5 de mayo de 2009

La felicidad y el conflicto de las pasiones

Voy a reproducir unos fragmentos -perdonadme la extensión, es todo tan bueno...- de una obra que aprecio muchísimo. Es uno de los libros que, junto con, por ejemplo, conferencias magistrales como la de Benjamin Zander, sacan al Hugo más optimista: me dan un motivo, ¡y qué motivo! El libro es Sociedad humana: ética y política, del filósofo Bertrand Russell:

En diversas épocas ha habido hombres que vieron lo que era bueno, pero que no lograron alterar el patrón del comportamiento humano. Buda, al igual que Cristo, enseñó el amor universal, pero al final los habitantes de India prefirieron a Siva. [...] Hay una tendencia tan fuerte de la naturaleza humana hacia las pasiones más violentas, que los que se oponen a ellas casi siempre incurren en el odio, y todos los sistemas de la moral y de la teología se han inventado para hacer que la gente sienta que la violencia es noble.

[...] En estos capítulos, que tratarán del conflicto de las pasiones organizadas desde que empezó la civilización y de la pérdida de felicidad que ha producido este conflicto, tendremos que considerar por qué los hombres, desde entonces, usaron su inteligencia para hacer un mundo que sólo unos pocos pudieron disfrutar, y que para la mayoría suponía una vida mucho más desgraciada que la de los animales salvajes. Hasta que comprendamos por qué ha ocurrido esto, no podemos esperar descubrir ningún modo de hacer que las doctrinas éticas sean eficaces. Todo lo que en los siguientes capítulos pueda parecer pesimista o capaz de producir el desaliento tiene como único propósito el descubrir formas por las que la humanidad pueda ser inducida a ser feliz. El problema no debería ser insoluble, porque después de todo se apela principalmente al egoísmo. [...] Es la inteligencia, que acepta nuestras pasiones como inalterables, la que ha llevado al mundo a su peligrosa condición actual. Pero nuestras pasiones no son inalterables. Se requiere menos destreza para alterarlas de la que se ha utilizado en la transmutación de elementos. Yo mismo no pudo llegar a creer que la raza humana, que ha demostrado en algunos aspectos una destreza tan extraordinaria, sea en otros tan inalterablemente estúpida como para insistir en su propio tormento y destrucción. [1]

Los hombres han creado belleza; han tenido visiones extrañas que parecían el primer atisbo de un país maravilloso; han sido capaces de amor, de solidaridad con toda la raza humana, de grandes esperanzas para la humanidad en su conjunto. Es cierto que estos han sido logros de hombres excepcionales, y que han tropezado con frecuencia con la hostilidad de toda la comunidad. Pero no hay ninguna razón para que el tipo de hombre que hoy es excepcional no sea normal en los siglos venideros, y si esto ocurriera, el hombre excepcional de este nuevo mundo sería tan superior a Shakespeare como Shakespeare lo es ahora a un hombre corriente. Se ha utilizado tan mal el conocimiento, que nos es difícil
imaginar lo que hace falta para elevar el nivel de lucidez de la población en general hasta el nivel que ahora sólo logran los hombres de genio. Cuando me permito esperar que el mundo saldrá de sus problemas actuales y que algún día aprenderá a entregar la dirección de sus asuntos, no a crueles titiriteros, sino a hombres que posean sabiduría y valor, tengo ante mí una visión luminosa: un mundo donde nadie pase hambre, donde haya pocos enfermos, donde el trabajo sea agradable y no excesivo, donde sea corriente un sentimiento bondadoso, y donde las mentes liberadas del temor creen placeres para los ojos, los oídos y el corazón. No digáis que es imposible. No es imposible. [2]

Me quedo con esta parte:
Hasta que comprendamos por qué ha ocurrido esto, no podemos esperar descubrir ningún modo de hacer que las doctrinas éticas sean eficaces.
Y es que, como más adelante afirma:
Las discusiones más corrientes sobre política y sobre teoría política no toman demasiado en cuenta la psicología. [...] Si la política se tiene que convertir en científica, y si queremos que los acontecimientos no nos sorprendan continuamente, es esencial que nuestro pensamiento político penetre más profundamente en las fuentes de la acción humana. [3]
[1] Bertrand Russell, Sociedad humana: ética y política, Ediciones Cátedra, Madrid, 1984, pp. 163, 164.
[2] Ibid., p. 250.
[3] Ibid., p. 165.

5 comentarios:

Hector1564 dijo...

Pero no hay ninguna razón para que el tipo de hombre que hoy es excepcional no sea normal en los siglos venideros.

¡Buff! No sé yo... precisamente la el estudio de la naturaleza humana desde su dimensión biológica aplicado a la política sirve para poner en entrecomillas este tipo de afirmaciones.

O al menos, considerarlas como actos de fé más que proposiciones científicos.

Mal que le pese a Russell, a mi un Mozart o un Shakespeare me parecen genéticamente "milagrosos" y difícilmente repetibles.

Ahora bien, no así un Russell XDD

Saludos

Hugo dijo...

Tienes razón, en esa afirmación expresa su deseo, ¡ojalá se respaldara en pruebas científicas! jaja.

Yo me conformaría con ser la mitad de un Russell. Bueno, no, creo que no me conformaría. Porque el conocimiento es la droga más adictiva que existe :P

Es muy posible que "Mozarts" solamente puedan haber unos cuantos en toda la historia, pero no quita que el común de los mortales podamos recortarle distancia jaja. Porque "no se necesita ser César para comprender a César", dicen por ahí :D

Un saludo.

Hector1564 dijo...

Ah! bueno para esa idea:
"no se necesita ser César para comprender a César", sí que no hace falta tener fe, afortunadamente.

Saludos ;-)

Tay dijo...

Buenisimos fragmentos!

Hugo dijo...

Sí que lo son, sí :D

Me alegro de que te hayan gustado, un saludo a los dos.