7 de enero de 2016

Nietzsche como precursor

o leyendo al filósofo literalmente 


Más allá o más acá del Nietzsche esteta (a pesar de que él mismo echase en falta al “filósofo que describe la acción, no solo el que la poetiza”) y del Nietzsche ateo que la posmodernidad ha preferido mostrarnos (cautiva, como está, de la norma no escrita de que toda filosofía occidental es esencialmente buena aunque se demuestre lo contrario, siendo mejor, en mi opinión, esta otra: toda filosofía es conservadora y responsable de algo hasta que se demuestre lo contrario, toda filosofía está manchada de sangre mientras no se diga lo opuesto), esto es, un Nietzsche especialmente metafórico y metafísico, ahistórico y despolitizado, domesticado y rumiado hasta tornarlo irreconocible (como, por otra parte, también ocurre cuando alguien lee literalmente el Corán o el Antiguo Testamento y los creyentes doctos y moderados, alarmados por tanta literalidad plebeya, corren a matizar las Sagradas Escrituras de su propio dios), es preciso insistir en que el Nietzsche ético-político, acaso el Nietzsche más relevante y representativo de todos, precede cronológica, geográfica e ideológicamente al fascismo alemán. Él mismo reconoce su politicismo en varias ocasiones: cuando escribe que “la política es ahora el órgano del Pensamiento en su totalidad”; cuando cuenta que su admirado Platón, todo un agitatorischen Politiker, "debe ser considerado (...) como un político revolucionario que desea subvertir el mundo entero y que con este objetivo es, también, escritor"; y cuando uno de los títulos que baraja para su primer libro es Consideraciones sobre el significado ético-político del Drama Musical. En cierta manera, fue un visionario:

(…) veo esto: una acción dirigida con grandeza por un Estado, por un Führer.
Nietzsche joven. 

Esto que debería ser una verdad evidente desde hace tiempo, por alguna razón (relacionada tal vez con el academicismo, el esnobismo, el eurocentrismo, el capitalismo posmoderno, el relativismo, el individualismo, el patriarcado, el autoritarismo, el jerarquismo y la meritocracia, que no es sino la modernización de la aristocracia o «gobierno de los mejores») no lo es para la mayor parte de la opinión pública occidental, ni siquiera para muchas de las personas que el propio Nietzsche despreciaba: cristianas, judías, demócratas, socialistas, anarquistas (especialmente), obreras, sindicalistas, internacionalistas, antimilitaristas, intelectuales, eruditas, artistas, periodistas, literatas, bohemias, liberales, burguesas, capitalistas... ¡Hasta sus prologuistas y mejores lectores, como Bataille, hacen auténticas cabriolas con tal de disculpar al maestro, llegando a culpar a su hermana Elisabeth de haber malentendido y fascistizado su obra póstumamente!

Cuando menos habría que sospechar de ese fuerte desequilibrio que existe entre el miedo que genera el libro de Hitler (1925) por un lado y, por otro, la veneración y desresponsabilización intelectual con la que es acogida generalmente la obra del filósofo del martillo, esa “hermenéutica de la inocencia” como la llama Nicolás González Varela. Una obra que, bien leída (como lo haría un corazón infantil, es decir, leída tal cual y sin los elaborados autoengaños de los adultos), no dista tanto de la del Führer (este se veía a sí mismo como un "líder filósofo", como afirma Yvonne Sherratt en Los filósofos de Hitler), matices importantes aparte. Entre ellos, este: la voluntad de poder de Nietzsche era más elitista, aristocrática, platónica, intelectual y reaccionaria que la de Hitler, y por tanto menos moderna, populista, materialista y burocrática. El filósofo probablemente se desharía en elogios ante una casta de guerreros como la representada por el ejército hitleriano, al igual que ya lo hizo con el ejército prusiano del II Reich, pero seguramente el III Reich le habría sabido a poco (también la Calípolis de Platón, demasiado socrática y racionalista), pues como utópico del intelecto echaría en falta su soñada "pirámide intelectual", la cual estaría coronada por la "Aristocracia de la Inteligencia" y por la figura del Genio y del "artista genial" (o sea, su figura, la de un líder poderoso pero al mismo tiempo genial, esteta, profeta, predestinado y cuasidivino), fin supremo al que debía aspirar su Estado Cultural esclavista (Kulturstaat). En su cosmovisión, el pueblo existe por y para el genio, no al revés (“el Estado ha de preparar la generación y la Comprensión del Genio. (…) Nosotros debemos señalar como el fin real de la tendencia del Estado a esos seres individuales, aquellos hombres que se eternizaban en el trabajo artístico y filosófico: así será de enorme la dureza de nuestra política (…). Para que pueda surgir el Artista, necesitamos de zánganos, de un estamento de trabajo esclavo que nos alivie”). En ese sentido, su milenarismo político es quizá más megalómano e individualista que el de Hitler, y por supuesto más que el de Franco, quien practicó un fascismo igualmente mortífero pero con menos pretensiones intelectuales.

