24 de marzo de 2015

Los peores vaticinios no suelen cumplirse

al menos no en los plazos sugeridos

Es el caso por ejemplo de aquel virólogo que predijo que el Ébola llegaría a matar a 5 millones de personas, especialmente en África, cuando todo parece indicar, al menos por esta vez, que la tendencia se está revirtiendo. Otro ejemplo bastante notorio es el del científico Guy McPherson, quien predice la extinción de nuestra especie para dentro de unos 15 años, aunque todo hay que decirlo: ¡aún no ha terminado el plazo! Está también el caso de Paul R. Ehrlich y sus predicciones del siglo pasado sobre el colapso demográfico, o en general el esperado pico energético, respecto al cual, aun siendo real y negativo, no se han cumplido los escenarios más pesimistas que algunos consideraban probables para principios de esta década, a pesar de que "en términos de energía neta la producción de todos los líquidos del petróleo está en caída desde 2010" (Turiel). Lo que no quita, desde luego, que todavía puedan cumplirse el segundo o el tercer peor escenario posible de la lista. Lo que me recuerda, por otro lado, que del hecho de que Malthus se equivocara tanto en las premisas como en las conclusiones no se deduce necesariamente que estas últimas resulten ser falsas para todo tiempo y lugar. Si se cambian las premisas, no solo aún es pronto para lanzar las campanas al vuelo, sino que una catástrofe algo menor ya ocurrió, de hecho.

De la misma manera que nadie puede asegurar que los peores escenarios no se hagan realidad algún día (cambio climático repentino, pandemias globales altamente mortales, colapso energético abrupto, guerra nuclear, etc.), y la simple posibilidad de que ocurran ya debería ser motivo de precaución y preparación suficientes, más aún si existen indicios razonables, tampoco puede nadie asegurar a partir de cuándo y en qué grado tendrán lugar exactamente, y si alguien se arriesga a dar una fecha o una cantidad, sobre todo a corto plazo y a escala local, tenderá a equivocarse. Moraleja: lo absolutamente peor, lo inesperado, puede ocurrir (el ejemplo: Auschwitz), pero apenas predecir. Por el contrario, lo relativamente peor puede no solo ocurrir sino además predecirse con un alto grado de acierto, como vienen demostrando los expertos en energíaclimatología y sociología.

No hay nada en mi ciencia que me permita pronosticar el futuro minuto a minuto. La ciencia, sin embargo, sí que me permite saber qué no es posible y qué no pasará. De la misma manera que sé que cuando lanzamos una pelota al aire volverá a caer a la tierra, sé por ejemplo que no volverá a haber crecimiento económico sostenido sino una caída escalonada, que cada pequeño repunte aparente del PIB durará poco y vendrá seguido de bajadas más fuertes. Sé, también, que la disponibilidad de recursos será, con altibajos, cada vez menor. Todo eso les es igual a los más cínicos: ellos, en el fondo, quieren que “me equivoque” dando fechas concretas, porque así si al final las cosas no pasan en el momento exacto “predicho”, incluso aunque el desfase temporal sea de unos meses, desacreditar todo lo que digo por aquel erróneo vaticinio. O bien, si mis pronósticos de colapso son “muy” lejanos en el tiempo (“muy” en este contexto puede querer decir unas pocas décadas) no preocuparse porque, total, “yo ya no lo veré”.


Conclusión:

En la práctica, lo más razonable es prepararse para lo peor, o casi, pero en la teoría y en la psique es preferible manejar escenarios de futuro moderadamente pesimistas, por cortesía intelectual... ¡y por salud mental! Una cosa es predecir que el PIB de España nunca superará significativamente el nivel alcanzado en 2008, y otra predecir una caída del 20% para 2020. Una cosa es predecir que habrá más recesiones, incluso peores, afectando de manera desigual dependiendo del país en el que nos encontremos, y otra predecir una crisis final, lineal, global y abrupta a la vuelta de la esquina. Una cosa es predecir un aumento del autoritarismo político en las siguientes décadas, y otra predecir una sociedad orwelliana a escala planetaria para 2084. Una cosa es predecir que el futuro será peor, sin concretar demasiado, y otra predecir una Tercera Guerra Mundial. Lo primero es más fácil de predecir que lo segundo, aunque lo segundo sea perfectamente factible. Entre el pensamiento apocalíptico y el negacionismo está el justo medio del buen pesimista :P  

4 comentarios:

Loam dijo...

Me gustaría saber cual sería el comentario de una víctima del bombardeo de Dresde, o de Hiroshima y Nagasaky, o de los campos de exterminio... Siempre que hemos inventado una monstruosidad, la hemos puesto en práctica. Es cuestión de tiempo.

Salud y jardinería!

Hugo dijo...

Me has recordado a Walter Benjamin. Un autor, por cierto, bastante influyente para mí. ¿Conoces la historia de aquel cuadro de Klee? Dejo el link para el que no la conozca o quiera recordarla:

http://es.wikipedia.org/wiki/Angelus_Novus#Alegor.C3.ADa_del_.C2.AB.C3.81ngel_de_la_historia.C2.BB

Salud y.. ;)

Loam dijo...

He leído a W.Benjamin y he estudiado la obra de Klee, y por supuesto, conozco su "Angelus Novus", sobre el cual Benjamin escribió las famosas reflexiones que mencionas.

Salud... y feliz vuelo! ;)

Hugo dijo...

¡Eres una biblioteca andante! ;o)

Un abrazo, Loam.