23 de enero de 2015

La tarea del filósofo moral


Los filósofos pueden discutir sin parar sobre qué es la verdad, pero, ¿y si dejaran que la verdad, sea lo que sea, cuidara de sí misma y se concentraran en las maneras en las que distintas creencias sirven a distintos propósitos?
Ramón del Castillo, 2000 (Pragmatismo).

Por fortuna, aun en el tratamiento de fines cabe hacer uso de la racionalidad: un fin, F, aparece como más racional que otro fin, O, cuando F encaja mejor que O dentro de lo que se ha admitido previamente como un dato básico. El dato básico mismo no es sometido a valoración.
José Ferrater Mora y Priscilla Cohn, 1981


Una de las tareas del filósofo moral tal como yo lo concibo -sobra decir que todas las personas son filósofas, aunque unas le dediquen más tiempo que otras- consistiría en elaborar un sistema ético coherente y equilibrado a partir del análisis del mayor número posible de deseos y necesidades humanas expresadas a lo largo del tiempo -ayudándose de la historia-, del espacio -ayudándose de la antropología- y del estrato social -ayudándose de la sociología-, teniendo en cuenta qué deseos son y han sido más valorados universalmente que otros. Para ello, debería mostrar con la mayor claridad posible qué deseos son compatibles con qué otros deseos y cuáles no ("los deseos correctos serán aquellos que sean capaces de ser composibles con tantos deseos diferentes como sea posible", decía Russell), a la espera de que su trabajo le resulte útil a los demás tanto como a sí mismo, si bien el propio Santayana nos prevenía de que “no se debe esperar que lo que, según el propio entender, es bueno y hermoso prevalezca y perdure en el mundo”. Por esa razón, porque la naturaleza es cambio y no nos pertenece, en ningún caso el filósofo o la filósofa debería imponer a los demás ni física ni intelectualmente qué deben desear y qué no -incluida esta prescripción-, pues una sociedad con libertad de pensamiento, allí donde ha podido tener lugar en algún grado, ha demostrado ser mejor que una sociedad sin ella. El moralista juzga, el filósofo explica y el sabio transige, y en todos nosotros hay un poco de los tres.

Veamos algunos ejemplos. Si una persona desea que los coches sean eléctricos y al mismo tiempo sostenibles, debería saber que ambos deseos no se pueden satisfacer a la vez. En consecuencia, tendría que elegir: o automoción o sostenibilidad, o en el mejor de los casos un poquito de ambos en un difícil equilibrio. Lo mismo si desea vivir en una ciudad y al mismo tiempo en una democracia, si desea ser una persona realmente autónoma y a la vez quiere percibir una renta básica o darse de alta como autónomo en el registro mercantil, si desea ser lo más libre posible y también que un ejército profesional le «proteja», si desea que su hermana prescinda de los ansiolíticos y al mismo tiempo que tenga «éxito» en el trabajo, si desea un país competitivo de especialistas eficientes y a la vez desea la no alienación de sus vecinos, si desea una sociedad rica e industrializada y al mismo tiempo igualitaria -como ya advirtiera Illich en los años setenta-, si desea que haya igualdad de oportunidades para los niños y a la vez desea, basándose en argumentos meritocráticos, que sus padres tengan un «poder adquisitivo» diferente, si desea más tecnología y al mismo tiempo más contacto con la naturaleza, o si desea disponer de dinero como medio para conseguir bienes y servicios y al mismo tiempo desea tener relaciones más profundas con los demás.

Por supuesto que, en teoría, siempre es posible elegir opciones intermedias, como por ejemplo una ciudad pequeñita y una democracia no tan directa, o «monedas sociales» y unas relaciones comunitarias algo mercantilizadas, o cierto grado de división del trabajo y una alienación y desigualdad moderadas. Lo que no se puede, en cualquier caso, es esperar lo máximo de ambas cosas. Si uno quiere desplazarse lo más rápido y cómodo posible, no puede esperar un industrialismo verde y amable. Y digo «en teoría» porque dicha elección consciente y colectiva sería lo ideal, sin embargo en la práctica, como sociedad y como individuos que tienen que tomar decisiones a diario en un mar de inercias sociales y mentales, solemos estar en misa y repicando, es decir, pidiendo la Luna y a ser posible también Encélado.

4 comentarios:

zUmO dE pOeSíA (emilia, aitor y cía.) dijo...