Por ejemplo, Nietzsche aborrecía lo que él llamaba “la política pequeña”, esa “infección nacionalista por la que hoy los pueblos de Europa se atrincheran unos contra otros y se ponen recíprocamente en cuarentena”, pero cuidado, que su pensamiento no tuviera cabida en los tradicionales corsés nacionalistas, como lo demuestra el hecho de que se considerara a sí mismo una y otra vez dentro del grupo de los “buenos europeos, los herederos de Europa”, no le convierte en un partidario de la diplomacia internacional, sino, más bien al contrario, en su más firme adversario. Lo que le movía a criticar las trincheras y los nacionalismos en Europa no era un pacifismo europeísta y apátrida, como gustábamos de creer quienes leíamos a Nietzsche idealizada y anacrónicamente, sino un nuevo imperialismo a la altura de sus admirados “hombres de mando” como Alcibíades, Julio César, Arminio, Hermanarico, Federico II de Hohenstaufen, Napoleón I, Napoleón III y Otto von Bismarck, aquel canciller alemán que decía: “Contra los demócratas solamente sirven los soldados”. Así lo manifiesta el propio Nietzsche en una carta a su madre en 1868: “Bismarck me proporciona inmensas satisfacciones. Leo sus discursos como si bebiese un vino fuerte (…): reteniendo la lengua para no tragar demasiado deprisa y prolongar el placer todo lo posible”. Es más, no contento con el último Bismarck por considerarlo débil e insuficientemente elitista, en 1886 se lamenta de la siguiente manera: “(…) el ‘Espíritu alemán’ (…) no hacía mucho tiempo había tenido la voluntad de dominar sobre Europa, la fuerza de guiar a Europa”, pero ahora “esa Alemania” acaba “de presentar su abdicación definitiva e irrevocable” en “su tránsito a la mediocrización”, es decir, a la “Democracia”. Cuatro años antes, en La gaya ciencia, ya soñaba con “superar (…) al movimiento nacional, para heredar y continuar en sentido afirmativo el esfuerzo de Napoleón; como sabemos, quería una Europa unida que fuese dueña del mundo”.

En este gusto por lo excelso-heroico-genial, y en tantas otras cosas, el español José Ortega y Gasset le toma la palabra al profesor de Basilea, concretamente en La rebelión de la masas (1929) cuando rechaza el nacionalismo por ser “exclusivista” al tiempo que defiende “el principio nacionalizador” por ser “inclusivista” o expansivo, esto es, un principio que a diferencia del nacionalista no elude “el deber de invención y de grandes empresas”, entre ellas, las guerras imperiales: “El pacifismo está perdido y se convierte en nula beatería si no tiene presente que la guerra es una genial y formidable técnica de vida y para la vida”. De ahí que afirmara sin tapujos: “Si el europeo se habitúa a no mandar él, bastarán generación y media para que el viejo continente, y tras él el mundo todo, caiga en la inercia  moral,  en  la  esterilidad  intelectual  y  en  la barbarie omnímoda”.

Las deudas o herencias nietzscheanas presentes en la obra de Ortega y Gasset son muchas y fácilmente rastreables (también sus diferencias, es cierto), y aunque no es el propósito primero de este texto, antes de continuar no puedo menos que recordar aquellas palabras que dejara escritas el filósofo madrileño en La rebelión de las masas y relacionarlas con aquellas otras de las Consideraciones intempestivas (1873-1876) de Nietzsche. Escribe el español: “Ahora (…) cree la masa que tiene derecho a imponer y dar vigor de ley a sus tópicos de café. Yo dudo que haya habido otras épocas de la historia en que la muchedumbre llegase a gobernar tan directamente como en nuestro tiempo. Por eso hablo de hiperdemocracia”. Y esto es lo que dice el alemán: “Las masas me parecen merecer atención solo bajo tres puntos de vista: por un lado, como copias desvaídas de los grandes hombres, hechas en mal papel y con placas gastadas; por otro, como resistencia frente a los grandes, y, por último, como instrumento de los grandes”.

