10 de julio de 2011

El mono desnudo (II)

Las normas básicas de comportamiento establecidas en nuestros primeros tiempos de monos cazadores siguen manifestándose en todos nuestros asuntos, por muy elevados que sean. Si la organización de nuestras actividades terrestres -alimentación, miedo, agresión, sexo, cuidados paternales- se hubiesen producido únicamente por medios culturales, no cabe duda de que actualmente la controlaríamos mejor y podríamos desviarla en uno u otro sentido, adaptándola a las crecientes y extraordinarias exigencias de nuestros avances tecnológicos. Pero no hemos hecho nada de esto. Hemos inclinado reiteradamente la cabeza ante nuestra naturaleza animal y admitido tácitamente la existencia de la bestia compleja que se agita en nuestro interior. Si somos sinceros, tendremos que confesar que se necesitarán millones de años, y el mismo proceso genético de selección natural que la originó, para cambiarla. Mientras tanto, nuestras civilizaciones, increíblemente complicadas, podrán prosperar únicamente si las orientamos de manera que no choquen con nuestras básicas exigencias animales, ni tiendan a suprimirlas.

Desmond Morris, El mono desnudo, Random House Mondadori, Barcelona, 1968, pág. 43.

El reto, en mi opinión, consiste en saber diferenciar lo que son nuestras "básicas exigencias animales" de lo que no lo son. Es muy fácil afirmar que tenemos una naturaleza animal inalterable a corto plazo. Lo difícil es demostrar qué ideas/comportamientos nos acompañarán a lo largo de nuestra vida media de 80 años y qué ideas/comportamientos no lo harán necesariamente.

¡Pobre naturaleza humana! ¡Qué crímenes horribles han sido cometidos en tu nombre! Todo tonto, desde el rey hasta el policía, desde la persona más cabezota hasta el ignorante sin visión de la ciencia, presume hablar con autoridad de la naturaleza humana. Mientras mayor sea el charlatán mental, más definitiva será su insistencia en la iniquidad y debilidad de la naturaleza humana.


El relativismo moral, hasta donde yo sé, es falso. Lo mismo cabe decir de la llamada "tabla rasa". Existe una naturaleza animal básica y universal que ninguna cultura puede cambiar. En la vida de un ser humano, independientemente de la educación que haya recibido, nunca habrá nada más importante que: 1) sus hijos y su pareja, si los tiene; 2) vivir, si no padece un dolor crónico; 3) reproducirse y expandirse por el territorio, si los medios y los recursos finitos de este u otro planeta se lo permiten; 4) convivir con otros animales, preferentemente humanos; 5) su sentido de la moral y la necesidad de compartirlo con los demás; 6) experimentar el goce; 7) disfrutar de la comida, tradicional o vegana; 8) sentirse libre; 9) amar; 10) preguntarse el porqué de las cosas; 11) ...

En principio, todo aquello que no pongamos en esa lista, que es muchísimo, es lo que la cultura y el paso del tiempo pueden cambiar. Por ejemplo, estamos determinados para amar y sentir compasión, pero no para odiar o dominar. El odio o la dominación son la suma de una predisposición genética más el contexto social. Por tanto, pueden evitarse ya que no son una necesidad vital. El amor, en cambio, siempre es necesario, siempre lo buscamos.

Si aceptamos (...) que existe una cosa tal como la «condición humana» (...) que en tanto que es «existencia humana» presenta ciertas características y propensiones, como buscar el goce y la libertad, la ilustración, el saber, el conocimiento, el bienestar físico, psíquico y mental, etc.; si pensamos que todos los seres humanos poseemos un mínimo de sensibilidad y razonabilidad compartida, no nos será excesivamente difícil, o al menos no será imposible, aunque sí trabajoso, diseñar unas líneas, flexibles y un tanto vagas, pero que delimiten los sueños equivocados y equívocos de «relativismo» y tolerancia desenfrenada en materia moral.

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