6 de julio de 2015

La paja en el ojo ajeno

o cómo combatir un supuesto odio con más odio


La autora [Simone de Beauvoir] se odia a sí misma en tanto que mujer y al varón con el impreciso e inexacto argumento de que la fémina “ha sido, si no la esclava del hombre, al menos su vasalla (sic)”, de manera que en ella todo es biliosa animadversión, omnipresencia del odio y envidia enfermiza de lo masculino. (...) Un interesante estudio crítico del patológico rechazo fóbico de aquella autora al cuerpo femenino puede encontrarse en J.B. Elshtain, quien recuerda que su compañero intelectual, el pseudo-filósofo J.P. Sartre, haciendo gala de una misoginia aún más repulsiva que la de la autora examinada, lo denomina “infortunada anatomía”: tales son los averiados fundamentos doctrinales del Estado feminista, que tiene en De Beauvoir su santa patrona.
O por qué nunca he encontrado el amor prometido en las palabras de quien tan insistente y ardorosamente afirma perseguir "la convivencia y el amor", sino más bien lo contrario: un adjetivismo o uso violento y excesivo de adjetivos en detrimento de un análisis más equilibrado y más humano o empático. Mi hipótesis: a diferencia de la Ética o estudio del comportamiento moral, el moralismo -como manera de entender y de enfrentarse al mundo, ya sea en su versión estoica, cristiana, comunista, etc.- es peligroso en tanto que tiende a ocultar nuestros propios odios, miedos, defectos y sufrimientos remontables hasta la infancia bajo un discurso público, ya en la madurez, lleno de buenas intenciones, nobles ideales y exigencia a los demás (esto último en forma de sutiles llamadas a la "autoexigencia"). No son pocos mis desencuentros y desencantos con la obra y la vida de Nietzsche, pero todo hay que decirlo: en su rechazo a la hipocresía cristiana (de la que, quien más, quien menos, nadie se libra) tenía más razón que un santo :P



5 de julio de 2015

Buenos libros de historia

Aquí.

Cristianismo y misoginia



A pesar de que "en un principio, las palabras y acciones de Jesús incorporaron a las mujeres en ámbitos que resultaban nuevos y sorprendentes en la Palestina del siglo I dominada por los romanos" y de que "en sus enseñanzas hizo pocas discriminaciones entre mujer y hombre", el cristianismo, la Iglesia, la inercia de la tradición judeocristiana y el conformismo de la sociedad en general, lejos de contrarrestar la tradicional estratificación de género presente al menos desde la Edad del Bronce, ayudaron a perpetuar dicha subordinación durante casi toda la Edad Media y la Edad Moderna (a finales del siglo XVII empezarían a cambiar gradualmente las cosas):

Contrastando con Jesús, los escritos de Pedro, Pablo y Timoteo, y los de los padres de la Iglesia, como san Jerónimo, Tertuliano, san Agustín y san Juan Crisóstomo, pusieron de relieve la inferioridad de las mujeres y declararon que debían estar sometidas a los hombres. A medida que el cristianismo era aceptado e institucionalizado, se denegaba la igualdad concedida a las mujeres en los primeros siglos. Pablo y otros apóstoles y evangelistas distinguieron a las mujeres que colaboraron con ellos de la mayoría de mujeres, para las cuales preferían los cometidos femeninos tradicionales. Basándose en la ley y las costumbres hebreas, Pablo declaró que las mujeres debían llevar velo y «cállense en las asambleas; que no les está permitido tomar la palabra, antes bien, estén sumisas como también la Ley lo dice. Si quieren aprender algo, pregúntenlo a sus propios maridos en casa; pues es indecoroso que una mujer hable en la asamblea». (...) La epístola de Timoteo repite este argumento en términos más enérgicos: «La mujer oiga la instrucción en silencio, con toda sumisión. No permito que la mujer enseñe ni que domine al hombre. (...) Porque Adán fue tomado primero y Eva en segundo lugar» (...). En el siglo II, Orígenes, el padre de la Iglesia, vio cualidades masculinas y femeninas en el alma, siendo las masculinas superiores. En el mismo siglo, Clemente de Alejandría recomendó que las mujeres llevaran velo y los hombres se dejaran crecer la barba para recalcar la diferencia entre los sexos (...). A partir del siglo II, la Iglesia cristiana consideró a Eva la fuente de pecado, la tentadora del hombre y la encarnación de todas las mujeres. «¿No sabéis que cada una de vosotras es una Eva?», escribió Tertuliano alrededor del año 200. (...) Doscientos años más tarde, en el siglo V, san Juan Crisóstomo repitió este argumento. (...) «Sí, en verdad son débiles y frívolas... Pues aquí se nos dijo que no sólo Eva sufrió el engaño, sino que la "Mujer" fue engañada. (...) Por tanto, toda la naturaleza femenina ha caído en el error...». (...) Hacia el siglo III, las mujeres menstruantes, incluidas las «diaconisas», no podían acercarse al altar. En el siglo VII, aproximadamente, habían sido resucitados y reafirmados todos los mitos sobre el poder destructor de la sangre menstrual. El obispo Isidoro de Sevilla insistió en que el tacto de una mujer menstruante podía evitar que un fruto madurase y provocar la muerte en las plantas. (...) Una vez más, el parto fue considerado una experiencia contaminante. Hacia finales del siglo VI, la tradición hebrea de que una mujer permanecía impura durante treinta y tres días después del nacimiento de un hijo, y sesenta y seis días después del nacimiento de una hija, se convirtió también en una práctica cristiana. (...) La virginidad libraba a la mujer de su «débil sexo ... [y] de su cuerpo, que, por ley natural, debía haber sido sumiso al hombre», como Leandro de Sevilla declaraba en el siglo VII. El respeto hacia una mujer que elegía una vida virginal se convirtió en una tradición heredada por los cristianos europeos. Pero el respeto y el valor se adquirían cuando la mujer negaba su sexo. (...) Hacia el siglo IX, el cristianismo había enaltecido y subordinado a las mujeres europeas. (...) La Iglesia, así como la familia y el Estado, fundamentalmente creía y enseñaba que las mujeres eran inferiores a los hombres, y debían estar sometidas a ellos. (...) Los más antiguos y, en muchos casos, más sagrados escritos de las culturas anteriores al cristianismo -la griega, romana, hebrea, germánica y celta- albergan la subordinación femenina. Con el paso de los siglos, la creencia en la subordinación femenina persistió y adquirió la autoridad de la tradición consagrada. (...) Se transmitió intacta a la nueva cultura europea que emergió en el siglo IX.
Bonnie Anderson y Judith Zinsser, 1991
págs. 91-108 y 49.

30 de junio de 2015

De una primavera atípica a un verano precoz

¡Treinta y dos grados! (1857) de Honoré Daumier


Como se veía venir (1 y 2), este verano parece haberse adelantado (1 y 2). Si bien a corto plazo habrá años más calurosos y atípicos que otros, la tendencia alcista de las temperaturas sugiere una veranificación de las estaciones a largo plazo. El palabro es mío :P



29 de junio de 2015

El mito liberal de la movilidad social

o por qué el sueño americano no solo es injusto sino tramposo


No es necesario ser matemático para darse cuenta de que uno, dos o tres camareros pueden, sin lugar a dudas, convertirse en los empresarios hosteleros más ricos de su ciudad, pero que pasado cierto límite fácilmente sobrepasable, las puertas de la movilidad social se cierran automáticamente para el 99% de los camareros y camareras que también quieren y se "merecen" ascender en la escala social. Es cuestión de matemáticas, de física, de lógica.

