30 de octubre de 2014

Desaceleración otoñal


Como ya se veía venir en julio, el blog superó en agosto las 5000 visitas mensuales hasta alcanzar las 6000, la mejor cifra de los últimos años. La mala noticia, aunque depende de cómo se mire, es que septiembre y octubre muestran una clara tendencia descendente, por lo que no sería descartable una vuelta a las 4000 visitas de aquí a unos meses, y más teniendo en cuenta que tengo pensado reducir la frecuencia de las publicaciones. 

Estos últimos meses han sido muy provechosos, tanto es así que hace apenas una semana publiqué por primera vez un texto de mi autoría en otro blog. En un blog, por cierto, con más de 100.000 visitas al mes, ¡lo que me ha reportado una gran cantidad de vanidad! No obstante, después del trabajo duro se echa en falta un cierto descanso mental, para que vuelva la inspiración y esa alegría de escribir que se tiene al principio, sin las cuales el acto de escribir empieza a dar rendimientos decrecientes, como se suele decir últimamente. Eso sí, espero seguir contando con el permiso del autor de Ssociólogos para publicar de vez en cuando en su blog, así como seguir recibiendo más invitaciones de ese estilo. 

De manera que durante estas próximas semanas voy a retomar el hábito de leer libros en papel, de escribir textos más largos y de ir ampliando el borrador del libro aprovechando el material producido durante estos meses tan fecundos, aunque sin descuidar del todo mi faceta blogueril. Un blog tiene muchas ventajas, pero quizá el mayor inconveniente es esa especie de presión por tener un post listo cada pocos días para que como mínimo no bajen las visitas, lo que hace que los textos tiendan a ser más cortos y más dirigidos a interesar al lector, a diferencia de la escritura privada y discontinua que permite una mayor libertad.

¡Gracias, saludos y a seguir bien!

29 de octubre de 2014

El decrecimiento que viene (III)

Comoquiera que se piense acerca del modo de repartir los bienes en nuestro mundo moderno, tanto los seguidores como los oponentes del socialismo están de acuerdo en el requisito previo para la solución de tal problema. Este requisito previo es la producción. (…) Prodúzcase para vender, o prodúzcase para repartir, el proceso de producción en sí no solo no es discutido por ninguno de los dos lados, sino venerado, y no se exagera si se afirma que, a ojos de la mayoría, hoy tiene algo de sacro.
Elias Canetti, 1960.



¿Está la política preparada para el decrecimiento? No. Y no solo la política conservadora, sino tampoco la progresista. Ni siquiera el socialismo -el real, el de los teóricos y el de los prácticos que lo llevan a la práctica- defiende el decrecimiento. Al parecer las dos corrientes políticas más importantes de Occidente, el liberalismo y el socialismo de Estado, siguen creyendo en el crecimiento económico y en la expansión territorial como la mejor solución a nuestros problemas, igual que lo hacen las plagas cuando el medio y las circunstancias les son favorables. Incluso otros socialismos denominados acrecentistas, ecopolíticos, estacionarios o ecosocialistas, a medio camino entre el crecimiento por el crecimiento y el decrecimiento por el decrecimiento -Marcellesi y Latouche son dos buenos ejemplos de ello-, siguen a pesar de su inventiva y buena intención enmarcados dentro del statu quo, toda vez que refuerzan consciente e inconscientemente la existencia de la mayoría de las estructuras e instituciones sociales que han defendido el socialismo y el liberalismo de toda la vida, las mismas que nos han traído hasta aquí, como pueden ser el Estado, la burocracia, los parlamentos, la ley, la propiedad privada, el mercado, la moneda –tanto la única como, ahora, la «social»-, el economicismo, el trabajo asalariado, la ciudad, las fuerzas armadas y de seguridad, la escuela, la cárcel, el patriarcado, el progreso tecnológico, los medios de comunicación de masas, la industria, la hiperespecialización, la división del trabajo en compartimentos estancos, la estratificación social, el centralismo y la jerarquía. Instituciones sin las cuales no habría sido posible sobrepasar los límites biofísicos del planeta y con las cuales, por lo tanto, es muy probable que sigamos sobrepasándolos hasta que nos quedemos, nunca mejor dicho, sin gasolina. 


Si incluso el presidente amigo de la Pachamama, el indigenista Evo Morales, ha sucumbido a los cantos de sirena no solo del gas y del petróleo sino también de la energía nuclear, ¿qué cabe esperar aquí en España de los socialistas Pablo Iglesias (Podemos), Pedro Sánchez (PSOE), Alberto Garzón (IU) y Florent Marcellesi (EQUO), políticos aún más «civilizados» que sus homólogos del sur? Otro tanto cabe decir de José Mujica, autor de grandes discursos ambientalistas en la ONU y considerado por muchos como uno de los pocos presidentes admirables que quedan, a pesar de que, según la página web Uruguay Sustentable: por un país productivo y sustentable, su gobierno ha apostado claramente por el crecimiento, impulsando la industria forestal, la megaminería, las plantas regasificadoras, los biocombustibles y el sector de las «renovables» (véase al respecto la crítica de Amorós), todo ello sin descuidar las buenas relaciones con las petroleras, con afirmaciones por parte de la Dirección Nacional de Recursos Acuáticos tan reveladoras como esta: “No queremos petróleo y crecimiento a cualquier costo sino con desarrollo sustentable, justicia social…”, etcétera.

