4 de febrero de 2015

¿Es posible la anarquía?


La historia y la antropología demuestran que sí, al menos hasta cierto punto. En cualquier caso, más que suficiente para empezar a andar. Puede que el ideal ácrata te guste o puede que no, pero después de leer este post espero que no digas que es imposible. ¡Di que no quieres y ya está! :P


Betafo, Madagascar

Los antropólogos son el único grupo de científicos sociales que conocen las sociedades sin Estado que existen en la actualidad; muchos han vivido en zonas del mundo donde los Estados han dejado de funcionar o al menos han desaparecido temporalmente y donde la gente se organiza de forma autónoma. Al menos, son totalmente conscientes de que los lugares comunes típicos sobre qué ocurriría si no hubiera Estado («¡pero si la gente se mataría entre sí!») son objetivamente falsos.
David Graeber, 2011.


Como ya he publicado en otras ocasiones, aunque esta vez con algunas actualizaciones, animo a las personas que a buen seguro están leyendo estas palabras con interés a que vean y estudien ellas mismas, a ser posible con mayor detenimiento y rigurosidad que yo, los siguientes ejemplos históricos de resistencia y resiliencia colectivas, si bien cabe advertir que se trata de comunidades muy heterogéneas entre sí y no exentas la mayoría de las veces de importantes limitaciones morales, estructurales, espaciales y/o temporales. Así mismo, pido disculpas de antemano por cierto sesgo eurocentrista a la hora de seleccionar los ejemplos. A veces tendemos a buscar no donde se nos han caído las llaves sino donde nos llega la luz.

En orden cronológico: las culturas neolíticas posiblemente no patriarcales y relativamente pacíficas de la Vieja Europa, el Jardín de Epicuro, las comunidades protocomunistas de los esenios y las congregaciones de los cristianos primitivos de la Antigüedad, los bagaudas durante la desintegración del Imperio romano, las poblaciones montañesas de los cántabros relativamente matriarcales todavía a principios de la Edad Media, las asambleas deliberativas rurales o conventus publicus vicinorum de la España visigótica, los posteriores concejos abiertos o concilium vecinorum y el campesinado independiente a finales de la Alta Edad Media, las sociedades campesinas en general, las comunas burguesas de la Plena Edad Media, los “pueblos libres” o qura durante la España islámica, las libres asociaciones de mulieres religiosae en general y de las beguinas en particular, los «Hermanos de la vida común», los Hermanos del Libre Espíritu y las comunidades taboritas de la Baja Edad Media, las Bundschuh y la Guerra de los campesinos alemanes a principios del siglo XVI encabezadas entre otros por el teólogo Thomas Müntzer, las propiedades comunales de los municipios castellanos durante la Edad Moderna, los piratas caribeños de los siglos XVII y XVIII como la Cofradía de los Hermanos de la Costa en Isla Tortuga y los seguidores de Bellamy y Barbanegra en Nueva Providencia, así como los pueblos actuales como el de los Saramaka que descienden de antiguos esclavos fugitivos o «cimarrones», las colonias anarcocristianas de los cavadores ingleses o Diggers de mediados del siglo XVII, las comunidades agrarias y religiosas de los antiguos y actuales anabaptistas y las sociedades norteamericanas de los Shakers fundadas a finales del siglo XVIII, las comunas parisinas de los sans-culottes durante la Revolución Francesa, las Harmonist communities y la comunidad owenista de Indiana, el primer proyecto vegano de las Fruitlands fundado por los trascendentalistas Amos Alcott y Charles Lane en el siglo XIX, la Brook Farm Institute of Agriculture and Education formada por profesores y escritores en el suroeste de Boston, las colonias utópicas de los icarianos norteamericanos de la segunda mitad del siglo XIX, la fugaz y violenta Comuna de París de 1871, la brasileña Colônia Cecília formada por inmigrantes italianos a finales de ese mismo siglo y las bandas de cangaceiros desde mediados del XIX hasta el primer tercio del XX, los cantones bakuninistas españoles de finales del XIX finalmente frustrados por los republicanos unitarios, los dujobory o doukhobors rusos –grupo religioso de spiritual christians y de pensamiento tolstoiano- que emigraron y se asentaron por ejemplo en Canadá, la Liberación de Baja California por los magonistas y el Ejército Libertador del Sur de los zapatistas durante la Revolución Mexicana de principios del siglo XX, los sóviets de trabajadores durante la Revolución de Febrero de 1917 y la Rebelión de Kronstadt de 1921, los territorios libres de los majnovistas ucranianos arrasados por los bolcheviques, la Provincia Libre de Shinmin en Manchuria, la comuna libertaria de La Felguera durante la Revolución de Asturias de 1934, las colectividades anarquistas tanto agrarias como urbanas durante la Guerra Civil Española obstaculizadas y reprimidas por el centralismo de comunistas, fascistas y republicanos, los kibutzim israelíes de corte más o menos socialista, los āśram hindúes, las comunas hippies de los sesenta, los pueblos tribales de los amerindios actuales y demás bandas forrajeras, la comuna urbana de Betafo en la isla de Madagascar, los Municipios Autónomos Rebeldes Zapatistas en el Estado de Chiapas, la Federación de Juntas Vecinales de la ciudad boliviana de El Alto tanto en el 2003 como en menor medida en la actualidad, los grupos de autogestión y autodefensa de Michoacán como el de Cherán, las modernas ecoaldeas, las asociaciones de voluntariado como la WWOOF, los repobladores actuales de pueblos abandonados en el norte de España y demás experiencias de repoblación rural en Cataluña, las Cooperativas Integrales como la CIC, el barrio semilibre de Christiania en Dinamarca, la comuna okupa La Esperanza en Gran Canaria, las ZAD o "zonas a defender" en Francia, la región autónoma de Rojava en el norte de Siria y en general las comunidades de transición post-petróleo, donde en el mejor de los casos la cultura de la autonomía, de la autolimitación y de la autosuficiencia pusieron y ponen todavía hoy cierto freno al global deterioro socioecológico.