Que personas como Amancio Ortega solo existan unas pocas en España no es porque la mayoría sean vagas, conformistas y/o envidiosas, como insinúan los Marhuendas de este mundo, sino porque aun cuando fueran tan listas y competitivas como él -lo cual no sería una virtud-, en el sistema capitalista (o mejor dicho, proletarista*) sencillamente no es posible que haya más empresarios que trabajadores, de la misma manera que en la sabana no es posible que haya más depredadores que presas. Todo lo contrario, en realidad. En toda cadena trófica que se precie, ya sea natural o cultural, los de abajo sobrepasan con creces a los de arriba. Si todos o una mayoría cobráramos el premio gordo de la movilidad social, es decir, si todos nos convirtiéramos en Amancio, o si todos, más modestamente, fuéramos los únicos propietarios del restaurante en el que hasta ahora trabajábamos por cuenta ajena, ¿quién llevaría los platos a las mesas, quién doblaría la ropa, quién sería la comida de los de arriba, quién se bajaría los pantalones?

Así pues, ¿dónde queda el supuesto sueño liberal de ascender y convertirse en amo? Sociológicamente hablando, es decir, en términos estadísticos, esa libertad jamás ha existido ni puede existir salvo para unos cuantos arribistas e imitadores con talento.

Si a uno le gusta este sistema, de acuerdo, ¡nadie es perfecto!, pero que al menos sepa lo que defiende, que tenga el valor de llamar a las cosas por su nombre y que, ya que no le molesta la esclavitud salarial, que por lo menos no sugiera que quienes trabajan más de diez horas poniendo platos y aguantando a clientes que se creen Julio César o conduciendo taxis que ni siquiera son suyos (¿dónde quedó aquella reivindicación, por otra parte insuficiente, de mayo de 1886?) es porque son menos aptos o porque ellos se lo han buscado (¡encima de perro, apaleado!). Así al menos, a los que no nos gusta esta manera tan egoísta y tramposa de organizar la sociedad, nos resultaría más fácil rebelarnos, pues nos dirían a la cara lo que siempre hemos sido para ellos: epsilones. Y a la pregunta "¿curras?", negaríamos con la cabeza y responderíamos con orgullo "Anarres".

(*) Cuando digo «capitalismo», por lo común quiero decir algo que puede formularse así: «Aquella organización económica dentro de la cual existe una clase de capitalistas, más o menos reconocible y relativamente poco numerosa, en poder de la cual se concentra el capital necesario para lograr que una gran mayoría de los ciudadanos sirva a esos capitalistas por un sueldo». (…) La verdad es que lo que llamamos capitalismo debería llamarse proletarismo, pues lo que lo caracteriza no es el hecho de que algunas personas posean capital, sino que la mayoría sólo tengan salarios porque no tienen capital. (…) De lo que me quejo es de que en la defensa corriente del capitalismo existente se justifique el hecho de mantener a la mayoría en una dependencia asalariada.
G. K. Chesterton, 1927
Los límites de la cordura: el distributismo y la cuestión social



Dedicado a mi hermano. Sin su trabajo nada de esto sería posible.

28 de junio de 2015

Elogio y crítica de la gitanidad

o la paradoja moderna

La civilización, pero sobre todo la modernidad (industrialismo + urbanismo + capitalismo + liberalismo + individualismo + racionalismo + humanismo + etc.), nos arroja hacia una paradoja en tanto que nos provee de las condiciones materiales e ideológicas necesarias para apreciar, tal vez con mayor énfasis que cualquier otra cultura, el valor de la autonomía personal mientras que al mismo tiempo, como pago habitual de esa liberación filosófica frente a la potencial tiranía de la tradición y de la comunidad, contribuye a desmantelar el sentimiento comunitario tantas veces añorado por el individuo atomizado moderno.

Digo que es una paradoja porque el anarcocomunismo o socialismo libertario, como filosofía universalista más o menos desarrollada que persigue una humanidad libre de dominación al mismo tiempo que más unida y solidaria (como el cristianismo primitivo pero mejorado por prueba y error), nace precisamente gracias a aquello que quiere combatir: la alienación y el exceso de individualismo. Hasta ahora, cuando la familia y la comunidad han predominado, el individuo y la libertad de pensamiento han pasado a un segundo plano (el caso más reciente y generalizado en España lo tendríamos en el franquismo, y antes en el Antiguo Régimen). Y al contrario: cuando el individuo y la propiedad privada han predominado, los lazos familiares y comunitarios se han desvalorizado.

Cuanto más sencillo le resulta al individuo formarse un juicio propio y una opinión menos familiar y etnocéntrica de la vida y de la sociedad, más compara y más sueña con un mundo diferente, pero he aquí el pacto fáustico y la contradicción: esa nueva concepción de la justicia y esos sueños utópicos los ha ganado al tiempo que perdía buena parte del vínculo social que más tarde, recorriendo el camino inverso (de la individualidad a la colectividad), necesitará para cambiar las cosas. Es decir, sin este vínculo difícilmente podrá llevar a cabo sus sueños emancipatorios, pues nadie puede ser libre y construir un mundo mejor si los demás no le acompañan. Es como si nos hubiéramos alejado del grupo para coger perspectiva y al regresar este ya no nos reconociera y viceversa.

Ahora bien, no todo está perdido. Otro grupo y otro pueblo son posibles, al menos en nuestra imaginación y en alguna medida en la práctica. Este nuevo pueblo o masa popular se basaría en el equilibrio entre algunos de los viejos valores colectivistas y tradicionalistas presentes todavía en poblaciones como la gitana, si bien cada vez menos debido a su integración en la sociedad mayoritaria (el apoyo mutuo, el sentimiento de comunidad, la familia extensa, el derecho consuetudinario, el semianarquismo implícito en la copla "no camelo ser eray / es caló mi nacimiento", es decir, "no quiero ser señor / es gitano mi nacimiento", la concepción familiar, antisalarial y antiproductivista del trabajo explicitada en la copla "desgrasiaíto aquel que come / el pan en manita ajena / siempre mirando a la cara / si la ponen mala o buena", la concepción más colectiva que individual, más relativa que absoluta, de la propiedad, el seminomadismo o la no sacralización del sedentarismo, aunque en su caso se deba más a la marginación social que a un estilo de vida libremente elegido, etc.), y un número indeterminado de valores individualistas y racionalistas presentes en las sociedades modernas, tales como el rechazo a la autoridad (incluida la autoridad moral de los mayores por el mero hecho de serlo) y la crítica de la propia cultura, evitando así la dominación y el etnocentrismo respectivamente. Hasta qué punto es eso posible, lo desconozco (ya conocéis mi pesimismo). Pero por ahí andan los tiros y los pasos, si no me equivoco.

En resumen, ni el tradicionalismo acrítico de los gitanos, que se analiza brevemente a continuación, ni el modernismo acrítico de los no gitanos, analizado a lo largo del blog. Esa es la idea, al menos.