¿Y qué decir de su vinculación, la de ambos, con la defensa de la esclavitud stricto sensu, esto es, de la esclavitud pura y dura que va más allá si cabe de la moderna e inalámbrica esclavitud salarial? Nietzsche se posiciona en La gaya ciencia: “Sencillamente no consideramos deseable que se asiente en este mundo el reino de la justicia y de la concordia”; es más, “nos incluimos entre los conquistadores, reflexionamos sobre la necesidad de una nueva jerarquía y también de una nueva esclavitud, ya que siempre que se fortalece y se eleva el tipo «hombre» se requiere asimismo una nueva forma de esclavitud”. Y en algunos de sus escritos inéditos (Nachlass) es aún más explícito. Tanto es así que su amigo Richard Wagner le aconsejó no incluirlos en su primer libro, probablemente por considerarlos demasiado politizados y reaccionarios. En sus borradores, que “serán ofrecidos a Cosima Wagner como presente de Navidad en diciembre de 1872, encuadernados lujosamente en piel y dedicados” (González Varela, 2010), no solo elogia las Leyes de Manu y la Constitución de Esparta (sobre esto y el éxito actual de cómics y películas como 300 habría mucho que decir), sino que trata de justificarlo moral y fisiológicamente, contradiciendo así a quienes solo quieren ver la faceta estético-cultural de Nietzsche y no, junto a ella, la faceta político-moralista:

Para que exista el suelo que permita un mayor desarrollo del arte, es preciso que la gran mayoría esté sometida al servicio de una minoría, como esclavos a la necesidad vital (…). A expensas de esta mayoría y gracias a su plustrabajo aquella clase privilegiada debe ser sustraída de la lucha por la existencia. (…). Es condición cruel fundamental de toda formación, que la Esclavitud pertenece a la esencia de una Cultura… la miseria de la masa que vive fatigosamente debe aumentar aún más, para que se haga posible a un número restringido de hombres olímpicos la producción del mundo del arte. Aquí está la fuente de aquella rabia mal disimulada, que han alimentado… los comunistas y socialistas, y también sus más pálidos descendientes, la Raza blanca de los liberales (…). De la molicie del hombre moderno han nacido las tremendas crisis sociales del presente, contra las cuales me atrevo a recomendar un remedio que se encuentra en la esencia de la naturaleza: la Esclavitud. (…) sólo los grilletes del Estado pueden empalmar a las grandes masas unas con otras, de forma tal que tenga que realizarse aquella estratificación química de la sociedad, con su nueva estructura piramidal. (…) No hay nada más terrible que un estamento bárbaro de esclavos que haya aprendido a considerar su existencia como una injusticia y que se disponga a tomar venganza (…). 

La filosofía de Nietzsche no solo persigue un fin estético con los medios que sean necesarios, sino que esos medios son al mismo tiempo fines. Para él la esclavitud no es un simple medio político para un fin puramente cultural, sino parte imprescindible de su visión holística del mundo. De ser así, de importarle solamente el Arte, no habría hecho tanto hincapié en la raza, los judíos, la sumisión, la guerra, la moral y el espíritu alemán. Ninguna persona justificaría un régimen totalitario simplemente porque le encante la música que se hace en él. Tiene que haber algo más. Es preciso que vea la desigualdad como un fenómeno natural y deseable en sí mismo, como una lucha eterna de razas y castas, una en la que los suyos van perdiendo, y eso le asusta. Es necesario que exista en él una ardiente necesidad de Poder a todos los niveles, quizá el único consuelo que conoce (en este sentido, sus ansias de cultura serían en el fondo una variante intelectualizada del tradicional y prosaico deseo de poder, una excusa, un disimulo emocional, el resultado de una represión infantil disociada, como diría Alice Miller). Él mismo lo reconoce a su manera en Humano, demasiado humano: "Platón fue la encarnación del deseo de convertirse en el supremo legislador filosófico y fundador de Estados; parece haber sufrido terriblemente por la no-realización de su idea, y su alma se sintió hacia el fin de su vida poseída de la más negra bilis". Eso explicaría, por ejemplo, que en 1871 llorara de impotencia por los supuestos cuadros quemados del Louvre a manos de los communards de París (en realidad era un bulo de la prensa reaccionaria) y que, por el contrario, no derramara ni una lágrima por los miles de asesinados durante la represión que siguió al movimiento insurreccional. Dime a qué filósofo admiras y te diré qué peligro corres (corremos).