Tal como los políticos y los economistas occidentales –incluidos los de la economía ecológica- plantean los conceptos de «crecimiento sostenible», «crecimiento selectivo» y «crecimiento cero» es un oxímoron, una contradicción en sí misma. Seguir en la senda del crecimiento cualquiera que sea su reformulación burguesa –crecimiento indiscriminado o selectivo, del PIB o del PIB verde, basado en bienes materiales o en bienes relacionales, los del norte y los de sur o solamente los del sur- no es deseable y pronto dejará de ser posible. Y lo que es peor, cuanto más dure el intento peor será la bajada. Afortunada aunque desoídamente, muchas voces cercanas al ecoanarquismo llevan proponiendo desde hace tiempo que el único camino razonable a seguir no es crear más puestos de trabajo en «sectores estratégicos» o ser más competitivos con el exterior sino repartir autogestionadamente el trabajo que existe, prescindir de aquellos oficios que consideremos insostenibles a medio y largo plazo –estoy pensando en gran parte de los sectores secundario y terciario-, propiciar el éxodo urbano, cuestionar y abandonar en lo posible la mayoría de las instituciones actuales y redistribuir una riqueza que, querámoslo o no, está obligada a menguar. En definitiva, el 99% del pensamiento de izquierdas que vemos por televisión, leemos por Internet o escuchamos por la radio no va –y no podrá ir nunca, por sus propias limitaciones teóricas intrínsecas- a la raíz del problema, es decir, a los límites físicos de nuestro entorno y a las estructuras sociales y los hábitos mentales que nos precipitan contra ellos. 

(...)

El resto del texto (una tercera parte, si incluimos los comentarios de algunos lectores como Florent Marcellesi y mis respuestas) está disponible en Ssociólogos.

28 de octubre de 2014

El decrecimiento que viene (II)

Por primera vez en la historia de la humanidad se quiere hacer una transición renovable partiendo de un descenso de las fuentes que alimentarían esa transición. Es de un tecno-optimismo que ignora la Historia; propio de quizás el mayor sesgo cognitivo y mito cultural que hoy nos coarta los verdaderos cambios a los que tenemos que adaptarnos.
Carlos de Castro, 2014.

¿Es posible evitar el decrecimiento con nuevas energías y/o tecnologías? Seguramente no. A pesar de ello, todavía permanece en el imaginario colectivo un malentendido sobre el pasado que es preciso hacer notar, aquel que sostiene que las nuevas fuentes de energía fueron sustituyendo a las antiguas conforme estas se iban agotando y que, por esa misma razón, ahora es de esperar que ocurra lo mismo con los combustibles fósiles, pero nada más lejos de la realidad. Primero porque eso no fue lo que ocurrió, y segundo porque incluso si fuera cierto, del hecho de que el petróleo y el gas natural hayan alargado algo más de un siglo la fiesta del crecimiento iniciada por el carbón no se deduce que existan combustibles alternativos de similar rentabilidad energética. 

Hansen, 2013

De la misma manera que el aumento del consumo de carne en el paleolítico no reemplazó a los vegetales, sino que aportó proteínas de mayor valor biológico a nuestra dieta, el petróleo y el gas no vinieron a sustituir a una industria del carbón agonizante, sino a complementarla, aumentando así el consumo total de energía que demandaba el metabolismo de unas sociedades adictas al crecimiento. La prueba de que el carbón no había llegado a su pico en el siglo XIX está en que la producción no ha parado de crecer en las últimas décadas a un ritmo nunca visto. Además, el carbón tampoco reemplazó a la madera, del mismo modo que la energía nuclear ni las renovables reemplazarán al petróleo. En el mejor de los casos lo complementarán durante unos años hasta que este llegue a su cenit y las arrastre con él. 

En otras palabras, todos esos recursos se han estado explotando solapadamente, y cuando los combustibles fósiles alcancen y sobrepasen su pico de producción mundial, cosa que nunca antes había ocurrido con ninguna otra fuente, no solo no aparecerá nada parecido que los sustituya sino que afectará irremediablemente al resto de energías, ya que todas, tanto antiguas como modernas, se han estado beneficiando de su extraordinario aporte material y energético, de la misma manera que le ocurriría a los biocombustibles si otras fuentes energéticas como el agua (peak water) o el suelo cultivable (peak soil) comenzasen a declinar.

(...)

El resto del texto (las dos terceras partes, si incluimos los comentarios de algunos lectores como Florent Marcellesi y mis respuestas) está disponible en Ssociólogosaunque si prefieres esperar y mantener la intriga, puedes seguir leyéndolo en las próximas entradas.

27 de octubre de 2014

El decrecimiento que viene (I)

Si se mantienen las tendencias actuales de crecimiento de la población mundial, industrialización, contaminación ambiental, producción de alimentos y agotamiento de los recursos, este planeta alcanzará los límites de su crecimiento en el curso de los próximos cien años. El resultado más probable sería un súbito e incontrolable descenso tanto de la población como de la capacidad industrial.
Donella Meadows y otros, 1972. 

Casi medio siglo después de la publicación del informe Los límites del crecimiento de Donella y Dennis Meadows, expertos como Íñigo Capellán-Pérez y Margarita Mediavilla siguen confirmando con nuevos estudios no solo la validez de aquella predicción sino también advirtiendo que podríamos estar más cerca que nunca de cumplirla. Los pronósticos van desde los más pesimistas, según los cuales una caída abrupta de las sociedades industriales comenzaría antes de terminar esta década, hasta los más optimistas dentro de lo realista, que sitúan una caída más gradual y escalonada a partir de ~2030. No obstante, aun la bajada más gradual que podamos imaginar no será tan pausada como la subida. Es lo que Ugo Bardi y Gail Tverberg llaman respectivamente el «efecto Séneca» y los «ciclos seculares». 


En el caso del agotamiento de los recursos fósiles, ya es un secreto a voces que nos estamos acercando a gran velocidad al pico de producción de la mayor fuente de energía y de riqueza conocida que es el petróleo, también llamado peak oil, combustible que sostiene casi todas las infraestructuras que hoy conocemos y tras el cual se sucederán progresiva o repentinamente el resto de picos: el pico del gas, del uranio, del carbón, del metal, etc. Huelga decir que combustible siempre habrá en términos geológicos, pero lo que cuenta es que su extracción será cada vez más cara en términos económicos. El ritmo del declive dependerá en última instancia de la reacción de un sistema financiero que ya estaría mostrando algunos signos alarmantes de una futura recesión: deuda global en niveles históricos, salarios y precio del petróleo en descenso, etc. 

