23 de octubre de 2014

Contra el natalismo

No tenía pensado publicar nada hasta el sábado, pero un correo muy interesante de Álex ha despertado de nuevo en mí la curiosidad sobre el llamado «envejecimiento de la población». En el correo se incluían estas dos lecturas: "El desafío demográfico en Europa" y "La España terminal".

Mi opinión al respecto, construida algo apresuradamente para la ocasión -¡como buen opinólogo!-, es que la postura tradicional de los medios de comunicación y de las personas en general es básicamente natalista -por lo menos desde el ya clásico «multiplicaos y llenad la tierra» del Génesis- y, además ahora, neoimperialista y cuantitativista -por aquello de recurrir a la inmigración no como un fenómeno de migrantes libres sino como meros números calculados desde la tecnocracia para reducir interesadamente nuestro envejecimiento-, toda vez que la fe en el crecimiento indefinido necesita de una masa creciente de asalariados carentes de tierras. Crece o muere, ese parece ser el lema de toda plaga. A fin de cuentas, ¿qué son nuestros técnicos y nuestros expertos en demografía sino los portavoces de la plaga más «civilizada» que haya visto la Tierra? Personalmente, que España disminuya su población tanto en edad de trabajar como en términos absolutos me parece más positivo que negativo -en esto discrepo de Félix Rodrigo-.

Asimismo, los artículos de antes tienden al edadismo, ya que parecen dar por sentado que los ancianos y las ancianas son prácticamente inservibles por el simple hecho de ser más mayores que la media. Que en algunas provincias españolas el 30% de la población supere los 65 años de edad no me parece ninguna tragedia salvo para el capitalismo -y en caso de serlo, me parecería una tragedia menor comparado con la tragedia de seguir creciendo-. Una sociedad que se quiera ganar dignamente la vida no creo que necesite imperiosamente una mayoría de jóvenes cotizantes y forzudos. De hecho, tanto el envejecimiento como el decrecimiento bien llevados pueden ser ventajosos a largo plazo al producir la disminución total de «mano de obra» o demanda de empleo, aumentando así el poder negociador del asalariado medio y la libertad de quien haya sido capaz de escapar a la esclavitud salarial, como suele ocurrir después de las crisis demográficas.

En cuanto a que algunas zonas en España tengan la misma densidad demográfica que Siberia, no me parece una mala noticia. Más probabilidades tendremos de encontrar espacios algo menos antropizados, una de tantas necesidades humanas olvidadas por milenios de natalismo.

2 comentarios:

Piedra dijo...

Yo estoy a favor de la reducción (natural) de la población, pero hay que entender que el estado (capitalista)no.

Entonces si a la larga sería bueno en cuanto a mas recursos, espacio y como dices más poder repartido entre menos manos de explotados, el estado consciente de todo esto importa mano de obra esclava para privarnos de todos esas posibles ventajas.

Así, en la práctica lo que supone es mayor número de inmigrantes hasta una proporción que deja sin efecto cualquier intento de unión entre explotados y la desaparición de los pocos derechos que estos hubieran conseguido, al ser sustituidos por otros desconocedores de esos derechos y que no están en situación de exigirlos ni de defenderlos y a los que la población autóctona rechaza y tampoco dará su apoyo en ninguna lucha futura. (como sucede en Francia con las protestas de inmigrantes).

Salud!

Hugo dijo...

Pues sí, la cosa está difícil, como se suele decir. Aunque cuanto más difícil, más toca arrimar el hombro, aunque sea de palabra :P

Un saludo y un placer, como siempre!