4 de septiembre de 2014

El estoicismo como reduccionismo

o en qué no estoy de acuerdo con los estoicos

Diógenes (1860) de J. L. Gérôme

Antes de nada, debo empezar reconociendo que me considero una persona bastante estoica en la práctica, al menos en el sentido más coloquial del término. Además, estoy parcialmente de acuerdo con muchos de sus planteamientos teóricos (por ejemplo con la idea, hecha mía, de que el dolor debe ser visto como aprendizaje y no solamente como algo malo). Es más, creo que un poco de estoicismo, o algo más que un poco, no le vendría nada mal a una sociedad como la nuestra tan pendiente de lo material y tan poco de lo moral. De hecho, como dice Eduardo Gil Bera en Pensamiento estoico (tiene blog, por cierto), "resulta que el cristianismo, el islam, el judaísmo (...), el socialismo, el comunismo, el anarquismo, el vegetarianismo, el naturismo o el parlamentarismo son estoicos de raíz", -ismos, salvo el último, con los que precisamente me siento entre ligeramente identificado (es el caso de los tres primeros) y bastante identificado (es el caso de los cinco siguientes). A propósito del cuadro: Diógenes de Sinope era cínico, no estoico, pero para la finalidad de este post las diferencias entre una corriente y otra son menos importantes que las similitudes. Filósofo al que apodaban «el perro», como es sabido, aunque, a diferencia de los perros, algunos creemos que tal vez se tomara demasiado en serio la vida en su vertiente más racional, en especial la vida moral, apetito humano donde los haya.

Ahora bien, entre el estoicismo y el epicureísmo, entre el ascetismo y el hedonismo, entre el idealismo y el materialismo, entre la trascendencia y la inmanencia, entre el racionalismo y el irracionalismo (el raciovitalismo del, por otra parte, polémico Ortega y Gasset sería un ejemplo intermedio), entre la razón y la pasión, entre el decir y el callar (a veces me pongo taoísta, ¡no lo puedo evitar!), entre la crítica y la autocrítica, entre el clasicismo y el romanticismo, entre el anarquismo más racional y el primitivismo más intuitivo, entre el absolutismo y el relativismo morales, entre lo objetivo y lo subjetivo, entre lo moral y lo amoral, entre el alma y el cuerpo, entre lo apolíneo y lo dionisíaco, entre el pensamiento de Zenón y el de Epicuro, entre el de Sócrates y el de Nietzsche, entre el de Félix Rodrigo y el de Michel Onfray, entre Critilo y Andrenio, ¡incluso entre Blas y Epi!, entre el animal humano y el no humano, entre la inteligencia y la inocencia, entre el conocimiento y la ignorancia, entre lo político y lo apolítico, entre el adulto y el niño, entre el deber y el derecho o entre el heroicismo y el victimismo hay lugares intermedios, no necesariamente en el centro, donde poder refugiarse de los posibles excesos de uno u otro extremo. Concretamente me viene a la memoria un post reciente de María del Prado Esteban -autora de textos muy interesantes, igual que Félix- donde se critica, con razón, el "victimismo neo-racista" y lo que podríamos llamar la cultura de la queja, pero donde se olvida al mismo tiempo, sin compasión (valga el juego de palabras un tanto cruel), el racismo y el clasismo que todavía hoy sufren las clases bajas en general y las personas negras en particular, no solo en Estados Unidos sino en gran parte del globo. Se olvida, en definitiva, el origen emocional e individual de la queja ajena en beneficio de una crítica libertaria fría y distanciada. Necesaria esta última, sin duda, pero por sí sola incompleta.
Otras líneas de fuerza atraviesan la historia de la filosofía. Otros pares dan cuenta de sus objetivos principales y de lo que trata la disciplina. Idealismo, materialismo, sin duda; ideal ascético, ideal hedonista, también; trascendencia, inmanencia, por supuesto; pero, igualmente, el odio de sí y la escritura del yo. Por un lado, los filósofos cuyo relato no da lugar a la confidencia autobiográfica, al detalle tomado de una experiencia personal, al hecho extraído de una aventura personal; por el otro, los que se basan en su vida, enriquecen sus consideraciones y reconocen también extraer de ahí sus lecciones. El heraldo que evita su propia persona para hacer creer que obra como médium inspirado por un pensamiento que viene de otra parte, de más arriba, de más lejos, o caído del cielo; o el egotista que cuenta su vida, que se incluye en la narración y enseña que todo pensamiento proviene de él y, en particular, de su cuerpo.
Michel Onfray, 2006. 