El peor escenario posible, aunque para Tverberg el más probable

Sea como fuere, autores como Antonio Turiel y Gail Tverberg coinciden en que las energías fósiles y nucleares de extracción «barata» no tardarán en escasear y que las energías renovables no bastarán para satisfacer ni una cuarta parte de la demanda actual de energía. Un descenso anticipado de manera asamblearia por los habitantes de cada municipio sería hoy por hoy la alternativa más deseable, aunque difícilmente la más probable. Con los datos en la mano, no creo estar planteando un falso dilema si digo que o lo hacemos por las buenas, ahora y de manera horizontal, o lo tendremos que hacer por las malas, después y de manera vertical.

(...)

El resto del texto (las tres cuartas partes, si incluimos los comentarios de algunos lectores y mis respuestas) está disponible en Ssociólogos, aunque si prefieres esperar y mantener la intriga, puedes terminar de leerlo en las tres próximas entradas ;)

25 de octubre de 2014

Canciones para pensar y disfrutar

2014. Walkabout, Augustines.
2014. Manifiesto delirista, Love of Lesbian.
2011. The wolves, Ben Howard.
2007. Fire on the mountain, Asa.
1998. Do the evolution, Pearl Jam.
1995. All we gotta do, Hugh Laurie.
1990. Civil war, Guns N' Roses.
1988. Talkin’ bout a revolution, Tracy Chapman.
1986. Dear God, XTC.
1977. El Progreso, Roberto Carlos.
1973. Money, Pink Floyd.
1972. Philosopher, Yellowstone and Voice.
1971. Wild life, Wings.
1970. Don't let it bring you down, Neil Young.

23 de octubre de 2014

Contra el natalismo

No tenía pensado publicar nada hasta el sábado, pero un correo muy interesante de Álex ha despertado de nuevo en mí la curiosidad sobre el llamado «envejecimiento de la población». En el correo se incluían estas dos lecturas: "El desafío demográfico en Europa" y "La España terminal".

Mi opinión al respecto, construida algo apresuradamente para la ocasión -¡como buen opinólogo!-, es que la postura tradicional de los medios de comunicación y de las personas en general es básicamente natalista -por lo menos desde el ya clásico «multiplicaos y llenad la tierra» del Génesis- y, además ahora, neoimperialista y cuantitativista -por aquello de recurrir a la inmigración no como un fenómeno de migrantes libres sino como meros números calculados desde la tecnocracia para reducir interesadamente nuestro envejecimiento-, toda vez que la fe en el crecimiento indefinido necesita de una masa creciente de asalariados carentes de tierras. Crece o muere, ese parece ser el lema de toda plaga. A fin de cuentas, ¿qué son nuestros técnicos y nuestros expertos en demografía sino los portavoces de la plaga más «civilizada» que haya visto la Tierra? Personalmente, que España disminuya su población tanto en edad de trabajar como en términos absolutos me parece más positivo que negativo -en esto discrepo de Félix Rodrigo-.

Asimismo, los artículos de antes tienden al edadismo, ya que parecen dar por sentado que los ancianos y las ancianas son prácticamente inservibles por el simple hecho de ser más mayores que la media. Que en algunas provincias españolas el 30% de la población supere los 65 años de edad no me parece ninguna tragedia salvo para el capitalismo -y en caso de serlo, me parecería una tragedia menor comparado con la tragedia de seguir creciendo-. Una sociedad que se quiera ganar dignamente la vida no creo que necesite imperiosamente una mayoría de jóvenes cotizantes y forzudos. De hecho, tanto el envejecimiento como el decrecimiento bien llevados pueden ser ventajosos a largo plazo al producir la disminución total de «mano de obra» o demanda de empleo, aumentando así el poder negociador del asalariado medio y la libertad de quien haya sido capaz de escapar a la esclavitud salarial, como suele ocurrir después de las crisis demográficas.

En cuanto a que algunas zonas en España tengan la misma densidad demográfica que Siberia, no me parece una mala noticia. Más probabilidades tendremos de encontrar espacios algo menos antropizados, una de tantas necesidades humanas olvidadas por milenios de natalismo.

20 de octubre de 2014

El mito de la tecnología

o por qué la humanidad no es dueña de sus creaciones

El hombre controlador del universo (1933) de Diego Rivera

Hace unas semanas me salió, un poco de chiripa, un comentario potencialmente interesante sobre el determinismo tecnológico, y ello a raíz de un texto de Capi Vidal no menos interesante recomendado por Loam, gran comentarista y mejor persona :P

(He aquí el comentario con algunos retoques y añadidos).

La interpretación que hago de la historia en general y de la historia tecnológica en particular es distinta a la que hace Capi. Para él, siguiendo al anarquista Murray Bookchin, "son las relaciones sociales" como las que promueve el capitalismo "las que determinan la tecnología, y no a la inversa, por lo que no existe determinismo de ningún tipo a pesar de lo que consideran los críticos radicales del progreso tecnológico y sí es posible dirigirlo a fines humanos racionales". Como dije en otro ocasión, esa creencia me parece una herencia del antropocentrismo filosófico y de la idea de excepcionalidad humana que nos acompaña, cuando menos, desde hace algunos cuantos miles de años (con el paso del teocentrismo al humanismo durante el Renacimiento y la Ilustración fuimos un paso más allá  si cabe en nuestra vanidad, pero lo cierto es que el cristianismo y la mitología griega ya eran una forma de antropocentrismo invertido: en lugar de endiosar al humano directamente, humanizábamos a los dioses; antes representábamos el papel de hijos y ahora el de padres, pero de tal palo tal astilla y de tal astilla tal palo). Sea como fuere, considero que la «carga de la prueba» está en quienes afirman que la humanidad puede "dirigir" y controlar racionalmente el progreso tecnológico (lo que sí está documentado, ciertamente, es que pequeños grupos humanos han podido, al menos por un tiempo, dirigirlo o frenarlo en algún grado, como es el caso de los anabaptistas). Al parecer, la evolución tecnológica sería tan ciega e indomable a la larga y a gran escala como la evolución cultural y la evolución biológica. Querer adueñarse del libre y caótico flujo de los memes es como querer adueñarse de la variabilidad genética, acto prometeico solo al alcance de un deus ex machina. ¡Ni siquiera la todopoderosa entropía ha podido contener la endiablada inventiva del Universo!