Conclusión:

La historia sugiere que la probabilidad de éxito, que por regla general es baja, aumenta considerablemente cuando el control de los Estados es débil allí donde nace la resistencia (normalmente en la periferia), cuando el esfuerzo por evitar el enfrentamiento directo con el Estado es alto y/o cuando la revolución tiene una fuerte carga moral o incluso religiosa, lo que facilita una mayor cohesión interna. Los que mejor saben esto son quienes ya están trabajando sobre el terreno. Un caso actual y cercano es el grupo Repoblament Rural y su Manual bàsic de convivència en comunitat.


Textos complementarios:
El antiguo idioma religioso ha sido sustituido por otro secular, lo cual tiende a oscurecer lo que de otro modo sería obvio, pues la verdad pura y simple es que, despojados de su original justificación sobrenatural, el milenarismo revolucionario y el anarquismo místico continúan presentes.
Norman Cohn, 1957.
Entre la mentalidad liberal y la quiliástica existe una notable diferencia en lo que respecta a la «valoración del tiempo». Para la última el elemento tiempo se localiza en el «presente» en la pura «aquendidad». La mentalidad quiliástica no tiene sentido de un proceso de transformación; no conoce ningún camino que conduzca al final utópico. Éste, como en el anarquismo moderno, tiene que darse ahora y de forma revolucionaria. Por el contrario, en la mentalidad liberal, el tiempo se contempla, no como aquendidad, sino como un «proceso», y, por ello, aplaza la realización efectiva de su utopía para un futuro remoto. 
El concepto de interrupción resume la pointe política benjaminiana. Su contenido poco tiene que ver con lo que la izquierda ha entendido por revolución: «Marx dice que las revoluciones son la locomotiva de la historia universal, pero quizá las cosas sean de otro modo, quizá sean las revoluciones el freno de mano de la humanidad que viaja en ese tren». La revolución no tiene, pues, tanto que ver con acelerar la marcha cuando con detenerla. (…) ¿Cuál es la propuesta de Benjamin? Sustituir la noción lineal del tiempo que vacía al presente de capacidad revolucionaria (la sociedad sin clases viene sólo al final) por la idea de que todo presente cuenta con una revolutionäre Chance y que no es otra que la interrupción en el presente de un pasado inédito. Es la interrupción de los tiempos que corren. En otras palabras, «la sociedad sin clases no es el punto final (Endziel) del progreso en la historia sino su lograda interrupción» (…) Hay, pues, una profunda complicidad entre felicidad y tiempo mesiánico, entre el derecho a la felicidad aquí y ahora de todos y cada uno de los hombres y la exigencia de interrupción de los tiempos que corren. 
Reyes Mate, 1993.
En el siglo V la sangre manaba de las venas abiertas de Roma y las manos que en otro tiempo habían gobernado un Imperio ya no podían mantener un control seguro en ningún lugar. (…) Pero la agonía fue un proceso lento, y en medio de la decadencia urbana brotaba una vida nueva, como las semillas de la basura acumulada en un montículo de abono. La nueva visión religiosa que hizo posible esta vida confirió un valor positivo a todas las privaciones y derrotas que habían experimentado los pueblos romanizados: convirtió la enfermedad física en salud espiritual, la presión del hambre en el acto voluntario del ayuno, la pérdida de bienes terrenales en mayores perspectivas de redención celestial. (…) Muchos motivos se han atribuido al triunfo del cristianismo, pero el más evidente de ellos es que la previsión cristiana de un mal radical –pecado, dolor, enfermedad, debilidad y muerte- estaba más cerca de la realidad de esta civilización que se desintegraba que cualquier credo basado en las antiguas imágenes de «vida, prosperidad y salud». (…) En vez de eludir las feas realidades de su tiempo, el cristiano las abrazaba. Al hacer voluntariamente lo que los paganos se empeñaban en evitar, neutralizaba y en cierta medida superaba las fuerzas que lo amenazaban. Visitaba al enfermo, consolaba a la viuda y al huérfano, redimía las ignominias del hambre, la enfermedad y la escualidez al convertirlas en ocasión de compañerismo y amor.
Lewis Mumford, 1961.
En los últimos años del Imperio se produjo (...) una serie de revueltas campesinas tanto contra los grandes propietarios como contra el propio Estado romano, como sucedió en la Galia, en España o en el Norte de África donde tuvo lugar la rebelión de los circumcelliones ligada a corrientes espirituales de signo rigorista en las que las masas populares vieron un soporte mental para combatir al sistema político-social de la época, aliado con la Iglesia jerarquizada, por lo que hay que poner de relieve que los factores de orden religioso jugaron un papel de primer orden en la crisis del mundo antiguo.


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