En ese sentido, la mayor crítica que se le puede hacer al estoicismo -obviamente desde un punto de vista, el mío, pretendidamente objetivo aunque, justamente por eso, subjetivo y limitado hasta cierto punto inevitable-, es la seriedad con la que se toma la vida humana, no solo la suya sino por extensión la de los demás. La vida es algo serio, qué duda cabe, ¡pero tampoco para ponerse tan serios! La exigencia y la autoexigencia excesivas, la solemnidad y la sobriedad, la dureza del lenguaje, la relativa combatividad, la infravaloración de lo corporal y de lo animal que hay en nosotros, el excepcionalismo humano, el moralismo o eticismo, el ya mencionado racionalismo, el voluntarismo o creencia en que la voluntad es lo más importante, la ausencia aparente de toda duda en su discurso (para Aristón, el sabio no tiene dudas), la despersonalización de la crítica como ya se ha dicho, "la indiferencia por la dicha y la desdicha en beneficio de las metas trascendentes y magnánimas", como dice Félix, así como la poca empatía por el error y el sufrimiento ajenos son generalmente algunas de las características, negativas a mi juicio, del estoicismo a nivel teórico o escrito (a nivel práctico cada estoico/a es un mundo difícilmente etiquetable y por esa razón no creo que sea conveniente personalizar demasiado la crítica). Huelga decir que todas mis críticas o diferencias son más de grado que de clase. En el fondo, es más lo que nos une que lo que nos separa. Esta entrada, más que una confrontación, pretende ser una revisión, ampliación o superación amistosa de las corrientes filosóficas idealistas precedentes, y donde el verbo «pretender» significa justamente eso, pretenderlo, no necesariamente conseguirlo. Igual que el desorden es más probable que el orden, el error es más probable que el acierto.
Una parte mayoritaria del radicalismo de los últimos 40 años, como idea y como experiencia, es mero epicureísmo lanzado a edificar espacios de supervivencia, desde una ideología de la mediocridad existencial, la cobardía intelectual, la desgana vital y el conformismo político, todo ello adobado, cómo no, con una masa enorme de verborrea y gesticulación encubridoras. Atreverse a desafiar lo existente, no para lograr vivir mejor en sus intersticios sino para destruirlo planeadamente, demanda una grandeza de ánimo que el neo-epicureísmo hoy en boga, aterrado ante la posibilidad de padecer y penar, no puede tener. Una resultante de todo ello, de las más penosas, es la masa de seres ínfimos, de sujetos sin grandeza ni calidad, que se agitan por los ambientes izquierdistas, reivindicativos y alternativos.
Félix Rodrigo Mora, 2008.
¿Dónde quedan en la cosmovisión estoica los que todavía no son o no somos -la inmensa mayoría- tan rectos, tan fuertes, tan seguros de sí mismos, tan coherentes, tan luchadores, tan justos, tan esforzados, tan grandes, tan despiertos? A los hermanos, padres y madres, primos, hijos, amigos de la infancia, vecinos y desconocidos que caminan a nuestro lado pero a otro ritmo, o incluso por caminos diferentes, ¿qué les diremos mientras tanto, cómo nos comportaremos con ellos? ¿Les querremos por lo que son o, más bien, por lo que nos gustaría que fuesen? ¿Debemos guiarles, debemos dejarles a un lado o debemos, sobre todo, acompañarles? ¿Son cosas secundarias la inocencia de la niña, la sabiduría del perro, la irresponsabilidad del amigo, la curiosidad del científico, la compasión, el vicio, la incoherencia, la cobardía, el miedo, la pereza y el aburrimiento, o son parte esencial del ser humano desde que el mono es mono? Y si no son cosas secundarias, ¿por qué casi nunca escribimos sobre ellas, sin alabanzas innecesarias pero integrándolas en nuestra percepción? En este punto le doy la razón a Javier Rodríguez, antiguo compañero de Félix durante la elaboración del boletín Los amigos de Ludd, cuando escribe: “Si ejercemos el escepticismo con que habría que tomarse un discurso tan monolítico y sin fisuras como el de Félix Rodrigo Mora, su desprecio hacia el ser humano realmente existente –diana por excelencia de sus invectivas desde el púlpito- resulta ser aún más endeble de lo que parecía al principio; más aún, es digno de sospecha. (…) La tragedia de nuestra época es que somos estos seres humanos tan falibles; «más pequeños que nosotros mismos», diría Günther Anders. (…) En nuestras circunstancias estas proclamas pueden oírse sin sobresaltos; pero en el futuro, cuando ciertas actitudes –desprecio al débil, soberbia moral, etc.- tengan otro valor y no sean un simple aderezo ideológico para abrir el apetito antes de un cenador vegano, habrá razones para temerlas”.