Por lo que respecta a Ortega y Gasset, si bien no es posible asegurar que la defienda de la misma manera que lo hace el alemán, tampoco es descabellado afirmar que, cuando menos, coquetea con su justificación: “Solemos, sin más reflexión, maldecir de la esclavitud, no advirtiendo el maravilloso adelanto que representó cuando fue inventada. Porque antes lo que se hacía era matar a todos los vencidos. Fue un genio bienhechor de la humanidad el primero que ideó, en vez de matar a los prisioneros, conservarles la vida y aprovechar su labor”.

En definitiva, Nietzsche y fascismo no pueden entenderse por separado (que no es lo mismo que decir que sean lo mismo, como la propia lógica de la frase indica), por más que sean muchas las cosas y los autores que también podemos relacionar gradual y causalmente con el fascismo europeo. En este sentido, hay quien no dudaría en afirmar que la propia Ilustración, el darwinismo, que no la biología, la Revolución Industrial y la idea de progreso guardan también cierta vinculación, ¿o es que nos hemos vuelto tan optimistas, como quería el último Nietzsche, que no creemos ya en la inercia del pasado y demás cantinelas "pesimistas"? Al menos en una cosa tenía razón el alemán: en historia, "todas las cosas largas son difíciles de ver, difíciles de abarcar con la mirada".

¿Es posible "una crisis hitleriana en el siglo XXI"? Sí, responde Carl Amery. Tanto más probable cuanto menos logremos averiguar y desactivar sus causas. Todas, materiales y no materiales. 


Todavía han de inventarse muchos más sustitutivos de la guerra, pero puede que gracias a ellos se caiga progresivamente en la cuenta de que una humanidad tan sumamente civilizada y, por consiguiente, tan fatalmente agotada como la de los europeos de hoy, no sólo necesite guerrear, sino que las guerras sean enormes y terribles (que necesite, pues, recaer momentáneamente en la barbarie) para evitar que los medios que procura la cultura atenten contra su propia cultura y contra su existencia.
Nietzsche, 1878
Humano, demasiado humano.

La purificación de las razas. Probablemente no hay razas puras, sino solamente razas depuradas, e incluso éstas son muy escasas. Las más frecuentes son las razas cruzadas en las que, junto a defectos de armonía en las formas corporales (por ejemplo, los ojos y la boca no se corresponden), se observan necesariamente faltas de armonía en las costumbres y en los juicios de valor (Livingston oyó decir: ‘Dios creó a los blancos y a los negros, y el diablo creó a los mulatos.’) Las razas cruzadas producen siempre, a la vez que Culturas cruzadas, moralidades igualmente cruzadas: generalmente, éstas son las peores, las más crueles y las más inquietas. La pureza es el resultado último de incontables asimilaciones, absorciones y eliminaciones, y el progreso hacia la pureza se manifiesta en que la fuerza existente en una raza se limita cada vez más a determinadas funciones escogidas, mientras que antes se tendía con frecuencia a realizar demasiadas cosas contradictorias. Esta limitación tendrá siempre la apariencia de un empobrecimiento, pero hay que juzgarla con prudencia y equidad. Una vez acabado el proceso de depuración, todas las fuerzas que antes se perdían en la lucha entre cualidades sin armonía, están ahora a disposición del conjunto del organismo: por eso las razas depuradas son siempre más fuertes y más hermosas. Los griegos constituyen un ejemplo de una raza y de una civilización depurada del modo que acabo de indicar, y es de esperar que algún día se logre también crear una raza y una civilización europeas puras.
Nietzsche, 1879-1881
Aurora.

