6 de abril de 2015

A favor de la tecnología

pero no de la tecnolatría, de la tecnodependencia, del «cuanta más, mejor»

A sabiendas de que Pelletier me llamaría "cura ecologista" por lo que voy a decir, creo que la crítica luddita de Illich resulta bastante convincente, independientemente de cómo creamos que debe controlarse la tecnología y de hasta qué punto sería eso posible: "De instrumento, la herramienta puede convertirse en amo, y después en verdugo del hombre. (...) La herramienta puede crecer en dos formas, sea para aumentar el poder del hombre o para reemplazarlo" (Obras reunidas, 2006). Y la crítica de García Calvo, más concreta y por ello más arriesgada, también me ha parecido acertada:
Si nos fijamos en los cebos del progreso, los chismes de confort, los medios de facilitar la vida y de ayudarnos a gozar de ella, notaremos enseguida una diferencia entre los más antiguos de ellos, tales como el tren, el servicio de correos y telégrafos, la calefacción de agua, telares mecánicos o grúas, y los más recientes, como el automóvil individual, la televisión, el cemento armado, los satélites artificiales: de los primeros puede todavía sentirse, aunque sea dudosamente, que sirven realmente para algo de lo que dicen, para facilitar un poco el vivir, para liberar un poco de penas, trabajos y preocupaciones, para ayudar un poco a gozar de las otras cosas; respecto a los segundos, en cuanto los miramos serenamente y sin tomar por sentimientos nuestros los tópicos de la propaganda, apenas cabe duda alguna de que no sirven para nada de eso, sino más bien para lo contrario: para carga, para aumento y construcción de las dificultades, para alejamiento de los goces.