14 de abril de 2015

El precio de la especialización académica

Todo neófito que entra en la Investigación ve cómo se le impone la mayor renuncia al conocimiento. Se le convence de que la época de Pico della Mirandola pasó hace tres siglos, y de que en adelante es imposible constituir una visión del hombre y del mundo. Se le demuestra que el aumento informacional y la heterogeneidad del saber sobrepasan toda posibilidad de engramación y tratamiento por el cerebro humano. Se le asegura que no hay que deplorarlo, sino felicitarse por ello. Debería, pues, consagrar toda su inteligencia a aumentar este saber-aquí. (…) Especialista a partir de ahora, el investigador ve cómo se le ofrece la posesión exclusiva de un fragmento del puzzle, cuya visión global debe escapar a todos y a cada uno. Y le vemos convertido en un verdadero investigador científico, que obra en función de esta idea motriz: el saber no es producido para ser articulado y pensado, sino para ser capitalizado y utilizado de manera anónima. Las cuestiones fundamentales son rechazadas como cuestiones generales, es decir, vagas, abstractas, no operacionales. La cuestión original que la ciencia arrebató a la religión y a la filosofía para asumirla, la cuestión que justifica su ambición de ciencia: ¿qué es el hombre, qué es el mundo, qué es el hombre en el mundo?, la remite actualmente la ciencia a la filosofía, siempre incompetente en su opinión por el elitismo especulativo, la remite a la religión, siempre ilusoria en su opinión por su mitomanía inveterada. (…) Sólo tolera que, a la edad de retirarse, sus grandes dignatarios adopten cierta altura meditativa. 
Edgar Morin, 1977
El método. 1. La naturaleza de la Naturaleza
Ediciones Cátedra, pág. 25