16 de septiembre de 2014

El mito del conocimiento

o por qué la verdad no nos hará libres

¿Podrá una “explosión” de conocimiento reducir la penuria entre nosotros y hacernos justos, virtuosos y libres? La historia sugiere que Occidente ha aceptado esta optimista apuesta, aunque no sin dudas y aprensiones. Creemos que el libre cultivo y circulación de ideas, opiniones y bienes en toda la sociedad (educación, estudios, investigación científica, comercio, las artes y los medios de comunicación) promoverán a la larga nuestro bienestar; creemos también que podemos contener las convulsiones sociales y políticas a las que estas mismas empresas culturales nos han lanzado. (…) A finales del siglo XX nos enfrentamos a hechos maravillosos, que son también aflicciones, producidas no por el atraso y la ignorancia sino por el avance del conocimiento y sus aplicaciones. (…) La investigación científica, la libertad de palabra, la autonomía del arte y la libertad académica unen sus fuerzas (…) para llevarnos más allá de nuestra capacidad, en tanto que agentes humanos, para controlar nuestro destino. Nuestros mayores bienes nos confunden.
 

Roger Shattuck en Conocimiento prohibido, 1998.

El aumento del conocimiento y de la diversidad intelectual -lo uno lleva a lo otro- en los últimos milenios y especialmente en las últimas décadas es una de las fuerzas que más han contribuido al individualismo y por ende a la separación de los seres humanos en islas conceptuales más o menos incomunicadas entre sí (este blog es una de las muchas pruebas palpables de ello). Desde luego que, a pequeña escala -espacial y temporal-, el azar y el conocimiento bien utilizados pueden hacernos personas más libres, más sabias y más cooperativas, la propia experiencia lo demuestra (un ejemplo de reciente aparición es el llamado Consejo de Génesis Provital, al que le deseo desde aquí mucha suerte), pero me temo que a la «humanidad» no le caerá esa breva. La verdad es una compañera de viaje muy exigente. A menudo ni sus más fieles seguidores, minoría secular, pueden seguir el ritmo que esta les marca, toda vez que las externalidades negativas de los hechos sociales tienden a superar en número a las externalidades positivas (desafortunadamente para nosotros, la entropía, más conocida como «estupidez» en nuestro día a día, no se limita al mundo natural). Divididos en un caos infinito de causas nobles y no tan nobles, de medios y fines, el conjunto de los seres humanos nunca remará en la misma dirección, nunca estará en armonía consigo mismo, del mismo modo que nadie piensa que la elefantidad o la chimpancidad puedan estarlo. Tendemos a creer que la sociedad es similar a un ser humano, un ser capaz de discernir entre lo correcto y lo incorrecto y actuar en consecuencia. Sin embargo, esa creencia es una antropomorfización o personificación de una estructura, la sociedad, ajena a las características que nosotros le atribuimos.
Hoy, la mayoría de las personas creen formar parte de una especie capaz de ser dueña de su destino. Es una cuestión de fe, no de ciencia. Nunca hablamos del día en el que las ballenas o los gorilas se convertirán en amos y señores de sus destinos. ¿Por qué, entonces, los seres humanos? (...) Las especies no pueden controlar sus destinos. Las especies no existen. Y los seres humanos no son una excepción. Pero siempre se les olvida cuando hablan del «progreso de la humanidad». Han puesto su fe en una abstracción que nadie se tomaría en serio de no ser porque es herencia de antiguas esperanzas cristianas. Si el descubrimiento de Darwin se hubiera realizado en una cultura taoísta, sintoísta, hindú o animista, se habría convertido, con casi toda probabilidad, en una hebra más del tejido mitológico de cada una de ellas. En todos esos credos, los seres humanos y el resto de animales están emparentados.
John Gray en Perros de paja, 2002.
Se puede objetar, con Jeremy Rifkin, que nuestro caso es especial, no solo porque tengamos ciertas habilidades y costumbres que otros animales no tienen, o que no han desarrollado tanto, lo cual es cierto, o porque nuestro instinto nos diga que antes salvaríamos a nuestro hijo que a nuestro perro sin saber muy bien por qué, sino sencillamente porque somos especiales más allá de las diferencias concretas, pero ¿dónde hemos de mirar para convencernos de esa supuesta excepcionalidad? ¿En la aparición y en el potencial empático de las redes sociales, como augura Rifkin? Ni siquiera la ganancia de una mayor capacidad empática en el transcurso de los últimos siglos parece estar trayéndonos la "conciencia planetaria" deseada, versión renovada del mito salvacionista. De hecho, nuestro caso es aún más complejo que el de otros animales porque si bien ninguna especie puede estar en conexión consigo misma (fundamentalmente porque las especies no tienen conciencia de sí, solo los individuos la tienen), el imparable progreso cultural ha propiciado que la nuestra lo tenga más difícil si cabe, puesto que a las diferencias biológicas y geográficas hay que sumarle las diferencias socioculturales (por edad, por renta, por clase social, por estudios, etc.). De modo que si estoy en lo cierto, a mayor conocimiento y a mayor crecimiento demográfico, mayor desigualdad y menor control. O he malinterpretado la historia, lo cual no sería la primera vez, o estamos probablemente ante la verdad más incómoda de todas, más aún que la de Al Gore :P