Ser persona y ser gitano es lo mismo; o, dicho de otra forma, que sólo se puede ser persona si se es gitano. Así, es fácilmente comprensible que un gitano no niegue nunca su condición, porque supondría renegar de ser persona y, por tanto, de ser humano. (…) Los no gitanos, en un sentido literal, no serían propiamente personas alter (personas) sino alia (extraños). (…) El origen de esta identificación entre persona y gitano –y entre extraño y no gitano- (…) se encuentra en la contraposición que los gitanos hicieron con los no gitanos que encontraron en su proceso migratorio. Como afirma Botey, «al cortar el cordón umbilical con la Madre India, crearon una raza» (…). Al encontrar personas distintas, física y culturalmente, los gitanos se atribuyeron un lugar preeminente en la jerarquía ontológica. No en vano (…) la mayoría de mitos sobre el origen de la condición gitana parten de un ser divino que asignó a los gitanos un lugar preferente en la creación (…). Recordemos, como hace Hancock, que «el tiempo que se pasa en el mundo no gitano (el jado) quita energía espiritual (la dji)». (…) En el transcurso de los siglos, los gitanos han interiorizado hasta tal punto la importancia de la comunidad en su propia existencia que han acabado por asumir inconscientemente el interés colectivo como criterio de validación de lo que es o no moralmente correcto (…). Así, no resulta extraño que gitanos como la poeta Marysol Pérez Valiente digan que ser gitana es «cumplir la tradición» (…); el escritor Jorge E. Nedich asegure que es «tener conciencia social de grupo» (…); o el político Ramírez Heredia afirme que la propia conducta se deba evaluar según «se cumpla con la obligación de buen padre, hijo o marido» (…).

[Los gitanos] se comportan sin libertad pero con responsabilidad en el ámbito comunitario y con libertad pero sin responsabilidad fuera de él. (…) La libertad se concibe más comunitaria que individualmente y el criterio del interés comunitario prevalece sobre el personal (…). No en vano Isabel Fonseca afirma que: «la dura ley de los gitanos, que contradice cruelmente el estereotipo romántico del espíritu libre romaní, prohíbe la emancipación de los individuos en aras de la preservación del grupo» (…), mientras que Botey sostiene que: «la libertad del gitano y la crítica se ejercen siempre dentro del ámbito de la ley y la tradición» (…). Algo similar sucede con los miembros de las órdenes y congregaciones católicas o con los accionistas de las grandes empresas, porque el anonimato diluye las responsabilidades dentro del grupo. Es lo que algunos autores denominan liberación comunitaria (…), porque vinculan la libertad al compromiso más que a la elección (…). 
El respeto se presenta siempre bajo la forma de «respeta a los tuyos», la fraternidad aparece como «ayuda a los tuyos», la libertad resulta como «procura la libertad de los tuyos» y la obediencia sería un «seas fiel a [tus] tradiciones». (…) La libertad personal aparecería en la medida en que sea cada uno quien decida cómo dar respuesta a estas normas mediante la propia conducta en la vida cotidiana. Por ejemplo, el trabajo es percibido como un imperativo moral sólo en la medida que supone garantizar las necesidades colectivas. Como constata Borrow, a partir del testimonio del gitano extremeño Antonio López: «Los gitanos no se roban ni matan los unos a los otros (…)». (…) Ante un dilema moral que consiste en aplicar las normas endógenas o las exógenas, la elección por la primera está asegurada, sean cuales sean las circunstancias. La moral gitana aparece como una moral heterónoma, donde el margen de libertad para la libre determinación es muy estrecho, con pocas posiciones intermedias (…). De ahí que  Domingo Jiménez afirme que “no hay gitanos que pongan en duda puntos vitales, esencialmente identificativos de la cultura gitana”. (…) Sin capacidad crítica, y con un reducido margen de libertad, la educación moral en la cultura gitana se sitúa de pleno en el cuarto de los estadios morales que definió Lawrence Kohlberg en Las etapas del desarrollo moral (1958). El autor comparte con Piaget la idea de que la formación de la personalidad moral pasa por una serie de etapas, en función de la libertad de criterio propio en torno a la norma. Esta cuarta etapa, que prolonga durante toda la vida lo alcanzado en la adolescencia, se caracteriza por vincular la moral al mantenimiento del orden social, por lo que la conducta correcta consiste en cumplir el deber, que no es otro que salvaguardar la institución en su conjunto. Se trata de un nivel convencional, en el que el pensamiento no se rige tanto por principios como por normas sociales. La idea de justicia, incluso, se define en función de la comunidad, que otorga la autoridad a los ascendientes.
Sergio Rodríguez, 2011
Gitanidad: otra manera de ver el mundo
págs. 191-269.

26 de junio de 2015

La televisión no ha progresado

El anarquismo es una ideología que tiene la pretensión de ser la última reserva que le queda al socialismo, fracasado como socialdemocracia, fracasado como socialismo de Estado y fracasado como toma del poder totalitariamente.
Federica Montseny, 1982.




Siguiendo al luddita Jerry Mander, no creo que la televisión pueda reformarse significativamente, ni tan siquiera que deba intentarse en sentido colectivo o como objetivo social a largo plazo; otra cosa, no obstante, es la libertad personal de los periodistas y el sano interés en querer reformarla a corto plazo allí donde esté en su mano hacerlo (lo mismo cabe decir de Internet, de las centrales nucleares y de otras tantas técnicas complejas hasta cierto punto útiles pero intrínseca y generalmente en deuda con el centralismo y el autoritarismo). Como ley general, parece ser que cuanto mayor es el grado de división del trabajo en una sociedad, mayor es también la dificultad de construir o mantener una democracia directa y asamblearia. Esto no quiere decir que sea necesariamente imposible una sociedad anarquista con un desarrollo tecnológico igual o superior al de cualquier sociedad jerárquica y centralizada, pero sí sugiere que siempre habrá una cierta tensión irreconciliable entre ambas necesidades. O dicho al revés, hasta ahora las sociedades desiguales y productivistas han demostrado ser las sociedades más afines al progreso tecnológico (véase el caso ficticio de Urras contra Anarres). El porqué lo explica bastante bien el escritor (y para mí el mejor sociólogo no profesional) Aldous Huxley:
La democracia difícilmente puede florecer en sociedades donde el poder político y económico se concentra y centraliza progresivamente. Y he aquí que el progreso de la tecnología ha llevado y sigue llevando todavía a esa concentración y centralización del poder. A medida que la maquinaria de la producción en masa se hace más eficiente tiende a ser más compleja y más costosa y, por tanto, menos asequible para el hombre de empresa de medios limitados. Además, la producción en masa no puede funcionar sin una distribución en masa y, por otra parte, la distribución en masa plantea problemas que solo los más grandes productores pueden resolver satisfactoriamente. En un mundo de producción en masa y distribución en masa, el Hombre Modesto, con su insuficiente capital, está en seria desventaja. 

