28 de marzo de 2015

Más preguntas

¿Tenemos que aceptar como bueno que sólo el trabajo remunerado sea el eje que da sentido a nuestra vida? ¿Tenemos que aceptar que el ideal de vida es trabajar 10 horas diarias como mínimo? ¿Es elogiable el hecho de que no se tenga tiempo ni siquiera de ver a los hijos e hijas, la familia o las amistades porque hemos de trabajar todo el día? ¿O que las criaturas entren a las 8 de la mañana en la guardería del colegio y no vuelvan a casa hasta las 6 de la tarde? ¿Tenemos que considerar positivo que no se pueda tener descendencia porque si no está en peligro el puesto de trabajo? ¿Tenemos que considerar, como se ha hecho a menudo, que la maternidad es sólo una servidumbre de las mujeres, y no una fuente de creatividad y placer? ¿Tenemos que considerar como síntoma de igualdad que una mujer embarazada casi de nueve meses tenga que trabajar 9 horas al día, o viajar en helicóptero para demostrar que lo puede hacer igual que un hombre? ¿O que vuelva al trabajo tres días después de dar a luz, como hizo la ministra francesa Rachida Dati? ¿Es posible y deseable parir planificadamente en un week-end y volver al trabajo el lunes para demostrar que somos iguales que los hombres? ¿Hemos avanzado mucho si las mujeres podemos participar en la guerra y matar y ser matadas como ellos? ¿Tenemos que renunciar a una vida privada satisfactoria y plena porque si no, no podemos compaginarla con la vida laboral? ¿Tenemos que seguir considerando como superiores y válidos los valores que tradicionalmente se han considerado masculinos, e inferior y no valiosos todo aquello que las mujeres han aportado a la sociedad, incluido su universo de valores? ¿Hay que fomentar el principio de competitividad para la consecución de los fines de cada persona o el principio de cooperación para conseguir los de todos? Estas, aunque muy simples, y muchas otras preguntas mucho más complejas, son las que tenemos que formular para caminar hacia la configuración de una sociedad que tenga en cuenta la experiencia de las mujeres y sus necesidades, que no siempre son coincidentes con las de los hombres.
Juana Gallego Ayala, Eva devuelve la costilla
2010, Icaria editorial, págs. 63-64.

27 de marzo de 2015

Algunas preguntas

¿Qué es realmente el capitalismo y cómo se articula? ¿Qué es realmente el patriarcado y cómo se articula? ¿Qué relación hay entre capitalismo y patriarcado? ¿De qué modo ambos sistemas están en la raíz de esta situación en la que nos encontramos? ¿De qué modo el capitalismo habita nuestras entrañas y articula nuestras vidas? ¿De qué modo el patriarcado habita nuestras entrañas y articula nuestras vidas? ¿Qué espacios de nuestras entrañas y de nuestras vidas están libres de capitalismo y de patriarcado? ¿Qué hace que nos sea tan difícil ver esta realidad con toda su crudeza? ¿Cómo hacer para poder llevar esta información a lugares diversos y poder hablar sobre ello con verdad y sin violencia? ¿Qué está en nuestras manos hacer para quitar legitimidad a este sistema y ponérselo más difícil? ¿Qué hacer con el miedo que sentimos ante el futuro que se nos avecina y que puede afectar con especial dureza a las niñas y niños que tenemos cerca? ¿Por qué nos resulta tan difícil automoderarnos en el consumo cuando sabemos que en eso se nos va la vida? ¿Estamos en disposición de hacer un trabajo íntimo de autoconsciencia y de compartirlo con otras y otros? ¿Qué vida queremos vivir, por qué nos sentimos cómodas y cómodos en un sistema tan catastrófico, qué nos lleva a poner el trabajo remunerado en el centro de nuestras vidas, qué estamos dispuestos y dispuestas a hacer, a cambiar, a renunciar, a buscar…? ¿Qué pasa con nuestra soledad, con esa dificultad para hacer alianzas de cuidados, de rebeldía, de creación? ¿Cómo responder a estas y a otras preguntas sin violentarnos?

25 de marzo de 2015

Hacia una muerte lenta

o quien de mano ajena come pan, come a la hora que se lo dan 
El principal problema que nos encontramos ahora es que la necesidad de mano de obra va a ser decreciente. (...) En la depresión de los años 30, cuando Keynes empezó con su política de inversión del Estado, era inevitable ir hacia un boom, íbamos a un crecimiento. Ahora, tal y como yo lo veo, vamos hacia un estancamiento y una caída porque la tecnología hace innecesaria a una enorme cantidad de personas. Entre 1850 y 1913, cerca de 50 millones de europeos emigraron a EEUU; aquí no podían ser empleados, allí había posibilidades, era un país por hacer. Hoy, ¿dónde emigra esta gente, a Marte? Pienso que, por eso, una renta básica es imprescindible, porque cada vez va a sobrar más gente. (...) [Al capital] le interesa para garantizar el orden público. El peor enemigo es quien no tiene nada que perder, a las personas hay que darles algo. Tú a una persona le puedes decir que, por los conocimientos que tiene y por las necesidades de factor trabajo, van a sustituirle, pero que no se preocupe, porque va a tener unos ingresos mínimos garantizados.