Si en su día, sin capitalismo y sin Estado de por medio, no logramos evitar las malas consecuencias del fuego o de la agricultura, ¿en base a qué razón íbamos ahora a evitar, con sociedades más pobladas y complejas, las malas consecuencias de Internet o de los combustibles fósiles? Mi escepticismo es muy elevado en este tema. Como en el caso del huevo y la gallina, creo que ante la duda es preferible pensar que la cultura influye en la tecnología y viceversa. El determinismo, para ser coherente, debe funcionar en ambas direcciones. Las disputas en ocasiones vienen cuando unos hacen hincapié en un lado y otros en el otro. Es posible, por ejemplo, que las sociedades metalúrgicas naciesen de una desigualdad previa en las relaciones sociales, pero sin duda la aparición del metal contribuyó a separar al hombre de la mujer y al jefe del subordinado. Con el fuego ocurre algo similar. ¿Nos separó, por así decir, del estado de naturaleza anterior o es que ya teníamos en mente separarnos y entonces el fuego solo fue un medio? En cualquiera de los dos casos, o los dos a la vez, lo que parece evidente es que el dominio del fuego hace un millón de años trajo consigo cambios culturales y nutricionales importantes de los que ninguna sociedad ha podido desprenderse todavía, exceptuando algunos ejemplos parciales de individuos concretos (crudiveganos, etc.). La cocción de los alimentos nos hizo más omnívoros y, en parte, peores personas, de la misma manera que la domesticación, tal vez inocente e involuntaria en un principio, desembocó en un crecimiento más o menos lineal de la opresión de los animales tanto humanos como no humanos a lo largo de los últimos diez mil años (Nibert, 2013).
En el transcurso del IV milenio, la progresiva generalización del arado en las labores del campo –útil que precisaba cierta fuerza física para ser llevado- permite la introducción de los hombres en los campos de cultivo, en los que hasta aquel momento debían estar poco presentes, salvo en las fases de deforestación y preparación de los suelos. Aun si persiste el trabajo con azadas, a partir de entonces, las mujeres compartirán un sector económico que les era propio. Con el paso del tiempo, el artesanado y la tecnología especializada no dejará de crecer, lo que reducirá los espacios femeninos simbólicos y económicos o, como mínimo, los limitará. La metalurgia, la invención (en Oriente) del torno, el paso, aunque tardío de la siega con hoz a la siega con guadaña constituyen progresos que pudieron, cada uno en su época, asentar la supremacía masculina. La primera metalurgia del cobre fue un medio de producción de útiles manejados por los hombres (hachas y puñales); el nuevo metal se puso al servicio de la esfera de lo masculino. En cuanto a los adornos, generalmente hechos con metales preciosos, sirvieron para prestigiar a las elites de ambos sexos. El primer metal fue objeto de segregación: por un lado sirvió para magnificar las actividades viriles y por otro se usó para señalar diferencias de estatus entre los privilegiados y el resto. Esta nueva tecnología fue un motor de compartimentación social. 
Jean Guilaine y Jean Zammit en El camino de la guerra, 2002.

Conclusión

Ciertamente hay margen para hacer un uso limitado, racional y consensuado de la técnica a pequeña escala, yo abogo por ello sin titubear, pero ya no me hago ilusiones respecto a que ese margen pueda ampliarse hasta convertirse en una norma universal. Ni mil de las mejores revoluciones bastarían. La historia, si no me equivoco, es clara al respecto. Los humanos pertenecemos al universo, no al revés como nos quiere hacer creer nuestra mente. El hombre no es la medida de todas las cosas.

16 de octubre de 2014

El mito de la concienciación

El poeta tumbado (1915) de Marc Chagall

Como casi siempre, las ideas que transformo en palabras y que después publico en este blog se me ocurren a altas horas de la noche, poco antes de irme a la cama, justo cuando mi mente está más saturada pero también, por esa misma razón, más necesitada de compartir con vosotros mis solitarias horas de lecturas en forma de publicaciones que no por ser desinteresadas dejan de ser al mismo tiempo un tanto narcisistas (el acto de escribir tiene algo de presuntuoso, de endiosamiento transitorio, de malestar; todo escritor/a es un pequeño fanático, un sutil y comedido tirano de las ideas, y el que lo niega lo es aún más). Siempre he envidiado, aunque no hasta el punto de quitarme el sueño, el hábito y la disciplina de quienes se levantan temprano para ponerse a escribir. Por lo pronto, porque consumen menos electricidad. En mi caso, desafortunada y quizá temporalmente, no suelo tener nada interesante que escribir hasta bien entrada la tarde, como si durante el sueño nocturno hiciese borrón y cuenta nueva y me tomase las mañanas libres. Libres de todo razonamiento complicado o «intelectual» para centrarme en tareas más, por así decir, mundanas, y precisamente por eso más necesarias. Creo que el Hugo de por la mañana siempre es un Hugo más optimista y despreocupado, más cándido e iletrado, más corporal y menos mental. Seguro que no soy el único que ha experimentado esta especie de bipolaridad. 