En teoría todos los humanos del planeta podemos apoyarnos mutuamente en lugar de apoyarnos en el dinero y otros mecanismos indirectos de intercambio y opresión. Por ejemplo, los más mañosos de una determinada comunidad, bajo pedido nacional e incluso internacional, pueden producir excedentes de sus mejores muebles de manera desinteresada contando con que otros obrarán igual produciendo sabia y desinteresadamente los excedentes de energía, de comida y de armas que estos carpinteros necesitarán para seguir trabajando y llegado el caso protegiendo su gremio y su forma de vida, pero, aun suponiendo que este federalismo y esta actitud se implantasen en el número suficiente de sociedades de la península y del mundo, no todos los bienes y servicios son igual de relevantes políticamente hablando. Bajo ciertas circunstancias socioecológicas un grupo de exanarquistas (liderado con mayor probabilidad por hombres) podría sublevarse y hacerse con el monopolio de la industria del mueble, ¿pero qué poder les otorgaría eso? Seguramente ninguno. Sin embargo, ¿qué pasaría si se hiciesen con bienes más estratégicos, bienes que no aparecen sino con la civilización, como una presa, el armamento pesado, el material médico, las refinerías de petróleo o el propio Internet?

Es por ello que podríamos concluir que cuanto más dividido esté el trabajo, cuantos más trabajos y especializaciones existan, cuanto más complejas sean nuestras sociedades y cuanto más dependan las personas de bienes que no producen ellas mismas localmente, más probabilidades tendrán de ser dominadas y los movimientos de autogestión de ser diezmados. Como inconformistas que somos, podemos (como ya hicieran los colectivistas aragoneses durante el 36 aprovechando la inestabilidad del Estado) y sobre todo debemos trabajar individual y conjuntamente por el mayor grado de federación posible y por cuotas de especialización tecnológica tan altas como la experiencia, la descentralización y la escasez de recursos nos lo permitan, pero desterrando la idea neutralista de que cualquier tecnología puede emplearse por cualquier sistema político con la misma probabilidad y siendo modestos en nuestras expectativas, al tiempo que valientes en nuestros sueños.

Ahora bien, es preciso reconocer que, en cuanto a la televisión, la hay y la hubo peor y mejor, al menos por lo que se refiere al debate político en el sentido más exigente y plural de la expresión (¡antes, aunque poco, se hablaba hasta de anarquismo!), "debate" que hoy se ve reducido paulatinamente a mero comentarismo entre periodistas y políticos acerca de las jugadas más polémicas de estos últimos (me gusta pensar que el anarquismo español, después de un pico entre finales del diecinueve y el primer tercio del veinte, empezó a deslizarse por un valle lleno de altibajos y con un subpico durante la Transición, pero que llegado el momento y habiendo hecho bien los deberes de conservación de testimonios y distribución de materiales, tal vez para finales de este siglo o quién sabe para cuándo, podría repetirse o incluso superarse aquel primer pico frustrado en el 38). Para muestra de que ya no hay programas como el de José Luis Balbín o como el de Joaquín Soler, valgan de momento estos tres botones de hace más de treinta años, de cuando yo tan solo era un vago proyecto en la mente de mi madre: 12 y 3 (gracias a Albert). Y no es que lo diga yo, un "radical". Lo dicen también conservadores -siendo generoso con la etiqueta- como José Javier Esparza.

Por cierto, de todos los que participan en la tertulia de 1984, el más pobre en actitud y en argumentos, con diferencia ¡y no por casualidad, en mi opinión!, es el antaño franquista y más adelante liberal Joaquín Satrústegui (como en el caso de otros liberales, lo suyo fue más una evolución y moderación ideológica que una ruptura con lo establecido). ¡Hasta cinco anarquistas diferentes en un mismo plató! Más un comunista. ¿Dónde se ha visto eso? Lo más parecido que he visto en los últimos años es la reciente entrevista de Jordi Évole a Lucio Urtubia y a Enric Duran, aunque en este caso no se va mucho más allá del título: "Ladrones con causa". O como dice Pablo Prieto, "el programa da voz a esos pequeños héroes silenciados por el resto del establishment mediático, que ya es mucho decir. Pero lo hace en tono anecdótico, como si hablara de una entrañable curiosidad histórica. No enlaza con la actualidad, no es plenamente consciente de la importancia e influencia que tales personajes pueden tener en la sociedad contemporánea".

25 de junio de 2015

La edad no es sabia, lo son las personas

o contra el edadismo infantil y juvenil:
La creencia según la cual las personas de más edad saben más de la vida, porque supuestamente tienen más experiencia, se nos inculca a tan temprana edad que nos aferramos a ella pese a que la realidad demuestra a menudo lo contrario. Por supuesto, los artesanos de mayor edad tienen más experiencia en su oficio, y los científicos de edad avanzada han acumulado, en ocasiones, más «saber» en sus cabezas, pero ni una cosa ni otra tienen mucho que ver con la sabiduría vital a la que nos referimos. (...) ¿Qué hay, pues, de esa sabiduría de las personas de edad, que en su infancia se vieron obligadas a aprender que la decencia sólo se adquiere a costa de los sentimientos genuinos, y que estaban orgullosos de haberla conseguido? Como les estaba prohibido sentir, se hicieron incapaces de percibir hechos de importancia vital y de aprender de ellos. ¿Qué pueden transmitirnos esas personas hoy? Intentan legar a las nuevas generaciones los mismos principios que sus padres les transmitieron un día, en la firme creencia de que se trata de principios buenos y útiles. Pero son los mismos que aniquilaron en ellos la capacidad de sentir y de percibir. Y, si uno ha perdido la facultad de sentir por sí mismo y con los demás, ¿de qué sirven las prescripciones y sermones moralistas? Como máximo, para hacer posible adoptar las actitudes más absurdas sin que éstas llamen la atención, porque son compartidas por muchos. De tal modo es posible que ciertos políticos se declaren cristianos y al mismo tiempo promuevan la producción de armas cinco millones de veces más mortíferas que la bomba de Hiroshima. Si semejantes políticos son capaces de defender sin problemas la necesidad de una absurda carrera de armamento, es porque aprendieron hace ya mucho tiempo a no sentir nada. (...) Igual que un niño asume su propia muerte espiritual a fin de mantener en pie la ilusión del padre inteligente y previsor que en realidad nunca tuvo, así los soldados marchan al frente a luchar por un líder que abusa de ellos para esos fines.
Alice Miller, 1988

23 de junio de 2015

Contra la modernidad

El interés que guía al filósofo moralista es, más que rastrear el paso de la humanidad de un tipo de civilización a otro, distinguir en cada tipo de civilización lo bueno y lo malo que comporta.
Jorge Santayana, 1951
Dominaciones y potestades


Conviene dilucidar y reconocer llegado el caso qué ideas e instituciones modernas, y en qué medida, podemos aprovechar y reutilizar después de una criba antimoderna o posmoderna equilibrada (si se me pide podría proponer algunas, por aquello de concretar; valga de momento una rápida referencia al materialismo y al anarquismo, fuente de conocimiento el primero y de justicia el segundo; también entendidos como maneras, si bien parciales y matizables ad infinitum, de comprender y estar en el mundo respectivamente), es decir, un análisis que, al menos en la intención, sea imparcial y saque lo positivo de cada época y lugar de la Tierra (o dicho al revés, una crítica que también recuerde lo negativo que se ha dejado atrás y a los lados, que puede ser mucho o poco, pero algo en cualquier caso). Lo digo porque una omisión de estas características por nuestra parte -especialmente por la mía, dado mi conflicto de interés al sentirme identificado con gran parte de los ideales románticos, pesimistas y críticos con la idea de progreso- podría interpretarse como un anhelo o nostalgia desmedida por un mundo y un paradigma tradicionales, a mi juicio y hechas todas las cuentas, igualmente problemáticos en términos políticos y metafísicos. Tal vez no tan problemático como el actual, quién sabría decirlo con seguridad matemática, pero en algo probablemente sí: ¿acaso debe ser recuperada formalmente, tal como proponen desde la Revista Raigambre, aquella prescripción autoritaria de Federico II de Prusia, apodado el Grande y para los nazis el predecesor de Hitler: "Razonad sobre lo que queráis y tanto como queráis, pero obedeced"?