24 de marzo de 2015

Los peores vaticinios no suelen cumplirse

al menos no en los plazos sugeridos

Es el caso por ejemplo de aquel virólogo que predijo que el Ébola llegaría a matar a 5 millones de personas, especialmente en África, cuando todo parece indicar, al menos por esta vez, que la tendencia se está revirtiendo. Otro ejemplo bastante notorio es el del científico Guy McPherson, quien predice la extinción de nuestra especie para dentro de unos 15 años, aunque todo hay que decirlo: ¡aún no ha terminado el plazo! Está también el caso de Paul R. Ehrlich y sus predicciones del siglo pasado sobre el colapso demográfico, o en general el esperado pico energético, respecto al cual, aun siendo real y negativo, no se han cumplido los escenarios más pesimistas que algunos consideraban probables para principios de esta década, a pesar de que "en términos de energía neta la producción de todos los líquidos del petróleo está en caída desde 2010" (Turiel). Lo que no quita, desde luego, que todavía puedan cumplirse el segundo o el tercer peor escenario posible de la lista. Lo que me recuerda, por otro lado, que del hecho de que Malthus se equivocara tanto en las premisas como en las conclusiones no se deduce necesariamente que estas últimas resulten ser falsas para todo tiempo y lugar. Si se cambian las premisas, no solo aún es pronto para lanzar las campanas al vuelo, sino que una catástrofe algo menor ya ocurrió, de hecho.

De la misma manera que nadie puede asegurar que los peores escenarios no se hagan realidad algún día (cambio climático repentino, pandemias globales altamente mortales, colapso energético abrupto, guerra nuclear, etc.), y la simple posibilidad de que ocurran ya debería ser motivo de precaución y preparación suficientes, más aún si existen indicios razonables, tampoco puede nadie asegurar a partir de cuándo y en qué grado tendrán lugar exactamente, y si alguien se arriesga a dar una fecha o una cantidad, sobre todo a corto plazo y a escala local, tenderá a equivocarse. Moraleja: lo absolutamente peor, lo inesperado, puede ocurrir (el ejemplo: Auschwitz), pero apenas predecir. Por el contrario, lo relativamente peor puede no solo ocurrir sino además predecirse con un alto grado de acierto, como vienen demostrando los expertos en energíaclimatología y sociología. En otras palabras, que no te quite el sueño aquello que no se puede predecir.

No hay nada en mi ciencia que me permita pronosticar el futuro minuto a minuto. La ciencia, sin embargo, sí que me permite saber qué no es posible y qué no pasará. De la misma manera que sé que cuando lanzamos una pelota al aire volverá a caer a la tierra, sé por ejemplo que no volverá a haber crecimiento económico sostenido sino una caída escalonada, que cada pequeño repunte aparente del PIB durará poco y vendrá seguido de bajadas más fuertes. Sé, también, que la disponibilidad de recursos será, con altibajos, cada vez menor. Todo eso les es igual a los más cínicos: ellos, en el fondo, quieren que “me equivoque” dando fechas concretas, porque así si al final las cosas no pasan en el momento exacto “predicho”, incluso aunque el desfase temporal sea de unos meses, desacreditar todo lo que digo por aquel erróneo vaticinio. O bien, si mis pronósticos de colapso son “muy” lejanos en el tiempo (“muy” en este contexto puede querer decir unas pocas décadas) no preocuparse porque, total, “yo ya no lo veré”.


Conclusión:

En la práctica, lo más razonable es prepararse para lo peor, o casi, pero en la teoría y en la psique, es preferible manejar escenarios de futuro moderadamente pesimistas, por cortesía intelectual... ¡y por salud mental! Una cosa es predecir que el PIB de España nunca superará significativamente el nivel alcanzado en 2008, y otra predecir una caída del 20% para 2020. Una cosa es predecir que habrá más recesiones, incluso peores, afectando de manera desigual dependiendo del país en el que nos encontremos, y otra predecir una crisis final, lineal, global y abrupta a la vuelta de la esquina. Una cosa es predecir un aumento del autoritarismo político en las siguientes décadas, y otra predecir una sociedad orwelliana a escala planetaria para 2084. Una cosa es predecir que el futuro será peor, sin concretar demasiado, y otra predecir una Tercera Guerra Mundial. Lo primero es más fácil de predecir que lo segundo, aunque lo segundo sea perfectamente factible. Entre el pensamiento apocalíptico y el negacionismo está el justo medio del buen pesimista :P  

22 de marzo de 2015

Poder y estupidez

o por qué el Poder no selecciona a los buenos, a los escépticos, etc. 
La incompetencia de los poderosos no se debe a su inteligencia. Vamos a concederles que la tienen. Se debe a su falta estructural de racionalidad. Y no es por casualidad sino porque la carrera del poder está organizada para que quienes suban por las escalerillas lo hagan impulsados por formas de juicio, decisión o acción que bordean sistemáticamente la sociopatía. Quizá tenga su lógica (en ciertos contextos lo más efectivo es comportarte como un loco), pero cuando miramos desde lejos el bosque del poder descubrimos con terror que está lleno de monstruos (o casi).

20 de marzo de 2015

Un futuro probable

o el manotazo del ahogado

Uno de los textos más convincentes que he leído últimamente, lo que me recuerda la importancia de prepararse, sin prisa pero sin pausa:

