22 de julio de 2009

Sobre la inteligencia ecológica

A veces me pregunto si la política y la economía son compatibles con la ética, es decir, si algún día veremos al político ser el estandarte de la moral. A Russell que esto suceda le parece harto difícil, casi imposible. Ello se debería al "conflicto de las pasiones", que entorpecen tozudamente nuestras más buenas intenciones, por así decirlo.

A eso habría que sumarle, además, el que no podamos ser completamente racionales. Ya lo decía Punset el otro día en BFN: uno se puede tirar toda la vida educando a los demás para que dejen de ser tan irracionales (hasta donde se pueda y hasta donde creamos necesario, claro) y al final de ella apenas haber conseguido un minúsculo y diminuto cambio en sus conductas.

Sin embargo, dejando a un lado el pesimismo, es lógico pensar que todavía no conocemos los límites de nuestro comportamiento. En ningún sitio pone que no podamos seguir mejorando moralmente, o cuando menos que no podamos intentarlo. Dice Leonardo Boff:
En los inicios de los años 70 del siglo pasado, el filósofo noruego, recientemente fallecido, Arne Naess, introdujo una distinción, hoy ampliamente aceptada en los medios ambientalistas, entre ecología superficial y ecología profunda. La superficial sería aquella que separa al ser humano de la naturaleza y lo coloca fuera, y por encima de la misma, presuponiendo que las cosas sólo tienen sentido cuando le son útiles a él. La profunda ve el entrelazamiento ser humano-naturaleza, afirma el valor intrínseco de cada ser, y se da cuenta de que todo está inmerso en un tejido de relaciones, que forma la comunidad de la vida [...].

Apliquemos estas reflexiones al campo de la economía. La economía superficial sería aquella que se centra solamente en ella misma, en los capitales, los mercados, las inversiones, el lucro, en una palabra: en el PIB, sin preocuparse por la dilapidación de la naturaleza, ni la ruptura de la autorregulación de la Tierra, ni la creciente distancia entre ricos y pobres. Eso serían externalidades, factores que no entran en el cálculo económico.
Seguir leyendo: Leonardo Boff, "Economía superficial y economía profunda" (Nº 320).
Adquirir esa "profundidad" no es nada fácil, pero tampoco imposible. Creo que hay dos maneras, la romántica y la práctica. Ambas son necesarias, e incluso la segunda existe gracias a la primera. Pero la cosa se complica, a mi entender, cuando se sobrevalora el alcance de la romántica (es decir, lo que he estado haciendo más arriba citando a Russell y a Boff).

Las letras de Macaco, estos posts, los discursos ecologistas, todas esas pequeñas acciones, conjuntamente, inspiran a muchos (nos indican qué es lo que anda mal y hacia dónde hay que dirigirse). Sin embargo, ¡son todavía más importantes, y más reales, conceptos prácticos como el de riesgo moral, las funciones manifiestas y las funciones latentes de Merton [1], la ley de Weber-Fechner o los DALYs [2]!

Si solamente poniendo Mama Tierra en el coche cuando nos dirigimos al trabajo o leyendo Inteligencia ecológica en nuestro lado favorito del sofá esperamos concienciarnos y, en consecuencia, mejorar relativamente el mundo, más nos vale esperar sentados (nunca mejor dicho) porque antes nos "cargamos" el planeta que darnos cuenta de nuestros más claros errores. Porque la desidia es inherente al ser humano, y seguramente al resto de animales. Queremos una sociedad mejor, un cuerpo más esbelto, una dieta más equilibrada, pero como dice Dan Ariely en su libro Las trampas del deseo, el camino del infierno está lleno de buenas intenciones:
No cabe duda de que tenemos problemas de autocontrol [...] pero cada uno de los problemas que afrontamos cuenta asimismo con potenciales mecanismos de autocontrol [es decir, soluciones]. Si no podemos ahorrar de nuestro salario, podemos aprovechar la posibilidad de que la empresa nos practique deducciones automáticas; si no tenemos suficiente voluntad para hacer regularmente ejercicio solos, podemos buscar tiempo para hacerlo en compañía de nuestros amigos. Son éstas herramientas que nos permiten asumir un compromiso por adelantado, y que pueden ayudarnos a ser la clase de personas que queremos ser.