Es triste el contraste entre los grandes ideales que en la juventud nos movían (libertad, igualdad, solidaridad, lucha...) y lo prosaico que en la práctica resultará finalmente el día a día político.

La cotidiana felicidad de la gente no vendrá de la mano de grandes ideales revolucionarios, sino del pensamiento práctico y empírico.

Experimentalmente se ha demostrado que los sistemas colectivistas no son eficientes porque la gente perezosa y deshonesta (y siempre la habrá) desincentiva a quienes quieren esforzarse. (¿Para qué trabajar si finalmente todo se repartirá por igual?)

De ahí que lo único eficiente sea la economía de mercado.

Sólo podemos aspirar a una economía de libre iniciativa empresarial donde -eso sí- las necesidades sociales básicas (alimentación, sanidad, educación, vivienda) de los más desfavorecidos estén garantizadas. Es el desiderátum máximo, y eso es a la postre hoy día la socialdemocracia.

Por otro lado, el futuro de la humanidad pasa inexorablemente por una reducción de la población mundial. El derecho a tener hijos tendrá que considerarse un derecho restringido y limitado (como todos los otros derechos, por lo demás), de modo que habrá que fijar un máximo de 1 ó quizá 2 hijos por pareja (no criminalizando tener más, pero sí desincentivando social y tributariamente a las parejas que superen esta cuota reproductiva). Esto no es muy emocionante ni muy romántico, no nos hace tararear himnos alegres y revolucionarios. Pero no hay otra solución.

Y así más cosas. Finalmente el terreno de la futura política será un campo más del empirismo y la practicidad. Nada fascinante, nada emocionante, nada poético.

(Sandra Suárez)

marga dijo...

en general, nos contradecimos mucho entre lo que queremos, lo que puede ser y lo que no puede ser
es que lo queremos todo
abrazos ;)

Jesús P. Zamora Bonilla dijo...

Muy buena entrada, aunque creo que los filósofos morales también pueden hacer otras cosas.

Hugo dijo...

Hola, Sandra! ¿Economía de mercado, socialdemocracia, eficiencia...? ¡Vade retro, Satanás! Je, je, es broma :P

Hay varios puntos que podemos debatir. El primero es de tipo moral: ¿por qué la eficiencia -la búsqueda del mejor medio posible- nos parece tan importante, más que otros valores? El segundo es empírico: ¿No es el Estado socialdemócrata (y el liberal, etc.) el sistema colectivista más complejo de la historia? ¿Acaso puede un Estado no ser colectivista? ¿Es cierto que la economía de mercado es eficiente? ¿Eficiente para qué, en qué sentido, para satisfacer qué necesidades y qué valores? Energéticamente hablando no lo parece (peak oil, peak everything). Laboralmente tampoco (desempleo estructural). Ecológicamente aún menos (Sexta Extinción, peak soil, peak water). Tampoco demográficamente (sobrepoblación). ¿Y psicológicamente (auge de los trastornos mentales, etc)? Sin duda el capitalismo ha sido el sistema económico que mayor riqueza material nos ha proporcionado (el más eficiente conocido para ese fin), pero solo durante un tiempo (el colapso parece próximo en términos históricos) y con tantas desventajas morales y sociales a mi juicio (el borrador de mi libro es una lista provisional de ellas) que difícilmente puede justificarse. Si hay algún ejemplo de colectivismo razonable, adaptativo a largo plazo y relativamente eficiente, yo creo que lo encontraremos mucho antes en las sociedades preindustriales que en las nuestras.

Hola, Marga! Como digo en otro sitio, el ser humano no está hecho para la abundancia, o al menos eso parece. En la riqueza material tiende a acomodarse, como el niño que no quiere comerse una manzana de postre pudiendo comerse unas natillas. Si a menudo somos buenos (responsables, frugales, coherentes, etc.) no es tanto porque queramos sino más bien porque las condiciones materiales nos impiden ser malos.

Hola, Jesús! Je... sí, lo de "la tarea del filósofo moral" ha quedado muy categórico.

Te agradezco la palmadita en la espalda. Viniendo de ti es todo un halago. ¿Recuerdas las discusiones que teníamos sobre el realismo moral, el animalismo y demás? Qué tiempos aquellos! He matizado algunas posiciones morales, pero en general mi concepción de la ética sigue siendo parecida. En mi protolibro trato de fundamentarla (con textos como este), aunque por falta de tiempo y de inteligencia, je... aún no tengo mucho que añadir ;)

¡Saludos para todos! Gracias por pasaros.