25 de octubre de 2015

Breve historia energética del Imperio estadounidense

o de dónde proviene el poder hegemónico de Estados Unidos 



La II Guerra Mundial se disputó por el petróleo y mediante el petróleo, dado que tanto Alemania como Japón intentaban desesperadamente extender su hegemonía a lejanas regiones productoras de crudo, con el objeto de asegurarse la continuación de sus acelerados desarrollos económicos. Ambas perdieron la guerra en buena parte porque fracasaron en su intento de asegurarse el suministro de combustible. Los japoneses se dirigieron al sur para establecer su control sobre Indonesia, donde los yacimientos consolidados mantenían su producción desde 1890. Una de las tácticas más fructíferas de la marina norteamericana fue la de hundir sistemáticamente los petroleros nipones hasta que su maquinaria militar se vio prácticamente inutilizada. Alemania se aventuró en la Rusia meridional con la intención de asegurarse la región de Baku, y golpear duramente con ello al país bolchevique privándole de su principal fuente de suministros energéticos. Sin embargo, los alemanes no lograron avanzar más allá de Stalingrado desde el invierno de 1943, sucumbieron al caos y tuvieron que confiarse al uso de combustibles sintéticos de fabricación local a base de carbón. 
De entre todas las naciones que iniciaron el camino a la industrialización durante el siglo XIX, los Estados Unidos eran, con mucho, la más rica en petróleo. El descubrimiento de nuevos yacimientos por todo el territorio se incrementó notablemente en 1920 y 1930, cuando los geólogos comenzaron a explorar las regiones del oeste, y California. De hecho, la aparición de nuevas vetas alcanzó su máximo en la década de los 30, si bien pasarían décadas antes de que se entendiera plenamente este hecho y sus implicaciones. El petróleo era tan abundante en los Estados Unidos durante la Gran Depresión, y la demanda tan escasa debido a la crisis financiera, que el precio se desplomó hasta alcanzar los diez céntimos de dólar (unos ocho céntimos de euro) de la época por barril. Cuando se produjo el estallido de la II Guerra Mundial, Norteamérica se encontraba, metafóricamente hablando, nadando en crudo. No había necesidad de importarlo de lugares lejanos como hacían los europeos. 
Los Estados Unidos fueron la primera nación industrial en encontrar petróleo en cantidades comerciales, así como en encontrarle variadas y amplias aplicaciones en la industria primaria, el transporte y los productos de consumo, con lo que crearon, de hecho, todo el sistema actual de economía de consumo. La industria del automóvil y todas las empresas auxiliares comenzaron en Norteamérica. Los plásticos y las fibras sintéticas surgieron allí, y utilizaban el petróleo como materia prima. Durante los más de cien años que lleva existiendo este sistema basado en el petróleo, el país no ha dejado su puesto de principal consumidor de combustible del mundo. 
Los Estados Unidos continuaron siendo los líderes en producción y exportación petrolífera durante buena parte del siglo XX. La significativa destrucción y el trastorno que la II Guerra Mundial trajo consigo dieron a Norteamérica un papel preeminente en el negocio del crudo durante el siguiente cuarto de siglo. Europa y Asia se encontraban devastadas por el conflicto bélico, pero el territorio americano no sufrió daño alguno, lo que permitió a la joven nación surgir con todas sus infraestructuras industriales y petrolíferas intactas. (...) Tras 1945, la posición norteamericana en el vis-à-vis mundial en torno a la cuestión del crudo era del todo privilegiada y especial, hasta un grado, quizás, que no se ha apreciado en toda su magnitud. Tras haber combatido en dos guerras mundiales por suministros lejanos geográficamente, y haber sufrido profundamente por ello, Europa no llegó a acomodarse a sus reservas de petróleo, como se refleja en la sobriedad de su modo de vida y en los altos impuestos con los que cargan la gasolina. Norteamérica, sin embargo, tras haber ganado esas guerras y encontrarse en posesión de unas sustanciosas reservas en su propio territorio, comenzó a adolecer de un notable exceso de confianza en su futuro petrolífero, hasta un grado que roza lo peligroso. Cuando el geólogo M. King Hubbert anunció en 1949 que, de hecho, existía un límite geológico ya establecido para susodichas reservas que, además, podía calcularse matemáticamente, y que no se encontraba en un futuro tan lejano como se esperaba, nadie quiso creerlo. 

James Howard Kunstler, 2005
La gran emergencia: el colapso de la sociedad occidental
puede estar a la vuelta de la esquina
Barrabés Editorial, Benasque 
2007, págs. 64-69.