28 de agosto de 2010

La labor del profesor

El mayor servicio que los educadores pueden prestar a los estudiantes es ayudarles a ser más autoconscientes. La única manera de mejorar (...) es desarrollando la capacidad de evaluarnos a nosotros mismos (...) La labor del profesor es enseñar a los alumnos a ver cómo se desarrollan sus mentes igual que ven crecer la musculatura cuando se miran al espejo.

Para ello me he esforzado en encontrar mecanismos para que la gente atienda a las reacciones que provoca. No paraba de ayudar a mis alumnos para que desarrollaran sus propios bucles de retroalimentación. Conseguir que aceptaran de buena gana juicios ajenos ha sido la tarea más ardua a la que me he enfrentado como educador (...) Me entristece que muchos padres y docentes hayan renunciado a conseguirlo. Cuando hablan de fortalecer la autoestima, a menudo recurren a adulaciones vacías en lugar de a esa sinceridad capaz de formar el carácter. He oído a muchísima gente quejarse del declive de nuestro sistema educativo y creo que un factor clave de dicho declive es el exceso de alabanzas y la falta de valoraciones sinceras.

Cuando di el curso «Construir mundos virtuales» en Carnegie Mellon, cada quince días evaluábamos a los compañeros. Se trataba de una clase basada en la colaboración, en la que los estudiantes trabajaban en grupos de cuatro en proyectos de realidad virtual por ordenador. Dependían unos de otros, tal como reflejaban sus notas. Recogíamos las opiniones de los compañeros y las recogíamos en una hoja de cálculo. Al final del semestre cada alumno había trabajado en cinco proyectos con tres compañeros de grupo distintos en cada uno de ellos, por lo que todo el mundo tenía quince puntuaciones. Así disponían de un modo práctico y estadísticamente válido de analizarse. Creaba entonces gráficos de barras multicolores donde un alumno podía consultar una clasificación de medidas sencillas tales como:

1) ¿Sus compañeros opinaban que trabajaba duro? ¿Cuántas horas creían que había dedicado al proyecto?
2) ¿En qué medida había sido creativa su aportación?
3) ¿A sus compañeros les resultaba fácil o difícil trabajar con él? ¿Trabajaba para el equipo?

(...) Los gráficos de barras eran muy específicos. Todos los alumnos sabían en qué situación se encontraban en comparación con los cuarenta y nueve compañeros restantes.
Randy Pausch, La última lección, Random House Mondadori, Barcelona, 2008, pp. 126-128.