No somos pocos quienes pensamos y sentimos que, de ser algo, fue más bien lo contrario de Grande (en lugar de enfrentarse al maltrato de su padre, lo cual, bien lo saben las víctimas de violencia doméstica, requiere más valor que mil hazañas de guerra, prefirió reprimir y disociar su odio primigenio y enfrentarse al mundo empezando por Austria y terminando por Polonia, igual que el niño asustado Nietzsche, igual que el niño herido Hitler, aunque cada uno a su manera y desde roles diferentes; no por casualidad el filósofo demostraba siempre que podía su aprecio y afinidad por otro célebre Federico II, en este caso de Hohenstaufen, "ese gran espíritu libre, ese genio entre los emperadores alemanes", así como por otros "hombres de mando" como "Alcibíades y César"). Tampoco somos pocos quienes ante propuestas como la del tradicionalista -por decirlo con amabilidad- Manuel Fernández Espinosa no podemos menos que disentir con la razón de los ilustrados y con el corazón de los niños maltratados que un día también fuimos: "El hombre moderno ha despreciado la autoridad y la tradición (sus motivos habría que irlos a buscar en profundos desarreglos del alma, en lo que la religión ha llamado pecados capitales). (...) La tradición, cuando lo es, forma un tipo humano mejor definido, con menos dubitaciones, con mayor seguridad (...), un individuo mucho más eficaz que cualquier filosofante que todo lo quiere someter a examen minucioso con su razón abstracta, en debates interminables que nada resuelven y más bien complican". Un individuo, en resumen, que obedezca a los que filosofan en su nombre. Debatir o dominar, dudar u obedecer, examen o retórica, complicárselo a los poderosos o ponérselo fácil, ya sea en casa o en el trabajo, he ahí el dilema irresoluble de la humanidad. Todo crítico debe abstraerse de la realidad visible, si bien parcialmente, para percibir el conjunto, para pasar de ver solo el territorio a ver el mapa y también el territorio (el capitalismo se mostró ante nosotros más fácilmente desde que los marxistas nombraron con "examen minucioso" sus mentiras que no por abstractas dejan de ser materiales y medibles), y el que le niega esa capacidad a los demás por considerarlos inferiores en juicio mientras él la exprime en su beneficio de clase (jerga marxista, lo sé, pero no por ello dejan de existir las clases y las castas) no es un crítico de fiar, al menos no uno que nos considere sus iguales, uno que cuando nos mira vea personas libres en lugar de fichas en un tablero cuyas reglas, heredadas acríticamente de sus padres, ha impuesto él. Un tradicionalista se hace, pero también nace, concretamente y con mayor probabilidad en el seno de una familia tradicionalista o cuando menos conservadora. ¿No da que pensar que la cosmovisión que generalmente defendemos sea la cosmovisión con la que nos hemos criado? Si uno nace en Arabia Saudí, seguramente pensará que el islam es la religión correcta. Pero si nace en España, ¡creerá lo mismo del cristianismo! ¿Casualidad o causalidad?

En otras palabras, ¿hasta qué punto debemos "desmarcarnos definitivamente" y adoptar posturas "radicalmente ajenas al paradigma moderno", como propone Esaúl? ¿Dónde ponemos los límites? Mucho hemos de alejarnos de la modernidad, sin duda, pero cuánto exactamente y en qué dirección, no estoy seguro. La obra del místico René Guénon es valiosa, y "la noción de alma" también, pero por sí solas o como hincapié intelectual me recuerdan, tal vez equivocadamente o sin motivo, a eso que se dice del efecto péndulo: un excesivo modernismo puede producir, por reacción natural, un igualmente excesivo antimodernismo. El exceso de racionalismo no se cura con exceso de tradicionalismo, y viceversa. Los crímenes -no solo físicos- en nombre de la Ilustración y del Progreso no deben hacernos minimizar los crímenes en nombre de la Tradición. Toda reacción, en un sentido o en otro, tiene algo de razón y algo de sinrazón, de luz y de oscuridad, aunque no siempre sea fácil distinguir lo uno de lo otro (he aquí, por cierto, una tesis pesimista: cuantificar u observar con los ojos y fabricar con las manos siempre será más sencillo para nuestra especie que demostrar con la razón, de ahí que este último modo de conocimiento aplicado, más abstracto que el empirismo y la tecnociencia, requiera una dedicación y precaución especiales).

Por ejemplo, el falangismo de José Antonio Primo de Rivera tenía razón en su reacción al liberalismo y a aquel socialismo que, siendo "justo su nacimiento" y "una reacción legítima contra aquella esclavitud liberal", desgraciadamente "vino a descarriarse" (en sus propias palabras), ¡pero es que a renglón seguido no escatima en gastos, pues defiende sin tapujos ni empatía lo mismo pero en sentido opuesto, esto es, "un sistema de autoridad, de jerarquía y de orden", un "Estado totalitario" que "alcance con sus bienes lo mismo a los poderosos que a los humildes" y "la dialéctica de los puños y de las pistolas cuando se ofende a la justicia o a la patria"! ¡Menuda tercera posición la suya! Para eso... para eso más vale una falsa democracia como la nuestra que una real dictadura como la suya. Antes la decadencia, el nihilismo y la alienación burguesas que una salvación impuesta y hecha a medida del que la propone. Tal vez el socialismo trajera, "lo mismo que el liberalismo económico", "la disgregación, el odio, la separación, el olvido de todo vínculo de hermandad y de solidaridad entre los hombres", pero ¿acaso no trajo lo mismo o peor el falangismo de Primo de Rivera primero y de Franco Bahamonde después?

Si algo creo haber aprendido en estos últimos años y meses es que el moralismo llama a las puertas de los críticos sociales con tanta insistencia que no es fácil, aunque tampoco imposible, resistirse a sus cantos de sirena, al consuelo que da sentirse en posesión de la verdad, y tomar distancia de nuestras propias creencias morales y proponerlas con cuidado (siempre es mejor practicarlas uno mismo que recomendarlas, aunque esto último vaya implícito hasta cierto punto en nuestra naturaleza arrogante). La ética es una ciencia (1, 2...), lo mismo que la ciencia es una ética. Verlo de esa manera, lejos de hacernos más dogmáticos (¡bastante tenemos ya con lo nuestro!), ayuda a no dar nada por sentado durante más tiempo del debido (¿y quién dice cuánto es lo debido? Buena pregunta), a amar el Conocimiento por encima de nuestros conocimientos, a no tener nada por irrenunciable, salvo en mi caso la premisa sobre la que se sostiene todo lo anterior: libertad, siempre libertad. Ante la duda, ante el miedo y ante la angustia, libertad. ¿Queréis orden? Dejad de temer el desorden.