Que el capitalismo haya alcanzado sus límites en términos económicos, ecológicos, energéticos no significa que vaya a derrumbarse de un día para otro, aunque esto no esté del todo excluido. Más bien se puede prever un largo periodo de declive de la sociedad capitalista, con islotes un poco en todas partes, a menudo amurallados, donde la reproducción capitalista aún funcione, y con amplias regiones de tierra quemada, donde los sujetos postmercantiles deberán buscar la manera de sobrevivir como puedan. El tráfico de drogas y la acumulación de residuos son dos de los rostros más emblemáticos de un mundo que reduce a los propios seres humanos a la condición de “desechos” y cuyo mayor problema ya no es ser explotados, sino el ser simplemente superfluos desde el punto de vista de la economía mercantil, sin tener, sin embargo, la posibilidad de regresar a formas precapitalistas de economía de subsistencia mediante la agricultura y la artesanía. Allá donde el capitalismo y su ciclo de producción y consumo dejen de funcionar, no será posible regresar simplemente a antiguas formas sociales; el riesgo es más bien entrar en nuevas configuraciones que combinen los peores elementos de las otras formaciones sociales. Y no hay duda de que quienes vivan en los sectores de la sociedad que aún funcionen defenderán sus privilegios con uñas y dientes, con armas y técnicas de vigilancia cada vez más sofisticadas. Incluso como animal agonizante, el capitalismo puede todavía causar terribles estragos, no sólo desencadenando guerras y violencias de todo tipo, sino también provocando daños ecológicos irreversibles, con la diseminación de OGM, de nanopartículas, etc. En consecuencia, la mala salud del capitalismo es sólo una “condición necesaria” para el advenimiento de una sociedad liberada, no es en absoluto una “condición suficiente”, en términos filosóficos. El hecho de que la cárcel esté en llamas no nos sirve de nada si la puerta no se abre, o si se abre hacia un precipicio. 
Observamos, por lo tanto, una gran diferencia con el pasado: durante más de un siglo, la tarea de los revolucionarios era encontrar medios para acabar con el monstruo. Si se lograba, el socialismo, la sociedad libre o el nombre que se le quiera dar le sucedería inevitablemente. Actualmente, la tarea de los que en otro momento eran los revolucionarios se presenta de manera invertida: frente a los desastres provocados por las revoluciones permanentes operadas por el capital, se trata de “conservar” algunas adquisiciones esenciales de la humanidad e intentar desarrollarlas hacia una forma superior.
Anselm Jappe, 2011 (vía).

19 de marzo de 2015

Rawlsianismo o el arte de ocultar la historia

El liberalismo como legitimación de un presente injusto

No hay nada que calme más al liberal que hacer borrón y cuenta nueva con la historia. Que ajustarle las cuentas si es preciso. El camino ha podido estar plagado de injusticias, los medios han podido ser abominables, pensará, pero si tenemos en cuenta los logros conseguidos, habrá valido la pena. Visto así, los crímenes del pasado ya no duelen tanto. ¿Acaso fueron culpa nuestra? Lo que importa ahora es mirar hacia adelante, tratar de olvidar. Pero cuidado: lo que nos ha traído hasta aquí, sigue aquí, y seguirá aunque decidamos mirar para otro lado. Si lo pasado carece de importancia, si lo ocurrido no ocupa un lugar central en nuestra memoria, entonces lo actual, al no tener ya relación causal con el pasado, apenas va a ser cuestionado, y el presente se eternizará. ¿Que el capitalismo y el Estado se fraguaron con sangre, sudor y máquinas? Eso ya no importa. El cómo hemos llegado hasta aquí no es lo relevante, se dirá, sino qué hacer a partir de ahora desde el capitalismo y desde el Estado. Pero olvidar lo sucedido ayer es olvidar el verdadero origen de los problemas de hoy, lo cual, a su vez, conlleva aplicar falsas soluciones el día de mañana, puesto que para arreglar una cosa primero hay que saber cómo se ha roto. Ignorar qué instituciones y qué agentes sociales produjeron la desigualdad equivale a perpetuarla. Si desconocemos el origen injusto de la riqueza y del poder político, si no juzgamos lo que nuestros antepasados hicieron y padecieron, si no prestamos atención a las relaciones causales, ¿por qué íbamos a cuestionar seriamente la riqueza, el Estado, el patriarcado, el ecocidio o el cambio climático? El presente sería nuestro único referente. Sin perspectiva y sin memoria, la legitimación del orden establecido sería pan comido. 
La lucha contra el desorden existente, las desigualdades sociales, la pobreza, la miseria, era (...) la motivación de partida de Rawls y de Habermas. La pregunta es: ¿por qué pierden ese punto de vista cuando se ponen manos a la obra? ¿Por qué, para elaborar una teoría de lo justo, hay que hacer abstracción de la miserable situación real e imaginarse un estado originario de bienaventurados que no existe? Esa operación de abstracción que tiene lugar en el experimento es de la mayor importancia. Se pide a todo el mundo que no se fije en lo que le pasa. Se pide al rico y al poderoso que no hagan valer su situación de privilegio y, al pobre, que no se lamente de sus miserias. Altura de miras. Pero esa abstracción es una trampa: para el rico es garantía de que no se va a cuestionar su riqueza; para el pobre, de que no va a poder hacer valer las causas de su miseria. Pero ¿por qué hacer abstracción de la realidad en vez de atenerse a ella? (...) Rawls no puede hablar de injusticias, ni puede tomarse en serio las experiencias de injusticia (...). ¿Por qué? Pues porque (...) habría que reconocer que hubiera alguien al que pedir cuentas porque tiene que ver con el origen de los hechos y que hubiera algo de lo que dar cuenta porque son sus hechos o ha heredado sus consecuencias. (...) Para neutralizar la capacidad interpelante de los hechos, declara las desigualdades existentes cosa de la fortuna. Las desigualdades no son injusticias porque son fruto del azar. (...) La consideración de las desigualdades existentes como caprichos de la fortuna es un momento fundamental de la teoría rawlsiana. Eso le permite desentenderse del origen de las desigualdades ya que lo que haga la naturaleza «no es justo ni injusto». El moralista nada tiene que decir sobre cómo se han creado las desigualdades. El problema empieza a la hora de ver qué hacemos con ellas. Con esta interpretación de las desigualdades Rawls toma una decisión que es clave para toda su construcción teórica. Si las desigualdades no son injusticias porque nada tienen que ver con la libertad del ser humano, su tratamiento de la justicia tendrá más que ver con la generosidad de los que tienen que con los derechos de los que no tienen. (...) No hay responsabilidad histórica. No hay que tocar la fortuna de los ricos, basta con imponerles un impuesto. Dos dólares por barril de crudo dice la justicia global amnésica.
Reyes Mate, 2013. 