Emil Cioran, predicador de la no predicación, conocido también por pasar largas noches en vela, escribió de buena tinta en el 33 y en el 49 respectivamente que "el sueño hace olvidar el drama de la vida, sus complicaciones, sus obsesiones; cada despertar es un nuevo comienzo y una nueva esperanza. La vida conserva así una agradable discontinuidad, que da la impresión de una regeneración permanente". ¿Cuántos podrían al poco de despertarse plantearse siquiera lo siguiente: "La injusticia gobierna el universo. (...) Cada ser se nutre de la agonía de otro ser; los instantes se precipitan como vampiros sobre la anemia del tiempo; el mundo es un receptáculo de sollozos... En este matadero, cruzarse de brazos o sacar la espada son gestos igualmente vanos"? Pocos, seguramente. Quizá ni el propio Cioran, quien puede que lo escribiera, o cuando menos lo pensara, durante la noche. Al parecer, la falta de luz natural, la artificialidad que reina en la ciudad, la ausencia de las distracciones matutinas, el silencio, el cansancio acumulado de todo el día y una vela para las «noches en vela» crean las condiciones idóneas para que tenga lugar una especie de lucidez de gran valor, aunque no sin riesgos. Estoy pensando por ejemplo en Nietzsche, o en Spengler, o en Mainländer. Atormentados que crearon igualmente una filosofía no menos atormentada. Aunque ya se sabe lo que ocurre con los nuevos mártires, ahora posmodernos: las noches de tormenta bien pueden matar al «iluminado», pero también pueden alumbrar a los demás. Como escribía un joven Cioran en algún lugar de Transilvania, "los paseos solitarios -extraordinariamente fecundos y peligrosos a la vez para la vida interior- deben realizarse sin que nada turbe el aislamiento del ser humano en este mundo, es decir, por la noche, a la hora en que ninguna de las distracciones habituales puede ya interesarnos, cuando nuestra visión del mundo emana de la región más profunda del espíritu". 

En fin, lo que viene a continuación -que es lo que realmente da título al post de hoy y que poco tiene que ver con lo anterior salvo que sucedió de madrugada- es lo que se me ocurrió pensar la otra noche: cambiar el modo de pensamiento está bien, cambiar el modo de comportamiento también, pero si no se trata asimismo de cambiar el modo de asentamiento, la tan deseada y proclamada concienciación sin reestructuración espacial solo puede devenir en una suerte de esquizofrenia moral, de buena conciencia, de espera eterna entre manglares de cemento y vallas publicitarias en solares baldíos. Si lo primero y lo segundo es difícil, lo tercero no lo es menos. ¿El mayor obstáculo? En mi limitada experiencia, la familia, los amigos. El amor, paradójicamente. Tal vez no dependamos de ellos para las dos primeras fases, pero sí para la tercera. Quizá no intelectualmente, pero sí física, económica y emocionalmente. ¿Ecoaldeas, pueblos ocupados, terrenos en el campo, huertos urbanos, cooperativas integrales, micromundos mejores...? Cosa de solteros aventureros o de familias nucleares de nueva creación (o de procreación, como las llaman los antropólogos, es decir, las que se forman cuando nos casamos y nos distanciamos de la familia de origen o de orientación). Las familias extensas y de origen, en cambio, tienden a aferrarse a una inercia difícil de cambiar, de ahí que las alternativas y los experimentos sociales, aun basándose en sólidas razones y anhelos, no sean tan frecuentes como nos gustaría. ¡Ahora bien, no todo es oscuridad en las oquedades del «infierno»! El camino tiene piedras y vamos descalzos, mas hay camino y hay señales, que no es poco.
La degradación irreversible de la vida terrestre debida al desarrollo industrial ha sido denunciada y descrita desde hace más de cincuenta años. Quienes explicaban el proceso, sus efectos acumulativos y los previsibles puntos de no retorno, pensaban que una toma de conciencia le pondría término mediante algún tipo de cambio. Para unos, tenían que ser reformas conducidas activamente por los Estados y sus expertos; para otros se trataba principalmente de una transformación de nuestro modo de vida, cuya naturaleza exacta seguía siendo en general bastante vaga; por último, los había incluso que pensaban, más radicalmente, que era toda la organización social existente la que tenía que ser derribada por una transformación revolucionaria. Fuesen cuales fueren sus desacuerdos en cuanto a los medios que había que emplear, todos compartían la convicción de que un conocimiento de la envergadura del desastre y de sus consecuencias ineluctables conduciría al menos a cierto cuestionamiento del conformismo social, o incluso a la formación de una conciencia crítica radical. En resumidas cuentas, que no sería en vano. Contrariamente al postulado implícito de toda la «crítica de los efectos nocivos» (...) según la cual el deterioro de las condiciones de vida sería un «factor de rebelión», fuerza es constatar que el conocimiento cada vez más preciso de este deterioro se integraba sin fricciones en la sumisión (...).
René Riesel y Jaime Semprún, 2008.

13 de octubre de 2014

¡Catastrofistas del mundo, uníos!

Hace unas semanas me suscribí a la editorial Pepitas de calabaza (60 euros anuales a cambio de un libro pequeño a elegir cada dos meses y descuentos para los grandes), y hace tan solo unos días me llegó el primer pedido. Desde ya, uno de mis ensayos favoritos. Es de René Riesel y Jaime Semprún, hijo de Jorge Semprún, y se titula Catastrofismo, administración del desastre y sumisión sostenible (2011), aunque publicado originalmente en francés en 2008.