¿Amas al prójimo, amigo católico? No me lo digas y enséñamelo. ¿Cómo? Deja que me pose en la copa más alta o que corra por las tierras más enfangadas. Fiat iustitia, et pereat mundus. Demuéstrame con tus manos de carpintero del mundo que no es cierto que el último cristiano muriera en la cruz. Porque aun en los tiempos más liberales y modernos que hayan visto nuestros ojos de pequeños historiadores, la obediencia y el miedo a dioses viejos y nuevos han gobernado el mundo en sucesión. Por esa vía, con ropas tradicionales unas veces y progresistas otras, el mal no ha hecho más que amontonarse mientras se arañaban algunos bienes (¿hace falta recordar el siglo veinte, o el diecisiete, aquel de las guerras civiles por antonomasia?), de manera que... ¿qué mal puede hacernos intentar lo contrario?, ¿acaso la solución, si es que existe, pasa por más autoridad y yo no me he enterado? No sería la primera vez :P

22 de junio de 2015

Del hecho de que Alfon sea culpable

del delito que se le imputa (lo más probable, a mi juicio) no se deduce necesariamente que deba entrar en prisión. De una descripción de hechos (en este caso, portar explosivos) no se deduce formalmente o automáticamente una determinada prescripción de valores, a menos que esta prescripción (en el caso que nos ocupa: encarcelar, vigilar y castigar...) esté predeterminada culturalmente y se dé por cierta antes de compararla con otras prescripciones (por ejemplo, aquella que dice que el fuego no se apaga con más fuego, sino con imaginación, y que el fuego que oculta a otro fuego sigue siendo fuego).

20 de junio de 2015

Nada más noble y difícil

que ponerse del lado de los niños y los animales. 
¡Cuánto bien hacen, y qué poco mal!
¿Sentimentalismo? Envidia de bondad, en verdad.
Héroes de mi Historia, dioses de mi ateísmo,
oídme en este sábado de tortura:
no es fácil ponerse a vuestra altura,
pero permitidme que lo intente
cantando al lado
de los eternos olvidados:
adiós a los falsos ídolos de los adultos;
hola, inocencia,
bienvenidos, soñadores,
a esta tierra antaño de niños
y hogaño de viejos sufridores.

Cantemos, pues, junto a aquel francés:
"Los hombres son cobre y plomo, oro la infancia".
Sin cobre no hallaremos luz, pero sin oro...
no habrá razón para alumbrar
ni lugar al que llegar.
"A estos que son nuestros semejantes
y deberíamos tomar como modelo
los tratamos como a subordinados",
decía aquel romántico alemán,
y decía bien.
¿Demasiado pueril? ¡Qué más quisiera esta pobre careta!
Ni el agua de un millón de mayos le vendría tan bien
a este mundo de caras serias.
"El Niño es el padre del Hombre",
decía aquel poeta inglés,
y decía bien.

El corazón sin razón anda cojo,
La razón sin corazón... anda ciega.

El caballo azul (1911) de Franz Marc

Bizcocho todo en uno

Un miniproyecto personal que tengo en mente desde hace algunas semanas es cocinar el bizcocho más nutritivo y completo que pueda al mismo tiempo que más delicioso (dos variables que no siempre casan bien). Como los batidos Vega One aunque en comida, más energético y, de momento, no apto para veganos, celíacos y diabéticos (he probado a hacerlo sin huevo y sin trigo pero todas las veces que lo he intentado me ha salido demasiado apelmazado y de sabor un tanto raro; seguiré experimentando). 

Y del dicho al hecho. Cogiendo como modelo el bizcocho de Olga (que está más bueno que el mío, sobre todo, creo yo, por la harina y el aceite de girasol), este ha sido mi primer prototipo:

Se me suele apelmazar un poco por abajo, ¡pero no sé la causa! 
(¿exceso de líquido?, ¿el horno, el chivo expiatorio del mal cocinero?)


En un bol:
En un cuenco:
  • Una medida de harina integral de trigo.
  • Una medida de harina refinada de trigo.
  • Una medida de almendra molida.
  • Dos cucharadas de amaranto hinchado.
  • Dos medidas de panela (azúcar integral).
  • Medio sobre de gasificante (bicarbonato de sodio + acidulante). 
En otro cuenco:

Mezclamos todo por separado y luego entre sí (atención con las claras), lo pasamos a un molde cubierto con papel vegetal (no es necesario engrasarlo; solo hay que darle la forma adecuada al papel y listo) y lo metemos en el horno a 180 ºC hasta que lo veamos bien dorado. Si te sale poco azucarado puedes arreglarlo añadiéndole azúcar glas o glaseado de limón por encima. Si te sale con un gusto o una textura mejorables (por decirlo suavemente), siempre puedes tirar de borrachera. Y si te sale hundido por el centro (a mí se me ha hundido un poco, como se aprecia en la foto), la próxima vez échale menos gasificante o no montes las claras (lo de montar las claras no sé si marca la diferencia; si me gusta montarlas es menos por su utilidad que por el placer estético que me proporciona ver toda esa cremosidad y blancura antes de meter la mezcla en el horno).

Se admiten sugerencias y correcciones.

PD. Por cierto, el bizcocho de la foto tiene truco. Para que el color dorado de las paredes contrastara todo lo posible con el color de la miga, esta vez he utilizado azúcar blanco en lugar de panela. Una opción menos nutritiva, pero más barata y estética :P

19 de junio de 2015

Hitler contra el arte moderno


La insensata manía de Hitler contra el «arte degenerado» es también un reflejo de lo que le sucedió a él mismo: Hitler tenía que prohibir los colores, porque éstos despiertan sentimientos en el ser humano. Los colores eran peligrosos, estaban mal vistos, eran, por así decirlo, cosa de judíos. Lo mismo sucedía con los contornos y líneas poco claros, que estimulan la fantasía. Todo lo vivo debía ser exterminado en su germen, y de modo tan concienzudo como en su día lo habían hecho los padres con el niño. (...) La batalla de Hitler contra el arte moderno fue una prolongación de la destrucción de todo lo vivo, que tuvo su inicio en el seno de la familia.
Alice Miller, 1988

18 de junio de 2015

No sabiendo los oficios los haremos con respeto













Ser en la vida romero,
romero sólo que cruza siempre por caminos nuevos.
Ser en la vida romero,
sin más oficio, sin otro nombre y sin pueblo.
Ser en la vida romero, romero…, sólo romero.
Que no hagan callo las cosas ni en el alma ni en el cuerpo,
pasar por todo una vez, una vez sólo y ligero,
ligero, siempre ligero.
Que no se acostumbre el pie a pisar el mismo suelo,
ni el tablado de la farsa, ni la losa de los templos
para que nunca recemos
como el sacristán los rezos,
ni como el cómico viejo
digamos los versos.
La mano ociosa es quien tiene más fino el tacto en los dedos,
decía el príncipe Hamlet, viendo
cómo cavaba una fosa y cantaba al mismo tiempo
un sepulturero.
No sabiendo los oficios los haremos con respeto.
Para enterrar a los muertos
como debemos
cualquiera sirve, cualquiera… menos un sepulturero.
Un día todos sabemos
hacer justicia. Tan bien como el Rey hebreo
la hizo Sancho el escudero
y el villano Pedro Crespo.
Que no hagan callo las cosas ni en el alma ni en el cuerpo.
Pasar por todo una vez, una vez sólo y ligero,
ligero, siempre ligero.
Sensibles a todo viento
y bajo todos los cielos,
poetas, nunca cantemos
la vida de un mismo pueblo
ni la flor de un solo huerto.
Que sean todos los pueblos
y todos los huertos nuestros.
León Felipe, 1920
Versos y oraciones de caminante.

