16 de mayo de 2015

La depresión como virtud

o como señal inconsciente de que nos hemos traicionado a nosotros mismos y como oportunidad de resintonizar, de entrar en sintonía con nuestra verdadera naturaleza mil veces reprimida, es decir, de averiguar qué clase de vida nos corresponde realmente, quiénes somos, qué nos diferencia o nos une al resto y qué es lo que de verdad nos pide el cuerpo ("el cuerpo nunca miente", Miller dixit).


Visto así, la depresión y la ansiedad no serían solamente trastornos tratables en un mundo jerárquico y competitivo incuestionable, mero duelo personal, como alguien que está de baja a la espera de que le den otra oportunidad para volver al mismo engranaje del que ya saliera despedido una vez, sino una heurística social ignorada (una sociedad se puede juzgar por el modo en que asume su parte de responsabilidad en la salud mental de sus miembros), un acto de rebelión que nace del interior, un desenmascaramiento doloroso, una heroicidad escondida bajo un manto de cotidianidad (no es débil quien sufre sino quien hace sufrir), una lógica común perseguida cual herejía (hereje no es el que arde en la hoguera sino el que la enciende, decía Shakespeare), un atisbo de genialidad moral (quien ha conocido el horror puede nombrarlo mejor), una herida de guerra que se lleva con nobleza (alma herible es alma sensible), una posibilidad de transición donde antes solo había disociación, una mirada demasiado perspicaz para un mundo demasiado pertinaz, una ventaja fugaz (hay cosas que solo se aprenden a ras del suelo), un subirse a hombros de gigantes tristes (si he logrado ver más lejos ha sido porque... decía Newton), etcétera.

Si nos negamos, si dudamos o nos escondemos de nosotros mismos, si exageramos, disimulamos o hacemos cualquier cosa salvo aceptar nuestras capacidades, nos convertimos en medio hombres, en unos cínicos sofisticados y esclavos del tiempo. Esos medio hombres abundan en esta sociedad, pues es una sociedad incapaz de reconocer o utilizar las capacidades de la gran mayoría de sus ciudadanos.
John Berger, 1958
Un pintor de hoy


No hay cura sin enfermedad, no hay comedia sin tragedia, no hay filosofía sin traumas infantiles -que se lo pregunten a Schiller-, no hay literatura sin algo de locura -que se lo digan al de La conjura...-, no hay anhelo de bondad sin caminar perdidos entre los escombros -solamente nos salvarán las lágrimas, decía León Felipe-. Nadie está más cerca de los cielos que quien se ha arrastrado por los infiernos, nadie ama más a los vivos que quien se acuerda de los caídos (recordándolos, es decir, volviéndolos a pasar por el corazón). ¡Que hablen pues los pobres, los enfermos, los débiles, los demasiados -como diría con desprecio Nietzsche-, los desafortunados, los desahuciados, los exiliados, los desheredados, los frustrados, los fracasados, los estresados, los maltratados, los abusados, los olvidados, los inadaptados, los enjaulados, los suicidados, los extinguidos, los sometidos, los confundidos, los deprimidos, los reprimidos, los compungidos, los doloridos, los pesimistas... y que callen por un instante los optimistas!

O algo así :P

2 comentarios:

Aitor Suárez dijo...

Me lo imprimo y guardo en mi carpeta de los textos imprescindibles.

Hugo dijo...

Bonito comentario para empezar bien el día ;)

Mi catarro primaveral y yo te damos las gracias, Aitor. Las temperaturas suben y bajan a su antojo (como debe ser), y esta vez me han pillado a contrapié :P