Los estoicos posteriores a Crisipo introdujeron la mejora decisiva del discurso estoico al establecer, de entrada y sin excepciones, la virtud y, luego, su demostración. De modo que nada podía demostrarse, a no ser que fuera virtuoso. Fuera de la virtud, sólo estaba el desvarío y la perdición. Y ése es el fundamento de todo monoteísmo. (...) La ética era, pues, lo principal. Las virtudes del sabio, que era el más ético, consistían en no tener pasiones, ni necesidades, obedecer al logos y tener conciencia del deber. Es decir, tenía las cualidades que, en el estoicismo actual, tambien se atribuyen un sabio, un juez o un mandatario. (...) Los estoicos de la época imperial no tienen ningún interés en la física ni en la lógica dialéctica; van derechos al problema moral. No quieren ser dueños de las cosas, pretenden ser dueños de sí. Son, pues, pretenciosos. (...) Para Manilio, como para los estoicos de su tiempo, la razón triunfa sobre todas las cosas. (...) De modo que el auténtico y original siglo de la razón no fue el XVIII, sino el siglo de Augusto, el del clasicismo romano.
Eduardo Gil Bera, 2002.
Cuando uno lee a Sócrates a través de Platón, a Zenón y a sus discípulos, a Séneca, a Epicteto a través de Flavio Arriano o a Marco Aurelio, se tiene la impresión de que, al contrario que los novelistas, no les interesaban tanto las personas concretas, con sus defectos y virtudes, como lo que estas podían llegar a ser, es decir, no tanto lo que veían en sus semejantes como lo que no veían, no tanto el mundo sensible o de los sentidos como el mundo inteligible o de las ideas, por usar la célebre expresión de Platón. Sin duda el no limitarse a lo que es y aspirar a lo que debe ser es una actitud no solo necesaria sino hasta cierto punto inevitable, pero también tiene sus inconvenientes si ella nos lleva a reducir la vida entera o principalmente a la búsqueda del bien y de la verdad. Un bien perseguido con demasiado ahínco es fácil que se convierta en un mal relativo, fuente de discordias y lucha de egos disimulados, entre otras cosas porque bienes compatibles entre sí hay muchos y no todo el mundo hace hincapié en los mismos. De hecho, como dice John Gray (por cierto, las citas son todas de Perros de paja, libro que bien merece estar en aquella lista), en el fondo "ser una buena persona es una cuestión de suerte", no solo de voluntad.
Freud enseñó que la amabilidad o la crueldad de cualquier ser humano o su posesión o carencia de la justicia, dependen de los accidentes de la infancia. Todos sabemos que esto es así, pero va en contra de buena parte de lo que afirmamos creer. No podemos renunciar a la pretensión de que la bondad sea algo al alcance de cualquiera. Si lo hiciéramos, tendríamos que admitir que, como la belleza o la inteligencia, la bondad es un regalo de la fortuna. Tendríamos que aceptar que, incluso en aquellas partes de nuestra vida con las que más lo asociamos, el libre albedrío es mera ilusión.
John Gray, 2002.
Opino que el uso vehemente de la razón, del que yo mismo soy partícipe en no pocas ocasiones, no es un buen medio ni tampoco un buen fin en sí mismo, siendo el uso apacible una opción mejor. Soy de los macropesimistas que piensan que por mucho que luchemos por un mundo más consciente y racional, nuestros éxitos siempre serán limitados -es un malentendido bienintencionado pensar que la razón y la sabiduría pueden predominar en la especie humana y guiar al mundo- y que por lo tanto de poco sirve tomarse demasiado en serio la lucha -que no es lo mismo que renunciar a toda acción-, sobre todo si esa seriedad es fuente abundante de roces entre nuestros semejantes aquí y ahora, en nombre de un ideal estoico que apenas se materializará mañana en unos cuantos y en unas cuantas.
Hoy, la mayoría de las personas creen formar parte de una especie capaz de ser dueña de su destino. Es una cuestión de fe, no de ciencia. Nunca hablamos del día en el que las ballenas o los gorilas se convertirán en amos y señores de sus destinos. ¿Por qué, entonces, los seres humanos? (...) Las especies no pueden controlar sus destinos. Las especies no existen. Y los seres humanos no son una excepción. Pero siempre se les olvida cuando hablan del «progreso de la humanidad». Han puesto su fe en una abstracción que nadie se tomaría en serio de no ser porque es herencia de antiguas esperanzas cristianas. Si el descubrimiento de Darwin se hubiera realizado en una cultura taoísta, sintoísta, hindú o animista, se habría convertido, con casi toda probabilidad, en una hebra más del tejido mitológico de cada una de ellas. En todos esos credos, los seres humanos y el resto de animales están emparentados.
John Gray, 2002.