18 de marzo de 2015

Nacional-hegelianismo


Decía el bueno de Hegel cien años antes de que irrumpiera el nacionalsocialismo en Alemania:
De América y su cultura, especialmente por lo que se refiere a Méjico y Perú, es cierto que poseemos noticias, pero nos dicen precisamente que esa cultura tenía un carácter del todo natural, destinado a extinguirse tan pronto como el Espíritu se le aproximara. América se ha mostrado siempre y se sigue mostrando floja tanto física como espiritualmente. Desde que los europeos desembarcaron en América, los indígenas han ido decayendo, poco a poco, al soplo de la actividad europea (...). El Espíritu germánico es el Espíritu del Nuevo Mundo cuyo fin es la realización de la verdad absoluta, como autodeterminación absoluta de la verdad, que tiene por contenido su propia forma absoluta. El destino de los pueblos germánicos es el de suministrar los portadores del espíritu cristiano.
Vía Reyes Mate, La piedra desechada, 2013, Editorial Trotta, pág. 124.

17 de marzo de 2015

El nazismo es el precio de la civilización

El hitlerismo se presenta no como una anacronía sino como expresión de la civilización moderna. La civilización es un esfuerzo titánico del ser humano por alejarse de la animalidad y construirse desde sí mismo. Al concepto de civilización va unido el alejamiento de la naturaleza y también la represión de lo arcaico o natural. El precio que pagar por esa conquista era la represión de lo natural, de lo corporal o instintivo, por un lado, y también de todo aquello que denotara debilidad o dependencia. Ese doble precio debía pagarlo el individuo o el pueblo que en este momento quisiera representar el Weltgeist hegeliano, el Espíritu del Mundo. Era el precio de la felicidad prometida por la modernidad, que no llegó. (...). El antisemita es un moderno, un miembro de la civilización avanzada que creyó en la promesa del liberalismo, esto es, que los derechos humanos que este proclamaba eran prenda de felicidad para todos, también para ellos, los que no tenían poder. (...) El antisemitismo no es algo que incumba en exclusiva a los judíos sino que es la consecuencia de la lógica que ha construido la sociedad contemporánea. La modernidad se presenta como un proyecto de emancipación, con promesas de felicidad, y lo que produce es una ingente cantidad de frustración, debido a la violencia que despliega contra los individuos. (...) Si el antisemitismo es, para Rosenzweig, una tentación permanente del cristianismo, para Sartre, una creación artificial de la mirada del antijudío, y, para Adorno, una posibilidad latente en la racionalidad occidental, el antisemitismo toca zonas vitales de nuestra cultura. No deberíamos perder de vista esto cuando hablemos críticamente sobre el antisemitismo. No se trata sólo de denunciar cualquier atropello contra la dignidad o los derechos de ese ser humano que es judío. La crítica del antisemitismo tiene que hablar de la posibilidades letales que se ocultan en el cristianismo, en la cultura dominante o en la racionalidad occidental.
Reyes MateLa piedra desechada, 2013 
Editorial Trotta, págs. 96-100.

16 de marzo de 2015

Anarquismo y judaísmo, o casi

La extraterritorialidad del judaísmo se expresa situándose fuera no sólo de la historia sino también del Estado. Eso le viene de su cultura diaspórica. Esa voluntad de situarse al margen de la historia corre el peligro de traducirse en ser marginado de la historia. Los judíos han pagado con frecuencia el precio de la marginación, pero también han conseguido que a veces se los respete, reconociéndoseles un estatus verdaderamente original: en la Antigüedad, por ejemplo, el judío no era ciudadano romano pero tampoco esclavo; en la Edad Media su relación con el poder era de dependencia personal pero no de pertenencia... Con la aparición del Estado-nación la cosa cambia pues este no tolera que nadie se sitúe fuera. ¿Entonces? El judío vivirá dentro de sus fronteras pero el Estado no estará dentro del judío. No hay manera de que el judío interiorice la forma de Estado. (...) Quien mejor lo sabe, explica Rosenzweig, es el Estado, que interpreta esa actitud como un atentado a su propia integridad; tampoco se le escapa al cristianismo que considera esa distancia crítica como una actitud hostil, incapaz de apreciar su singular aportación a la construcción de la historia. Hay que entender bien que el judío, miembro del «pueblo eterno», no toma distancias del poder político porque niegue la legitimidad al poder político -en este caso al Estado- sino por lo que ese poder tiene de absoluto. Y esa pretensión de absoluto es el sello que de hecho ha impreso el cristianismo a lo político. Eso explicaría que la reacción antijudía del Estado se deba a lo que el Estado tiene de cristiano o poscristiano.
Rosenzweig rastrea las huellas cristianas en la figura del Estado siguiendo a Hegel, quien interpreta cristianamente el Estado (...) porque es una figura derivada de la teología de la encarnación. Con la encarnación de Dios en un ser humano lo absoluto entra en la historia. (...) La concreción social de ese acontecimiento es el Estado que, a partir de ese momento, puede presentarse como absoluto frente al individuo y a la comunidad. (...) El estado lleva las huellas del cristianismo. En una sociedad poscristiana, como la nuestra, puede que esos rasgos sólo sean perceptibles secularizadamente, pero siguen conformando nuestra identidad. A quien no escapa el colorido de su procedencia es al judío, que viene de otra cultura, y que dispone precisamente por eso de una capacidad de observación y sorpresa que no tiene el individuo moderno secularizado. (...) Recordemos, en primer lugar, que su cultura diaspórica había convertido el exilio en forma de existencia. Esto contravenía el juicio griego -bien mantenido a lo largo de los siglos- que hacía del apolis un sospechoso, pues ¿no decía Aristóteles que «aquel que no tiene polis de manera natural y no circunstancialmente es o un ser degradado o está más allá de lo humano»? El judío no se siente ligado a la tierra, ni al territorio. Y lejos de entender su situación como una maldición, entiende que es la condición para una ciudadanía universal.
Luego está su enfrentamiento con la historia y el Estado. Dice Levinas que lo que define al judío no es tanto creer en Moisés cuanto saber que puede juzgar la historia. La conciencia individual se enfrenta descaradamente a la tesis hegeliana según la cual la historia es el tribunal de la razón. El judío desdiviniza la historia y el Estado, esto es, el progreso y la política. Rosenzweig anuncia lo que será la crítica de Benjamin sobre este particular. El nervio de estas críticas es la violencia de la que se sirven la historia y el Estado para imponerse a la vida de los pueblos. (...) En este punto la autoconciencia del judío Rosenzweig alcanza tonos provocadores para la conciencia cristiana: «El judío», viene a decir, «es el único pacifista auténtico» porque sabe que las guerras de los pueblos no son guerras santas como las naciones del mundo pretenden de una manera u otra. Sabe que el nacionalismo es un falso mesianismo, porque se ha apoderado del protagonismo del Mesías pero queriendo imponerlo a sangre y fuego.
Reyes Mate, La piedra desechada, 2013 
Editorial Trotta, págs. 75-79.

