29 de junio de 2015

El mito liberal de la movilidad social

o por qué el sueño americano no solo es injusto sino tramposo

¿Quiénes inventaron eso de la igualdad? Los idiotas y los vagos. Nadie es capaz de detener a la gente con talento. Unas buenas espaldas, las cuatro reglas de la aritmética y unos cuantos años de empeño bastan para alcanzar lo que se desee. ¿Por qué andan refunfuñando esos desempleados? Tienen manzanas y tienen esperanzas. Nueve de ellos morirá, pero el décimo será un Rockefeller. Presten atención a cualquier película de la Paramount: animosos empleados se convierten en millonarios, las costureras se casan con elegantes lords, cualquier vagabundo se encuentra con un lingote de oro. 
Ilya Ehrenburg, 1966
La fábrica de sueños


No es necesario ser matemático para darse cuenta de que uno, dos o tres camareros pueden, sin lugar a dudas, convertirse en los empresarios hosteleros más ricos de su ciudad, pero que pasado cierto límite fácilmente sobrepasable, las puertas de la movilidad social se cierran automáticamente para el 99% de los camareros y camareras que también quieran y se "merezcan" ascender en la escala social. Es cuestión de matemáticas, de física, de lógica.

Que personas como Amancio Ortega solo existan unas pocas en España no es porque la mayoría sean vagas, conformistas y/o envidiosas, como insinúan los Marhuendas de este mundo, sino porque aun cuando fueran tan listas y competitivas como Amancio -lo cual no sería una virtud-, en el sistema capitalista (o mejor dicho, proletarista*) sencillamente no es posible que haya más empresarios que trabajadores, de la misma manera que no es posible que en las plantaciones de algodón haya más amos que esclavos, o que en la sabana haya más depredadores que presas. Todo lo contrario, en realidad. En toda cadena trófica que se precie, ya sea natural o cultural, los de abajo sobrepasan con creces a los de arriba. Si todos o una mayoría cobráramos el premio gordo de la movilidad social, es decir, si todos nos convirtiéramos en Amancio, o si todos, más modestamente, fuéramos los únicos propietarios del restaurante en el que hasta ahora trabajábamos por cuenta ajena, ¿quién llevaría los platos a las mesas, quién doblaría la ropa, quién sería la comida de los de arriba, quién se bajaría los pantalones?

Así pues, ¿dónde queda el supuesto sueño liberal de ascender y convertirse en amo? Sociológicamente hablando, es decir, en términos estadísticos, esa libertad jamás ha existido ni puede existir salvo para unos cuantos arribistas e imitadores con talento.

Si a uno le gusta este sistema, de acuerdo, ¡nadie es perfecto!, pero que al menos sepa lo que defiende, que tenga el valor de llamar a las cosas por su nombre y que, ya que no le molesta la esclavitud salarial, que por lo menos no sugiera que quienes trabajan más de diez horas poniendo platos y aguantando a clientes que se creen Julio César o conduciendo taxis que ni siquiera son suyos (¿dónde quedó aquella reivindicación, por otra parte insuficiente, de mayo de 1886?) es porque son menos aptos o porque ellos mismos se lo han buscado (¡encima de perro, apaleado!). Así al menos, a los que no nos gusta esta manera tan egoísta y tramposa de organizar la sociedad, nos resultaría más fácil rebelarnos, pues nos dirían a la cara lo que siempre hemos sido para ellos: epsilones. Y a la pregunta "¿curras?", negaríamos con la cabeza y responderíamos con orgullo "Anarres".

(*) Cuando digo «capitalismo», por lo común quiero decir algo que puede formularse así: «Aquella organización económica dentro de la cual existe una clase de capitalistas, más o menos reconocible y relativamente poco numerosa, en poder de la cual se concentra el capital necesario para lograr que una gran mayoría de los ciudadanos sirva a esos capitalistas por un sueldo». (…) La verdad es que lo que llamamos capitalismo debería llamarse proletarismo, pues lo que lo caracteriza no es el hecho de que algunas personas posean capital, sino que la mayoría sólo tengan salarios porque no tienen capital. (…) De lo que me quejo es de que en la defensa corriente del capitalismo existente se justifique el hecho de mantener a la mayoría en una dependencia asalariada.
G. K. Chesterton, 1927
Los límites de la cordura: el distributismo y la cuestión social



Dedicado a mi hermano.