14 de junio de 2015

La filosofía como disimulo

 
No es difícil hacerse una idea de lo mucho que sufrió el niño Nietzsche bajo las creencias y afirmaciones de su entorno, en especial bajo el rechazo de sus necesidades sensuales, de su corporalidad, y bajo constantes exigencias morales como la contrición, la piedad, el amor al prójimo, la castidad, el temor de Dios, la fidelidad, la pureza, la devoción. Para él todo eso no era —y con razón— más que una sarta de conceptos vacíos, que se oponían a todo aquello que para él significaba vida, a lo que significa vida para todo niño (...). No sólo se predicaban obediencia y sumisión, sino también el supuesto «amor a la verdad», que no es otra cosa que pura hipocresía, pues el niño al que se le prohíbe manifestarse críticamente se ve forzado a una constante mentira. Esta perversión de los valores fue lo que provocó una y otra vez la ira de Nietzsche, y lo que él pretendió hacer palpable mediante sus paradójicas formulaciones, para dejar de estar a solas con su ira. (...) Nietzsche no puede descargar su ira, su indignación, sus ansias de venganza, su escarnio, su desprecio —surgidos de concretas y trágicas experiencias— contra las personas que le hicieron sufrir. Lo único que puede permitirse atacar son ideas o abstracciones humanas como «las mujeres». (...) El que yo, leyendo las obras de Nietzsche, en especial los escritos de El Anticristo, escuche el grito nunca oído del niño enfurecido que fue Nietzsche, y perciba la muda, desesperada, pero titánica lucha del niño malherido y lleno de expresividad contra la falsedad, el embotamiento, la falta de vitalidad, la confusión, la estupidez, la contradicción y la falta de energías de sus educadores, no significa que sus afirmaciones relativas al cristianismo pierdan peso específico, sino que salen a la luz las raíces vivas de su pensamiento. Como en el caso de los poetas, podríamos preguntarnos: ¿habría escrito Nietzsche El Anticristo tal como lo escribió si le hubiera sido dado vivir conscientemente los sufrimientos que le produjo su educación? Presumiblemente no lo habría escrito en esa forma, a partir de los sentimientos reprimidos, pero sin duda habría hallado otra forma idónea para decir lo que había descubierto con la ayuda de sus sentimientos. Si la obra no hubiese sido escrita como análisis abstracto del cristianismo, sino como informe acerca de los sufrimientos propios, subjetivos, muchas personas se habrían identificado con ella. (...) Si los escritos de Nietzsche hubieran referido directamente sus experiencias, en lugar de camuflarlas bajo una forma simbólica (como lucha contra un abstracto cristianismo, por ejemplo), tampoco habría sido posible manipularlos ideológicamente. 
(...) Lo peligroso no son los escritos de Nietzsche, sino el sistema educativo del que surgieron él mismo y sus lectores. Estos pudieron transformar su aparente filosofía de la vida en una ideología de la muerte, porque dicha filosofía estuvo siempre, en el fondo, vinculada con la muerte. No es ninguna casualidad que Así habló Zaratustra se convirtiera en la más famosa de las obras de Nietzsche, pues el confundido lector halló en el estilo de Zaratustra, al menos un marco externo que le era familiar desde su infancia: el estilo del predicador. (...) Si algún día se aflojaran los nudos de nuestro sistema educativo, si algún día la ley que prescribe: «No conocerás lo que te hicieron durante la infancia» dejara de tener validez, sin duda se reduciría el número de las hasta ahora tan apreciadas «creaciones culturales», empezando por las tesis doctorales innecesarias e inútiles y acabando por las más famosas obras filosóficas. A cambio surgirían muchos más informes sinceros acerca de lo realmente ocurrido, que podrían animar a otras personas a ver las realidades y a dar expresión a aquello que experimentaron en su carne y nunca habían podido nombrar. A mi parecer, semejantes informes serían preferibles a las complejas especulaciones de costumbre, porque no estarían al servicio del disimulo, sino de la revelación —de vital importancia— de realidades universales del género humano. (...) Si Nietzsche no se hubiera visto obligado a aprender, siendo niño, que hay que dominar esa «insoportable convulsión de sollozos», habría podido permitirse sollozar como el niño que era, y la humanidad habría perdido un filósofo vital, pero a cambio el ser humano Nietzsche habría ganado su propia vida. ¿Y quién sabe lo que ese Nietzsche vivo habría podido dar en tal caso a la humanidad?
Alice Miller, 1988