15 de marzo de 2015

Progreso y fascismo

o el progreso delante para que no se espante

Walter Benjamin (...) compara (...) fascismo con progreso. ¿Lo común? La naturalidad con la que uno y otro aceptan que haya víctimas para el logro de sus objetivos. ¡Qué le vamos a hacer si algunos caen! Es el precio del progreso. Esta crítica (...) no significa renunciar a los avances de la humanidad, tan positivos en muchos aspectos, sino en saber distinguir entre un progreso que está al servicio de la humanidad, de la humanización del hombre, y otro progreso que convierte a esa humanidad en instrumento para el progresar. Por desgracia estamos instalados en la segunda propuesta. 
Reyes Mate, La piedra desechada, 2013 
Editorial Trotta, págs. 46-47.



14 de marzo de 2015

El origen religioso del dinero

El dinero es semejante a una sustancia tan mágica como turbadora. «El útil más puro», lo llamaba Simmel. «El dios de las mercancías», decía Marx, puesto que él las representa a todas. (...). Con su intervención, los bienes, los servicios, los crímenes o incluso ciertas formas de amor tienen un precio. Los seres humanos someten su dignidad, los países se subordinan y la lealtad, la justicia o la religión sucumben ante su sombra. No puede, por tanto, considerarse extraño que su origen provenga directamente de los dioses y haya constituido un lazo esencial entre vivos y muertos, cuerpos y espíritus, en una secuencia que discurre desde las conchas de cauri hasta el fantasmagórico universo de los credit default swaps y los paquetes extreme, productos típicamente tóxicos de la especulación de la especulación. Los dioses fueron los primeros capitalistas de Grecia, y sus templos, las instituciones dinerarias más antiguas del mundo. Así, los tesoros formados en el templo con los donativos regulares de los fieles quedaban al cuidado de los sacerdotes, que, con su superior conocimiento del mundo, sabían incrementarlos de muchos modos. Los templos de Oriente, atestados de diezmos y ofrendas, eran auténticas centrales que monopolizaban la circulación dineraria y actuaban a manera de instituciones bancarias concediendo préstamos e hipotecas. En coherencia con ello, las primeras monedas de Grecia procedieron del templo y no del Estado. Los términos de diferentes lenguas europeas que designan al dinero (moneda, moneta, monnate, money, münze) proceden de Moneta, nombre con el que se conocía a la diosa Juno, y en cuyo templo se acuñaba la moneda romana. Más aún, dinero y templo han estado originariamente unidos a través de los sacrificios sagrados. Como todavía puede comprobarse, las sedes de los grandes bancos fundados a finales del siglo XIX y principios del siglo XX se construyeron a la manera de templos, y el parecido entre la majestuosa arquitectura bancaria y las catedrales no es otra cosa que un reflejo de sus vinculaciones. Banco y templo comunican con la divinidad, los dos hacen alusión a un poder sin límites y ambos replican la antigua unidad sacrificial que preside el nacimiento del dinero.
Vicente Verdú, El capitalismo funeral: la crisis o la Tercera Guerra Mundial, 2009, Editorial Anagrama, Barcelona, págs. 37-39.

11 de marzo de 2015

¿Es el «anti-sexismo» la solución al machismo?

La línea general de la propuesta que nos hace Blai (¿Es el feminismo la solución al sexismo?) no puedo menos que compartirla: 
"Conviene que captemos y reconozcamos lo mejor que podemos encontrar en el anarquismo, el socialismo, el decrecentismo, el humanismo, el ecologismo... y naturalmente, en el feminismo; pero también debemos ser capaces de superar todos estos planteamientos para lograr un enfoque más integral e integrador (…). El problema del sexismo no está aislado del conjunto de los problemas contemporáneos; está estrechamente imbricado con la tendencia general de la Civilización actual, a saber: la tendencia hacia la degradación y la destrucción de la Vida. El fin del sexismo sólo es posible a través del fin de la Civilización Antivital (capitalista, estatista, ecocida, egoísta, etc.) hoy establecida".
Ahora bien, una cosa son los fines y otra distinta los medios y los diagnósticos. Si bien en los primeros puede haber un acuerdo generalizado, es en estos últimos donde el desacuerdo puede llegar a ser más pronunciado, no solo en esta ocasión sino generalmente en todas las que se nos ocurran. Vaya por delante, para evitar desacuerdos innecesarios, que la vía represiva y penalista no me parece la mejor vía para solucionar el problema de la violencia machista, ni ningún otro problema, pero a falta de alternativas libertarias, autogestionarias, comunitarias y prevencionistas de amplia implantación, no seré yo quien niegue el importante papel que juegan en este preciso instante determinadas instituciones del Poder. Es decir, el acto de denunciar, enjuiciar y encarcelar es un fracaso como sociedad, pero mientras construimos ese mundo ideal que siempre está por llegar, ¿cómo negarle la ayuda policial y judicial, por alienante que esta sea, a quien esta misma mañana necesita que alguien vaya a su domicilio y medie con relativa eficacia en el conflicto? Me consta que en esto podemos estar casi todos/as de acuerdo.

