20 de febrero de 2016

La influencia orteguiana en los jóvenes del 27

o cuando la poesía «apolítica» no es tan apolítica como parece


Homenaje a Ortega y Gasset (1920) en la Residencia de Estudiantes
(sentados, de derecha a izquierda: Juan Ramón Jiménez, el propio Ortega y Azorín; 
entre estos, de pie, Gómez de la Serna, el organizador)


 Homenaje a Mallarmé (1923) en el Jardín Botánico
(arriba, de izq. a dcha.: Bacarisse, Bergamín, Marichalar,
Chacón y Calvo y Díez Canedo; abajo: d'Ors, Moreno Villa y Ortega y Gasset)


Homenaje a Ramón Gómez de la Serna (1923) en el restaurante Lhardy
(detrás, Azorín y el propio Ramón; delante, García Lorca, entre otros)


Homenaje a Luis de Góngora (1927) en el Ateneo de Sevilla
(de izquierda a derecha: Alberti, Lorca, Chabás, 
Bacarisse, Platero, Blasco Garzón, Guillén, Bergamín, 
Dámaso Alonso y Gerardo Diego)




Al hilo de "Ortega y Gasset como precursor" y "Filósofos (anti)populares".

El hermetismo de la obra de Góngora «coincide plenamente con la predicación de Ortega y Gasset sobre la necesidad para el poeta puro de mantener rigurosamente alejadas vida y literatura» [Vittorio Bodini]. (...).
Aunque apolítico en sus comienzos, el grupo poético del 27 compartía, entre otras cosas, un espíritu realmente liberal que nada tenía que ver con las maneras del dictador de turno, general Primo de Rivera. Cernuda rechaza por ese motivo la denominación [de «generación de la Dictadura»]: «Exceptuando la coincidencia cronológica, nada hay en común entre dicha generación y el golpe de Estado que instaura el Directorio, y hasta se diría ofensivo para ella establecer tal conexión». Pero cuando Guillén, protestando por el calificativo de «vanguardistas», dice «que aquella metáfora militar no convenía a quienes no luchaban con nadie en ningún frente», y cuando Dámaso afirma que entre ellos «no hubo un sentido conjunto de protesta política, ni aún de preocupación política», podemos pensar que la denominación no es tan inoportuna: escritores así son los que las dictaduras necesitan y fomentan.
(...). La publicación en 1925 de La deshumanización del arte, convirtió a Ortega y Gasset, según expresión de Max Aub, en el «sacerdote del arte nuevo». La frase de Aub insinúa que el ensayo de Ortega, aunque pretendía ser un diagnóstico objetivo, constituía más bien la exégesis de un arte impopular, minoritario, incontaminado, alejado de toda realidad que no fuese la creada por –o derivada de- la actividad exclusivamente estética. Diagnóstico o exégesis, lo cierto es que La deshumanización del arte despertó en su día no pocos entusiasmos e impulsó a la literatura española hacia las metas del aristocratismo y pureza que Ortega vislumbraba –o propugnaba. 
La mayor parte de los integrantes del grupo poético del 27 no se mostró en modo alguno ajeno a esos impulsos. Guillén reconoce que, en sus comienzos, él y sus compañeros fueron acusados de fríos por su mesura en la manifestación de emociones, y de abstractos y herméticos por su intelectualismo. Pero lo que les aproxima con más fuerza a las corrientes que Ortega calificó de «deshumanizadas» es un afán impreciso de pureza, asumido en cierta manera por Gerardo Diego cuando (...) alude «a una pureza de ideales muy alejados del campo raso, mezclado, turbio, de la poesía literaria corriente». Muy pronto esos poetas dejarían de usar esas expresiones; especialmente después de la guerra civil, algo parecido a la mala conciencia llevaría a muchos de ellos a negar lo que había constituido un ideal estético más o menos remoto en su juventud. 
(…). Años después de sus comienzos, en el trabajo Una generación, Guillén trata de limpiar del «pecado» de purismo (imperdonable entonces) a todo su grupo: «¿Poesía pura? –se pregunta Guillén-. Entre nosotros nadie soñó con tal pureza». Y añade: «si hay poesía, tendrá que ser humana», lo que parece una respuesta tardía a Ortega; respuesta que se concreta aún más en esta frase: «Deshumanización es un concepto inadmisible». (…). Y aunque trata de quitarle importancia (…), lo cierto es que las pretensiones de asepsia, de deshumanización o de pureza (…) dominaban en el clima estético de la época, hecho que es fácil comprobar apelando a otros testimonios. Por ejemplo, el influjo de Valéry es reconocido y repudiado, a posteriori, por Dámaso Alonso, quien escribe: «Asepsia, ésa era la palabra mágica entonces». (…). Y también: «Las doctrinas estéticas de hacia 1927 a mí me resultaron heladoras del impulso creativo. Para expresarme en libertad, necesité la tremenda sacudida de la guerra civil española». (…).
Evidentemente, poetas del 27 no participaron por igual en la operación deshumanizadora diagnosticada por Ortega. Pero el hecho es que la mayoría de los artistas de su generación estuvieron de algún modo implicados en ella. (…). Durante el período en que se configuraban como grupo, los poetas del 27 descartaron, con muy pocas excepciones, a aquellos autores que –utilizando la terminología de Gerardo Diego (…)- «lastraban» sus versos con «preocupaciones e intereses ajenos a la perfecta armonía de la voluntad poética». En esa categoría se incluyeron poetas tan importantes como Quevedo, entre los clásicos, y Unamuno y Antonio Machado entre los contemporáneos, cuyas respectivas obras tenía que parecer decididamente impuras por sus «contaminaciones» éticas, sentimentales, religiosas, biográficas o políticas. (…).
La agitación y los cambios que experimentó la sociedad española con motivo de la liquidación de la monarquía y el advenimiento de la república contribuyeron también decisivamente a quebrantar los ya recién deteriorados ideales de pureza. Entre los miembros del grupo fueron Alberti y Prados los primeros en aproximar conceptos hasta entonces tan distantes como la poesía y la política. Refiriéndose al año de 1931, fecha de la proclamación de la república, Alberti escribe: «Antes, mi poesía estaba al servicio de unos pocos. Hoy no. Lo que me impulsa a ello es la misma razón que mueve a los obreros y a los campesinos, o sea, una razón revolucionaria». (…). Resumiendo los efectos de ese estado de cosas, Lorca declaraba en 1936: «Ningún hombre verdadero cree ya en esa zarandaja del arte puro (…). En este momento dramático del mundo, el artista debe reír y llorar con su pueblo».  

Ángel González, 1976
El grupo poético de 1927
Visor Libros, Madrid, págs. 18-32.