12 de junio de 2015

Filósofos (anti)populares

Sobre Nietzsche hay un PDF que me ha servido para entender mejor la relación que existe entre la obra y la vida política de los autores. Desconfío de esa afirmación, pronunciada entre otros por Savater, que tiende a dibujar a Nietzsche o a Unamuno como filósofos de la contradicción, así, sin más, sin ninguna clase de crítica o referencia política, quizá incluso como atenuante, como si eso no los posicionase en un lado más que en otro, como si esa aparente incertidumbre teórica no se plasmara en la práctica en acciones políticas y cotidianas concretas (a pesar de su liberalismo o tal vez debido a él, el último Unamuno, casi igual que Hegel, casi igual que Nietzsche, casi igual que Ortega y Gasset, casi igual que Marañón, casi igual que el primer Aranguren, estaba mucho más cerca del nacionalcatolicismo que del socialismo de su juventud), o esa otra afirmación que dice que una cosa es la persona y otra su filosofía; si se estudia sin idealizaciones la vida tanto privada como pública de los autores y, al mismo tiempo, su obra literaria o filosófica se puede ver que casi todos los filósofos académicos (desde Platón, nunca mejor dicho, hasta la mayoría de los profesores y alumnos de todos las épocas) y los grandes literatos (Baroja, Azorín, Machado, Cernuda... con matices) tenían bastante claro a qué cultura y clase social pertenecían y, por ende, qué clase de privilegios económicos, históricos y geográficos querían seguir manteniendo, y así lo manifestaban implícita o explícitamente y consciente o inconscientemente en sus obras y en sus actos (tan importante es lo que se hace y se escribe como lo que no se hace y no se escribe). Toda obra presuntamente apolítica, metapolítica, estética, pura, hermética, metafórica, deshumanizada, neutral, relativista, posmoderna o confusa esconde una determinada manera de comprender y comportarse en el mundo, y no precisamente la mejor. Bajo la bandera del liberalismo y del librepensamiento se han refugiado históricamente no pocas personalidades tempranamente reprimidas y conservadoras.


Si es cierto que él se ocupó de política toda su vida, también lo es que la crítica ha prestado muy poca atención a esta faceta. Más bien se ha tendido a presentar a Unamuno como a un intelectual exclusivamente centrado en el problema de la inmortalidad y, por tanto, de espaldas a la terrenalidad, cuando la verdad es que él fue siempre un escritor muy preocupado por lo que ocurría en torno suyo. (...) Pensamos que los artículos aquí ofrecidos ponen de manifiesto que Unamuno no era «metapolítico», como se ha escrito, sino que fue un intelectual atento a la realidad del momento en que vivió (...).

Diego Núñez y Pedro Ribas, 1997
Unamuno y el socialismo:
artículos recuperados (1886-1928)
Editorial Comares, págs. 14 y 60.


El superhombre de Nietzsche (otra cosa es el nuestro, el que tú y yo podamos tener en mente, el que queramos nombrar con esa palabra, si bien un tanto manchada ya de inicio) es Alejandro el Grande (u otros "hombres de mando" como "Alcibíades y César", en sus propias palabras), y no Diógenes el perro, quien, en mi opinión, es su más claro antagonista (el hombre menos poderoso contra el más poderoso, el que menos cosas teme perder contra el que más cosas teme perder), y quien según cuenta la leyenda le dijo a aquel que se hiciera a un lado para poder seguir tomando el sol.

La manera en que Nietzsche «superó» su destino infantil tuvo también funestos y devastadores efectos, porque el filósofo utilizó como arma contra el mundo aquello que más problemas le causó a él mismo: la confusión. De igual manera que él mismo se vio confundido hasta lo más hondo, en primer lugar por la terrible enfermedad del padre, y más tarde, una y otra vez, por la insoportable contradicción entre la moral predicada y el comportamiento fáctico de todas las personas-clave tanto en la familia como en la escuela, Nietzsche, a su vez, lleva de vez en cuando al lector a la confusión, presumiblemente sin darse cuenta él mismo. Yo experimenté este sentimiento de confusión cuando, después de tres décadas, empecé a releer las obras de Nietzsche. Treinta años antes, yo, empeñada únicamente en entender lo que Nietzsche quería decir, había dejado de lado este sentimiento. Pero la segunda vez me dejé guiar por él. Y así pude comprobar que a otras personas les sucedía lo mismo, aunque no emplearan la palabra «confusión» y no atribuyeran el origen de ese sentimiento a una necesidad compulsiva de repetición anclada en la persona de Nietzsche, sino a su propia falta de formación, inteligencia o profundidad intelectual. Esa es justamente la actitud que aprendemos desde pequeños: cuando los «mayores» (los más sabios) propagan, como si se tratara de verdades evidentes, toda clase de disparates, contradicciones y absurdos, ¿cómo podría un niño educado autoritariamente darse cuenta de que lo que oye no es el colmo de la sabiduría? Hará todos los esfuerzos posibles para creerlo así, y esconderá a su propia vista sus dudas en lo más recóndito. Así es como muchas personas leen hoy en día los escritos del gran Nietzsche. Se atribuyen a sí mismos las causas de la confusión y se inclinan con reverencia ante el filósofo, tal como éste lo hizo quizás en su día ante su padre enfermo. (...) me parece que hoy en día no es difícil darse cuenta de que la obra de Nietzsche fue un intento —desesperado, pero nunca abandonado, hasta el colapso espiritual— de liberarse de la prisión de su infancia, del odio hacia las personas que lo educaron y atormentaron. Ese odio, y el miedo a ese odio, debieron de ser tanto más intensos cuanto menos le fue dado a Nietzsche en su vida independizarse de las figuras reales de su madre y su hermana.
Alice Miller, 1988

5 comentarios:

Loam dijo...

