4 de septiembre de 2015

Crónicas de un seriano

o una pequeña contribución a la ciencia ficción blanda

(...) Solo cuando los órdenes simbólicos sedimentados durante milenios se vinieron abajo tras el último colapso del último imperio, acordaron abolir lo que los antiguos llamaban el trabajo subordinado. En su lugar, una economía basada en voluntarios itinerantes: trabajadores entusiasmados, eficientes y libres con los que, paradójicamente, cualquier propietarista galáctico de los primeros tiempos habría soñado. Pero aquellos siglos de escasez e igualdad pronto dejaron paso a una nueva época señorial, más rica y desigual. El clima, abrasador incluso a mil saltos de los trópicos, pareció estabilizarse y las poblaciones, concentradas cerca de los polos, crecieron y volvieron a ocupar territorios antaño abandonados. Pequeñas naciones comenzaban a erigirse sobre las ruinas de las anteriores en un ciclo aparentemente eterno, mientras las ciencias y las artes recuperaban parte de la complejidad perdida durante la Caída. Aunque no tanto como las festividades caníbales, que se propagaron como el viento sureño se propaga por las montañas huesudas al atardecer. Sin embargo, aquello solo fue un raro saliente de ligeros bienes y pesados males en un valle cada vez más pronunciado y oscuro de la historia seriana. Así lo atestiguan los viejos libros de mi abuelo, que llevo a todas partes conmigo como los seres voladores llevan sus preciadas prendas en invierno. Desde entonces, la vida aquí hace tiempo que languidece. Si el norte se muere, si las plantas ya no caminan altivas por las grandes explanadas, qué no ocurrirá en otras partes. Desconozco si existen más pueblos allende los calientes mares y los desiertos infinitos del sur, pueblos debilitados como el nuestro o fuertes como los que aparecen en los libros, pero de una cosa estoy seguro: hace décadas que no se sabe de ninguno. Ningún seriano asoma por nuestras tierras desde que se perdiera el Vínculo, ni en mis viajes errabundos he olfateado nada que no hubiera olfateado ya. Si somos los últimos de nuestra especie o los primeros de una nueva era, es algo que ya no me causa temor. La comida vuelve a escasear, ni los jóvenes lo soportan ya, y apostaría mis libros a que no quedan campos fértiles donde seguir aguardando un verano más. Si escribo estas palabras con lápices improvisados es porque no deseo esta mortalidad impuesta desde instancias que no alcanzo a comprender. ¿También tú has olido el sabor amargo de la duda por la mañana? Confieso ante ti, mi pequeño juez, que en las noches más aciagas me dejo llevar por el corazón, y sueño con usurpar el trono de Dios. Pronto me reuniré con la nada, pero hoy, antes de la noche más oscura, prende en todo mi ser un deseo aniquilador, un odio ancestral que no he inventado yo: quiero que Dios exista para verlo arder con fuego justiciero, quiero ver su cuerpo colgado en el atrio de los tribunales estrellados, quiero que todo, absolutamente todo, vuelva a comenzar bajo mi mando. Que solo el infierno exista y me sepulte para siempre entre los charcos de la historia si con ello evito que la muerte de mis vástagos haya sido un capricho del destino y de la nada y del vacío (...).

Crónicas de un seriano
Autor desconocido
Siglo 7 d. C. (después de la Caída).