Estamos hablando de una ley donde una mayoría que consume carne y leche de explotaciones industriales hace posible la prohibición de corridas porque les resulta inaceptable el sufrimiento de los toros. Pues bien, eso es como si una mayoría de bebedores de ron votase a favor de la ley seca para los bebedores de whisky.
Aparte de que ese argumento es falaz por ser un
tu quoque y no servir como justificación moral de nada, es un argumento del que, de aceptarse, se seguiría una conclusión inaceptable.
Imaginad que alguien hubiese dicho hace unos años lo siguiente:
Estamos hablando de una ley, la nueva ley de protección de los animales aprobada en 2003, donde una mayoría que consume carne y leche de explotaciones industriales hace posible la prohibición del abandono y maltrato de mascotas porque les resulta inaceptable el sufrimiento de los animales de compañía. Pues bien, eso es como si una mayoría de bebedores de ron votase a favor de la ley seca para los bebedores de whisky.
Es decir, si aceptamos el argumento de Homo lupus, el abandono y maltrato de mascotas no debería haberse prohibido, pues quienes lo prohibieron aceptan la explotación industrial de animales y otras prácticas igual de crueles. Así, si la mayoría come hamburguesas y disfruta de los beneficios de la experimentación con animales, yo y los que son como yo, aunque seamos minoría, también deberíamos poder hacer lo que quisiéramos con nuestras mascotas, desde ahogarlas en el río hasta molerlas a palos en el jardín de casa.
Las cosas están así. Tenemos dos opciones para salir de esta incoherencia ético-legal: volver a como estábamos antes de que se promulgara la primera ley contra el maltrato animal (habría que remontarse varios siglos), o seguir hacia adelante, ampliándola.