13 de abril de 2015

El voto como adicción

o el realismo electoral como imposición del pensamiento único

Se dirá que el pueblo protesta, que es raro no escuchar una conversación en la que no se ponga de vuelta y media a los que poseen los medios para mandar, es decir, el dinero, los presupuestos y el Boletín Oficial del Estado. Pero eso no obsta para que la credulidad se imponga. Existe una cierta necesidad de entrar en el círculo cerrado de la mentira que funcionaría como una especie de adicción. Los mismos que dan rienda suelta a su desafección y, es un ejemplo, votan religiosamente a los partidos políticos cuando llega la «sagrada» hora de las urnas. Como diría Étienne de La Boétie, «la servidumbre voluntaria» se ha cumplido una vez más. Claro que, como justificación, bien endeble, de esa manera de actuar se excusan en una vacía idea de responsabilidad, en el miedo a no se sabe qué o en la inercia que, como tradición muerta, mueve, en este caso, más la mano que las neuronas de esos votantes quienes, como en procesión, se aproximan a la cabina electoral «a cumplir con su deber»; expresión socorrida de los que, satisfechos por depositar su voto, se olvidan de todos los males de los que hasta el momento, y como Jeremías, se habían dolido. Una sociedad como la descrita se enfría, se hiela, se desensibiliza, se frustra en los deseos y ni siquiera le queda el recurso de la fantasía.
Javier Sádaba, 2014
Ética erótica, págs. 13-14.