15 de febrero de 2016

El nacionalismo en la poesía de Walt Whitman

o cuando "romantizar el mundo" (Novalis) sin autocrítica 
desemboca en irracionalismo y colonialismo


American progress (1872) de John Gast


Si bien el romanticismo liberal de Whitman (1819-1892) difiere en gran medida del romanticismo reaccionario de Schlegel (1772-1829) y compañía, es posible encontrar algunas similitudes ideológicas importantes entre los dos, por ejemplo su relación con el milenarismo de tipo estatista-nacionalista (recuérdese aquel gráfico), que en el caso norteamericano responde al nombre de Manifest Destiny. Los unos miran al futuro para recuperar el pasado (para ellos, las injusticias del pasado no son tales). Los otros, el liberal y el progresista, miran al futuro para perfeccionar el presente (para estos, las injusticias del pasado se han superado). En un tercer plano, opuesto a ambos, se encuentra el anarquista (para este, las filosofías de la historia colectivistas y optimistas dificultan el cuestionamiento aquí y ahora tanto del presente como del pasado).











Siguiendo a Herder, el poeta neoyorquino llegará a afirmar en 1888 que "la poesía realmente grande es siempre (...) el resultado del espíritu nacional, y no el privilegio de una minoría refinada y selecta". Bien por lo segundo. No así por lo primero. 


Prefacio de la edición de 1855 de Hojas de hierba (Leaves of grass) del propio Whitman, traducido por Francisco Alexander:
Los norteamericanos, entre todos los pueblos que han existido en la tierra en cualquier época, poseen probablemente la más completa naturaleza poética. Los Estados Unidos son ellos mismos, en su esencia, el más grande poema. (…) el hecho de que el Presidente se descubre ante ellos, y no ellos ante él, todo es también poesía sin rima (…).
Cuando la larga costa del Atlántico se extiende y se prolonga, y cuando se extiende y se prolonga la costa del Pacífico, él [el poeta, el bardo] se extiende y se prolonga con ellas, sin dificultad, hacia el norte o hacia el sur. (…). En él penetra lo esencial de las cosas reales y de los acontecimientos pasados y presentes; de la enorme diversidad del clima, y de la agricultura, y de las minas; las tribus de rojos aborígenes; (…) las primeras colonizaciones en el norte o en el sur; la estatura y la fuerza rápidamente adquiridas; el altivo reto del año 76, y la guerra, y la paz, y el establecimiento de la Constitución…; la unión siempre rodeada de charlatanes y siempre tranquila e inexpugnable; (…) el interior inexplorado; (…) el libre comercio; las pesquerías y la pesca de la ballena y los lavaderos de oro; la gestación interminable de nuevos Estados (...).
Entre todas las naciones, los Estados Unidos, con sus venas llenas de sangre de poesía, son los que más necesitan de poetas y sin duda poseerán los más grandes, y los emplearán en la más grande medida. Sus presidentes no serán tanto sus árbitros comunes como lo serán sus poetas. Entre todos los hombres, el gran poeta es el hombre ecuánime. (...). 

Perspectivas democráticas, 1868:
Dentro de unos pocos años, el corazón del dominio de Norteamérica estará muy tierra adentro, hacia el oeste. Nuestra futura capital nacional quizás no esté entonces donde está ahora la actual. (...). Mucho tiempo antes de que llegue el segundo centenario tendremos ya alrededor de cuarenta a cincuenta Estados, entre los cuales estarán Canadá y Cuba. (...). El océano Pacífico será nuestro, y el Atlántico principalmente nuestro. (...). ¡Qué época!, ¡qué país! ¿Dónde, doquier que se busque, se encontrará otro tan grande? La individualidad de una nación deberá entonces, como siempre, dirigir el mundo. ¿Podrá caber el menor resquicio de duda de qué país será ése?

Prefacio de la edición de 1872:
A mi ver, los Estados Unidos son importantes porque, en este drama gigantesco, están incuestionablemente destinados a representar los papeles principales durante muchos siglos. Parece que en ellos la historia y la humanidad quisieran tener su culminación. (…). Y en este territorio nuestro, tarde o temprano, como en un escenario, se desarrollará probablemente algo como un eclaircissement de toda la civilización de Europa y del Asia. 
Los papeles principales… No será representado ni emulado aquí otra vez, por nosotros, ese papel que ha dominado hasta ahora en la historia. No nos convertiremos en una nación conquistadora, ni alcanzaremos la gloria de la simple superioridad militar, o diplomática, o comercial, sino que seremos el grandioso país productor de hombres y mujeres de razas copiosas, alegres, sanas, tolerantes, libres; seremos la nación más afectuosa (…), la moderna nación compleja, formada de todos, con espacio para todos (…); la primera nación de la paz, pero no ignorante ni inhábil para ser la primera nación de la guerra (…).

Prefacio de la edición del 1876:
Hay cosas vitales en las que esta República (…) contrastará vivamente del resto y será el remate de la humanidad moderna. 

Prefacio de la edición de 1888:
Digo que jamás ha habido país, pueblo ni circunstancias que tuvieran tanta necesidad de un linaje de poetas y poemas distintos de todos los demás, y que fuesen estrictamente suyos, como la que el país y el pueblo y las circunstancias de nuestros Estados Unidos tienen de esos poetas y poemas hoy, y para el porvenir. Aún más, en tanto los Estados Unidos continúen absorbiendo la poesía del Viejo Mundo y dejándose dominar por ella, y en tanto permanezcan faltos de una poesía autóctona que exprese, vivifique, de color y defina su éxito material y político, y que les sirva señaladamente, carecerán de una nacionalidad de primera clase y serán defectuosos. 
Concluyo con dos advertencias al genio imaginativo de Occidente cuando se levante dignamente: Primera, lo que Herder enseñó al joven Goethe, a saber, que la poesía realmente grande es siempre (como los cantos homéricos o los bíblicos) el resultado del espíritu nacional, y no el privilegio de una minoría refinada y selecta. Segunda, que las canciones más vigorosas y dulces están aún por cantarse. 

Walt Whitman, Hojas de hierba 
(ed. Francisco Alexander), Visor Libros, 2006, págs. 25-63.