16 de octubre de 2014

El mito de la concienciación

El poeta tumbado (1915) de Marc Chagall

Como casi siempre, las ideas que transformo en palabras y que después publico en este blog se me ocurren a altas horas de la noche, poco antes de irme a la cama, justo cuando mi mente está más saturada pero también, por esa misma razón, más necesitada de compartir con vosotros mis solitarias horas de lecturas en forma de publicaciones que no por ser desinteresadas dejan de ser al mismo tiempo un tanto narcisistas (el acto de escribir tiene algo de presuntuoso, de endiosamiento transitorio, de malestar; todo escritor/a es un pequeño fanático, un sutil y comedido tirano de las ideas, y el que lo niega lo es aún más). Siempre he envidiado, aunque no hasta el punto de quitarme el sueño, el hábito y la disciplina de quienes se levantan temprano para ponerse a escribir. Por lo pronto, porque consumen menos electricidad. En mi caso, desafortunada y quizá temporalmente, no suelo tener nada interesante que escribir hasta bien entrada la tarde, como si durante el sueño nocturno hiciese borrón y cuenta nueva y me tomase las mañanas libres. Libres de todo razonamiento complicado o «intelectual» para centrarme en tareas más, por así decir, mundanas, y precisamente por eso más necesarias. Creo que el Hugo de por la mañana siempre es un Hugo más optimista y despreocupado, más cándido e iletrado, más corporal y menos mental. Seguro que no soy el único que ha experimentado esta especie de bipolaridad. 

Emil Cioran, predicador de la no predicación, conocido también por pasar largas noches en vela, escribió de buena tinta en el 33 y en el 49 respectivamente que "el sueño hace olvidar el drama de la vida, sus complicaciones, sus obsesiones; cada despertar es un nuevo comienzo y una nueva esperanza. La vida conserva así una agradable discontinuidad, que da la impresión de una regeneración permanente". ¿Cuántos podrían al poco de despertarse plantearse siquiera lo siguiente: "La injusticia gobierna el universo. (...) Cada ser se nutre de la agonía de otro ser; los instantes se precipitan como vampiros sobre la anemia del tiempo; el mundo es un receptáculo de sollozos... En este matadero, cruzarse de brazos o sacar la espada son gestos igualmente vanos"? Pocos, seguramente. Quizá ni el propio Cioran, quien puede que lo escribiera, o cuando menos lo pensara, durante la noche. Al parecer, la falta de luz natural, la artificialidad que reina en la ciudad, la ausencia de las distracciones matutinas, el silencio, el cansancio acumulado de todo el día y una vela para las «noches en vela» crean las condiciones idóneas para que tenga lugar una especie de lucidez de gran valor, aunque no sin riesgos. Estoy pensando por ejemplo en Nietzsche, o en Spengler, o en Mainländer. Atormentados que crearon igualmente una filosofía no menos atormentada. Aunque ya se sabe lo que ocurre con los nuevos mártires, ahora posmodernos: las noches de tormenta bien pueden matar al «iluminado», pero también pueden alumbrar a los demás. Como escribía un joven Cioran en algún lugar de Transilvania, "los paseos solitarios -extraordinariamente fecundos y peligrosos a la vez para la vida interior- deben realizarse sin que nada turbe el aislamiento del ser humano en este mundo, es decir, por la noche, a la hora en que ninguna de las distracciones habituales puede ya interesarnos, cuando nuestra visión del mundo emana de la región más profunda del espíritu". 