[...] Suponga que su médico le dice que tiene que controlar su nivel de colesterol. Eso significa ayunar la noche antes del análisis de sangre, conducir hasta el laboratorio a la mañana siguiente sin desayunar, sentarse en una sala de espera tal vez abarrotada durante lo que parecen horas y, por último, que la enfermera venga a buscarle y se lo lleve para clavarle una aguja en el brazo. Frente a esta perspectiva, uno sucumbe de inmediato a la desidia. Pero suponga que el médico le ha cobrado por anticipado un depósito de 100 euros por la prueba, que sólo le devolverá si se presenta puntualmente en la fecha acordada. ¿Sería entonces más probable que se presentara a la prueba?
[3]
Y es que para realmente tomar parte necesitamos un pensar práctico (que tan descuidado tengo al menos yo), incentivos, estímulos, castigos y recompensas (acción-reacción); necesitamos una industria ecológica, ¡la inteligencia ecológica que Daniel Goleman reivindica!, la unión entre el mercado y la ecología, cuyo resultado podríamos llamarlo (y ya se le llama) economía ecológica.Hay que empezar, pues, a promover la creación de empresas como GoodGuide, que, a su vez, motiven a otras empresas para que aprecien aquello que muchos creemos que es lo más valioso. Si el consumidor es informado de cómo de contaminante es el producto que desea comprar (cosa que no se hace), es más que probable que su interés de querer comprar el producto que menos contamine (pues todos tenemos un pequeño Haeckel dentro, al fin y al cabo) acabe dirigiendo el mercado hacia la "sostenibilidad", el nirvana del ecologista. Para entender mejor todo esto os recomiendo el libro Inteligencia ecológica de Daniel Goleman.
[1] El sociólogo Peter L. Berger las define así: "Las primeras son las funciones conscientes y deliberadas de los procesos sociales, las últimas son las inconscientes e involuntarias. [...] Las misiones cristianas en algunas partes del África 'manifiestamente' trataban de convertir a los africanos al cristianismo y 'latentemente' ayudaban a destruir las culturas de las tribus indígenas".
[2] Años de vida sana perdidos debido a las emisiones de partículas tóxicas, riesgos laborales, etc.
[3] Dan Ariely, Las trampas del deseo, Editorial Ares, Barcelona, 2008, pp. 135-137.
Para seguir leyendo:
- Sobre la inteligencia ecológica (II)
- Una ética para escépticos.
- La verdad y sus consecuencias, en Cultura 3.0
- El Consumismo: Algunas Reflexiones, en Todo lo que sea verdad.
- La creación, de Edward Osborne Wilson. Un adelanto:
Hoy en día, la ciencia aporta algunos argumentos a la ética: cuanto más sabemos de la biosfera, tanto más compleja y hermosa nos parece. En este sentido, el conocimiento es como una fuente mágica que jamás se agota.

11 comentarios:

Hector1564 dijo...

Yo el problema ecológico lo entiendo como un problema de contabilización.

Cuando un recurso escasea entonces gracias a nuestro sistema económico tenemos forma de señalizar dicha escasez así como volver más costosa, por tanto desincentivar, su consumición para así preservarlo.

El problema es que para el tema central sobre el que pivota el ecologismo bien entendido, la razón por la que se debe salvaguardar por razones varias nuestro entorno ecológico es la biodiversidad pero aquí viene el problema pues toda existencia, no sólo la nuestra aunque sea a mayor escala, implica una modificación de dicha biodiversidad con sus consecuencias en el entorno mediambiental y es imposible prever cuándo nos hemos excedido, porque no podemos contabilizar, en modificar tal o cual parámetro ecológico (v.gr: hacer disminuir el número de abejas) y luego aún sabíendolo, no sabemos, ya que no hay forma de economizarlo, como volver más costosa su modificación.

