9 de octubre de 2015

Cristianismo e izquierdismo


En la práctica vinculamos el cristianismo, o más concretamente, el catolicismo (quizá su versión más rígida y autoritaria), con el conservadurismo liberal, y con buena lógica a juzgar por lo que vemos todos los días, sin embargo la relación contraria también es posible, cuando menos en la teoría, y puede que incluso con algo más de acierto. Si bien en minoría y con matices, no son pocos los que piensan que, del mismo modo que "la ética mira a la izquierda", como dice Esperanza Guisán, el cristianismo también (otro tanto podríamos decir de las artes y las ciencias). Por ejemplo, Rafael Díaz-Salazar afirma en La izquierda y el cristianismo que "en la actualidad las dos fuentes de producción moral más importantes para la izquierda son el ecologismo político y el cristianismo originario".

Que el católico medio actual sea propietarista, procapitalista, anticomunista y antidistributista se debería no a una supuesta mercadolatría y antiigualitarismo intrínsecos a la fe cristiana (de hecho, un cristianismo capitalista sería en gran medida un oxímoron, no así un cristianismo socialista), sino a una mayor predisposición personal al pensamiento mágico, lo que traducido al plano social sería una mayor afinidad por el lado teísta, ritualista, tradicionalista, paternalista, colectivista, antropocentrista, autoritario y alienante de la religión cristiana, y en mucha menor medida una inclinación hacia el lado más revolucionario de su religión. Un biconceptualismo, este, que paradójicamente le lleva a venerar a una especie de rebelde anarcocomunista como lo fue quizá Jesucristo al mismo tiempo que empodera a gobiernos de mercaderes y por ende contrarios a las enseñanzas históricamente desoídas, o puestas en práctica mínimamente y con no poca hipocresía, de su salvador.

Por regla general y debido a lo que podríamos llamar la ley de la entropía cultural, aquel es precisamente el lado más popular y degradado de las ideologías, incluidas las religiosas, de ahí la necesidad del ateísmo y del escepticismo como contrapesos a los desmanes caóticos del teísmo. A mi juicio, el cristiano y el musulmán ideales, suponiendo que tales palabras no se les quedaran pequeñas, serían entre otras cosas ateos y anarquistas, superando así el "nuevo ateísmo" de muchos liberales progresistas y cientificistas, y difícilmente se llamarían a sí mismos creyentes dado el reduccionismo, las limitaciones éticas y las connotaciones históricas que ello conlleva, siendo de la opinión de que la ateología no es la negación de la teología sino el aprendiz superando al maestro.

Toda afirmación o ciencia que pretende decir o saber el Ser de las cosas tal como El es en verdad, tal como si fuera el Ser mismo el que a sí mismo se dijera, adquiere por ello mismo la dignidad de una Teología. Conque es así como empezamos a descubrir con cierto susto que acaso la Realidad sea la nueva faz de Dios que corresponde a nuestro siglo, tanto más despótica y sobrecogedora cuanto que es la que corresponde a nuestro siglo. Pues ¿en qué puede tranquilizarnos el hecho de que el Dios no tenga ya un carácter personal? (…) Ya se ve, pues, señores y señoras: no es tan fácil ser ateo como puede creerse de primeras. Y cuando veo a aquéllos que, contentos con haber terminado con el viejo Dios, la beatitud tan futura como eterna de las almas y todo el montón de las supersticiones superadas, se adhieren con una fe igualmente ciega a las creencias que la Ciencia y la organización de su tiempo imponen, y se quedan, por ejemplo, contemplando boquiabiertos la subida de las curvas estadísticas hacia los novísimos del Progreso y cómo, mudando de luna según los tiempos, miran con los ojos de la fe más pura hacia la de los astronautas, trabajo me cuesta no admirar la multipotencia y las argucias extremas del buen Dios. (…) «No hay puta que no crea en el Amor», oí decir una vez a uno, experto en la materia (…). En efecto, Sociedad sin Dios es imposible. Pues Dios había venido a no ser sino uno de los nombres del Ser, es decir, de la fe del mundo en su propia realidad, en que es lo que es y que lo que es es lo que es; y en cuanto a mí, por ejemplo, aquí me veo asimismo obligado a creer en mí, en que soy el que soy; y en tanto que el mundo tenga que seguir creyendo en sí, o yo en mí (pues, entre mundo y yo, ¿qué diferencia?), el Ser, bajo nombre de Dios u otro, mantendrá su imperio y nada habrá cambiado. 
Agustín García Calvo, 1973
Lalia: ensayos de estudio lingüístico de la Sociedad
Siglo XXI de España Editores, 
Madrid, págs. 169-172.