En fin, lo que viene a continuación -que es lo que realmente da título al post de hoy y que poco tiene que ver con lo anterior salvo que sucedió de madrugada- es lo que se me ocurrió pensar la otra noche: cambiar el modo de pensamiento está bien, cambiar el modo de comportamiento también, pero si no se trata asimismo de cambiar el modo de asentamiento, la tan deseada y proclamada concienciación sin reestructuración espacial solo puede devenir en una suerte de esquizofrenia moral, de buena conciencia, de espera eterna entre manglares de cemento y vallas publicitarias en solares baldíos. Si lo primero y lo segundo es difícil, lo tercero no lo es menos. ¿El mayor obstáculo? En mi limitada experiencia, la familia, los amigos. El amor, paradójicamente. Tal vez no dependamos de ellos para las dos primeras fases, pero sí para la tercera. Quizá no intelectualmente, pero sí física, económica y emocionalmente. ¿Ecoaldeas, pueblos ocupados, terrenos en el campo, huertos urbanos, cooperativas integrales, micromundos mejores...? Cosa de solteros aventureros o de familias nucleares de nueva creación (o de procreación, como las llaman los antropólogos, es decir, las que se forman cuando nos casamos y nos distanciamos de la familia de origen o de orientación). Las familias extensas y de origen, en cambio, tienden a aferrarse a una inercia difícil de cambiar, de ahí que las alternativas y los experimentos sociales, aun basándose en sólidas razones y anhelos, no sean tan frecuentes como nos gustaría. ¡Ahora bien, no todo es oscuridad en las oquedades del «infierno»! El camino tiene piedras y vamos descalzos, mas hay camino y hay señales, que no es poco.
La degradación irreversible de la vida terrestre debida al desarrollo industrial ha sido denunciada y descrita desde hace más de cincuenta años. Quienes explicaban el proceso, sus efectos acumulativos y los previsibles puntos de no retorno, pensaban que una toma de conciencia le pondría término mediante algún tipo de cambio. Para unos, tenían que ser reformas conducidas activamente por los Estados y sus expertos; para otros se trataba principalmente de una transformación de nuestro modo de vida, cuya naturaleza exacta seguía siendo en general bastante vaga; por último, los había incluso que pensaban, más radicalmente, que era toda la organización social existente la que tenía que ser derribada por una transformación revolucionaria. Fuesen cuales fueren sus desacuerdos en cuanto a los medios que había que emplear, todos compartían la convicción de que un conocimiento de la envergadura del desastre y de sus consecuencias ineluctables conduciría al menos a cierto cuestionamiento del conformismo social, o incluso a la formación de una conciencia crítica radical. En resumidas cuentas, que no sería en vano. Contrariamente al postulado implícito de toda la «crítica de los efectos nocivos» (...) según la cual el deterioro de las condiciones de vida sería un «factor de rebelión», fuerza es constatar que el conocimiento cada vez más preciso de este deterioro se integraba sin fricciones en la sumisión (...).
René Riesel y Jaime Semprún, 2008.

2 comentarios:

alencuentrodequienbusca dijo...

No sabes hasta qué punto a mi me agobia vivir en la ciudad. No es un agobio activo, no es un sinvivir angustioso por verme rodeado de artificialidad. Es una leve neurosis, que se va acentuando con la práctica, que me obliga a ver detrás de cada ladrillo a un obrero trabajando contra voluntad , o una vecindad imposible e incluso una amistad esparcida en barrios. Ahora, hay detrás de todo este pesar, en realidad, esa paradoja de desearse lejos de aquí , esa incomprensión de sentirse más cercano a otra cosa , a pesar de tener las pocas raíces que quedan, aquí. A veces me imagino partiendo, a veces creando ese microcosmos (¿qué opción es más cobarde y cuál valiente?); pero sí: por un lado, me repudia un entorno que imposibilita muchas experiencias, sobre todo humanas, y a la vez, en su negación se va a la basura gran parte de mi historia en estas calles, de mi única y verdadera historia humana. Ahí nace la neurosis que te digo, de forma que la ciudad, sin duda, extiende su iniquidad más allá de su fealdad; como elección, en mi caso siempre será una pérdida, y vivo muy atento a conseguir precisamente que llegue a ser una elección.

Un abrazo

Hugo dijo...

Grandes palabras, sentidas y no menos certeras!

En mi caso, cuando mi perro ya no esté entre nosotros, tengo pensado pasar una temporada fuera de la ciudad, en ecoaldeas, granjas privadas y demás, para coger aire y comparar mejor ambos mundos. Aunque no me engaño mucho al respecto. Mi familia está aquí, mis rodillas ya no son las que eran y mi modus vivendi (mi adicción a los libros, escribir, etc.) son factores a tener en cuenta.

En la medida de mis posibilidades intentaré no descartar ni lo uno ni lo otro. De momento estoy en vías (aún preliminares) de aprender un oficio que me valga tanto para la ciudad como para el campo, que no consista en andar mucho y que me permita no tener jefes. Estoy pensando en panadero :P

Un abrazo y hasta la próxima, Alexei!