2 de enero de 2016

La rebelión de las mujeres




De cuando un anarquista escribía una columna semanal en el periódico conservador La Razón:

De siempre los señores han temido y adorado, en las mujeres y también en los dentros y en lo hondo de sí mismos (a todos nos queda algo de mujer por ahí abajo), aquello que era una vida sin futuro, sin trabajo ni estado ni dinero, lo que era una sabiduría sin ideas; eso que todavía en el Génesis deja asomar la Biblia por vislumbre en la figura de Eva y sus tratos con la serpiente. 
(…) Bien: pues lo que quería aquí decirles es que, desde entonces para acá, lo único que ha cambiado han sido las maneras de sujetarlas, de meterlas en la Casa del Poder y de integrarlas al Orden y a la participación en el Dominio. En eso ha consistido, a lo largo de la Historia, el progreso del Hombre hasta la fecha. Y en esta época que no es ninguna, en este Régimen del Bienestar, el procedimiento más eficaz de todos para matar lo de mujer que les quedara a las mujeres y nos quedara a sus enamorados: igualarse con el Hombre. 
Se han hecho hombres también ellas. ¿Han visto truco más mortífero y seguro? Que las mujeres incorporen su propia dominación. 
(…) ¡Qué tosco aquello de tener que domar a la bravía a palos! ¡Qué zafio aquello de tener a la mujer ocupada hijo tras hijo hasta los últimos respingos de su juventud! ¡Qué torpe aquello de vender esclavas o de quemar brujas! Algo más astuto, por parte del Poder, y más adelantado, aquello, de los repúblicos romanos o de los burgueses del XVIII, de hacerlas administradoras de la hacienda y regidoras de la familia, y que así la Madre participara en las funciones y ejercicio de poder del Padre. (…) Eso es el Progreso. Tal es el progreso del Dominio.
Y ya, en consecuencia, trepan ellas, en democrática competición, y ascienden por las escalas del Poder, de la Política, de la Economía y de la Cultura… de los hombres, claro: no hay más Cultura que la masculina; no hay, desde el arranque de la Historia, más Poder que el masculino.
Así es que, entonces, si una ocupa un puesto o cargo en el Régimen, en la Empresa, en el Estado, en la Economía, en la Cultura y los Medios de Formación de Masas de Individuos/-as, ¿quién, en esa tesitura, creen ustedes que vence?: ¿el Poder o ella?
(…) No hay en la igualación liberación ninguna, sino la forma más segura de matar en ellas toda amenaza y peligro de liberación, todo lo que en ellas quede vivo de mujer. 
No hay más Economía ni más Gobierno ni más Educación ni más Televisión ni más Filosofía ni más Ciencia que la masculina, que la del Hombre, desde el comienzo de la Historia, que comienza (…) con la erección del Poder del Hombre sobre la sumisión de las mujeres. Y creer que se puede combatir al Señor con las armas del Señor, eso es engañarse porque una quiere (que lo quiere porque el Señor se lo manda), y caer en la misma trampa en que han caído y caen todos los días tantas rebeliones de los pobres y dominados de la tierra. 
(…) La rebelión de las mujeres, que debía ser la primera y germen de todas (…), ha sufrido el mismo descarrío que las otras y siguientes, de burgueses, de proletarios, de pueblos coloniales: que, en vez de alzarse contra el Señor (…), en vez de ir a deshacer el Poder, a ver qué otra cosa se inventaba por acá abajo, se ha dedicado a reclamar la participación en el Poder, la igualdad con los señores, el derecho a seguir haciendo (Trabajo, Familia, Justicia y demás) las mismas pifias que ellos han hecho a lo largo de la Historia, a colaborar así en la perpetuación de la falsa Realidad, en la falsificación y dominación de lo que nos quedara de mujer, de sentido común y sentimientos. 

Agustín García Calvo, 1999
Editorial Lucina, Zamora, págs. 21-26.