Nuestra creencia en una virilización de Europa. Debemos a Napoleón (y de ningún modo a la Revolución francesa que buscaba la "fraternidad" de los pueblos y el florecimiento de efusiones afectivas universales) que quepa poder esperar en adelante una sucesión de siglos bélicos sin precedente en la historia; en pocas palabras: el haber entrado en la era clásica de la guerra, de la guerra científica y popular a un tiempo, de la mayor envergadura (en cuanto a medios, talento, disciplina), período que los siglos futuros considerarán retrospectivamente con envidia y respeto como un ejemplar de perfección, el movimiento nacional en efecto del que procederá esta gloria bélica, no es sino un contragolpe de la acción misma de Napoleón, por lo que sin él no habría podido producirse. Algún día se reconocerá a Napoleón el mérito de haber restituido al hombre en Europa, la superioridad sobre el hombre de negocios y el filisteo; quizás incluso sobre «la mujer», a quien el cristianismo, el espíritu entusiasta del siglo XVIII y las «ideas modernas» no han dejado de halagar. Napoleón, que consideraba a la civilización con sus ideas modernas como una enemiga personal, se consagró mediante esta hostilidad como uno de los mayores continuadores del Renacimiento; él fue quien sacó a la luz un fragmento entero de naturaleza antigua (...). Y quién sabe si este fragmento (...) no llegará a superar igualmente al movimiento nacional, para heredar y continuar en sentido afirmativo el esfuerzo de Napoleón; como sabemos, quería una Europa unida que fuese dueña del mundo.
(...). Nosotros, los apátridas. (...) Nosotros no «conservamos» nada, tampoco queremos volver a cualquier época del pasado, no somos «liberales» en modo alguno, no trabajamos por el «progreso» ni necesitamos taparnos los oídos para no oír a las sirenas de la plaza pública que hablan del futuro en sus cantos; ¡no nos seducen cuando cantan: «igualdad de derechos», «sociedad libre», «ni amos ni esclavos»! Sencillamente no consideramos deseable que se asiente en este mundo el reino de la justicia y de la concordia (porque sería en todos los sentidos el reino de la mediocridad más profunda y algo similar a la sociedad china), nos regocijamos con todos los que, como nosotros, aman el peligro, la guerra, la aventura (...), nos incluimos entre los conquistadores, reflexionamos sobre la necesidad de una nueva jerarquía y también de una nueva esclavitud, ya que siempre que se fortalece y se eleva el tipo «hombre» se requiere asimismo una nueva forma de esclavitud, ¿no es así?
Nietzsche, 1882
La gaya ciencia,
pág. 250.

¡Hermanos míos en la guerra! (...) Debéis amar la paz como medio para nuevas guerras. Y la paz corta más que la larga. A vosotros no os aconsejo el trabajo, sino la lucha. A vosotros no os aconsejo la paz, sino la victoria (...). Sólo se puede estar callado y tranquilo cuando se tiene una flecha y un arco: de lo contrario, se charla y se disputa. ¡Sea vuestra paz una victoria! ¿Vosotros decís que la buena causa es la que santifica incluso la guerra? Yo os digo: la buena guerra es la que santifica toda causa. La guerra y el valor han hecho más cosas grandes que el amor al prójimo. No vuestra compasión, sino vuestra valentía es la que ha salvado hasta ahora a quienes se hallaban en peligro. «¿Qué es bueno?», preguntáis. Ser valiente es bueno. Dejad que las niñas pequeñas digan: «ser bueno es ser bonito y a la vez conmovedor». (...) Rebelión -ésa es la nobleza en el esclavo. ¡Sea vuestra nobleza obediencia! ¡Vuestro propio mandar sea un obedecer! «Tú debes» le suena a un buen guerrero más agradable que «yo quiero», y a todo lo que os es amado debéis dejarle que primero os mande. (...) ¡Vivid, pues, vuestra vida de obediencia y de guerra! ¡Qué importa vivir mucho tiempo! ¡Qué guerrero quiere ser tratado con indulgencia! 
Nietzsche, 1883-1885
Así habló Zaratustra,
págs. 83-85.