¿Os acordáis de aquel post en el que analizaba el «escepticismo» de algunos anarquistas clásicos -aunque extrapolable a otras corrientes mayoritariamente humanistas, progresistas, industrialistas y anticlericales- con respecto al cambio climático y demás catástrofes en acto y en potencia, quienes no por casualidad tildan de "curas" a los que no comulgan con su concepto de libertad? Pues bien, nada más comenzar el libro me topé con un par de fragmentos que bien podrían servirnos no solo como continuación a dicho post, sino probablemente también como superación, pues en ellos se critica el uso ecototalitario y propagandístico de la catástrofe sin subestimar en ningún momento la realidad de la misma. En otras palabras, la síntesis que andaba buscando. La cita en cuestión es más larga de lo habitual, pero espero que compense por el interés y la reflexión, interior y exterior, que pueda generar:
Los técnicos de la administración de las cosas se atropellan para anunciar con aire triunfal la mala nueva, ésa que al final vuelve ociosa cualquier disputa sobre el gobierno de los hombres. El catastrofismo de Estado es, de modo declarado, una incansable propaganda a favor de la supervivencia planificada; es decir, de una versión más autoritariamente administrada de lo que existe. En el fondo, después de tantas evaluaciones de datos y estimaciones de plazos, sus expertos tienen una sola cosa que decir: que la inmensidad de lo que está en juego (de los «desafíos») y la urgencia de las medidas que habrá que adoptar anulan la idea de que pudiese aligerarse siquiera el peso de las coerciones sociales, que tan naturales se han vuelto. (...) Si bien el curso exacto del calentamiento sigue siendo muy incierto tanto en su velocidad como en sus efectos -aunque sin embargo estamos todos lo bastante cultivados para que nos hablen de permafrost, de albedo y hasta de clatratos y de la «cinta transportadora oceánica»-, el escenario del cambio climático permite promover todo un abanico de «soluciones» que apelan a la vez al Estado, a la industria y a la disciplina individual del consumidor consciente y responsabilizado: medidas fiscales, ecología industrial (nuclear incluida), geoingeniería planetaria, racionamiento impuesto pero también voluntario y hasta esas modernas indulgencias que se ganan los que viajan en avión pagando una «compensación por emisiones». (...) A fin de prevenir cualquier malentendido, tenemos no obstante que precisar que la crítica de las representaciones catastrofistas no implica en absoluto que veamos en ellas, como a veces se hace, meras invenciones sin el menor fundamento, difundidas por los Estados para asegurar la sumisión a sus directrices, o, más aviesamente, por grupos de expertos interesados en asegurar su carrera dramatizando más de la cuenta su «campo de investigación». Semejante denuncia del catastrofismo no siempre es cosa de gente que defiende de ese modo tal o cual sector de la producción industrial particularmente cuestionado, o incluso la industria en su conjunto. Así, se ha dado el caso de curiosos «revolucionarios» que sostenían que la crisis ecológica de la cual nos llega ahora la información en avalancha no era en suma más que un espectáculo, un señuelo mediante el cual la dominación trataba de justificar su estado de excepción, su consolidación autoritaria, etc. Podemos ver perfectamente cuál es el motor de tan expeditivo escepticismo: el deseo de salvar una crítica social «pura», que de la realidad solo quiere tener en cuenta lo que le permita prorrogar el viejo esquema de una revolución anticapitalista condenada a recuperar, por supuesto que «superándolo», el sistema industrial existente. En cuanto a la «demostracion», el silogismo es el siguiente: dado que la información mediática es obviamente una forma de propaganda en favor de la organización social existente y que dicha información concede ahora un amplio espacio a diversos aspectos aterradores de la «crisis ecológica», entonces esta crisis no es sino una ficción inventada para difundir las nuevas consignas de la sumisión. Otros negacionistas, como se recordará, aplicaron la misma lógica al exterminio de los judíos europeos: dado que la ideología democrática del capitalismo obviamente no era sino un falso disfraz de la dominación de clase y que dicha ideología hizo después de la guerra amplio uso en su propaganda de los horrores nazis, entonces los campos de exterminio y las cámaras de gas solo podían ser invenciones y montajes. 

10 de octubre de 2014

¿Quién ganará las próximas elecciones?

Duelo a garrotazos (1820) de Goya

El último artículo de Félix Rodrigo Mora me ha recordado el siempre popular -aunque en el fondo totalitario y por ende antipopular- tema de las elecciones. Para este autor, con quien coincido tanto en el diagnóstico como en el tratamiento aunque tal vez no en el pronóstico, "es muy probable que Podemos gane las elecciones generales de finales de 2015". ¿Cómo de probable es eso? Es difícil saberlo con seguridad. Las últimas encuestas de intención de voto son entre optimistas y muy optimistas, y que las gane es matemáticamente posible, pero hoy por hoy -a ver qué opino dentro de unos meses- sigo pensando que el PP ganará no solo las generales de 2015 sino puede que también las de 2019, lo que arrojaría un resultado de tres victorias consecutivas hasta 2023 -quemándose por el camino, eso sí-, momento en el cual sería más factible una victoria de Podemos o de un PSOE «regenerado» con un discurso más escorado a la izquierda (estoy pensando por ejemplo en Tapias, Talegón, etc.), partidos que si quieren competir con la derecha tendrán que evolucionar probablemente en la misma o similar dirección que el partido SYRIZA en Grecia.