En definitiva, que al tema de la ecología no le veo solución pero tampoco creo que sólo una parte tenga razón; nos guste o no, necesitamos para nuestro nivel de vida, para cualquier nivel de vida, violentar a Gaia. Queda la esperanza de que ésta se recomponga más rápido de lo que nosotros la desfiguramos. El que en Chernobyl vuelva a haber vida es el tipo de esperanzadora señal que apuntaría a ello.

Hugo C. dijo...

La definición de desarrollo sostenible que más me gusta es la que entiende el desarrollo ideal como aquel que "satisface las necesidades de las generaciones actuales sin mermar las posibilidades de las
generaciones futuras de satisfacer las suyas". A partir de ahí...

Es un tema complicado, sin duda. Voy a tener que dedicarle muchos más posts para seguir formándome una opinión :D

Gracias por pasarte, saludos.

José Luis Ferreira dijo...

Los economistas somos partidarios de medir todos los beneficios y todos los costes. Cuando tomas la perspectiva de la sociedad, todos significa todos. Sin embargo, en las decisiones individuales (consumidores o empresas) esto no es así. Hay costes externos que uno genera y no paga y que, por tanto, no se tiene en cuenta racionalmente en la decisión individual.

Incluso si informamos de cuánto contamina cada cosa que consumimos, la decisión racional es la de que sean los demás los que paguen esos productos que contaminan menos (y que son más caros). Así que hay que buscar no solo la información sobre quién contamina, sino hacer pagar el coste social (p.e., comprando derechos de emisiones).

Hugo: Gracias por el nuevo vínculo.

Ya veo que no os tomáis las vacaciones demasiado en serio y que seguís al pie del cañón blogosfero.

Hugo C. dijo...

Es interesante lo del comercio de derechos de emisión. De ahora en adelante le voy a dedicar más atención, gracias :D

En cuanto a las vacaciones, yo no me las merezco :P

Facundo Alonso dijo...

Hugo, el tema con el comercio de derechos de admisión es que si una empresa supera el límite y paga por ello comprando créditos, lo que está pagando no es una multa o una penalización, es mas bien un impuesto por sobre producción. Esa empresa sabe bien que a pesar de sufrir este gasto, la venta de sus productos lo valdrán. Hay una cierta impunidad por parte de quien más tiene (cuando en realidad quien mas posee es quien mas posibilidades de invertir en nuevas energias menos contaminantes tendría). No digo que esta herramienta no sea útil, obviamente que no, aunque me gustaría saber si gestiona la misma cantidad de créditos todo el tiempo o, por una cuestión de crecimiento continuo y exponencial de nuevas empresas los créditos disponibles aumenten. Si alguien me desazna se lo agredecería muchísimo!
En tanto y concluyendo, considero esta herramienta un parche, no una solución. A pesar de esto, creo que la inteligencia ecológica es posible y que cada vez mas, las empresas ven esto como un beneficio en lugar de un coste. Sería genial que sólo deje de ser un pequeño aporte para ser una ACTITUD.

saludos!

Saludos

Hugo C. dijo...

Ojalá pudiera desasnarte (no conocía esa palabra jeje). De momento os leo encantado :D

Yo también creo que la "inteligencia ecológica" va a tener cada vez más que decir.

Un placer leeros.

José Luis Ferreira dijo...

Facundo:

El coste de derechos de emisión no es una multa, es un nuevo coste asociado a la actividad productiva. Como todo coste, incurrirá en él aquella empresa a la que el coste le sea rentable (no a la que sea rica). Lo que hacen los derechos de emisiones es reducir las emisiones de la manera menos costosa (más rentable).

Los derechos se suelen asignar por año. Para cada año se decide una cantidad total (puede disminuir, aumentar o mantenerse de año a año).

Cómo se reparten los derechos es otro tema. Para el objetivo de disminuir las emisiones da exactamente igual cómo se repartan, ya que luego se negociarán en el mercado y nunca se tendrán más de los que se repartieron.

Para el objetivo de disminuir las emisiones al menor coste tampoco importa cómo se repartan. Al final acabarán en manos de quien mejor uso les puedan dar.

