25 de agosto de 2014

Los 10 mandamientos del anarcoprimitivismo (V)

o por qué el Estado de Israel no es el único problema


No trabajarás para otros

Pone Dios el ejemplo de un siervo esclavo que no tiene poder sobre nada y otro a quien Nosotros hemos provisto de un buen sustento y que reparte de ello secreta y abiertamente. ¿Son iguales?... Y pone Dios el ejemplo de dos hombres, uno de ellos es mudo de nacimiento y no tiene poder sobre nada y es una carga para su amo... ¿Serán iguales él y quien ordena la justicia y está sobre un camino recto? 
Sura 16:75-76, Corán. 

A finales del neolítico, la división social del trabajo no reflexionada colectivamente promovió la estratificación económica y una mayor jerarquía social que la experimentada hasta entonces por las sociedades de jefatura, lo que a su vez impulsó la urbanización, la concentración de capital y la aparición del Estado nacional-religioso como aparato burocrático encargado de organizar la sociedad en clases sociales desiguales y, por esa razón, enfrentadas entre sí. Dicho de otro modo, el Estado, el capitalismo y la propiedad privada nacen grosso modo en la Edad del Bronce, cuando un grupo de personas armadas impide a un grupo más amplio de ellas el acceso autónomo a la tierra –fuente primaria de abastecimiento y libertad- en una determinada región, ya sea por causas ideológicas, demográficas, ecológicas o todas a la vez. Es decir, esas y otras instituciones sociales nacen cuando las personas ya no trabajan solamente con otras personas sino sobre todo para otras personas a cambio de un salario (primero en especie y después en dinero), de ahí en adelante único o principal medio para obtener los bienes y servicios que el Estado y el Capital monopolizan y redistribuyen, en especial para los habitantes cada vez más especializados de las ciudades, que al principio representaban menos del 10% de la población y cinco milenios después representan más del 80% en muchos países, pasando gradualmente de la independencia a la dependencia económica, de la autarquía relativa a la «economía», de la guerra esporádica a la guerra más o menos constante.
Aunque en algunas ocasiones se ha sugerido que el nacimiento de los primeros estados no guarda forzosamente relación con la propiedad de los medios de producción, sobre los que se ejercería más bien un control de tipo abstracto (...), lo cierto es que la base económica de los estados teocráticos sumerios resulta bastante clara y estaba apoyada en buena medida sobre una posesión efectiva de los recursos. Así, mientras que algunas tierras continuaron siendo propiedad de tipo familiar en el seno de las comunidades rurales (aldeas) que ahora eran tributarias de la ciudad, o más bien de sus «grandes organizaciones», palacio y templo, otras pasaron directamente al templo y luego al palacio, que tendían, por otra parte, a aumentar sus posesiones mediante la adquisición y colonización de más tierras.
Carlos G. Wagner, 1993.
Precisamente Eugene Genovese definió el capitalismo -cuya existencia, recordemos, no es posible sin un Estado que lo proteja, al igual que este no es posible sin un comercio que lo alimente- como "el modo de producción caracterizado por la existencia de trabajo asalariado y de una separación de fuerza de trabajo y medios de producción", es decir, la separación de la tierra por un lado (medio de producción indispensable), que generalmente no es nuestra, y lo que hacemos sobre esa tierra por el otro (ej. cerámica, cultivos), cuyo resultado final (ej. vasijas, cosechas) generalmente tampoco es nuestro sino de los sacerdotes, de la realeza y de los comerciantes. Estos últimos ya en tiempos de los sumerios "disfrutaban de mucha más independencia y libertad que los artesanos", al decir de Jeremy Rifkin, basándose en la obra de Wittfogel. De hecho, "aunque se esperaba que estuvieran a las órdenes de la familia real, se les permitía comerciar por su cuenta. Los comerciantes de Sumeria se convirtieron en los primeros empresarios privados de la historia dedicados al comercio a gran escala. Muchos de ellos amasaron grandes fortunas".


