11 de diciembre de 2015

A propósito de las promesas políticas


Hace años leí algo acerca de un experimento que se hizo con peces de cardumen, esos diminutos seres brillantes que nadan en bandadas de a cientos, a veces miles, y que en un instante cambian de dirección conjuntamente: nudos en una red invisible de relaciones que parece vivir y funcionar como un superorganismo. Los investigadores llegaron a aislar el cordón nervioso que les permite hacerlo: transcurre paralelo a sus flancos. Y, con la conocida curiosidad falta de escrúpulos propia de la ciencia, extrajeron el vital órgano de la empatía a uno de ellos, convirtiéndolo en un lisiado. El pez maltratado, incólume exteriormente, fue devuelto entonces al cardumen natal y, lógicamente, se convirtió en pez guía. 
Lógicamente, pues, como no percibía señales y sus miles de compañeros nada sabían de su estado, consideraron que sus decisiones solitarias, que ya no respondían a la conocida determinación colectiva, eran ejemplares. Únicamente él, secretamente lisiado, parecía saber por dónde ir, cuál era la derecha, la izquierda, el camino hacia arriba o hacia abajo, aunque en realidad no respondía más que a un impulso ciego, autista. La demonología del líder como consecuencia de una autorreferencia absoluta, incapaz de empatía: una vez que uno se ha expuesto a esta posibilidad, la encuentra más de una vez en la historia de las “grandes” figuras del líder de la historia. Y así, todo parece indicar que Alejandro de Macedonia padecía de ello. En el caso de Napoleón está más documentado, por ejemplo en sus llamamientos a los soldados y a su nación al inaugurar cada  nueva guerra sangrienta: “¡Franceses! ¡El zar ha roto la palabra que me dio!”. Al parecer, consideraba que una traición personal era razón suficiente para tapizar campos de batalla con miríadas de cadáveres. Pero ninguno fue tan decididamente un lisiado como Hitler. 
(…) Sí, él era el pez guía amputado que ya no percibía señales correctoras, el que únicamente seguía sus impulsos más oscuros. Y el gran cardumen alemán, desorientado por la derrota de la Alemania imperial, (…) confrontado con formas hostiles, casi mortales de crisis económicas, desorientado hasta la médula, percibe la imparable rabia con la que este autista se lanza hacia lo desconocido, lo considera el poste indicador de la providencia, la salida de la miseria, la promesa de un futuro aún inimaginable, pero en cualquier caso glorioso. Y los haces nerviosos de estos millones de seres se acoplan a él. 
(…) ¿De qué factores y elementos se compone la fórmula hitleriana cuando la despojamos de sus falsas magnitudes de cálculo? (…) La primera premisa para su aplicación (o reaplicación) es una situación de crisis que incluya tanto la carestía material como la vivencia de una desorientación existencial. Esta experiencia de crisis debe suscitar la noción de que no basta para todos (y de que seguramente nunca más bastará). En tal caso habremos de descartar de raíz toda posibilidad de solucionar la crisis mediante un programa minucioso, pero humanista. El grupo o formación dominante que se sienta llamado a conservar los logros civilizatorios se verá por ello obligado a acometer una selección; ésta anulará lógicamente el carácter intocable de la dignidad humana. De modo que nuestra primera pregunta reza así: ¿es posible, o probable, una crisis hitleriana en el siglo XXI? Sí.  
Carl Amery, 1998. 
Auschwitz, ¿comienza el siglo XXI? Hitler como precursor