No obstante, si durante el supuesto segundo mandato del PP, o incluso antes, tuviera lugar otra recesión (o algún otro fenómeno disruptivo más imprevisible como un aumento significativo de infectados por el virus del Ébola) y dicho partido no pudiera negarla como sí tuvo la oportunidad de hacerlo el PSOE previamente a las elecciones de 2008, los plazos podrían verse acortados y la izquierda podría llegar al Palacio de La Moncloa antes de lo esperado, dando al traste con los tradicionales ciclos partitocráticos: desde que existe la «democracia» en España, todos los partidos han gobernado un mínimo de dos veces consecutivas. El declive energético, la contracción de los Estados y la creciente incertidumbre podrían alterar los antiguos patrones políticos hacia mandatos más inestables, así como hacer desaparecer, al menos temporalmente y como ya estamos viendo, el bipartidismo: bajan PP y PSOE y suben Podemos, IU y UPyD, renovando de esa manera un sistema parlamentario que admitirá cualquier cambio «radical» con tal de perpetuarse. A largo plazo tampoco sería descartable que el PP u otro partido de derechas -de la misma manera que una parte de la política ya se estaría escorando hacia nuevas formas de comunismo autoritario en nombre de la gente- se acercara a posiciones neofascistas o lepenistas en nombre de la patria, retomando cien años después un panorama institucional similar al de los años 30. De cualquier modo, y a pesar de mi afición a la especulación, la futurología ni es ni puede ser una ciencia exacta, toda vez que la historia, aun cuando es cierto que se repite, lo hace con variaciones, intervalos y puntos de inflexión difícilmente predecibles.
PD. En cuanto a que "el proyecto y programa de revolución integral, probablemente, logre éxitos y avances notables en los próximos años" (la cursiva es mía), lamento no ser tan optimista. En cualquier caso, para reducir al máximo la posibilidad de que mi pesimismo se convierta en una profecía autocumplida, añado que sería bonito verlo y que, independientemente de lo que ocurra en los siguientes años, el camino a seguir sin duda es ese o parecido a ese. Cada uno y cada una en lo que mejor sabe hacer.

7 de octubre de 2014

El esclavo no quiere serlo solo

Der pantherausbruch (2001) de Walton Ford

Lo ocurrido recientemente en Tordesillas o en Madrid y diariamente en las granjas y mataderos industriales no se debe únicamente a la maldad y a la ignorancia humanas, o a la necesidad de comer carne (suponiendo que sea necesario comerla, y si lo es, hasta qué punto y a qué precio), o a la falta de fuerza de voluntad, o a las estructuras sociales, o al miedo, sino también al deseo de dominación y al odio que prende en nosotros hacia todo lo que es libre o podría serlo. Nuestro desamor es tan generoso, tan entrópico, que no solo le deseamos la esclavitud a otros animales («para que la especie no desaparezca», «por el bien común», etcétera), sino también a nosotros mismos. El esclavo no quiere serlo solo. Se autoodia. Por eso la caza de animales libres para sobrevivir siempre me ha parecido un modo de vida menos innoble que cualquier explotación ganadera.
La civilización, su obra, su locura, le parece un castigo que pretende infligir a aquellos que han permanecido fuera de ella. «Vengan a compartir mis calamidades; solidarícense con mi infierno», es el sentido de su solicitud, es el fondo de su indiscreción y de su celo. Excedido por sus taras y, más aún, por sus «luces», sólo descansa cuando logra imponérselas a los que están felizmente exentos. 
Emil Cioran en La caída en el tiempo, 1964.

3 de octubre de 2014

Pico energético y calentamiento global desbocado

o por qué es probable que lo primero no evite lo segundo
En todos nuestros escenarios, a pesar de que las emisiones de CO2 caen como consecuencia del declive de los combustibles fósiles, las concentraciones se mantienen en niveles peligrosamente alarmantes. Por añadidura, nuestros resultados se pueden considerar optimistas, ya que se ha asumido que la absorción de los sumideros naturales se mantiene constante, aunque es más probable que decrezca debido al calentamiento del planeta.
Íñigo Capellán-Pérez y otros, 2014.

Aunque detuviéramos hoy mismo todas nuestras emisiones, lo cual es imposible, “la realidad es que el dióxido de carbono ya emitido”, en palabras de Rob Hopkins, “continuará elevando la temperatura durante los años venideros (…) hasta por lo menos 0,6 ºC, y esto significa que ya estamos comprometidos a un incremento de 1,4 ºC independientemente de lo que elijamos hacer ahora. El calentamiento que estamos experimentando en estos momentos es el resultado de gases de efecto invernadero emitidos en los años 70”. Es más, tal y como explica Ferran Vilar, si redujéramos voluntaria o involuntariamente la mayor parte de nuestras emisiones en el plazo que sea, provocaríamos paradójicamente una subida añadida de por lo menos 1 ºC debido al “efecto enfriador de los aerosoles del carbón” que hemos estado emitiendo a la atmósfera junto a los gases de efecto invernadero. En definitiva, Mark New y compañía creen que “incluso con una gran voluntad política, las posibilidades de cambiar el sistema energético mundial con la suficiente rapidez para evitar los 2 ºC son escasas”, siendo “mucho más probable” un aumento de al menos 3 o 4 ºC entre este siglo y el siguiente.

No es necesario ser un fatalista filosófico para prever que vamos a seguir emitiendo grandes cantidades de CO2 -unos más que otros- durante al menos varios decenios más, incluso a pesar del cenit venidero del petróleo (entendido "como todos los líquidos del petróleo", como dice Antonio Turiel), del uranio, del gas y del carbón, posiblemente en ese orden. Según Greenpeace, si los catorce proyectos industriales que recogen en su informe de 2013 fueran llevados a cabo, “crecerían en un 20% las emisiones globales de CO2” para el año ~2020 y “nos encaminarían hacia un calentamiento de 5 o 6 ºC”. Su conclusión es que “una suma de CO2 de esa magnitud en los próximos años empujaría al clima más allá del punto de no retorno”. De manera similar, aunque tal vez no tan pesimista con respecto a los efectos que pueda tener sobre el calentamiento global, Jorgen Randers considera que “el uso del carbón se expandirá dramáticamente durante los próximos veinte años”. No obstante, prevé que alcanzaremos el cenit de emisiones totales en ~2030, de modo que para ~2050 estas habrán vuelto a los niveles actuales y continuarán descendiendo. Es decir, con todo y con eso, todavía nos quedaría por delante un mínimo de medio siglo de abundantes emisiones, si bien dentro de poco decrecientes.