Para otro objetivos, como el de justicia o igualdad, sí importa cómo se repartan. Posiblemente lo más justo sería que a cada ciudadano nos den nuestra parte y que podamos usarlos o venderlos.

Como el mercado de momento es limitado (sólo afecta a las emisiones por generación de electricidad) se reparte entre las empresas eléctricas. En algunos países el reparto es proporcional a la producción del año anterior (y se regalan), en otros se subastan los derechos (y se cobra lo pujado), en otros se hace otra cosa.

Siesp... dijo...

Gran y extenso post. Para pensar.

No hace mucho mantenía una conversación con una amigo nada ecologista. Su razonamiento es que la ecología es cara, Y lo peor del caso es que es cierto.

Lo que sucede es que el beneficio a corto plazo (doctrina principal del capitalismo puro y duro, y del "aznamiento") en directamente incompatible con la ecología.

El título del post es de por sí revelador: "Sobre la inteligencia ecológica". Comienzas con la didáctica de conceptos y lo difícil que resulta la propia educación. ¿No será que las costumbres adquiridas nos hacen esclavos de nuestras propias pasiones? Veamos. Se me acaban las pilas de mi radio de bolsillo y, como tengo repuesto en casa, las cambio. ¿Qué hago con las agotadas? Yo las acumulo para depositarlas en un contenedor de pilas... ¿es una acción comun a todos o hay quien piensa que por un par de pilas no se va a acabar el mundo?

La economía referida a los costes comerciales va unida a la economía de pensamiento, ¡esto es lo grave!

Cuando una persona no es capaz de vislumbrar que la única vía para perpetuar la especie es mantener "vivo" nuestro entorno, sucumbirá a la economía de pensamiento y, lo que es peor, considerará que la ecología es cara (y con razón) sin apreciar que la idea teórica de "un mundo mejor" pasa por ciertos sacrificios respecto a un sistema comodón que nos ha convertido en consumidores en vez de personas.

Puede que en los años 40 del siglo pasado no se fuera consciente de lo que se nos venía encima, pero hoy disponemos de los elementos suficientes para ir asumiendo la transformación de nuestra economía de pensamiento en actividad cerebral "a tope". Después de todo, nos va la vida en ello.

Salud.

PD.- Te aseguro, Hugo, que me has hecho pensar, y mucho. Jeje. Enhorabuena por el post.

Hugo C. dijo...

Gracias Siesp, hacer pensar a otro no es nada fácil jeje. Lo mismo digo de vuestros comentarios.

Comparto lo de la "economía de pensamiento", me gusta el concepto. "Las trampas del deseo" de Dan Ariely va también por ahí (tenía que haberte regalado ese y no el tocho de Hofstadter jaja) :D

La semana que viene le dedicaré otro post a este tema. No tan elaborado pero... casi :P

José Luis, esclarecedor, como siempre jeje. Si es que me parece que sólo rasco la superficie, leches!

Un saludo a los dos. Hasta otra.

Facundo Alonso dijo...

Hugo, gracias por tus comentarios, yo tambien empiezo a leerlos a todos y cada vez con mas placer.
José Luis, gracias por echar algo de luz sobre el tema, me sacaste un par de dudas.
Y Siesp, muy acertado... resulta que la ecología es cara, pero ya sabemos el precio de la falta de ella. Da pena mirar de reojo la situación por acá y preguntarme, en mi caso...¿Qué puedo esperar de la gente cuando ni siquiera es capaz de dejar de tirar un envoltorio en la vía pública?

Saludos

Hugo C. dijo...

Yo también me hago esa pregunta :D

Soy optimista (cada vez más) a pesar de nuestra impotencia para hacer grandes cambios. En ninguna época ningún hombre o ninguna sociedad ha logrado cambiar tanto el estado de las cosas como para ser claramente visible tal cambio, y eso, lejos de traerme el desasosiego, me consuela. El sabio, a mi juicio, es aquel que se contenta con la ¡posibilidad! del cambio, más que con el cambio mismo; aquel que disfruta con la lucha misma, y no tanto con el resultado de la batalla. Y ya paro de filosofar jaja.

Un saludo, Facundo.