5 de julio de 2015

Cristianismo y misoginia



A pesar de que "en un principio, las palabras y acciones de Jesús incorporaron a las mujeres en ámbitos que resultaban nuevos y sorprendentes en la Palestina del siglo I dominada por los romanos" y de que "en sus enseñanzas hizo pocas discriminaciones entre mujer y hombre", el cristianismo, la Iglesia, la inercia de la tradición judeocristiana y el conformismo de la sociedad en general, lejos de contrarrestar la tradicional estratificación de género presente al menos desde la Edad del Bronce, ayudaron a perpetuar dicha subordinación durante casi toda la Edad Media, la Edad Moderna y la Edad Contemporánea (a finales del siglo XVII empezarían a cambiar gradualmente las cosas):

Contrastando con Jesús, los escritos de Pedro, Pablo y Timoteo, y los de los padres de la Iglesia, como san Jerónimo, Tertuliano, san Agustín y san Juan Crisóstomo, pusieron de relieve la inferioridad de las mujeres y declararon que debían estar sometidas a los hombres. A medida que el cristianismo era aceptado e institucionalizado, se denegaba la igualdad concedida a las mujeres en los primeros siglos. Pablo y otros apóstoles y evangelistas distinguieron a las mujeres que colaboraron con ellos de la mayoría de mujeres, para las cuales preferían los cometidos femeninos tradicionales. Basándose en la ley y las costumbres hebreas, Pablo declaró que las mujeres debían llevar velo y «cállense en las asambleas; que no les está permitido tomar la palabra, antes bien, estén sumisas como también la Ley lo dice. Si quieren aprender algo, pregúntenlo a sus propios maridos en casa; pues es indecoroso que una mujer hable en la asamblea». (...) La epístola de Timoteo repite este argumento en términos más enérgicos: «La mujer oiga la instrucción en silencio, con toda sumisión. No permito que la mujer enseñe ni que domine al hombre. (...) Porque Adán fue tomado primero y Eva en segundo lugar» (...). En el siglo II, Orígenes, el padre de la Iglesia, vio cualidades masculinas y femeninas en el alma, siendo las masculinas superiores. En el mismo siglo, Clemente de Alejandría recomendó que las mujeres llevaran velo y los hombres se dejaran crecer la barba para recalcar la diferencia entre los sexos (...). A partir del siglo II, la Iglesia cristiana consideró a Eva la fuente de pecado, la tentadora del hombre y la encarnación de todas las mujeres. «¿No sabéis que cada una de vosotras es una Eva?», escribió Tertuliano alrededor del año 200. (...) Doscientos años más tarde, en el siglo V, san Juan Crisóstomo repitió este argumento. (...) «Sí, en verdad son débiles y frívolas... Pues aquí se nos dijo que no sólo Eva sufrió el engaño, sino que la "Mujer" fue engañada. (...) Por tanto, toda la naturaleza femenina ha caído en el error...». (...) Hacia el siglo III, las mujeres menstruantes, incluidas las «diaconisas», no podían acercarse al altar. En el siglo VII, aproximadamente, habían sido resucitados y reafirmados todos los mitos sobre el poder destructor de la sangre menstrual. El obispo Isidoro de Sevilla insistió en que el tacto de una mujer menstruante podía evitar que un fruto madurase y provocar la muerte en las plantas. (...) Una vez más, el parto fue considerado una experiencia contaminante. Hacia finales del siglo VI, la tradición hebrea de que una mujer permanecía impura durante treinta y tres días después del nacimiento de un hijo, y sesenta y seis días después del nacimiento de una hija, se convirtió también en una práctica cristiana. (...) La virginidad libraba a la mujer de su «débil sexo ... [y] de su cuerpo, que, por ley natural, debía haber sido sumiso al hombre», como Leandro de Sevilla declaraba en el siglo VII. El respeto hacia una mujer que elegía una vida virginal se convirtió en una tradición heredada por los cristianos europeos. Pero el respeto y el valor se adquirían cuando la mujer negaba su sexo. (...) Hacia el siglo IX, el cristianismo había enaltecido y subordinado a las mujeres europeas. (...) La Iglesia, así como la familia y el Estado, fundamentalmente creía y enseñaba que las mujeres eran inferiores a los hombres, y debían estar sometidas a ellos. (...) Los más antiguos y, en muchos casos, más sagrados escritos de las culturas anteriores al cristianismo -la griega, romana, hebrea, germánica y celta- albergan la subordinación femenina. Con el paso de los siglos, la creencia en la subordinación femenina persistió y adquirió la autoridad de la tradición consagrada. (...) Se transmitió intacta a la nueva cultura europea que emergió en el siglo IX.
Bonnie Anderson y Judith Zinsser, 1991
págs. 91-108 y 49.