11 de marzo de 2016

Dijo la sartén al cazo

o el liberalismo como becerro de oro

Es más bien inevitable que los colectivos sociales cuyo número de miembros rebase cierta medida, tiendan a asumir un carácter cada vez más totalitario con su creciente magnitud, aunque se titulen democracias. Las leyes que rigen ese proceso son las de la tecnocracia, no las de las ideologías políticas. (…) Según se ha calculado, el número de aristócratas que retenían el poder en la Rusia zarista es igual más o menos al número de lobbyists influyentes en la América actual y también, quizá, al total de la llamada nomenclatura en la URSS de nuestros días. Ese número equivale a un dos por ciento de los ciudadanos o, a lo sumo, un cuatro. 
Konrad Lorenz, 1983
Decadencia de lo humano.



Tal como se plantea habitualmente la dicotomía liberalismo/comunismo o individualismo/colectivismo, donde se da por sentado que lo primero significa libertad y lo segundo opresión, esta tiene más de aparente que de real, pues los sistemas liberales también son colectivistas y liberticidas en un sentido primigenio: para acceder a la tierra y al trabajo es preciso obedecer las reglas impuestas por, y que benefician en primer lugar a, los grandes y pequeños propietarios so pena de multa o cárcel. Por ejemplo: la Guardia Civil, y antes que ella la Santa Hermandad, se crearon para garantizar el orden público fuera de las ciudades, esto es, para proteger en última instancia las propiedades rurales de las clases altas. ¡Dios y la Benemérita nos guarden a los civiles de querer otra vez la tierra para el que la trabaja! De modo que la libertad individual a la que se refiere el liberal, que ve liberticidios en el ojo ajeno y no la viga en el propio, solo es libertad bajo ciertas condiciones estructurales previamente comunistas y coercitivas (necesidad de un aparato estatal centralista, de una clase dirigente, de unos medios de educación de masas y de unas fuerzas armadas que protejan la acumulación de capitales privados y estatales, de censos y fronteras que mantengan a la población bajo cierto control geográfico y económico, etc.), o dicho en otras palabras: sí a la libertad, qué duda cabe, pero para mandar (prosperar) y ser mandado (ganarse el pan), más lo uno o más lo otro dependiendo del mérito de cada cual.


Primera fotografía conocida tomada a un Guardia Civil
(Reinosa, entre 1855 y 1857)


En ese sentido, el comunismo (a diferencia del comunismo libertario, que aspira a recuperar lo mejor de unos y de otros), la mayoría de las veces convertido en hombre de paja contra el que luchan afanosamente los anticomunistas con el objetivo de justificar la sumisión a las leyes de la Propiedad como ejemplo terrenal del mejor de los mundos posibles, no es sino el mismo perro con distinto collar. El antagonismo entre ambos no lo es tanto por sus diferencias ideológicas como por su interés compartido en la lucha por la Autoridad, de ahí en parte la animadversión mutua que se profesan. Está históricamente demostrado: el antifascismo corre el riesgo de convertirse en comunismo autoritario tanto como el anticomunismo de convertirse en fascismo. 

En un sistema comunista, la socialización y el acceso libre o asociativo a la tierra tampoco existe (ninguna ocupación de tierras es legítima sin la supervisión del Partido), pues nada puede quedar fuera del alcance de los tecnócratas y de la nueva clase guerrera. Por mucho que se diga, la tentación totalitaria, cuyo ejemplo paradigmático lo encontramos en el platonismo político, sigue formando parte de la mayoría de la teorías políticas que se han propuesto hasta la fecha, incluida la teoría supuestamente amante de la libertad y de la "sociedad abierta" de Karl Popper.

En nuestra cultura, el poder es ejercido por una minoría capitalista, mientras que en la otra, la eterna otra, lo es por una minoría comunista, pero ambas pueden ser entendidas (salvando las distancias internas y las ventajas comparativas que haya que salvar: mayor o menor grado de libertad de expresión, etcétera, etcétera) como sistemas complejos, jerárquicos y dictatoriales, en el sentido de que, a fin de cuentas, unos pocos dictan desde arriba a unos muchos un determinado modo de vida que favorece materialmente a quienes lo dictan y potencialmente a quienes lo secundan. Entre estos últimos están los llamados "lameculos", con perdón, cuya definición según el escritor liberal Ambrose Bierce es: "Un funcionario de gran utilidad que encontramos con frecuencia como editor de un periódico". O como profesor de economía, a juzgar por el crédito que se le da hoy en día en los medios de comunicación de masas tanto privados como estatales.