Aclarado lo anterior, paso ahora a comentar algunas de las tesis más interesantes de Blai. El primer desacuerdo relativamente importante quizá esté en la utilización genérica de la palabra «sexismo» en lugar de la palabra «machismo» como forma particular y predominante de sexismo, que en mi opinión sería más adecuado dado que el hembrismo, que sería la otra forma de sexismo aparte de la que se ejerce contra las personas transexuales e intersexuales, apenas ha tenido algún impacto en la sociedad. De manera que si bien «sexista» es más inclusivo que «machista», la utilización de aquella corre el riesgo no solo de ocultar y minimizar la responsabilidad -que no la culpa- del género masculino en la historia, sino también, y quizá más importante, de olvidar que la mayoría de las instituciones sociales que gobiernan nuestras vidas han sido modeladas por y para hombres (esta es, por cierto, otra de las tesis principales de mi argumentación en la que probablemente haya un mayor desacuerdo), por lo que ya no se trataría, como defiende implícitamente el feminismo mainstream o de la igualdad, de que las mujeres se igualen a nosotros integrándose en esas mismas instituciones de origen varonil (el Ejército sería un buen ejemplo de ello, donde la obediencia -un tipo de violencia- es más importante que el diálogo), sino de ir más lejos y considerar que el hombre, dadas unas condiciones materiales y ambientales determinadas (disponibilidad de armas, escasez de recursos, sistemas jerárquicos, etc.), siempre tenderá a reproducir el poder y la violencia con más facilidad que la mujer (al menos hasta ahora siempre lo ha hecho), y de que si no nos percatamos lo suficiente de que esas instituciones no son neutrales en cuanto al género, sino que han fomentado ciegamente el lado menos amable del género masculino en una suerte de retroalimentación entre el individuo biológico y la estructura social, estaremos en peores condiciones de combatirlas.