Cierto derrotismo social, si se basa en una lectura veraz de la historia (¡más me vale!), puede ser la fuente de serenidad y de suavidad que muchas y muchos andamos buscando. Es posible que mi crítica le resulte demasiado taoísta u orientalista a algunas personas, o incluso contrarrevolucionaria, pero cada vez estoy más convencido de que el pensamiento racionalista occidental es poco crítico consigo mismo. Uno de los mayores bienes de la civilización es la objetivación del mundo que le rodea a través de las ideas, habilidad que ya teníamos al principio de los tiempos pero que no fue hasta la aparición de la escritura que aquella empezó a volverse más y más útil, hasta el punto de ampliar nuestra conciencia y percepción del mundo hasta cotas increíbles con la ayuda de la tecnología. Ahora bien, la objetivación o racionalización del mundo también trajo consigo graves inconvenientes, entre ellos la alienación respecto a la naturaleza y respecto a nosotros mismos. Paradójicamente, para divulgar y denunciar con rigor ese exceso de objetivación de la cultura occidental nos vemos obligados a usar grandes dosis de aquello mismo que denunciamos (libros, ordenadores, conceptos, etcétera), obligados a correr el riesgo de que el «yo» se vuelva demasiado independiente del ambiente que lo ha creado.
Cuanto menos control material existe sobre los fenómenos de la naturaleza, más relación personal, más conexión emocional se sostiene con el universo en el que se vive. Pero sólo puede sentirse poder sobre lo que se controla, lo que significa que para sentir poder es necesario objetivar aquello sobre lo que se ejerce, abandonar la relación «personal» que se sostenía con ello, pasar de considerarlo una relación entre sujetos a valorarlo como una relación entre un sujeto –el que ejerce el poder- y un objeto -aquel o aquello sobre el que lo ejerce-; es decir, sufrir una perdida en la intensidad emocional de relación con el mundo. 
Almudena Hernando Gonzalo (Sánchez Romero, 2005).
Creo que, en cierto modo y exageraciones aparte, tiene razón John Gray cuando dice que "sólo las personas atormentadas quieren la verdad. El hombre es como los demás animales: quiere comida y éxito y mujeres, no verdad. Sólo cuando la mente, torturada por alguna tensión interior, ha perdido toda esperanza de felicidad, odia su jaula de vida y busca más allá". Para Félix, sin embargo, "la necesidad de verdad (...) es la principal de las necesidades humanas". Para Schopenhauer era el sexo. Entre lo uno y lo otro, hoy por hoy he decidido quedarme con un poco de ambos. Porque parece ser cierto que los seres humanos habitamos entre dos mundos igual de reales, el que vemos cuando abrimos los ojos y el que vemos cuando los cerramos. A veces es necesario cerrar los ojos para ver más allá de lo aparente (leer es una manera de hacerlo), pero otras veces es necesario abrirlos para ver más acá de lo ideal. Lo difícil es saber cuándo hacer lo uno y cuándo lo otro. En mi caso me pregunto, por ejemplo, qué haré la próxima vez que alguien niegue o minimice tajantemente la realidad del cambio climático en una conversación informal. Está claro lo que hubiera hecho antes (¡espero que ya no, o no tanto!): sobre todo intentar convencerle, anteponiendo la verdad del clima a la verdad de la amistad, el raciocinio frente a la persona que tengo enfrente. Endiosado por los memes de la Verdad y de la Objetividad olvidaría que estos han de servir a las relaciones entre las personas y no al revés -como dice el propio Félix, "la crítica debe plasmar la verdad sin atentar contra la hermandad"-, y que si esa persona no quiere conocer una determinada verdad (suponiendo que lo sea) en un momento dado, ¿quién soy yo para darle tanto valor, acaso la Verdad en persona? Generalmente, comunicar la verdad es importante, pero no es lo único importante en la vida, la verdad sea dicha :P
La fe moderna en la verdad es un vestigio de un antiguo credo. Sócrates fundó el pensamiento europeo sobre la creencia de que la verdad nos hace libres. Nunca dudó de que el saber y la vida buena pudiesen ir juntos. Él contagió esa fe a Platón y, luego, consiguientemente, al cristianismo. El resultado es el humanismo moderno. (...) No necesitamos dudar de la realidad de la verdad para rechazar esa fe socrática. Una cosa es el conocimiento humano y otra el bienestar humano. No existe ningún tipo de armonía predeterminada entre ambos. La vida examinada puede no valer la pena. Posiblemente, la fe de Sócrates en la vida examinada era un vestigio de alguna religión arcaica: él «oía y obedecía habitualmente una voz interior que sabía más que él mismo [...] la llamaba, simplemente, "la voz de Dios"». Sócrates era guiado por un daimon, un oráculo interior, cuyos consejos seguía y no ponía nunca en duda, aun cuando le llevaron a su propia muerte.
John Gray, 2002.



