28 de junio de 2015

Elogio y crítica de la gitanidad

o la paradoja moderna

La civilización, pero sobre todo la modernidad (industrialismo + urbanismo + capitalismo + liberalismo + individualismo + racionalismo + humanismo + etc.), nos arroja hacia una paradoja en tanto que nos provee de las condiciones materiales e ideológicas necesarias para apreciar, tal vez con mayor énfasis que cualquier otra cultura, el valor de la autonomía personal mientras que al mismo tiempo, como pago habitual de esa liberación filosófica frente a la potencial tiranía de la tradición y de la comunidad, contribuye a desmantelar el sentimiento comunitario tantas veces añorado por el individuo atomizado moderno.

Digo que es una paradoja porque el anarcocomunismo o socialismo libertario, como filosofía universalista más o menos desarrollada que persigue una humanidad libre de dominación al mismo tiempo que más unida y solidaria (como el cristianismo primitivo pero mejorado por prueba y error), nace precisamente gracias a aquello que quiere combatir: la alienación y el exceso de individualismo. Hasta ahora, cuando la familia y la comunidad han predominado, el individuo y la libertad de pensamiento han pasado a un segundo plano (el caso más reciente y generalizado en España lo tendríamos en el franquismo, y antes en el Antiguo Régimen). Y al contrario: cuando el individuo y la propiedad privada han predominado, los lazos familiares y comunitarios se han desvalorizado.

Cuanto más sencillo le resulta al individuo formarse un juicio propio y una opinión menos familiar y etnocéntrica de la vida y de la sociedad, más compara y más sueña con un mundo diferente, pero he aquí el pacto fáustico y la contradicción: esa nueva concepción de la justicia y esos sueños utópicos los ha ganado al tiempo que perdía buena parte del vínculo social que más tarde, recorriendo el camino inverso (de la individualidad a la colectividad), necesitará para cambiar las cosas. Es decir, sin este vínculo difícilmente podrá llevar a cabo sus sueños emancipatorios, pues nadie puede ser libre y construir un mundo mejor si los demás no le acompañan. Es como si nos hubiéramos alejado del grupo para coger perspectiva y al regresar este ya no nos reconociera y viceversa.

Ahora bien, no todo está perdido. Otro grupo y otro pueblo son posibles, al menos en nuestra imaginación y en alguna medida en la práctica. Este nuevo pueblo o masa popular se basaría en el equilibrio entre algunos de los viejos valores colectivistas y tradicionalistas presentes todavía en poblaciones como la gitana, si bien cada vez menos debido a su integración en la sociedad mayoritaria (el apoyo mutuo, el sentimiento de comunidad, la familia extensa, el derecho consuetudinario, el semianarquismo implícito en la copla "no camelo ser eray / es caló mi nacimiento", es decir, "no quiero ser señor / es gitano mi nacimiento", la concepción familiar, antisalarial y antiproductivista del trabajo explicitada en la copla "desgrasiaíto aquel que come / el pan en manita ajena / siempre mirando a la cara / si la ponen mala o buena", la concepción más colectiva que individual, más relativa que absoluta, de la propiedad, el seminomadismo o la no sacralización del sedentarismo, aunque en su caso se deba más a la marginación social que a un estilo de vida libremente elegido, etc.), y un número indeterminado de valores individualistas y racionalistas presentes en las sociedades modernas, tales como el rechazo a la autoridad (incluida la autoridad moral de los mayores por el mero hecho de serlo) y la crítica de la propia cultura, evitando así la dominación y el etnocentrismo respectivamente. Hasta qué punto es eso posible, lo desconozco (ya conocéis mi pesimismo). Pero por ahí andan los tiros y los pasos, si no me equivoco.

En resumen, ni el tradicionalismo acrítico de los gitanos, que se analiza brevemente a continuación, ni el modernismo acrítico de los no gitanos, analizado a lo largo del blog. Esa es la idea, al menos.



