16 de marzo de 2015

Anarquismo y judaísmo, o casi

La extraterritorialidad del judaísmo se expresa situándose fuera no sólo de la historia sino también del Estado. Eso le viene de su cultura diaspórica. Esa voluntad de situarse al margen de la historia corre el peligro de traducirse en ser marginado de la historia. Los judíos han pagado con frecuencia el precio de la marginación, pero también han conseguido que a veces se los respete, reconociéndoseles un estatus verdaderamente original: en la Antigüedad, por ejemplo, el judío no era ciudadano romano pero tampoco esclavo; en la Edad Media su relación con el poder era de dependencia personal pero no de pertenencia... Con la aparición del Estado-nación la cosa cambia pues este no tolera que nadie se sitúe fuera. ¿Entonces? El judío vivirá dentro de sus fronteras pero el Estado no estará dentro del judío. No hay manera de que el judío interiorice la forma de Estado. (...) Quien mejor lo sabe, explica Rosenzweig, es el Estado, que interpreta esa actitud como un atentado a su propia integridad; tampoco se le escapa al cristianismo que considera esa distancia crítica como una actitud hostil, incapaz de apreciar su singular aportación a la construcción de la historia. Hay que entender bien que el judío, miembro del «pueblo eterno», no toma distancias del poder político porque niegue la legitimidad al poder político -en este caso al Estado- sino por lo que ese poder tiene de absoluto. Y esa pretensión de absoluto es el sello que de hecho ha impreso el cristianismo a lo político. Eso explicaría que la reacción antijudía del Estado se deba a lo que el Estado tiene de cristiano o poscristiano.
Rosenzweig rastrea las huellas cristianas en la figura del Estado siguiendo a Hegel, quien interpreta cristianamente el Estado (...) porque es una figura derivada de la teología de la encarnación. Con la encarnación de Dios en un ser humano lo absoluto entra en la historia. (...) La concreción social de ese acontecimiento es el Estado que, a partir de ese momento, puede presentarse como absoluto frente al individuo y a la comunidad. (...) El estado lleva las huellas del cristianismo. En una sociedad poscristiana, como la nuestra, puede que esos rasgos sólo sean perceptibles secularizadamente, pero siguen conformando nuestra identidad. A quien no escapa el colorido de su procedencia es al judío, que viene de otra cultura, y que dispone precisamente por eso de una capacidad de observación y sorpresa que no tiene el individuo moderno secularizado. (...) Recordemos, en primer lugar, que su cultura diaspórica había convertido el exilio en forma de existencia. Esto contravenía el juicio griego -bien mantenido a lo largo de los siglos- que hacía del apolis un sospechoso, pues ¿no decía Aristóteles que «aquel que no tiene polis de manera natural y no circunstancialmente es o un ser degradado o está más allá de lo humano»? El judío no se siente ligado a la tierra, ni al territorio. Y lejos de entender su situación como una maldición, entiende que es la condición para una ciudadanía universal.
Luego está su enfrentamiento con la historia y el Estado. Dice Levinas que lo que define al judío no es tanto creer en Moisés cuanto saber que puede juzgar la historia. La conciencia individual se enfrenta descaradamente a la tesis hegeliana según la cual la historia es el tribunal de la razón. El judío desdiviniza la historia y el Estado, esto es, el progreso y la política. Rosenzweig anuncia lo que será la crítica de Benjamin sobre este particular. El nervio de estas críticas es la violencia de la que se sirven la historia y el Estado para imponerse a la vida de los pueblos. (...) En este punto la autoconciencia del judío Rosenzweig alcanza tonos provocadores para la conciencia cristiana: «El judío», viene a decir, «es el único pacifista auténtico» porque sabe que las guerras de los pueblos no son guerras santas como las naciones del mundo pretenden de una manera u otra. Sabe que el nacionalismo es un falso mesianismo, porque se ha apoderado del protagonismo del Mesías pero queriendo imponerlo a sangre y fuego.
Reyes Mate, La piedra desechada, 2013 
Editorial Trotta, págs. 75-79.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Y entonces llegó el estado de Israel

Hugo dijo...

Je... sí. Es curiosa la relación, a veces antagónica, entre judaísmo y sionismo, o entre religión y nacionalismo.

Por cierto, el verano pasado le dediqué algunos posts a la cuestión de Israel, con mayor o menor acierto:

http://losmonostambiencuran.blogspot.com.es/search/label/Israel