El anticapitalismo presente en el movimiento altermundista y en la mayor parte de la izquierda política e intelectual de nuestros días, basado en parte en la obra de no pocos historiadores progresistas, habla de un «capitalismo salvaje» o neoliberalismo cuyo origen se remontaría a los dos últimos siglos de este milenio que acabamos de dejar, de modo que las causas últimas de nuestros males no habría que buscarlas en la Edad Antigua, bastaría con que nos detuviéramos en la Edad Moderna. Sin embargo, decía Goethe que "el que no sepa dar cuenta de al menos tres mil años está condenado a la miopía del día a día", y decía bien. Sin duda el capitalismo se fue haciendo más complejo y fue adquiriendo nuevas formas con el paso del tiempo, especialmente a partir de la Revolución Industrial y del consiguiente consumo masivo de energía mediante la comercialización de los combustibles fósiles, lo cual impulsó más que nunca el éxodo rural, pero todo parece indicar que sus raíces institucionales se remontan hasta la revolución urbana y, en menor medida, hasta la revolución neolítica. No por casualidad el marxismo, en gran medida heredero intelectual de las primeras religiones estatales, considera estos últimos milenios no como una involución social sino como un progreso "en la creciente emancipación del hombre con respecto a la naturaleza y en su creciente control sobre ésta", en palabras del historiador marxista Eric Hobsbawm. La idea de progreso no estaba presente desde el principio, pero sí la idea de dominación o domesticación de la naturaleza, incluido el dominio sobre los humanos y otros animales (esto da para otro «mandamiento»). Más tarde, con la aparición de las religiones monoteístas, la fe en el progreso o en un futuro mejor -en este o en el otro mundo- y la ideología de la dominación tendieron a reforzarse mutuamente hasta nuestros días. De hecho, "para Marx el progreso es algo objetivamente definible, y que al mismo tiempo apunta hacia lo deseable. La fuerza de la creencia marxista en el triunfo del libre desarrollo de todos los hombres depende no del vigor de la esperanza de Marx respecto de éste, sino en la supuesta justeza del análisis según el cual el desarrollo histórico conduce a la humanidad, en efecto, a esa meta". Si la historia va en dirección a lo deseable, si todo marcha más o menos según lo previsto, ¿por qué habríamos de ser tan críticos con ella?

El hombre controlador del universo (1933) de Diego Rivera

Volviendo a lo anterior, dicha separación, alienación o esclavitud salarial siempre impuesta a través de la violencia propietarista y capitalista, activa primero y estructural después, es el primer paso hacia la desigualdad económica, que a su vez es convertida en desigualdad política. Y cuando eso ocurre, como viene sucediendo desde las antiguas guerras mesopotámicas hasta las recientes guerras de Oriente Próximo, la guerra de nuestros amos se convierte también en nuestra guerra, pues casi nadie muerde la mano que le da de comer. Si nuestros «soberanos» deciden invadir Palestina en busca de más tierras, nosotros les seguimos. Si desalojan ciudades enteras, nosotros las repoblamos (hecho que los israelíes celebran con orgullo y los palestinos con pena el 14 y el 15 de mayo respectivamente). Si dicen que el mundo ya no es seguro para nosotros, corremos inseguros a sus pies, con el consiguiente peligro de pasar de víctimas a verdugos. Si crean un nuevo credo nacionalista, lo abrazamos, cómplices en cualquier caso de la violencia contra los palestinos y palestinas. 

¿Qué se puede hacer? Para los judíos, una alternativa realista al Estado israelí sería el kibutz no sionista con vocación de autonomía e integración, tanto en tierras palestinas como no palestinas, puesto que el kibutz actual es muy heterónomo. Según Mario Bunge, los kibutz finalmente “degeneraron en empresas comerciales, sus miembros comercializaban lo producido por trabajadores árabes contratados y dejaron de vivir juntos. Hacia 1990, los kibutz habían abandonado los ideales igualitarios y las normas democráticas de los pioneros para convertirse en compañías capitalistas corrientes”. Sin embargo, como dice Rosenberg, no hay duda de que tiempo atrás fueron uno de los modelos más exitosos “de planificación intencional (…) bajo los principios de igualdad y ayuda mutua”. El retorno a la vida que se hacía en los kibutz dependerá de muchos factores tanto internos como externos, pero creo no equivocarme si digo que ese es el camino a seguir, sin prisa pero sin pausa, no solo como alternativa al Estado de Israel sino como alternativa a todos los Estados, por innumerables que sean los obstáculos y por reducidos que puedan llegar a ser los frutos.
El kibutz aventaja ampliamente a la ciudad en los siguientes aspectos: una inferior preocupación económica personal, superior calidad en la educación de niños y adolescentes, superior disponibilidad de tiempo libre, y superior actividad cultural; estas percepciones las comparten con el mismo juicio hombres y mujeres. (…) En cuanto a las desventajas del kibutz frente a la ciudad, hombres y mujeres coinciden por igual en señalar los campos de la libertad individual, en un menor grado, y el de la privacidad, en un mayor grado, como aquellos donde el kibutz queda en posición más desfavorecida.
 Leonardo Rosenberg, 1990. 


Referencias bibliográficas (libros):
  • Bunge, Mario. 2009. Filosofía política: solidaridad, cooperación y Democracia Integral, Editorial Gedisa, Barcelona, pág. 502.
  • Genovese, Eugene. 1969. Esclavitud y capitalismo, Editorial Ariel, Barcelona, 1971, pág. 35.
  • González Bórnez, Raúl. 2008. Corán (edición comentada), Centro de traducciones del Sagrado Corán. 
  • Rifkin, Jeremy. 2010. La civilización empática: la carrera hacia una conciencia global en un mundo en crisis, Paidós, Barcelona, pág. 193.
  • Rosenberg, Leonardo. 1990. El kibutz: historia, realidad y cambio, Riopiedras Ediciones, Barcelona, págs. 383-401.