Bibliografía consultada, aparte de los enlaces:
  • Gil Bera, Eduardo. 2002. Pensamiento estoico, Edhasa, Barcelona, págs. 21-30.
  • Gray, John. 2002. Perros de paja: reflexiones sobre los humanos y otros animales, Paidós, Barcelona, 2008, págs. 15, 35-38 y 107-108.
  • Onfray, Michel. 2006. La fuerza de existir: manifiesto hedonista, Editorial Anagrama, Barcelona, 2008, pág. 65.
  • Rodríguez Hidalgo, Javier. 2011. La revolución en la crítica de Félix Rodrigo Mora, Ediciones El Salmón, Alicante, págs. 69-71.
  • Sánchez Romero, Margarita (ed.) y otras. 2005. Arqueología y Género, Editorial Universidad de Granada, pág. 95.

4 comentarios:

Camino a Gaia dijo...

Las emociones también son una forma de conocimiento, la que tiene un componente genético mas pronunciado.
Sin embargo, la razón las modula y contextualiza.
Ah! Gracias por incluir a Epi y Blas, entre los pensadores mas influyentes.
Un saludo

Hugo dijo...

¡Epi y Blas forever! :P

Gracias por comentar, Camino. Un abrazo.

Mabel B. Granata dijo...

“ El dolor debe ser visto como aprendizaje y no solamente como algo malo”
¿Qué clase de dolor: ¿físico, psíquico, moral, social…?
(me suena más a Masoquismo que a otra cosa)
Según tengo entendido, todas las filosofías teoréticas – como lo es el estoicismo- o al menos comenzó de esa manera con Zenón de Cileto, cuando los primeros estoicos pensaron en una relación virtuosa del alma con su dios, más que una relación del ser humano con el Estado. De alguna manera, pienso que prepararon el camino para el Cristianismo, ya que no tenía connotaciones políticas.
Pero lo que sucede es que los extremos a veces son perjudiciales, ya que el estoicismo tiene como “estandarte” la completa indiferencia a los placeres y dolores externos y advocan (abogan) por la austeridad de los propios deseos personales.
El ser humano está lleno de intensidades, que bien delimitadas y sin exaltaciones, dan un cariz feliz a la corta vida que vive. Y repito: SIN EXALTACIONES… pero de ahí a anular la felicidad de los placeres y no importarle el dolor físico… me parece un absurdo total. Los del Opus Dei son estoicos y se castigan hasta sangrarse…..
Además el Estoicismo cree en un “destino inexorable” con lo que estoy absolutamente en desacuerdo.
Pero me gusta el lema del Estoicismo :SECUNDUM NATURAM VI VERE (vive con arreglo a la naturaleza) Es una frase de amplitud mental y nada que ver con refrenar deseos o soportar dolor por soportarlo.
Un abrazo Huguito.
Buen artículo... me ha gustado.

Hugo dijo...

Hola, Mabel, me alegra leerte! Como verás, me estoy tomando un pequeño descanso. Después de tres meses de actividad intensa en el blog, la mente, algo saturada, me pide diversificar ;o)

Je, je... cuando escribí eso estaba pensando en el dolor tanto físico como psíquico, pero ahora que mencionas los otros, supongo que todos pueden enseñarnos algo. No son infrecuentes los relatos de personas que después de superar una depresión o después de que les diagnosticaran una enfermedad han visto la vida de otra manera, empezando a valorar cosas que antes apenas valoraban. Es decir, cuando el sufrimiento del tipo que sea es inevitable (que a la larga lo es), cuanto mejor lo encajemos en nuestra cosmovisión tanto mejor nos irá.

Estoy de acuerdo con tu comentario, e insisto, me alegro de verte por aquí. Hoy mismo cuando he abierto el correo estaba pensando en escribirte (suena a trola pero es cierto, je...).

Un abrazo, Mabel. Feliz mitad de semana :P