Hace un rato he pensado (¡ay si me pagaran por pensar, aunque fuese por un mal pensar!):
Creo que el hombre tiende por naturaleza al positivismo, a lo científico.
Naturalmente este hombre deberá cuidarse de creer que el positivismo es la "teoría según la cual los únicos conocimientos válidos* son los que se adquieren mediante las ciencias positivas" (
RAE) y de subestimar las humanidades, pero su
descubrimiento positivo [1] de los asuntos cotidianos, tales como el amor o la ética, es ya imparable, afortunadamente. "Des-cubrir" lo escondido, podría también llamársele a esto.
Sin embargo, hay a quien este
descubrimiento le parece más bien una
colonización, y eso le hace ponerse alerta. Ese hombre no niega la importancia de la ciencia, incluso él también la ama, pero cree que "no es aceptable que la cultura de su tiempo haya suprimido por decreto todo aquello que implique complicación del pensamiento, bien por su dificultad o por su inmersión en el mundo del aquí y ahora [...]". Este hombre se estaría rebelando "contra algo así como la pasteurización de la filosofía", y tendría la certeza de que la "
evasión americana de la filosofía, la desconfianza de lo teológico, la negación de la trascendencia y el estancamiento de la teoría política son signos de una esterilidad espiritual que se tapa con el lenitivo de la riqueza, el consumo y los medios." [2]
Lo que los filósofos políticos vienen a decir, en este caso, es que los problemas a los que se enfrenta hoy la ciudadanía requieren también las curas de una retórica olvidada (entendida como el arte del bien decir) y de otras herramientas igual de ignoradas.
Eso es tan cierto como... Lo que debemos hacer es unificar ambas cosmovisiones, impulsar la
unidad del conocimiento. Es decir, ¿por qué no tener ambas, de poderse? Es lo más coherente, lo más prudente, sin duda. Sólo hace falta
voluntad de interdisciplinariedad (¡toma palabro!). Por cierto, una
voluntad que muestran más los hombres de ciencia que los de letras.
Por ejemplo, el filósofo político nos puede indicar qué es lo que anda mal, y el científico por qué anda mal, a qué se debe. O como dice Bunge:
Los filósofos políticos proponen escenarios y sueños allí donde los científicos sociales ofrecen instantáneas de las organizaciones políticas existentes.
En fin, de todo esto me quedo con que el positivismo es también un humanismo, como diría Jesús:
El positivismo sigue siendo, a pesar de las críticas, la opción más razonable que tenemos para comprender la naturaleza del conocimiento, pues, tras varias décadas de discusiones, no contamos aún con ninguna perspectiva que explique mejor que el positivismo cuánto y por qué podemos confiar en los resultados de la investigación científica, en comparación con la confianza que merecen las creencias alcanzadas a través de otros procedimientos.
Si en el fondo todos somos humanistas (como quise decir en aquella
entrada), también somos científicos. ¡Aprovechémoslo!
[*] Aquí cabría preguntarse qué entendemos por "válido".
[1] La semana que viene pondré un ejemplo de esto que digo. Si parece un galimatías, pido perdón :D
[2] Javier Roiz, La recuperación del buen juicio, Editorial Foro Interno, Madrid, 2003, pp. 27-29.