19 de octubre de 2016

Marc Chagall

¿De dónde había sacado yo que la voz no sólo sirve para chillar y discutir con mis hermanas? Tenía una buena voz y cantaba tan alto como quería. En la calle, todos los transeúntes se daban la vuelta sin darse cuenta de que se trataba de una canción. Se decían entre ellos: «Está loco, ¿por qué chilla?». Me había comprometido a ayudar al cantor y, los días de fiesta, toda la sinagoga y yo mismo escuchábamos atentamente el flujo de mi voz de soprano. Veía en la cara de los fieles sonrisas, concentración, y soñaba: «Cantaré, seré cantor. Entraré en el Conservatorio».
En nuestro patio vivía también un violinista. No sabía de dónde había llegado. De día, empleado en una ferretería; por la noche, enseñaba a tocar el violín. Yo lo rascaba un poco. Aunque tocara cualquier cosa y de cualquier manera, él me decía siempre, a la vez que iba marcando el ritmo con su bota: «Admirable». Y yo pensaba: «Seré violinista, entraré en el Conservatorio».
En Lyozno, en cada casa, los padres, las vecinas me invitaban a bailar con mi hermana. Tenía cierta gracia con mi pelo rizado. Pensaba: «Seré bailarín, entraré...», ya no sabía adónde.
De día y de noche hacía versos. Decían que eran buenos. Pensaba: «Seré poeta, entraré...». Ya no sabía por dónde encaminarme. 
Marc Chagall, 1921
Mi vida,
Acantilado.

2 comentarios:

Camino a Gaia dijo...

Solo estamos autorizados a disponer de una linea de tiempo. Pero podemos compartirla.

Hugo dijo...

Que no es poco! ;)