28 de febrero de 2015

Contractualismo y capitalismo,

dos caras de la misma moneda

Autorizo y concedo el derecho de autogobernarme a mí mismo, dando esa autoridad a este hombre o a esta asamblea de hombres, con la condición de que tú también le concedas tu propio derecho de igual manera y les des esa autoridad en todas sus acciones.
Thomas Hobbes, Leviatán, 1651.

Valga de momento el título de este post, más estas dos citas, para sugerir la probable relación, en términos de violencia y dominación, entre la teoría ética del contractualismo y el capitalismo moderno. Allí donde va uno, suele ir el otro, tanto en la teoría como en la práctica. Del contrato legal, casi siempre acordado en condiciones de desigualdad y dependencia, se pasa fácilmente al contrato moral, y viceversa. ¿De verdad es creíble el oxímoron del contrato laboral libre? ¿Acaso firmamos aquella hipoteca impagable simplemente porque quisimos? Al parecer, la ética del contractualismo -y de la alfabetización, cabría añadir- no nace de un sano interés por la realidad y la convivencia, sino de la necesidad de una clase social en particular de legitimar intelectualmente y a posteriori un sistema económico y político que se da -y que conviene seguir dándolo- por sentado.  
Si algo enseña la historia, es que no hay mejor manera de justificar relaciones basadas en la violencia, para hacerlas parecer éticas, que darles un nuevo marco en el lenguaje de la deuda, sobre todo porque inmediatamente hace parecer que es la víctima la que ha hecho algo mal. Los mafiosos comprenden perfectamente esto. También los comandantes de los ejércitos invasores. Durante miles de años los violentos han sabido convencer a sus víctimas de que les deben algo. (…) Durante miles de años, la lucha entre ricos y pobres ha tomado en gran parte forma de conflictos entre acreedores y deudores, de discusiones acerca de las ventajas e inconvenientes del pago de intereses, de la servidumbre por deudas, condonaciones, restituciones, recuperaciones, confiscación de ganado, apropiaciones de viñedos y venta de los hijos del deudor como esclavos. Por la misma razón, durante los últimos cinco mil años, y con una regularidad notable, las insurrecciones populares han comenzado de la misma manera: con la destrucción ritual de los registros de deudas (tablillas, papiros, libros, cualquier forma que tomaran en las diferentes épocas y lugares). Tras ello, los rebeldes solían ir a por los registros de posesión de tierras y los cálculos tributarios. (…) Desde este punto de vista, el factor crucial (…) es la capacidad del dinero de convertir la moralidad en un asunto de impersonal aritmética, y al hacerlo, justificar cosas que de otra manera nos parecerían un ultraje o una obscenidad. El factor violencia, que he enfatizado hasta ahora, puede parecer secundario. La diferencia entre una «deuda» y una mera obligación moral no es la presencia o ausencia de hombres armados que puedan ejecutar la obligación confiscando las posesiones del deudor o amenazar con romperle las piernas. Es sencillamente que un acreedor posee los medios para especificar numéricamente y con precisión cuánto se le debe. Sin embargo, cuando uno mira un poco más de cerca, descubre que ambos elementos (la violencia y la cuantificación) están íntimamente ligados. Lo cierto es que es casi imposible hallar uno sin el otro. 
David Graeber, En deuda, 2012.