Como dice Charo Altable, "no se trata de reivindicar una igualdad dentro de un orden patriarcal sino de cambiar el orden patriarcal que genera violencia y dominio a todos los niveles, tanto en las relaciones privadas como en las públicas, en hombres y mujeres, aunque más aún en las mujeres". O como dice Juana Gallego en su libro Eva devuelve la costilla (pág. 24), "quizás sea el momento de retomar la discusión donde la dejaron las feministas de la diferencia en los años ochenta, o acercarnos a sus producciones actuales con más seriedad y respeto, con la intención de dar un nuevo impulso al cambio social, sin que ello signifique renunciar a las conquistas logradas por el feminismo de la igualdad. Quizás, después de todo, estas dos concepciones del feminismo no sean sino dos fases necesarias de un mismo anhelo: aquel que tiene como objetivo mejorar la vida de hombres y mujeres en la sociedad".
"Tanto los hombres como las mujeres han participado históricamente en la reproducción y perpetuación del sexismo, así como en los esfuerzos para su supresión y superación".
Como he dicho antes y en otras ocasiones (1 y 2), la responsabilidad de unos y de otros no es totalmente antagónica pero tampoco del todo equiparable. Y en el caso de "los esfuerzos para su supresión y superación", creo que la historiografía contemporánea demuestra que son primero las mujeres y secundariamente los hombres quienes han liderado la vindicación de sus derechos. Recordemos sin ir más lejos que incluso las revoluciones liberales y «emancipadoras» de los siglos XVIII y XIX seguían siendo fundamentalmente machistas, así como la mayoría de sus integrantes.
"La palabra feminismo hace referencia a la tendencia a poner el sexo femenino en el centro de atención, para articular el pensamiento y la acción en su defensa y promoción".
A diferencia de Blai, yo sí estoy a favor de “poner el sexo femenino en el centro de atención” no solo porque, como se suele argumentar, es de esperar que la lucha por la igualdad se geste en mayor medida en el interior de aquellos colectivos que precisamente están siendo oprimidos o infravalorados (movimiento negro, movimiento indígena, movimiento homosexual, movimiento feminista, etc.), sino sobre todo porque los valores en parte tradicionalmente y en parte naturalmente femeninos aunque no exclusivos de su sexo, es decir, no solamente biológicos pero tampoco totalmente creados por convenciones sociales (ej. ética del cuidado, crianza, mayor interés por las relaciones personales, resolución de conflictos mediante la comunicación, hincapié en el ámbito familiar, inteligencia emocional, empatía, mayor formación académica, etc.), me parecen más importantes que los valores típicamente masculinos, sobre todo en estos tiempos que corren de desenfreno y precolapso. En otras palabras, si algo demuestra la antropología, al menos tal como yo la he entendido, es que las sociedades que giran alrededor de las mujeres (matriarcados), lejos de ser sexistas y desiguales, son las sociedades más igualitarias y pacíficas que hemos conocido. La teoría de género parcialmente inherentista o esencialista que defiendo, así pues, es que no es tanto la igualdad en abstracto lo que tenemos que buscar sino un tipo de igualdad más concreto y medible: igualarnos en aquellas virtudes que se encuentran más comúnmente en las mujeres. Feminizar la sociedad, en definitiva. Y de ahí que el concepto de feminismo me parezca doblemente adecuado, aunque no creo que haya que sacralizarlo ni tampoco creer que ese -ismo ni ningún otro puede dar cuenta de todo.
"Por supuesto, no conviene ignorar las realidades históricas; sin embargo, para actuar en el presente y para superar las miserias del pasado, ¿conviene mantener un cierto resentimiento histórico?"
Más que "resentimiento", como también lo calificó Bloom en un sentido similar, yo lo llamaría justicia y recuperación de lo ocurrido, tanto más importante cuanto más grave haya sido, como es el caso por ejemplo de la llamada «memoria histórica». Como diría Reyes Mate a propósito de la injusticia en la historia, "frente a todas esas teorías amnésicas, lo que aquí se defiende es que la memoria es justicia y el olvido, injusticia". Creo que si no se asumen ciertas responsabilidades, especialmente por parte de los hombres y en general por parte de toda la sociedad, no solo las del pasado sino sobre todo las del día a día, estaremos eludiendo un deber y desperdiciando la oportunidad de ser intelectualmente generosos, sin lo cual las bases óptimas de la reconciliación y de la complementariedad entre los sexos estarán mal asentadas.
"Hoy es el Día de la Mujer, una efeméride que, en sí misma, podemos considerar muy positiva. Sin embargo, esta celebración está siendo fuertemente promovida por instituciones del sistema establecido, mientras que, en cambio, el Día del Hombre (19 de noviembre) casi nadie lo conoce ni celebra. ¿Es que la masculinidad no merece ser reconocida y celebrada al igual que la feminidad? ¿Acaso debemos generar un movimiento masculinista a tal efecto?"
Como dice Miguel Lorente, “la masculinidad no necesita un día internacional para reconocer lo de siempre, ya lo conoce y lo oculta bajo la «normalidad» a lo largo de los 365 días del año”. Es decir, si aceptamos la difícil tesis de que este es un mundo predominantemente de hombres, como decía aquella canción preciosa pero misógina de James Brown, celebrar el día del hombre tanto como el de la mujer podría ser visto como una forma de recochineo, al igual que celebrar el día del hombre blanco y civilizado podría ser visto como un acto de reafirmación de su hegemonía mundial en lugar de como un mero acto igualitario. Por eso he dicho antes lo de la generosidad intelectual. No se trata de defender la supremacía femenina al estilo que se ha defendido la supremacía masculina, sino de ofrecer nuestro tiempo y nuestro conocimiento a quienes se encuentran en una situación más desfavorable, incluso de ocupar un segundo lugar en sus reivindicaciones, como cuando en un acto feminista se le da más protagonismo a las mujeres participantes que a sus homólogos masculinos.
"Por obra del feminismo dominante, en los territorios de España, muchísimas personas están sufriendo las nefastas consecuencias de una legislación (la Ley General de Violencia de Género) que se implementó en el año 2004 presentándose como «progresista» pero que, en realidad, entre otros despropósitos, conculca descaradamente los postulados más elementales y los requerimientos más importantes de la jurisprudencia, como son la presunción de inocencia y la igualdad de las personas ante la ley, instaurando una legislación discriminatoria, amenazante y agresiva contra el sexo masculino". 
Mi postura en este sentido creo que la dejé bastante clara en aquel post, así que de momento no insistiré en ello.
"Se está poniendo muchísima más atención pública en la violencia que reciben las mujeres en el marco de las relaciones sexo-afectivas que no la análoga que sufren los hombres, o los niños y niñas en ámbitos familiares, o las personas en el ámbito laboral". 
Lo primero parece lógico, si damos por cierto que la violencia de género se da en mucha mayor medida en su forma machista que en otras formas. Sobre lo otro, la solución no pasa por restarle atención al maltrato machista (igualando por abajo) sino por aumentar la atención en esos otros temas que también nos preocupan (igualando por arriba). De hecho, soy de los que piensan que los niños y las niñas son un colectivo social bastante ninguneado. ¿Qué es en primer lugar la escuela sino la institucionalización de su supuesta inferioridad? Creo que a nuestra sociedad le iría mucho mejor si los niños, las mujeres y los animales no humanos pasaran a ser el centro de nuestra atención. De hecho, la democracia que yo anhelo no solo pasa por ser asamblearia sino por incluir la voz de los más pequeños, haciendo mía esa idea anti-edadista de que los niños poseen un tipo de sabiduría que los adultos apenas poseen ya, como creía Peter Pan. En cualquier caso, el número de mujeres asesinadas por sus parejas es mayor que el número de hijos asesinados, y de ahí en parte que sea comprensible una mayor atención al fenómeno que más sobresale, aparte de que las mujeres tienen una capacidad de movilización que los niños o los animales no humanos no tienen, desgraciadamente.
"Varios fenómenos (como la desconfianza, los celos, el maltrato, etc. en las relaciones sexoafectivas) son causados por una multiplicidad de factores diversos y (...), en no pocas ocasiones, el sexismo o bien no está presente o bien no es el factor más profundo y determinante".
En eso también discrepo. La dominación en la pareja, cuando se da, es mucho más frecuente en una dirección que en otra, lo que nos pone sobre la pista de que el prejuicio machista (lo masculino es más valioso que lo femenino, por definirlo brevemente) es cuando menos uno de los factores más importantes que están detrás de ello, aunque seguramente no el único. Si fuera principalmente una cuestión de celos y otras actitudes dominantes en ambas direcciones, entonces cabría esperar una reducción en el número de maltratos hacia las mujeres y un aumento en el número de maltratos hacia los hombres hasta igualarse prácticamente. Pero a falta de estudios que den cuenta de esa inversión estadística, tiendo a creer lo que me resulta más accesible a los sentidos, que es una clara desigualdad en detrimento de la mujer. Aunque esta pueda ser tanto o más celosa que el hombre, el potencial de maltrato físico y psicológico siempre será mayor en aquel miembro de la pareja que sea más fuerte físicamente y cuya visión del mundo esté más legitimada por el orden vigente.
"El hombre también ha sido víctima del sexismo por el hecho de haber sido forzado por los Estados a participar en las guerras y los servicios militares, es decir, en conflagraciones aberrantes, injustas y sanguinarias".
Si bien eso es innegable, y es de agradecer que se diga que ni los malos son tan malos ni los buenos son tan buenos, en primer lugar el sexismo que recaía sobre los soldados no provenía de mujeres sino de otros hombres situados más arriba en la cadena de mando, y en segundo lugar tampoco provenía de sus superiores porque los consideraran un sexo inferior, como sí les ocurría y les sigue ocurriendo a las mujeres en otros ámbitos, sino porque los consideraban socialmente inferiores dada una concepción muy particular de lo que debía ser una buena sociedad. Es decir, más que sexismo, que también, en este caso yo pondría el acento causal en el clasismo y otras formas de discriminación social, y ello debido sobre todo a que quienes más salían ganando de ese sexismo entre hombres en términos de estatus social, poder político y económico, aun con todos los inconvenientes que ello conllevaba, eran los propios hombres, incluso los más pobres, y en mucha menor medida las mujeres. En otras palabras, el problema no es tanto un sexismo impersonal sino más bien una determinada visión masculina de la vida lo que en realidad e irónicamente está detrás de las consecuencias que sufren los propios hombres. Y de ahí mi interés en hablar de machismo, patriarcado y clasismo -tres conceptos muy relacionados- en lugar de hablar únicamente de sexismo, pues el machismo no solo consiste en discriminar a la mujer considerándola inferior sino que, al hacerlo, automáticamente repercute en el malestar de todos, hombres incluido. En ese sentido, es cierto, "el «patriarcado» no sería tan sólo el sistema de opresión milenario imaginado por la segunda oleada de feministas, sino (...) la «forma en que hombres muy poderosos controlan tanto a las mujeres como a otros hombres, además de los recursos no humanos»”.
"Afortunadamente, cada vez más personas se están dando cuenta de algunos de los elementos negativos inherentes al feminismo dominante y se están oponiendo a buena parte de sus tesis ideológicas y medidas políticas. Es el caso, por ejemplo, del sitio web "Mujeres contra el feminismo", una iniciativa que da visibilidad a mujeres de diversas tendencias ideológicas y de diversos lugares del mundo que quieren manifestar públicamente su desacuerdo con el feminismo tal como se entiende y se desarrolla generalmente en la actualidad. Son mujeres anti-sexistas, pero no feministas".
Ahora sin duda resulta fácil decir, sobre todo en algunas partes del planeta, que ya no necesitamos ser feministas, pero afirmar eso no solamente me parece un poco precipitado, por aquello que se suele argumentar de que les debemos a las personas feministas del pasado parte de la libertad que hoy disfrutamos para decir precisamente cosas como esa, sino también porque la visión femenina de la historia aún tiene mucho que aportar. Mucho más de lo que ya ha aportado, de hecho. Lo conseguido, en mi opinión, tan solo es la punta del iceberg.