De ser cierta la tesis de los primeros párrafos, siquiera un poco, no serían pues las enseñanzas cristianas en general las que propician que los católicos españoles se pongan tantas veces del lado de las clases ricas y dominantes (¿cómo sería eso posible, si en verdad está escrito que hagamos lo contrario?), sino en concreto un modelo de pensamiento patriarcal, chovinista, temeroso y supersticioso que desde sus inicios va asociado a la cultura judeocristiana y posteriormente a la Iglesia. Un modelo basado en la credulidad y que, por desgracia, la Biblia prescribe maquiavélicamente desde el principio, virtudes aparte, lo cual explicaría que ayer creyéramos en los milagros de Lourdes casi con tanto fervor como hoy creemos en los milagros de los economistas. Por esa razón hay anarquistas que consideran que los anarcocristianos se han liberado de una autoridad (el Estado) pero siguen aferrados a otra (la Biblia). Irónicamente y de manera análoga, algunos posanarquistas piensan que los anarquistas se han liberado de ambas autoridades pero siguen aferrados a otra (la Razón), más difícil de combatir si cabe, crítica que, sin embargo, yo no termino de compartir. En cualquier caso, Steven Pinker parece tener razón cuando afirma en su libro La tabla rasa: "Como las creencias que no se pueden verificar", aquello que llamamos tradiciones, "no se descubren en el mundo, sino que se transmiten de padres a hijos y entre semejantes, difieren de un grupo a otro y se convierten en estandartes de identidad que propician la división" (¿acaso es casualidad que "las cosas que más excitan a la gente poco reflexiva", según Jesús Mosterín, "son las que no existen, como Dios, la nación y todas estas cosas"?). Por ese motivo Albert Einstein nos advertía de que "hay que evitar que los cimientos de la moral dependan de algún mito o estén ligados a alguna autoridad, debido al riesgo de que las dudas sobre el mito o sobre la legitimidad de la autoridad pongan en peligro los cimientos del buen juicio y de la acción correcta".

En otras palabras, es la fe colectiva en la Autoridad, ya sea una autoridad disfrazada de ser celestial, de obispo, de político, de policía, de profesor o de experto, el emulsionante que permite que el cristianismo más social y el capitalismo más antisocial se mezclen con aparente normalidad en las sociedades occidentales modernas. En ese sentido, el católico medio no abraza la Autoridad por estar acostumbrado a ella como católico, que también, sino más bien al revés: es, o le han hecho, católico porque primero fue presionado a aceptar la importancia de la obediencia, dios de dioses. O dicho de otro modo, debido a que previamente abrazó la Autoridad, tendió a seguir creyendo ya de adulto en su padre o en su madre, en el Patriarca de la familia en definitiva, y a continuación en el Maestro, en el Médico, en el Jefe, en Dios Padre, en el Sacerdote, en el Papa, en el Presidente, en el Banquero, en el Bróker y en casi toda nueva abstracción que le recordara a una figura paterna indubitable y potencialmente castigadora.

