10 de septiembre de 2014

Por qué soy pesimista (II)

Vengo de leer un texto muy interesante de Javier Pérez en el blog de Antonio Turiel y he pensado que puede ser una buena continuación a los posts anteriores Por qué soy pesimista (I) y «Última llamada», un manifiesto reformista. He aquí un fragmento de dicho texto:
Después de repetir, una vez más, que el ahorro de un recurso no disminuye su consumo total, tengo que preguntarme de dónde ha sacado esta gente que las sociedades pueden menguar voluntariamente. Tuve la fortuna de leer un magnífico artículo sobre las sociedades que vivían de otro modo y con menos, pero ni en ese estudio se menciona a ninguna que caminase hacia atrás en su consumo, y menos voluntariamente, por consenso. He leído mucho sobre el colapso de otras sociedades en el pasado, pero no veo precedentes de reducción voluntaria del consumo de ningún recurso. Lo que veo, como mucho, es que un tipo de cada pueblo se iba a una cartuja o se subía a una columna y allí vivía con menos, pero todo lo demás que yo conozco ha pasado siempre por imposición, necesidad imperiosa y distintas variaciones y permutaciones del “trágala”. Cuando una sociedad colapsa, lo hace porque carece de un recurso, y lo hace precisamente porque ni lo ahorró, ni lo pudo ahorrar, ni consiguió evitar su agotamiento.  Y esto es así, insisto, porque lo que unos ahorraban quedaba disponible para otros. Es algo tan conocido como la Tragedia de los Comunes. (…) Seamos sinceros: pensamos en cambiar el mundo, pero ya no le sacamos el tema ni a nuestros amigos. Y a la familia, menos aún. Decimos que son cerriles, cornucopianos, que viven en la ilusión de no sé qué, pero nosotros seguimos convencidos de que el ahorro de algo reduce su consumo y de que la gente se puede convencer, por las buenas, de vivir con menos mientras sus vecinos lo pasan a lo grande. ¿No somos tan cerriles como ellos? ¿No padecemos también nuestra propia cornucopia, de conciencias en lugar de recursos? Ellos creen que el petróleo es infinito y nosotros creemos que la buena voluntad es inagotable. Ellos piensan que la técnica todo lo puede y que ya se inventará algo, y nosotros creemos que la reeducación de la gente todo lo puede, y que ya surgirá una nueva conciencia. ¿De dónde sacamos ese convencimiento?  ¿De dónde demonios sacamos que se va a agotar antes la avaricia que el petróleo? (…) Decreceremos, sin duda, pero cuando no haya más remedio. Consumiremos menos, pero cuando haya menos y sea más difícil de conseguir. Cultivaremos la tierra con el burro o con la azada, pero no antes de que se haya averiado el último tractor o se haya agotado la última gota de combustible. Y si esa última gota es sangre de virgen sildava, ¡que se preparen en Sildavia! Sabemos que no sirve de nada ahorrar. Sabemos que nuestra pretensión de concienciar a la sociedad es como la suya de esperar a que la ciencia encuentre la panacea. Lo sabemos, pero no lo entendemos o lo olvidamos de inmediato para seguir escribiendo manifiestos, digresiones apocalípticas, homeopatías energéticas, ética vestida de ciencia, sermones revestidos de informes, y sacramentos solidarios ungidos de avisos técnicos. En nuestros escritos aparece todo, menos lo que importa: que es indiferente consumir más o menos a nivel local, porque eso no afecta al consumo global. (…) Cada vez que una, cien o mil personas se conciencian del problema ambiental o de la finitud de los recursos naturales, mejora el karma de la Tierra, nacen dos unicornios, y los druidas entonan cánticos de alabanza, pero no disminuye el consumo de energía, ni el de tierras raras, ni la emisión de CO2. No mejora nada a nivel global, ni se ahorra nada, ni se ensucia menos.

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