16 de diciembre de 2014

El origen del bien y del mal


¿Y si la ética en su forma más básica no la hubiéramos inventado nosotros, ni los animales empáticos que nos preceden, sino que fuera un mecanismo de supervivencia mucho más primitivo, tan antiguo al menos como el Universo? Durante años me he mostrado muy cauto ante la posibilidad de caer en el antropomorfismo, tratando de no atribuir cualidades humanas a seres u objetos que no las tienen, pero ahora creo, a pesar de que aquella cita de Konrad Lorenz ya me puso sobre la pista, que no he tenido la suficiente precaución con su contrario, el antropocentrismo, que consiste en atribuirle a nuestra especie la exclusividad de ciertas cualidades universales. Entre ambos extremos anda el juego, pienso yo. Tal vez nos gusten las estrellas no porque sean bonitas, que también, sino porque al mirarlas intuimos -o recordamos, como diría Platón- que la existencia es como una carrera de relevos que no hemos empezado nosotros. Una carrera hacia la complejidad pero sin meta conocida y sin porqués definitivos. Puede que nuestra moral sea sencillamente una forma menos sencilla de coger el testigo de aquellas estrellas que en su día nos alumbraron. Un testigo que, huelga decir, tampoco lo inventaron ellas. Así, la metafísica y su rama dedicada a la teorización de la conducta moral que tanto le fascina a la cultura occidental sería una propiedad emergente irreductible en sí misma pero hija al mismo tiempo de viejas estructuras y funciones que escapan en gran medida a nuestro poder y conocimiento. Si la biofilia es un producto de la selección natural, entonces la cosmofilia posiblemente también, aunque a otro nivel.

4 comentarios:

Loam dijo...

Cuando, tras larga ausencia, volvemos a nuestro hábitat más íntimo y familiar -eso que llamamos hogar-, nos tranquiliza y complace encontrar en "su lugar" los elementos que nos sirven de referentes para su reconocimiento. (Peter Sloterdijk hace un interesante análisis de ello en su trilogía "Esferas").
La belleza que atribuimos a las estrellas tiene su origen en la tranquilidad que nos brinda contemplarlas "en su sitio". No sólo nos acompañan y guían en nuestro caminar, sino que corroboran con su presencia el orden armónico que nos cobija y sostiene (a pesar de que existen estrellas cuya sola aproximación supondría nuestra fulminante destrucción). Otro tanto sucede con los más peligrosos animales salvajes. A nadie en su sano juicio le gustaría encontrarse frente a frente con un león, un tiburón o una cobra, pero nos tranquiliza saber que existen y que también pueblan la Tierra. Testimonian, al igual que las estrellas o el canturreo de la vecina, la vida en general y la muestra en particular.

Hay una conciencia que no necesita del conocimiento para existir. Es más, dicha conciencia sólo puede darse más allá del conocimiento. Hay cosas que, como la vida misma, experimentamos y sentimos con profunda conciencia precisamente en ausencia del intelecto. Sospecho que los animales no humanos discurren por estos derroteros.

Volveré para continuar comentando tu interesante disquisición (¡el bien y el mal!, es una fuente inagotable). Próxima entrega: el miedo.

Que tengas un día "buenismo", que dicen en Cuenca.

Hugo dijo...

¡Menudo comentario! "Testimonian la vida en general", nunca mejor dicho. Lo que no nos mata (las estrellas, los leones...) nos hace más fuertes.

Estoy de acuerdo también con la diferencia entre conciencia e intelecto (metaconciencia, etc.). No todo en la vida es razonar en abstracto. Y sí, si bien otros animales como los delfines y los chimpancés poseen cierta capacidad intelectual o metapensamiento, parece ser cierto que en un grado menor si lo comparamos con nuestra especie. Lo que aún no sé es si eso es algo bueno, algo malo o un poco de ambos :P

Encantado de que vuelvas a la carga, y más aún si es sobre un tema tan interesante y tan presente en nuestras vidas como el miedo.

Que tengas una buena tarde, como decimos en Alicante... cuando ya es por la tarde :P

Loam dijo...

Nuestro miedo a lo desconocido condiciona nuestra existencia (y por tanto nuestra concepción del bien y el mal) de manera muy singular. El animal huye o se abstiene de adentrarse en territorio dudoso o amenazante, nosotros no. Nosotros nos vemos impelidos a terminar con la amenaza misma, y para ello nos aventuramos a traspasar, uno tras otro, todos los umbrales, reales o imaginarios (de ahí la teoría). Todo límite encierra una amenaza para la especie humana que se bate incansable contra los sucesos (incluido el tiempo). El ser es suceder, la existencia es suceso. La inteligencia forma parte del instinto humano, de su "olfato" que, al igual que el resto de sus sentidos, pretende prolongar artificialmente hasta los confines del cosmos. Pero el umbral se desplaza y la amenaza se agiganta a cada paso que damos. No es el valor lo que nos impele a tal aventura, es el miedo a perecer. De ese miedo han surgido las civilizaciones... (continuará)

Hugo dijo...

El miedo a morir como motor de la historia. Interesante ;o)

Tus reflexiones bien valen un post, o varios.

Un abrazo!