26 de junio de 2015

La televisión no ha progresado

El anarquismo es una ideología que tiene la pretensión de ser la última reserva que le queda al socialismo, fracasado como socialdemocracia, fracasado como socialismo de Estado y fracasado como toma del poder totalitariamente.
Federica Montseny, 1982.




Siguiendo al luddita Jerry Mander, no creo que la televisión pueda reformarse significativamente, ni tan siquiera que deba intentarse en sentido colectivo o como objetivo social a largo plazo; otra cosa, no obstante, es la libertad personal de los periodistas y el sano interés en querer reformarla a corto plazo allí donde esté en su mano hacerlo (lo mismo cabe decir de Internet, de las centrales nucleares y de otras tantas técnicas complejas hasta cierto punto útiles pero intrínseca y generalmente en deuda con el centralismo y el autoritarismo). Como ley general, parece ser que cuanto mayor es el grado de división del trabajo en una sociedad, mayor es también la dificultad de construir o mantener una democracia directa y asamblearia. Esto no quiere decir que sea necesariamente imposible una sociedad anarquista con un desarrollo tecnológico igual o superior al de cualquier sociedad jerárquica y centralizada, pero sí sugiere que siempre habrá una cierta tensión irreconciliable entre ambas necesidades. O dicho al revés, hasta ahora las sociedades desiguales y productivistas han demostrado ser las sociedades más afines al progreso tecnológico (véase el caso ficticio de Urras contra Anarres). El porqué lo explica bastante bien el escritor (y para mí el mejor sociólogo no profesional) Aldous Huxley:
La democracia difícilmente puede florecer en sociedades donde el poder político y económico se concentra y centraliza progresivamente. Y he aquí que el progreso de la tecnología ha llevado y sigue llevando todavía a esa concentración y centralización del poder. A medida que la maquinaria de la producción en masa se hace más eficiente tiende a ser más compleja y más costosa y, por tanto, menos asequible para el hombre de empresa de medios limitados. Además, la producción en masa no puede funcionar sin una distribución en masa y, por otra parte, la distribución en masa plantea problemas que solo los más grandes productores pueden resolver satisfactoriamente. En un mundo de producción en masa y distribución en masa, el Hombre Modesto, con su insuficiente capital, está en seria desventaja. 

En teoría todos los humanos del planeta podemos apoyarnos mutuamente en lugar de apoyarnos en el dinero y otros mecanismos indirectos de intercambio y opresión. Por ejemplo, los más mañosos de una determinada comunidad, bajo pedido nacional e incluso internacional, pueden producir excedentes de sus mejores muebles de manera desinteresada contando con que otros obrarán igual produciendo sabia y desinteresadamente los excedentes de energía, de comida y de armas que estos carpinteros necesitarán para seguir trabajando y llegado el caso protegiendo su gremio y su forma de vida, pero, aun suponiendo que este federalismo y esta actitud se implantasen en el número suficiente de sociedades de la península y del mundo, no todos los bienes y servicios son igual de relevantes políticamente hablando. Bajo ciertas circunstancias socioecológicas un grupo de exanarquistas (liderado con mayor probabilidad por hombres) podría sublevarse y hacerse con el monopolio de la industria del mueble, ¿pero qué poder les otorgaría eso? Seguramente ninguno. Sin embargo, ¿qué pasaría si se hiciesen con bienes más estratégicos, bienes que no aparecen sino con la civilización, como una presa, el armamento pesado, el material médico, las refinerías de petróleo o el propio Internet?

Es por ello que podríamos concluir que cuanto más dividido esté el trabajo, cuantos más trabajos y especializaciones existan, cuanto más complejas sean nuestras sociedades y cuanto más dependan las personas de bienes que no producen ellas mismas localmente, más probabilidades tendrán de ser dominadas y los movimientos de autogestión de ser diezmados. Como inconformistas que somos, podemos (como ya hicieran los colectivistas aragoneses durante el 36 aprovechando la inestabilidad del Estado) y sobre todo debemos trabajar individual y conjuntamente por el mayor grado de federación posible y por cuotas de especialización tecnológica tan altas como la experiencia, la descentralización y la escasez de recursos nos lo permitan, pero desterrando la idea neutralista de que cualquier tecnología puede emplearse por cualquier sistema político con la misma probabilidad y siendo modestos en nuestras expectativas, al tiempo que valientes en nuestros sueños.

Ahora bien, es preciso reconocer que, en cuanto a la televisión, la hay y la hubo peor y mejor, al menos por lo que se refiere al debate político en el sentido más exigente y plural de la expresión (¡antes, aunque poco, se hablaba hasta de anarquismo!), "debate" que hoy se ve reducido paulatinamente a mero comentarismo entre periodistas y políticos acerca de las jugadas más polémicas de estos últimos (me gusta pensar que el anarquismo español, después de un pico entre finales del diecinueve y el primer tercio del veinte, empezó a deslizarse por un valle lleno de altibajos y con un subpico durante la Transición, pero que llegado el momento y habiendo hecho bien los deberes de conservación de testimonios y distribución de materiales, tal vez para finales de este siglo o quién sabe para cuándo, podría repetirse o incluso superarse aquel primer pico frustrado en el 38). Para muestra de que ya no hay programas como el de José Luis Balbín o como el de Joaquín Soler, valgan de momento estos tres botones de hace más de treinta años, de cuando yo tan solo era un vago proyecto en la mente de mi madre: 12 y 3 (gracias a Albert). Y no es que lo diga yo, un "radical". Lo dicen también conservadores -siendo generoso con la etiqueta- como José Javier Esparza.

Por cierto, de todos los que participan en la tertulia de 1984, el más pobre en actitud y en argumentos, con diferencia ¡y no por casualidad, en mi opinión!, es el antaño franquista y más adelante liberal Joaquín Satrústegui (como en el caso de otros liberales, lo suyo fue más una evolución y moderación ideológica que una ruptura con lo establecido). ¡Hasta cinco anarquistas diferentes en un mismo plató! Más un comunista. ¿Dónde se ha visto eso? Lo más parecido que he visto en los últimos años es la reciente entrevista de Jordi Évole a Lucio Urtubia y a Enric Duran, aunque en este caso no se va mucho más allá del título: "Ladrones con causa". O como dice Pablo Prieto, "el programa da voz a esos pequeños héroes silenciados por el resto del establishment mediático, que ya es mucho decir. Pero lo hace en tono anecdótico, como si hablara de una entrañable curiosidad histórica. No enlaza con la actualidad, no es plenamente consciente de la importancia e influencia que tales personajes pueden tener en la sociedad contemporánea".