es especial, no solo porque tengamos ciertas habilidades y costumbres que otros animales no tienen, o que no han desarrollado tanto, lo cual es cierto, o porque nuestro instinto nos diga que antes salvaríamos a nuestro hijo que a nuestro perro sin saber muy bien por qué, sino sencillamente porque somos especiales más allá de las diferencias concretas, pero ¿dónde hemos de mirar para convencernos de esa supuesta excepcionalidad? ¿En la aparición y en el potencial empático de las redes sociales, como augura Rifkin? Ni siquiera la ganancia de una mayor capacidad empática en el transcurso de los últimos siglos parece estar trayéndonos la "conciencia planetaria" deseada, versión renovada del mito salvacionista. De hecho, nuestro caso es aún más complejo que el de otros animales porque si bien ninguna especie puede estar en conexión consigo misma (fundamentalmente porque las especies no tienen conciencia de sí, solo los individuos la tienen), el imparable progreso cultural ha propiciado que la nuestra lo tenga más difícil si cabe, puesto que a las diferencias biológicas y geográficas hay que sumarle las diferencias socioculturales (por edad, por renta, por clase social, por estudios, etc.). De modo que si estoy en lo cierto, a mayor conocimiento y a mayor crecimiento demográfico, mayor desigualdad y menor control. O he malinterpretado la historia, lo cual no sería la primera vez, o estamos probablemente ante la verdad más incómoda de todas, más aún que la de Al Gore :P