Los juicios de valor caballeresco-aristocráticos tienen como presupuesto una constitución física poderosa y una salud floreciente (...), junto con lo que condiciona el mantenimiento de la misma, es decir, la guerra, las aventuras, la caza, la danza, las peleas (...). La manera noble-sacerdotal de valorar tiene (...) otros presupuestos: ¡las cosas les van mal cuando aparece la guerra! Los sacerdotes son, como es sabido, los enemigos más malvados; ¿por qué?; porque son los más impotentes. A causa de su impotencia el odio crece en ellos hasta convertirse en algo monstruoso y siniestro, en lo más espiritual y al mismo tiempo más venenoso. Los máximos odiadores de la historia universal (...). Tomemos en seguida un ejemplo muy claro: nada de lo que en la tierra se ha hecho contra los nobles, los violentos, los señores, los poderosos, merece ser mencionado si se le compara con lo que los judíos han hecho contra ellos mismos; los judíos, ese pueblo sacerdotal, que no ha sabido tomar satisfacción de sus enemigos y dominadores más que por una radical transvaloración de los valores propios de ellos, es decir, por un acto de la más espiritual venganza. (...) Han sido los judíos los que, con una consecuencia lógica aterradora, se han atrevido a invertir la identificación aristocrática de los valores (bueno-noble-poderoso-bello-feliz-amado de Dios) y han mantenido hasta ahora con los dientes el odio más abismal (...) esa inversión, a saber, "¡los miserables son los buenos; los pobres, los impotentes, los bajos son los únicos buenos; los que sufren, los indigentes, los enfermos, los deformes (...). Y en cambio ustedes, los nobles y violentos, ustedes son, por toda la eternidad, los malvados, los crueles, los lascivos, los insociables, los ateos (...)!". (...) A propósito de la iniciativa monstruosa y desmesuradamente funesta asumida por los judíos con esta declaración de guerra, la más radical de todas, recuerdo la frase que escribí en otra ocasión (Más allá del bien y del mal, pág. 118), a saber, que con los judíos comienza la mortal rebelión de los esclavos (...). Atengámonos a los hechos: el pueblo -o 'los esclavos', o 'la plebe', o 'el rebaño', o como usted quiera llamarlo- ha vencido, y si esto ha ocurrido por medio de los judíos, (...) entonces jamás pueblo alguno tuvo una mayor misión en la historia universal. Los señores están liquidados, la moral vulgar ha vencido. Se puede considerar esta victoria a la vez como un envenenamiento de la sangre (ella ha mezclado las razas entre sí) (...); todo se judaiza, o se cristianiza, o se aplebeya a ojos vistas (...). La marcha de ese envenenamiento a través del cuerpo entero de la humanidad parece incontenible (...).
Nietzsche, 1887
La genealogía de la moral,
págs. 31-36.

¿Qué es bueno? -Todo lo que eleva el sentimiento de poder, la voluntad de poder, el poder mismo en los hombres. ¿Qué es malo? -Todo lo que procede de la debilidad. ¿Qué es felicidad? El sentimiento de que el poder crece, de que una resistencia ha sido superada. No la satisfacción, sino la obtención de más poder; no la paz en general, sino la guerra; no la virtud, sino la excelencia (...). El primer principio de nuestro amor a los hombres: los débiles y los fracasados han de perecer; hay que ayudarles, además, a ello. ¿Qué es más dañino que cualquier tipo de vicio? -Practicar la compasión frente a los fracasados y los débiles -a saber, el cristianismo... (...) En todos los lugares donde declina de algún modo la voluntad de poder, existe también un retroceso fisiológico, un fenómeno de décadence. La divinidad de la décadence, cercenada en sus virtudes e instintos más viriles, se convierte necesariamente (...) en el Dios de los fisiológicamente degenerados, de los débiles. Pero ellos no se llaman a sí mismos los débiles, se llaman los «buenos»... (...) Que las razas fuertes de Europa no rechazaran a este Dios cristiano no es cosa que, a decir verdad, haga honor a sus aptitudes religiosas, por no hablar de su gusto. Tendrían que haber acabado con semejante engendro enfermo y decrépito de la décadence
Nietzsche, 1888
El Anticristo,
págs. 112-138.