"Quiero acabar con este equívoco vulgar. Es espantoso ver reducir al nivel de las propagandas un pensamiento cómicamente desaprovechado que no abre ante quien se
inspira en él más que el vacío. Según algunos, Nietzsche habría tenido la mayor influencia en este tiempo. Es dudoso: nadie le esperó para burlarse de las leyes morales. Sobre todo, él nunca tuvo actitud política: se rehusaba, al verse solicitado, a optar por cualquier partido que fuese, irritado de que le creyesen de derechas o de izquierdas, le horrorizaba la idea de que se subordinar su pensamiento a alguna causa". Georges Bataille, Sobre Nietzsche. pdf: http://www.mercaba.org/SANLUIS/Filosofia/autores/Contempor%C3%A1nea/Bataille/Sobre%20Nietzsche.pdf

Hugo dijo...

Hay una frase, no sé si de Anguita o de quién, que viene a decir algo así: quien dice no tener ideas políticas (o "actitud política", por usar la expresión de Bataille), las tiene peores ;)

No necesariamente, claro, pero algo hay de cierto en ello, pienso yo.

Gracias por el PDF. Me lo leo esta misma noche. Y si cambio de opinión, te despierto si hace falta y te lo cuento :P

zUmO dE pOeSíA (emilia, aitor y cía.) dijo...

Quizá se toma a Nietzsche como un filósofo, cuando más bien era un poeta. A mí me gusta leerlo por la forma arrebatadora y pasional con que se expresa, aunque discrepe del fondo de sus opiniones.

Su crítica a la moral cristiana-paulista (como estructura amputadora o mutiladora de los deseos y energías vitales del ser humano) es muy sugerente y arrolladora (en gran medida por la fuerza poética con que la expone).

Pero, a mi modo de ver, le falta lo más importante: la elaboración de una doctrina filosófica de la empatía (de la fraternidad y solidaridad humanas) ajena o alternativa a los postulados religiosos y eclesiásticos de su época.

SANDRA SUÁREZ

Hugo dijo...

Ciertamente. Él prefería llamarse filólogo, si no me equivoco.

Cien por cien de acuerdo con tu análisis.

En mi opinión, Nietzsche se odiaba y se quería demasiado a sí mismo, ambas cosas al mismo tiempo. Y su legado filosófico (también poético pero, a mi juicio, sobre todo filosófico o argumentativo), aun con sus luces, fue el resultado de una personalidad megalómana, lo cual a su vez fue el resultado probablemente de una infancia poco afectuosa, una ausencia que sustituyó por otras vías no siempre inocentes. Una psichohistoriadora como Alice Miller diría que "el caso de Nietzsche me ha hecho comprender que la indiferencia de la sociedad hacia los malos tratos a los niños representa un gran peligro para la humanidad. Determinadas frases aisladas de la obra de Nietzsche jamás habrían podido ser manipuladas y puestas al servicio del fascismo y del genocidio si se las hubiera comprendido como lo que son en el fondo: el lenguaje cifrado de un niño mudo. (...) ¿Habrían sido utilizables para el nazismo las ideas de Nietzsche si se hubiera comprendido el origen de éstas? En absoluto. Pero si la sociedad hubiera podido comprender ese origen, las ideas nacionalsocialistas habrían sido prácticamente impensables, y en ningún caso habrían alcanzado una tan amplia difusión. (...) mi tesis, según la cual las obras de Nietzsche reflejan los sentimientos, necesidades y tragedias no vividas de la infancia del autor, tropezará presumiblemente con una muy intensa oposición".

https://es.scribd.com/doc/163643982/Alice-Miller-La-Llave-Perdida-lav-pdf

Un saludo, Sandra.

Hugo dijo...

"Es irónico que lo que provocara la crisis final de Nietzsche fuese la visión de un animal tratado de forma cruel. Contrariamente a Schopenhauer, Nietzsche había sostenido en muchas ocasiones que las mejores personas debían cultivar cierto gusto por la crueldad. (...) en uno de sus primeros libros, El nacimiento de la tragedia, ya nos instaba a no permitir que la lástima -la suprema virtud para Schopenhauer- nos estropeara la alegría de vivir. En escritos posteriores, Nietzsche insistió en que la compasión no era la virtud suprema, sino más bien un síntoma de vitalidad débil. (...) Pero no fue el fríamente jovial Schopenhauer (...) quien acabó consumido por la compasión. Fue Nietzsche, cuya aguda sensibilidad ante el dolor en el mundo le atormentó toda su vida."

John Gray, Perros de paja.