15 de abril de 2015

La democracia como realidad física

y no solo como metafísica 

El último Aranguren entendía "la democracia antes que como una forma política concreta, como la tarea, infinita, de democratización de la sociedad", pero he ahí, en mi opinión, una peligrosa disyunción. En otras palabras: democracia como moral, vale decir, ideal e infinita, evitando así cuestionar radicalmente la actual «democracia» como estructura, esto es, establecida y finita. En el mismo sentido, discípulos como el profesor Muguerza opinan que "lo que habría que hacer" es "sociocivilizar al Estado", es decir, una "progresiva puesta de este último bajo el control de la sociedad de acuerdo con la clásica definición de la «democracia» como «el gobierno del pueblo por el pueblo y para el pueblo»".

De nuevo vemos que la democracia es entendida como meta antes que como herramienta, como reforma antes que como revolución, como perfeccionamiento antes que como replanteamiento, como progreso antes que como interrupción, como símbolo antes que como estructura igualitaria aquí y ahora. En definitiva, como liberalismo político antes que como anarquismo, como idealismo antes que como materialismo. ¿Y cómo llevaríamos a cabo esa progresiva democratización? Nada nuevo bajo el sol: "El Estado democrático y social de Derecho tendría que ser a todos los efectos un Estado constitucional, el texto de cuya Constitución incluya, como es obvio, una Carta de Derechos Fundamentales o algún equivalente de la misma donde se reconozca la vigencia de los «derechos humanos básicos»" (La aventura de la moralidad, Alianza Editorial).

¿Es cierto, como se nos dice, que la democracia puede prosperar desde la jerarquía, la verticalidad, la centralización, la alta división del trabajo, la hiperespecialización, la alta densidad de población, la ciudad, el parlamento, el trabajo asalariado y la concentración de los medios de producción? El problema de convertir la democracia en un asunto más metafísico que material, más de académicos que de vecinos, es su utopización. Ya no se trataría de construir redes democráticas desde cero, desde abajo y hacia los lados, sino de esperar a que haya un consenso de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba en la jerarquía. De cambiarlo todo para que nada cambie.