Teoría del agotamiento. -El vicio, los enfermos de espíritu (especialmente los artistas...), los criminales, los anarquistas, no pertenecen a las clases oprimidas, sino que son el desecho de todas las clases de la sociedad conocidas hasta ahora... Con el análisis de que todos nuestros estratos sociales han sido permeabilizados por estos elementos, hemos comprendido que la sociedad moderna no es una «sociedad», no es un «cuerpo», sino un conglomerado enfermo de chandalas, una sociedad que ya no tiene fuerzas para la excreción. (...). 
El estado de la corrupción. -Comprender la interconexión de todas las formas de corrupción, y, entre ellas, no olvidar la corrupción cristiana (Pascal como tipo), ni la corrupción socialista-comunista (una consecuencia de la cristiana) -la más alta concepción de la sociedad en los socialistas es, desde el punto de vista de las ciencias físicas y naturales, la más baja en la jerarquía de las sociedades (...). Aquí no puede haber ningún armisticio: hay que eliminar, destruir, hacer la guerra; hay que desenmascarar aún en todas partes la medida cristiano-nihilista de valores y combatirla bajo todos los disfraces en que se esconde..., por ejemplo, en la sociología actual, en la música actual, en el pesimismo actual (...). No es inmoral la Naturaleza cuando no tiene compasión por los degenerados: por el contrario, el crecimiento de los males fisiológicos y morales es la consecuencia de una moral enfermiza y antinatural. (...) No hay solidaridad en una sociedad en la que existen elementos estériles, improductivos y destructores, que, además, tendrán descendientes más degenerados que ellos mismos. (...). 
La valoración con la que se juzgan hoy las diferentes formas de la sociedad es exactamente igual a aquella que concede un valor más alto a la paz que a la guerra; pero este juicio es antibiológico, es, incluso, un aborto de la decadencia de la vida... La vida es una consecuencia de la guerra, la sociedad misma es el medio para la guerra... El señor Herbert Spencer es un decadente como biólogo; lo es también como moralista (¡ve algo digno de admirar en el triunfo del altruismo!). (...) Dificultar esencialmente la selección de la especie y el limpiarla de excrementos, esto se ha conocido hasta ahora como la virtud por excelencia... Hay que honrar a la fatalidad; la fatalidad que dice al débil: «¡perece!» (...). La raza está corrompida, no por sus vicios, sino por su ignorancia (...).
Nietzsche, 1888
La voluntad de poder,
págs. 64-67.



Si estas lecturas directas, y muchas más si se dispone de tiempo, no bastaran por sí solas, tal vez ayude el siguiente análisis de la obra de Nietzsche realizado por José García Caneiro y Francisco Javier Vidarte en Guerra y filosofía: concepciones de la guerra en la historia del pensamiento: "Entre las fuerzas, siempre son preferibles las fuerzas activas y, entre las voluntades, la voluntad afirmativa, a las que Nietzsche llama lo noble, lo aristocrático, lo bueno, lo alto. Las fuerzas activas son superiores y más fuertes, lo que no quiere decir que, históricamente, la conjunción de las fuerzas reactivas y su voluntad de poder negativa no hayan logrado imponerse sobre las primeras. Pero, aunque las fuerzas reactivas, lo más vil y despreciable que hay en el hombre, venzan, no por ello se convierten en activas: el siervo que triunfa no deja de ser siervo, los valores negativos, aunque logren estar vigentes, siguen siendo negativos".

Recurriendo a la etimología, Nietzsche afirma que originariamente, «bueno» significaba poderoso, distinguido, superior, el hombre capaz de dominar, juzgar, el señor; «malo», en cambio, señalaba a aquél que era incapaz de llevar a término su poder, el impotente, el mezquino, el esclavo, el sometido. (...) El señor no necesita del siervo para afirmarse, no establece con él una relación dialéctica de lucha para ser reconocido. No lo necesita, es puro afirmarse a sí mismo. (...) Si aplasta a alguien en su camino, será algo inevitable, ni siquiera lo habrá pretendido, ni querido. El esclavo, en cambio, necesita negar al señor para afirmarse. Él no es afirmación, necesita negar para llegar a ser algo. Como la inmensa fuerza del señor le perjudica, le hace daño y lo somete, invierte los términos y considera que el señor es lo malo y, por tanto, él, el débil, es lo bueno. Ésta es su fuerza reactiva, negativa, nacida del resentimiento, de la necesidad de vengarse. La dialéctica hegeliana, para Nietzsche, es sólo el modo de interpretar la realidad propio de los débiles y oprimidos, es la ideología de los seres vengativos y resentidos. (...). 
A partir de ahora será pues, fundamental, en todo conflicto distinguir si éste ha sido fruto de la agresividad afirmativa de los señores o del resentimiento de los débiles, para llamar bueno a quien realmente es bueno y malo a quien realmente es malo. La moral judeo-cristiana ha invertido esta jerarquía en su moral, llamando malo al poderoso y fuerte, haciéndole sentirse culpable y lleno de mala conciencia, y bueno al pusilánime y pobre de espíritu; llamando virtud no a la fuerza y al poder sino al autocontrol, la contrición, la renuncia y el ascetismo. 
José García Caneiro y Francisco Javier Vidarte
Guerra y filosofía, 2002
Editorial Tirant lo Blanch, Valencia, págs. 114-115.