Ser persona y ser gitano es lo mismo; o, dicho de otra forma, que sólo se puede ser persona si se es gitano. Así, es fácilmente comprensible que un gitano no niegue nunca su condición, porque supondría renegar de ser persona y, por tanto, de ser humano. (…) Los no gitanos, en un sentido literal, no serían propiamente personas alter (personas) sino alia (extraños). (…) El origen de esta identificación entre persona y gitano –y entre extraño y no gitano- (…) se encuentra en la contraposición que los gitanos hicieron con los no gitanos que encontraron en su proceso migratorio. Como afirma Botey, «al cortar el cordón umbilical con la Madre India, crearon una raza» (…). Al encontrar personas distintas, física y culturalmente, los gitanos se atribuyeron un lugar preeminente en la jerarquía ontológica. No en vano (…) la mayoría de mitos sobre el origen de la condición gitana parten de un ser divino que asignó a los gitanos un lugar preferente en la creación (…). Recordemos, como hace Hancock, que «el tiempo que se pasa en el mundo no gitano (el jado) quita energía espiritual (la dji)». (…) En el transcurso de los siglos, los gitanos han interiorizado hasta tal punto la importancia de la comunidad en su propia existencia que han acabado por asumir inconscientemente el interés colectivo como criterio de validación de lo que es o no moralmente correcto (…). Así, no resulta extraño que gitanos como la poeta Marysol Pérez Valiente digan que ser gitana es «cumplir la tradición» (…); el escritor Jorge E. Nedich asegure que es «tener conciencia social de grupo» (…); o el político Ramírez Heredia afirme que la propia conducta se deba evaluar según «se cumpla con la obligación de buen padre, hijo o marido» (…).

[Los gitanos] se comportan sin libertad pero con responsabilidad en el ámbito comunitario y con libertad pero sin responsabilidad fuera de él. (…) La libertad se concibe más comunitaria que individualmente y el criterio del interés comunitario prevalece sobre el personal (…). No en vano Isabel Fonseca afirma que: «la dura ley de los gitanos, que contradice cruelmente el estereotipo romántico del espíritu libre romaní, prohíbe la emancipación de los individuos en aras de la preservación del grupo» (…), mientras que Botey sostiene que: «la libertad del gitano y la crítica se ejercen siempre dentro del ámbito de la ley y la tradición» (…). Algo similar sucede con los miembros de las órdenes y congregaciones católicas o con los accionistas de las grandes empresas, porque el anonimato diluye las responsabilidades dentro del grupo. Es lo que algunos autores denominan liberación comunitaria (…), porque vinculan la libertad al compromiso más que a la elección (…). 
El respeto se presenta siempre bajo la forma de «respeta a los tuyos», la fraternidad aparece como «ayuda a los tuyos», la libertad resulta como «procura la libertad de los tuyos» y la obediencia sería un «seas fiel a [tus] tradiciones». (…) La libertad personal aparecería en la medida en que sea cada uno quien decida cómo dar respuesta a estas normas mediante la propia conducta en la vida cotidiana. Por ejemplo, el trabajo es percibido como un imperativo moral sólo en la medida que supone garantizar las necesidades colectivas. Como constata Borrow, a partir del testimonio del gitano extremeño Antonio López: «Los gitanos no se roban ni matan los unos a los otros (…)». (…) Ante un dilema moral que consiste en aplicar las normas endógenas o las exógenas, la elección por la primera está asegurada, sean cuales sean las circunstancias. La moral gitana aparece como una moral heterónoma, donde el margen de libertad para la libre determinación es muy estrecho, con pocas posiciones intermedias (…). De ahí que  Domingo Jiménez afirme que “no hay gitanos que pongan en duda puntos vitales, esencialmente identificativos de la cultura gitana”. (…) Sin capacidad crítica, y con un reducido margen de libertad, la educación moral en la cultura gitana se sitúa de pleno en el cuarto de los estadios morales que definió Lawrence Kohlberg en Las etapas del desarrollo moral (1958). El autor comparte con Piaget la idea de que la formación de la personalidad moral pasa por una serie de etapas, en función de la libertad de criterio propio en torno a la norma. Esta cuarta etapa, que prolonga durante toda la vida lo alcanzado en la adolescencia, se caracteriza por vincular la moral al mantenimiento del orden social, por lo que la conducta correcta consiste en cumplir el deber, que no es otro que salvaguardar la institución en su conjunto. Se trata de un nivel convencional, en el que el pensamiento no se rige tanto por principios como por normas sociales. La idea de justicia, incluso, se define en función de la comunidad, que otorga la autoridad a los ascendientes.
Sergio Rodríguez, 2011
Gitanidad: otra manera de ver el mundo
págs. 191-269.


Gitanos bailando (1936) de Ivan Generalić