Preguntaban hace poco en el diario
El País:
¿Te parece bien la discriminación positiva*?
El 81% de los lectores que se animaron a participar en la encuesta (unos 3400) respondió que no. Yo respondí que sí.
Responder siempre que no me parece precipitado; dar siempre una misma respuesta se puede deber a una idea preconcebida, y desconfío. Lo mismo digo de responder siempre que sí.
Lo interesante es saber cuándo estamos ante un hecho discriminatorio y cuándo no. Nada fácil, cierto. Por ejemplo, ¿están siendo discriminadas las
directoras de cine, esto es, les
cuesta más, o simplemente hay menos directoras que directores porque las mujeres prefieren dedicarse en menor medida a esta profesión? ¿Cuándo se enfrentan las mujeres a
fricciones que deberíamos reducir? ¿Cómo detectar esas
fricciones?
Todavía carezco de respuestas que me satisfagan. Hoy por hoy, mi opinión se acerca bastante a la del director David Trueba:
[...] el tema de la discriminación positiva es una medida a aplicar en los procesos educativos y de formación con el fin de crear las mismas oportunidades a todo el mundo, pero en el mercado laboral creo que su aplicación puede ser peligrosa. Habrá que reflexionar sobre ello.
Tal vez peligrosa no, pero sí incierta, cuando menos.
Según el progresista
George Lakoff, "con igualdad de oportunidades, debería haber el mismo número per cápita de médicos, abogados, científicos en la comunidad afroamericana que en la población en su conjunto [...]. Sin embargo, esto no es lo que ocurre" [1]. Naturalmente, pero ¿pasa lo mismo con las mujeres directoras? Ante la duda, quizá el conservador prefiera abstenerse, el progresista tirar para adelante, pero, ¿y tú?
El conservador teme, no sin cierta razón, la idea de igualdad. Porque en sus peores pesadillas -¡y en las mías!- el planeta Tierra se convierte en el planeta Panta:
- Has de saber, extranjero recién llegado a este planeta -dijo-, que hemos alcanzado el más alto conocimiento de las fuentes de todos los sufrimientos, preocupaciones y desgracias que padecen los seres unidos en la sociedad. Dicha fuente estriba en el individuo, en su personalidad particular. La sociedad, la colectividad, es eterna y regida por unas leyes constantes e inamovibles, iguales a las que rigen el poderío de soles y estrellas. El individuo se caracteriza por inestabilidad, por falta de decisión, por lo accidental de sus acciones y, sobre todo, por su tansitoriedad. Nosotros hemos suprimido totalmente el individualismo a favor de la sociedad. En nuestro planeta sólo existe la colectividad: no hay en él individuos.
- No entiendo -dijo estupefacto-; lo que estás diciendo debe ser solamente una figuración retórica, ya que tú mismo eres un individuo...
- De ninguna manera -replicó sin cambiar de sonrisa-. Te habrás dado cuenta, supongo, de que todos tenemos la misma cara. Del mismo modo, conseguimos la más alta intercambiabilidad social. [2]
Si
Hayek levantara la cabeza... :o)
(*) Conocida en EE.UU y Canadá como
affirmative action y
employment equity, respectivamente.
[1] George Lakoff,
Puntos de reflexión. Manual del progresista, Ediciones Península, Barcelona, 2008, p. 153.
[2] Stanislaw Lem,
Diarios de las estrellas, Alianza Editorial, Madrid, 2005, pp. 142-143.
Para profundizar:
-
¿Avala la ciencia las políticas de igualdad?, en
La revolución naturalista.