En mi opinión, el único acontecimiento mínimamente probable que podría dar al traste con una gran subida de las temperaturas sería un colapso financiero fulminante a escala mundial antes de terminar esta década. Sin embargo, aunque no es descartable la teoría de los picos simultáneos e inmediatos de Gail Tverberg, hoy por hoy lo veo más improbable que probable. De cualquier modo, aun suponiendo que el colapso internacional estuviera a la vuelta de la esquina, ninguna evidencia nos garantiza que no hayamos superado ya el punto de no retorno. Según Kevin Anderson, la probabilidad de superar los 2 ºC (posible antesala de un "calentamiento de 3-4 ºC", en opinión de James Hansen y compañía) seguiría siendo muy alta incluso si redujésemos deliberada o forzadamente las emisiones a un ritmo del “10-20% anual” a partir de ya. El aumento de nuestras emisiones dejaría de ser un problema, ciertamente, pero no el CO2 extra que hemos estado acumulando en el océano durante décadas y cuyo efecto se sentirá durante milenios, así como las emisiones naturales de dióxido de carbono y metano provenientes, por ejemplo, de la fusión del permafrost que seguramente ya hayamos desencadenado sin posibilidad de reversión. Las dudas respecto a esto último ya no están en si ocurrirá o no, sino en cómo de rápido va a ocurrir, en base a lo cual tendremos un calentamiento más gradual o más abrupto

Conclusión

En un escenario de caída súbita de la producción energética y sin apenas retroalimentaciones positivas, cabría alguna posibilidad de que no se alcanzasen en ningún momento las 500 ppmv y por lo tanto el cambio climático podría volverse, tal vez, menos amenazante para las generaciones jóvenes y futuras de lo que se ha supuesto tradicionalmente (esta posibilidad se correspondería grosso modo con el escenario proyectado por Tverberg, quien prevé un pico de la energía y de las emisiones tan pronto como en ~2015, de modo que para ~2030 estas serían inferiores a la mitad de lo que son ahora), pero ese escenario optimista en cuanto al clima, ya de por sí negativo, no me parece ni el más realista ni el más precavido.

Nota: este texto es un fragmento adaptado y actualizado de aquel otro

30 de septiembre de 2014

El peor de los mundos posibles

y sin embargo, el más interesante

El paso de la laguna Estigia (1520) de Joachim Patinir

Incluso si esta época y esta sociedad fueran las peores de toda la historia habida y por haber, yo no querría vivir en otra. ¡La luz es más bella en los momentos más oscuros! A veces fantaseo con la idea de viajar al futuro y visitar el año 2100 o el año 3000. La de cosas que podría contar a mi regreso. Otras veces me gustaría conocer de primera mano esas épocas y lugares que nos enseñan los historiadores y que solo conocemos de manera muy indirecta. ¡Sería la envidia de todas las facultades de historia! Sin embargo, como ya adelanté en otro post, me muero de curiosidad por conocer este momento por encima de cualquier otro, pues vivimos tiempos más que interesantes, y puede que nunca mejor dicho. ¿Y si estuviéramos viviendo el cénit de la civilización más grande y perturbadora que jamás haya existido? ¿Y si después de esto, el ser humano se dirigiera lentamente hacia la extinción, no volviéndose a repetir ningún otro momento parecido en ningún otro lugar del universo? Es la curiosidad que anida en la tragedia y la tragedia de la curiosidad lo que me mueve a escribir estas palabras. Nadie quiere que exista el infierno, pero si tiene que existir, a todos nos gustaría echar un vistazo. Pues bien, ahora estamos viviendo algo así como el equivalente terrenal al infierno bíblico. El propio Lucifer pagaría por ver lo que hemos logrado en su ausencia.
Para reemplazar el infierno tradicional, el hombre ha hallado sustitutos privilegiados gracias a sus dotes técnicas: guerras, mundiales o locales, campos de concentración y prisiones, pasando por la bomba atómica, las armas químicas, el paro masivo, el hambre crónica, la contaminación generalizada, las dictaduras totalitarias, la locura colectiva de masas fanáticas o inteligentemente embrutecidas e idiotizadas, y tantos otros infiernos artificiales creados por nuestras sociedades.
Georges Minois en Historia de los infiernos, 1991.

Dice Alvin Toffler en El shock del futuro que "la proporción de almacenamiento, por el hombre, de conocimientos útiles sobre sí mismo y sobre el universo, fue en aumento desde hace 10.000 años", pero lejos de acercarnos a la tranquilidad celestial, dicho incremento del conocimiento nos condujo a un ajetreo infernal. No obstante, debe de haber algo paradójico o esquizofrénico en todo ello cuando por un lado abominamos de nuestros logros y por el otro nos sentimos fascinados por ellos. Yo quiero vivir como en Walden, añadiendo la menor cantidad posible de entropía a mi alrededor, pero al mismo tiempo me encantaría visitar las bibliotecas de Mega-City One, ávido de nuevos conocimientos. Creo que tiene razón Stephen Hawking en Historia del tiempo cuando dice que "el progreso de la raza humana en la comprensión del universo ha creado un pequeño rincón de orden en un universo cada vez más desordenado" e igualmente, cabe añadir, en una civilización cada vez más desordenada y problemática. Es como si en medio del fatal camino hacia una creciente complejidad autodestructiva tuviéramos la oportunidad, al menos individual, de desentrañar mayores cotas de verdad, como si el aumento del mal fuera acompañado de una mayor posibilidad de revelación y autoconocimiento. Se dice que la ignorancia y la simplicidad dan la felicidad, pero ¿y si la felicidad no fuera lo único que andamos buscando? 

29 de septiembre de 2014

¿Qué documental recomendarías?

En los últimos años he visto no pocos documentales importantes e interesantes (Earthlings, The corporation, La hora 11Seis grados que podrían cambiar el mundo, Home, Océanos, Punto ciego, De la servidumbre moderna, ZeitgeistLa educación prohibida, El imperio de los sinsexo, Stop! Rodando el cambio...), y aunque todos ellos merecen la pena e incluso se podría decir que son casi imprescindibles, si tuviera que elegir solamente uno, en este momento tal vez elegiría What a way to go: life at the end of empire (2007). ¿Y tú?