17 de junio de 2015

Piedra aventurera













Así es mi vida,
piedra,
como tú. Como tú,
piedra pequeña;
como tú,
piedra ligera;
como tú,
canto que ruedas
por las calzadas
y por las veredas;
como tú,
guijarro humilde de las carreteras;
como tú,
que en días de tormenta
te hundes
en el cieno de la tierra
y luego
centelleas
bajo los cascos
y bajo las ruedas;
como tú, que no has servido
para ser ni piedra
de una lonja,
ni piedra de una audiencia,
ni piedra de un palacio,
ni piedra de una iglesia;
como tú,
piedra aventurera;
como tú,
que tal vez estás hecha
sólo para una honda,
piedra pequeña
y
ligera…
León Felipe, 1920
Versos y oraciones de caminante

14 de junio de 2015

El Nietzsche político

Lo que no nos dicen ni en el Bachillerato ni en la Universidad:

Nietzsche fue siempre un reaccionario, desde joven, gran admirador de Napoleón III y Bismarck, opuesto a la campaña abolicionista en la guerra de Secesión entre el Sur y el Norte en EEUU, fanático prusiano, wagneriano militante (ya hay que sopesar lo que significaba en esa época ser mano derecha de Richard Wagner), abanderado de la aristocracia natural y la figura del Genio, enemigo a muerte de la democracia y el sufragio universal, contrario a la liberación de la mujer, exaltador de la guerra como medio de purificación y cura de las razas, defensor del estado militar (pedía un golpe militar contra Alemania por el exagerado peso de los socialistas) y la institución de la esclavitud, odiaba todo lo que representaba la Gran Revolución Francesa, a Rousseau y Hegel, anti socialista y anticomunista (basta ver las "marcas" de las revoluciones de 1848 o de la Commune de 1871 en sus textos, fragmentos y cartas), etc. Más que conservadoras, diríamos que sus posiciones son "reaccionarias". Tenemos además su admiración por pre fascistas como Paul de Lagarde o Gobineau (en quien admiraba hombre y obra). Pero aquí ocurre un síntoma: el gremio de filósofos estatales se niega a leer literalmente a Nietzsche, ni reconocer que sus tesis anuncian al fascismo y al nacionalismo. Se niegan a leer a Nietzsche tal como Nietzsche hubiera deseado. Llamar a la filosofía política de Nietzsche un aristokratischen Radikalismus, "radicalismo aristocrático" (término que el propio Nietzsche aceptaba de su primer biógrafo y divulgador Georg Brandes), es hoy un grito en el desierto, un escándalo, ir contra corriente, enfrentarse al poder de la filosofía como institución, no seguir la moda marcada en París, verse aislado (de colegas y recursos), en algunos casos no poder investigar o publicar. Mientras, los grandes historiadores sociales o de las ideas (pienso en Eric Hobsbawm, Norbert Elias, Arno Mayer, Zeev Sternhell o Ernst Nolte) no tienen ningún inconveniente ni tabú en "situar" a Nietzsche en la gran corriente reaccionaria que desembocará en el fascismo europeo. (...) Nietzsche es un filósofo totus politicus e incomprensible sin este marco referencial. Muchas malas lecturas se basan en expurgar, exorcizar a Nietzsche de toda la espuria del mundo histórico o minimizar sus implicancias en la política concreta. Desde su juventud tuvo curiosidad e interés por la política y la historia: devoraba los diarios por la mañana y estaba al tanto de todos los acontecimientos políticos y sociales de la época. Su primera obra juvenil fue un texto de filosofía política, sobre Napoleón III (realmente un "Anti-18 Brumario") y lo último que escribió antes de caer en la locura era una solución al problema monárquico en la Alemania Guillermina. La herradura ideológica de Nietzsche empieza por la política y concluye con ella. (...) No lo digo yo, investigadores nietzscheanos honestos reconocen que el ideal político de Nietzsche al final de sus días, en 1888, era la forma-estado dórica, la institución de la esclavitud y la sociedad basada en el sistema de castas. Lo que asegura una eticidad en los ciudadanos es para Nietzsche en todas sus etapas intelectuales la coerción brutal, la competencia ciega de instintos y la segregación orgánica entre una minoría y el resto de los habitantes, único cemento de la sociedad que permite florecer el genio y la cultura trágica y generar una nueva aristocracia, los Señores de la Tierra.

La filosofía como disimulo

 
No es difícil hacerse una idea de lo mucho que sufrió el niño Nietzsche bajo las creencias y afirmaciones de su entorno, en especial bajo el rechazo de sus necesidades sensuales, de su corporalidad, y bajo constantes exigencias morales como la contrición, la piedad, el amor al prójimo, la castidad, el temor de Dios, la fidelidad, la pureza, la devoción. Para él todo eso no era —y con razón— más que una sarta de conceptos vacíos, que se oponían a todo aquello que para él significaba vida, a lo que significa vida para todo niño (...). No sólo se predicaban obediencia y sumisión, sino también el supuesto «amor a la verdad», que no es otra cosa que pura hipocresía, pues el niño al que se le prohíbe manifestarse críticamente se ve forzado a una constante mentira. Esta perversión de los valores fue lo que provocó una y otra vez la ira de Nietzsche, y lo que él pretendió hacer palpable mediante sus paradójicas formulaciones, para dejar de estar a solas con su ira. (...) Nietzsche no puede descargar su ira, su indignación, sus ansias de venganza, su escarnio, su desprecio —surgidos de concretas y trágicas experiencias— contra las personas que le hicieron sufrir. Lo único que puede permitirse atacar son ideas o abstracciones humanas como «las mujeres». (...) El que yo, leyendo las obras de Nietzsche, en especial los escritos de El Anticristo, escuche el grito nunca oído del niño enfurecido que fue Nietzsche, y perciba la muda, desesperada, pero titánica lucha del niño malherido y lleno de expresividad contra la falsedad, el embotamiento, la falta de vitalidad, la confusión, la estupidez, la contradicción y la falta de energías de sus educadores, no significa que sus afirmaciones relativas al cristianismo pierdan peso específico, sino que salen a la luz las raíces vivas de su pensamiento. Como en el caso de los poetas, podríamos preguntarnos: ¿habría escrito Nietzsche El Anticristo tal como lo escribió si le hubiera sido dado vivir conscientemente los sufrimientos que le produjo su educación? Presumiblemente no lo habría escrito en esa forma, a partir de los sentimientos reprimidos, pero sin duda habría hallado otra forma idónea para decir lo que había descubierto con la ayuda de sus sentimientos. Si la obra no hubiese sido escrita como análisis abstracto del cristianismo, sino como informe acerca de los sufrimientos propios, subjetivos, muchas personas se habrían identificado con ella. (...) Si los escritos de Nietzsche hubieran referido directamente sus experiencias, en lugar de camuflarlas bajo una forma simbólica (como lucha contra un abstracto cristianismo, por ejemplo), tampoco habría sido posible manipularlos ideológicamente. 
(...) Lo peligroso no son los escritos de Nietzsche, sino el sistema educativo del que surgieron él mismo y sus lectores. Estos pudieron transformar su aparente filosofía de la vida en una ideología de la muerte, porque dicha filosofía estuvo siempre, en el fondo, vinculada con la muerte. No es ninguna casualidad que Así habló Zaratustra se convirtiera en la más famosa de las obras de Nietzsche, pues el confundido lector halló en el estilo de Zaratustra, al menos un marco externo que le era familiar desde su infancia: el estilo del predicador. (...) Si algún día se aflojaran los nudos de nuestro sistema educativo, si algún día la ley que prescribe: «No conocerás lo que te hicieron durante la infancia» dejara de tener validez, sin duda se reduciría el número de las hasta ahora tan apreciadas «creaciones culturales», empezando por las tesis doctorales innecesarias e inútiles y acabando por las más famosas obras filosóficas. A cambio surgirían muchos más informes sinceros acerca de lo realmente ocurrido, que podrían animar a otras personas a ver las realidades y a dar expresión a aquello que experimentaron en su carne y nunca habían podido nombrar. A mi parecer, semejantes informes serían preferibles a las complejas especulaciones de costumbre, porque no estarían al servicio del disimulo, sino de la revelación —de vital importancia— de realidades universales del género humano. (...) Si Nietzsche no se hubiera visto obligado a aprender, siendo niño, que hay que dominar esa «insoportable convulsión de sollozos», habría podido permitirse sollozar como el niño que era, y la humanidad habría perdido un filósofo vital, pero a cambio el ser humano Nietzsche habría ganado su propia vida. ¿Y quién sabe lo que ese Nietzsche vivo habría podido dar en tal caso a la humanidad?
Alice Miller, 1988

