14 de septiembre de 2014

Por qué soy pesimista (III)


Un buen viajero no tiene planes fijos
ni está empeñado en llegar a parte alguna.
Un buen artista permite 
que su intuición le guíe a donde quiera.
Un buen científico se libra de conceptos
y mantiene su mente abierta a lo que es.
Así, el Maestro es accesible a todos
y no rechaza a nadie.
Emplea todas las situaciones 
y no desperdicia nada.
A esto se le llama encarnar la luz.
¿Qué es un buen hombre sino maestro de un hombre malo?
¿Qué es un mal hombre sino la tarea de un hombre bueno?
Si no comprendes esto, te perderás
por inteligente que seas.
Éste es el gran secreto.

Lao Tsé, Tao Te Ching (Alianza Editorial).


Viendo esta interesante entrevista de Christian Laurut sobre decrecimiento, con la que estoy de acuerdo en casi todo (*), en un determinado momento (a partir del minuto 26 en adelante) me ha venido a la mente la siguiente reflexión, en la misma línea que la anterior: ¿y si cierto pesimismo y cierto determinismo (biológico, social, etc.) fueran, paradójicamente, posturas filosóficas más compatibles con los ideales de libertad, tolerancia y fraternidad que las posturas optimistas e indeterministas al uso, estas últimas más habituales entre los críticos sociales? Me parece una pregunta pertinente porque cuando escucho a Laurut, un autor a mi juicio relativamente liberal y determinista, me siento menos invadido por sus ideas, más libre y menos juzgado moralmente que cuando escucho a otros autores más «comprometidos» con la causa, no necesariamente con la causa del decrecimiento sino con cualquier otra causa social importante. 

Cuando concluyo que cada uno de nosotros está siguiendo su propio camino lo mejor que sabe o lo mejor que puede dadas sus particulares circunstancias espacio-temporales, puedo seguir creyendo en una verdad moral universal, pero al mismo tiempo puedo liberarme de la carga, un tanto mesiánica, antropocéntrica y a la postre frustrante, de necesitar «cambiar el mundo», de creer que mi manera de ver y ser en el planeta algún día podría ser compartida por todos, o cuando menos por mis seres más cercanos. Y una vez llegado a ese estado de conciencia, mi concepción de lo bueno se amplía, puesto que ahora no solamente me sigue pareciendo correcto hacer y defender tal o cual acción, sino también aceptar que la universalización plena y duradera de dicha acción está más allá de mi alcance físico y sociológico. Veo, por tanto, que el arte de vivir no solo es el arte de cambiar a mejor, sino además el arte de aceptar lo peor (que no es lo mismo que justificarlo), de entender a los demás, de ponerse en su lugar aunque al principio me pueda parecer imposible o incluso «inmoral», porque lo primero por sí solo (cambiar a mejor, hacer lo correcto, etc.) puede llevarme a un cierto totalitarismo intelectual, por llamarlo de alguna manera, antesala histórica de todo totalitarismo militar conocido.

Desecha la santidad y la sabiduría, 
y la gente será cien veces más feliz.
Desecha la moralidad y la justicia,
y la gente hará lo correcto.
Desecha la industria y el provecho,
y no habrá ladrones.
Si estas tres cosas son insuficientes,
permanece en el centro del círculo
y deja a las cosas que sigan su curso.
(...) ¿Quieres mejorar el mundo?
No creo que pueda hacerse.
El mundo es sagrado.
No puede mejorarse.
Si lo manoseas, lo arruinas.
Si lo tratas como un objeto, lo pierdes.

Lao Tsé. 


No obstante, esto que digo es un tanto contradictorio, porque del totalitarismo intelectual no escapan ni los más escépticos y relativistas, pues pienso que todo ser humano, especialmente aquel que hace un mayor uso del lenguaje abstracto, tiende a proponer y prescribir a los demás, sutilmente o no, su propia manera de entender el Todo. De modo que si valoramos la libertad de conciencia de los demás (es decir, la acracia del conocimiento moral y no solo la acracia de lo político o económico), pero no le ponemos determinados cortafuegos a nuestro intelecto, corremos el riesgo de trabajar en su contra, de creernos el Todo en persona, cuando en realidad no somos sino una pequeña parte de él, de eso que algunos llaman Gaia, el Tao o la Gran Madre.
(*) La mayor crítica que se me ocurre -por su falta de realismo, en mi opinión- es acerca de su defensa de un capitalismo a pequeña escala y de un Estado reducido "al servicio del individuo", como ya defendieran en su día Herbert Spencer o G. K. Chesterton, dando por cierto el hecho de que tanto el capitalismo como el Estado podrían de algún modo autocontenerse en unas dimensiones adecuadas, lo que vendría a contradecir lo que sabemos por experiencia sobre las jerarquías y las instituciones sociales que se separan de la gente (ayuntamientos, bancos, comisarías, hospitales, escuelas, etc.). ¿Quién vigilaría al vigilante?