25 de noviembre de 2008

La liberación humanista

“La sociedad proporciona al individuo un mecanismo gigantesco por medio del cual puede ocultarse a sí mismo su propia libertad.” Peter L. Berger.

El ser humano, tan inteligente es para construir su sociedad como ingenuo para dejarse gobernar por ella. Las instituciones (familia, religión, norma jurídica, etc.) que la forman, levantadas con buena fe, son espadas de doble filo: por un lado canalizan y regulan nuestras acciones como si de cómodas guías se tratasen, pero por otro nos imponen llevar orejeras para que no desviemos la mirada, y sigamos de este modo los canales que se creen más convenientes. Así se mantiene la mentira y el estado actual de las cosas, ya que, por sí mismas, éstas se resisten al cambio.

Llegados a este punto no podemos saber si el autoengaño forma parte de lo innato del hombre o de lo adquirido. Ahora sólo cabe centrarse en lo segundo, una adquisición que con el tiempo se ha hecho casi incuestionable. Arnold Gehlen, filósofo y sociólogo alemán, propuso en su día la teoría de la institución que acabamos de mencionar. Pero no fue el único que trató de comprender el funcionamiento de las estructuras sociales, otros filósofos como Martin Heidegger o Jean-Paul Sartre también lo intentaron. En el caso de Gehlen y Heidegger quizá sea preciso recordar, para una mayor comprensión de sus teorías, la simpatía que ambos tenían hacia el nacional-socialismo. No es de extrañar, por tanto, que tratemos de explicar la cita de Berger del principio a través de estos dos autores. Desafortunadamente, el sentido común no es conditio sine qua non en un filósofo. En el caso de Heidegger, solía utilizar el término das Man o existencia inauténtica, esto es, pensar nuestras acciones de un modo vago y general, siempre en plural, como si así pudiéramos ocultar el hecho de que también nosotros, individualmente, somos sus causantes. A este ponerse límites también lo podemos llamar conducta de mala fe , según Sartre. Pero utilicemos la designación que utilicemos, das Man, mala fe o, simplemente, autoengaño, debemos resaltar ante todo su carácter voluntario. Cuando el soldado mata y, acto seguido, cree que cumplía con su deber no estará haciendo otra cosa que engañarse a sí mismo. Sólo eludiendo nuestra responsabilidad y delegándola al ser humano “en general” es posible mantener a tantos malos actores en el escenario. El experimento de Milgram, por ejemplo (obediencia a la autoridad), es uno de los experimentos que demuestran este hecho.

Ahora bien, como dice en otra ocasión Sartre, el individuo está condenado a la libertad. Y sin embargo, sufriremos la misma impotencia de aquel que trató de quitarnos las vendas de los ojos si concluimos actuar como él. Si así fuera y nos pusiéramos en marcha, estaríamos haciendo uso de ese otro concepto: éxtasis (acto de apartarse o abandonar las rutinas aceptadas de la sociedad)

¿Podremos, pues, prescindir de este insaciable vicio nuestro llamado conformismo?

Bibliografía:
- Introducción a la sociología, Peter L. BERGER, Limusa, México, 2006.
- El animal social, Elliot ARONSON, Alianza Editorial, Madrid, 1975, p. 54.


Actualización: para el experimento de Milgram, recomiendo ver el 2º vídeo que aparece en BioTay.

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