12 de junio de 2015

Filósofos (anti)populares

Sobre Nietzsche hay un PDF que me ha servido para entender mejor la relación que existe entre la obra y la vida de los autores. Desconfío de esa afirmación, pronunciada entre otros por Savater, que dice que Nietzsche o Unamuno eran filósofos de la contradicción, así sin más, sin ninguna clase de condena, quizá incluso como atenuante, como si eso no los posicionase en un lado más que en otro, como si esa aparente incertidumbre teórica no se plasmara en la práctica en acciones políticas y cotidianas concretas (a pesar de su liberalismo o tal vez debido a él, Unamuno, casi igual que Nietzsche, casi igual que Ortega y Gasset, estaba mucho más cerca del nacionalcatolicismo que del socialismo o del anarquismo), o esa otra afirmación que dice que una cosa es la persona y otra su filosofía; si se estudia sin idealizaciones la vida personal de los autores y, al mismo tiempo, su obra literaria o filosófica se puede ver que casi todos los filósofos académicos (desde Platón, nunca mejor dicho, hasta la mayoría de los profesores y alumnos de todos las épocas) y grandes literatos tenían bastante claro a qué clase social y cultura pertenecían y, por ende, qué clase de privilegios económicos, históricos y geográficos querían seguir manteniendo, y así lo manifestaban implícita o explícitamente y consciente o inconscientemente en sus obras y en sus actos (tan importante es lo que se hace y se escribe como lo que no se hace y no se escribe). Toda filosofía aparentemente apolítica, neutral, relativista, posmoderna o "confusa" esconde una determinada manera de comprender y comportarse en el mundo, y no precisamente la mejor. Bajo la bandera del liberalismo y del librepensamiento se han refugiado históricamente no pocas personalidades tempranamente reprimidas y conservadoras.

El superhombre de Nietzsche (otra cosa es el nuestro, el que tú y yo podamos tener en mente, el que queramos nombrar con esa palabra, si bien un tanto manchada ya de inicio) sería Alejandro el Grande (u otros "hombres de mando" como "Alcibíades y César", en sus propias palabras), y no Diógenes el perro, quien sería, en mi opinión, su más claro antagonista (el hombre menos poderoso contra el más poderoso, el que menos cosas teme perder contra el que más cosas teme perder), y quien según cuenta la leyenda le dijo a aquel que se apartara para poder seguir tomando el sol.

La manera en que Nietzsche «superó» su destino infantil tuvo también funestos y devastadores efectos, porque el filósofo utilizó como arma contra el mundo aquello que más problemas le causó a él mismo: la confusión. De igual manera que él mismo se vio confundido hasta lo más hondo, en primer lugar por la terrible enfermedad del padre, y más tarde, una y otra vez, por la insoportable contradicción entre la moral predicada y el comportamiento fáctico de todas las personas-clave tanto en la familia como en la escuela, Nietzsche, a su vez, lleva de vez en cuando al lector a la confusión, presumiblemente sin darse cuenta él mismo. Yo experimenté este sentimiento de confusión cuando, después de tres décadas, empecé a releer las obras de Nietzsche. Treinta años antes, yo, empeñada únicamente en entender lo que Nietzsche quería decir, había dejado de lado este sentimiento. Pero la segunda vez me dejé guiar por él. Y así pude comprobar que a otras personas les sucedía lo mismo, aunque no emplearan la palabra «confusión» y no atribuyeran el origen de ese sentimiento a una necesidad compulsiva de repetición anclada en la persona de Nietzsche, sino a su propia falta de formación, inteligencia o profundidad intelectual. Esa es justamente la actitud que aprendemos desde pequeños: cuando los «mayores» (los más sabios) propagan, como si se tratara de verdades evidentes, toda clase de disparates, contradicciones y absurdos, ¿cómo podría un niño educado autoritariamente darse cuenta de que lo que oye no es el colmo de la sabiduría? Hará todos los esfuerzos posibles para creerlo así, y esconderá a su propia vista sus dudas en lo más recóndito. Así es como muchas personas leen hoy en día los escritos del gran Nietzsche. Se atribuyen a sí mismos las causas de la confusión y se inclinan con reverencia ante el filósofo, tal como éste lo hizo quizás en su día ante su padre enfermo. (...) me parece que hoy en día no es difícil darse cuenta de que la obra de Nietzsche fue un intento —desesperado, pero nunca abandonado, hasta el colapso espiritual— de liberarse de la prisión de su infancia, del odio hacia las personas que lo educaron y atormentaron. Ese odio, y el miedo a ese odio, debieron de ser tanto más intensos cuanto menos le fue dado a Nietzsche en su vida independizarse de las figuras reales de su madre y su hermana.
Alice Miller, 1988

Los olvidados

En los centros de acogida de mujeres maltratadas no están permitidos los animales, por ello si la mujer abandona el hogar del maltratador no se puede llevar al animal consigo, un animal que también puede estar siendo objeto de maltratos.

11 de junio de 2015

Tortilla al horno

o "bizcocho" de tortilla :P


Como la de Raúl pero sin agua (sigue saliendo más jugosa y ligera que una tortilla a la sartén, pero si la quieres aún más jugosa, añádesela), sin especias (he probado con varias en distintas ocasiones y creo haber llegado a la conclusión de que las especias y mi paladar no son muy compatibles) y con la mitad de las cantidades.