Conclusión provisional:

Tal vez peque de exagerado o incluso de conservador, y si es así, espero darme cuenta pronto, pero creo que algunos colectivos que podríamos llamar revolucionarios o de liberación -y digo colectivos en general en lugar de personas en particular porque así la crítica es más fácil y menos injusta-, en su sana ambición por cuestionárselo todo, quizá se estén pasando un poco de rosca al coquetear con ciertos grados o variantes del negacionismo. En estos últimos meses me he encontrado navegando por Internet con algunas personas afines al ideal ácrata que dudan seriamente del cambio climático, de la importancia epistemológica e incluso moral del método científico, de la medicina, del patriarcado, de la violencia machista, de la historia académica e incluso en una ocasión del holocausto judío, si bien no todas dudan de todo al mismo tiempo, y cada una de ellas con una intensidad diferente. Sin duda todos esos temas pueden llegar a ser cuestionables o matizables en algunos de sus supuestos, pero de lo que yo hablo más bien es del rechazo casi en bloque y sin apenas pruebas de toda una serie de estudios y trabajos de investigación que, por el hecho de ser respaldados y promovidos por el Poder en general y por las instituciones universitarias en particular, son descartados en gran medida por quienes, con razón, no desean hacerle el juego a los poderes instituidos, especialmente al Estado y al sistema económico capitalista.  

8 de marzo de 2015

Sobre la «revolución integral»

Aprovechando que dentro de unas semanas tendrá lugar el Encuentro 2015 de Reflexión sobre Revolución Integral, y lejos de mi intención consciente querer aguarle la fiesta a nadie -¡ya me gustaría a mí tener su ilusión, y no este escepticismo ingrato!-, quisiera recuperar un texto de hace un par de meses, este, cuyo contenido podría valer para la reflexión sobre dicha reflexión, valga la recursividad. O para la metareflexión, como dirían los filósofos. O para pasar el rato, i prou. Tómense mis críticas con la benevolencia que sin duda no me merezco, je... sabedores, en cualquier caso, de que estoy dispuesto a cambiar de opinión si se me convence de ello, aunque no prometo nada. La dificultad o facilidad de esto último dependerá de mi tozudez y de tu destreza con las palabras :P

Quien esté dispuesto a defender su punto de vista de igual a igual, que hable ahora o calle para siempre. Es un decir :o)