5 de enero de 2016

El cine bajo el capitalismo

o la fábrica de sueños



Si bien el «realismo socialista» y la censura franquista eran opciones aún peores, tampoco está de más un poco de autrocrítica por la parte que nos toca ahora:

Con sus vodeviles y sus calambours, el siglo XIX se resistía tenazmente a morir. De día, se escondía asustado, porque a esas horas le hería los oídos el permanente zumbido que despedían complejas máquinas y los bocinazos de los automóviles ensordecían las calles. La nueva vida ostentaba a placer su grosería. Ya en la fábrica de Ford hormigueaba la célebre «cinta». Y un domesticado Niágara entregaba kilovatios y esclavitud. En Filadelfia se estaban ensamblando poderosas locomotoras destinadas al Canadá y Australia. Y en esa misma Filadelfia, como en tantas otras ciudades del mundo, la gente vivía a toda prisa. A veces conseguían volver la vista al cielo por un instante. Y allá se encontraban con los primeros aviones. Mucho más habitual era que miraran al suelo: cada vez se les hacía más difícil ganarse el sustento. Aparecieron los autobuses. Aumentaron los suicidios. Sesudos profesores explicaban a duras penas a atónitas audiencias qué eran las corporaciones. Un largo centenar de «reyes» anunció su presencia en la República: reyes del petróleo, reyes del acero, reyes del cobre, reyes del algodón. Había llegado la época de la auténtica democracia: se igualó al tornero y al peón. Los ofendidos soñadores comenzaron a lanzar bombas. Sus destinatarios eran los burgueses, los policías, y también los transeúntes. La empresa de Edison, en un intento de ahogar a la Westinghouse, propuso utilizar la corriente eléctrica para ajusticiar a los criminales. Y así fue que la silla eléctrica vino a sustituir a la basta soga. Crecían los libros de contabilidad. Pero la desesperación crecía aún más rápidamente.
(...) Pero de todo eso hace ya mucho tiempo. Eso sucedía antes de nuestra era. Antes de que se inventara el cinematógrafo.
Adolph Zukor le dice a Elia Lichtman: -Si me da cinco mil dólares acabará ganando mucho dinero. Se trata del más seguro de los negocios. Hoy en día, la gente carece de diversiones que les resulten cómodas y baratas. Hoy el teatro es lo que un torno manual o un jamelgo. Tenemos que reconducir el negocio. ¿Cree que sólo se puede ganar dinero comerciando con azúcar o lana? Por supuesto que la gente quiere comer bien y vestirse mejor. Pero los hombres no son bestias salvajes. Se lo digo como artista y filósofo que soy. La gente también quiere soñar. Necesitan urgentemente que alguien les permita ver sueños hermosos. Y eso es lo que haremos: fabricarles sueños hermosos, sueños en serie, divertidos sueños a precio de ganga. (...) Mire a los hombres: tienen sed de ilusiones. Y se puede ganar un montón de dinero proporcionándoselas...

La fábrica de sueños
Editorial Melusina, 2008, págs. 21-25.