Que B (catolicismo) suela ir asociado a C (capitalismo) en la actualidad no quiere decir necesariamente que uno sea la causa principal del otro, aunque ciertamente existan algunos puntos en común. Puede ocurrir sencillamente que A (autoritarismo, jerarquismo, colectivismo, estatismo, centralismo, nacionalismo, natalismo, urbanismo, irracionalismo, patriarcado, etc.), un factor previo en el tiempo o una suma de factores, sea la causa fundamental de ambos, y que incluso su influencia homogeneizadora sea tan poderosa que dos ideologías aparentemente irreconciliables puedan no solo convivir pacíficamente sino parecer uña y carne. En fin, como diría una amiga, la realidad es multicausal, y dar palos de ciego intentando explicarla, añado yo, es lo habitual.  

(…). Se puede pues transitar libremente entre el catolicismo y el marxismo sin pasar por el liberalismo. El sendero que va del credo tridentino al trotskismo es más corto de lo que parece. (…) A pesar de la autocracia caliginosa de su Iglesia, los católicos son aspirantes idóneos a izquierdistas. Por lo general, al menos en Gran Bretaña, tienen estos su origen en la clase obrera inmigrante y saben apreciar por formación el valor del pensamiento sistemático, se sienten como pez en el agua en medio de las dimensiones colectivas y simbólicas de la existencia humana y desconfían del subjetivismo. Entienden igualmente que lo institucional es inherente a la vida humana, dan más valor al acerbo común que a la inspiración individual y opinan que todo anda horrorosamente mal pero podría ir infinitamente mejor. A semejanza de los socialistas, son demasiado pesimistas como para inclinarse por lo progresista-liberal; y también demasiado esperanzados. Son, igualmente, herederos de una fértil tradición de pensamiento ético y político y no tienen miedo a pensar a lo grande. En cuanto parte de la institución cultural más persistente en los anales de la historia, que ha sobrevivido a lo largo y ancho del tiempo y el espacio, los católicos conocen bien la mudanza de la historia, pero también son expertos en su continuidad. Por ello, pocos individuos presentan tantas cualidades para engrosar las filas de la posmodernidad. Puede que tener que creer en la infalibilidad del Papa y en la Asunción de la Virgen –por no hablar de aprender a disculpar la tortura física y moral-, el ser objeto de los abusos sexuales de curas o de vapuleos por parte de monjas sádicas sea un precio demasiado alto por los años de aprendizaje, pero, en fin, ya se sabe que la letra con sangre entra.
Mas los católicos también tienden hacia la izquierda a causa de su aversión instintiva hacia el liberalismo, lo cual es a la vez admirable y castrante. Su apego al autoritarismo les hace atractivos para el socialismo, donde la especie abunda. Uno de los motivos de sonrojo de la izquierda hay que encontrarlo en el hecho de que un proyecto tan eminentemente razonable ejerza una fascinación irresistible sobre gentes que necesitan superar su complejo paterno o resolver su ambigüedad kleiniana. Todo socialismo que no logre cimentarse sobre la gran tradición liberal, tan profusamente alabada por Marx, está probablemente destinado al fracaso. Así pues, católicos e izquierdistas deben aprender de los liberales acerca de la ambigüedad y riqueza de todas las cosas, del encanto del matiz y la singularidad, de las dificultades para llegar a opiniones concluyentes, del valor de lo frágil y efímero, de la timidez patológica de la verdad. Los liberales, por su parte, deben aprender que, cuando se trata de encarar los grandes conflictos que desgarran nuestro mundo, no es posible adoptar una postura juiciosamente equidistante. En todos y cada uno de esos conflictos hay un lado más justo y otro menos justo y, al aferrarse a ese credo, los no liberales se alinean en el lado más cercano a lo justo. 
(…). El socialismo y el cristianismo son a un tiempo idearios materiales y espirituales, que valoran la vida ordinaria luchando a la vez por transfigurarla. Para la fe cristiana, el amor a Dios es una fuerza subversiva e implacable que irrumpe violentamente en el mundo, desgarra las familias, derroca a los poderosos, ensalza a los débiles y deja a los ricos con las manos vacías. Es precisamente esa ironía revolucionaria de la inversión con la que el Yahvé del Antiguo Testamento se siente identificado.   

Terry Eagleton, 2001
El portero: memorias
Random House Mondadori, 
Barcelona, págs. 43-51.